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viernes, 8 de marzo de 2019

LA COLUMNA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

LA COLUMNA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

    "La columna comenzó a apiñarse y el suboficial pasó la voz de «manténganse desplegados, cinco pasos entre hombre y hombre». Era un fenómeno que ya había observado antes: en la selva, los hombres tienden a reunirse, a buscar la seguridad que proviene de estar físicamente cerca de otro, aunque eso aumentaba el riesgo de la proverbial andanada que mata a varios hombres simultáneamente. Creo que se producía el amontonamiento porque incluso la idea de estar solo en aquel lugar acechante y peligroso, era insoportable. Se suponía que debíamos saber cómo hacer las cosas, pero los oficiales éramos tan víctimas de ese temor como los soldados. En un patrullaje anterior, yo había perdido de vista al marine que avanzaba adelante; había desaparecido por una curva cerrada de la senda. Aunque sabía que estaba a muy corta distancia, me sentí perdido, casi aterrorizado, y corrí para girar hasta que tuve la reconfortante visión de su espalda."


jueves, 7 de marzo de 2019

LA CAÍDA DE ANTIOQUÍA, 1098. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de

LA CAÍDA DE ANTIOQUÍA, 1098. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES,  de Amin Maalouf

    "...Se llama Firuz, un fabricante de corazas encargado de la defensa de las torres, dirá Ibn al-Atir. Musulmán de origen armenio, Firuz ha formado parte durante mucho tiempo del círculo de allegados de Yaghi Siyan, pero, últimamente, éste lo ha acusado de hacer «estraperlo» y le ha impuesto una cuantiosa multa. Buscando venganza, Firuz se ha puesto en contacto con los sitiadores. Les ha dicho que controla el acceso a una ventana que da al valle, al sur de la ciudad, y se muestra dispuesto a dejarlos entrar. Más aún, para demostrarles que no les está tendiendo una trampa, les ha enviado a su propio hijo como rehén. Por su parte, los sitiadores le han ofrecido oro y tierras. Se ha fijado un plan: hay que actuar el 3 de junio al alba. La víspera, para desorientar a la guarnición, los sitiadores han fingido que se alejaban. 

    Cuando se selló el pacto entre los frany y ese maldito fabricante de corazas —contará Ibn al-Atir—, aquéllos treparon hasta la ventanita, la abrieron e hicieron subir a muchos hombres con ayuda de cuerdas. Cuando fueron más de quinientos, se pusieron a tocar la trompeta al alba, mientras los defensores estaban agotados por la prolongada vela. Yaghi Siyan se levantó y preguntó qué ocurría. Le contestaron que el sonido de las trompetas procedía de la alcazaba, que, seguramente, había sido tomada.


    Los ruidos proceden de la torre de las Dos Hermanas. Pero Yaghi Siyan no se toma la molestia de comprobarlo. Cree que todo está perdido. Cediendo al pánico, ordena abrir una de las puertas de la ciudad y, acompañado de algunos guardias, huye. Despavorido, cabalgará así durante horas, incapaz de recobrarse. Tras doscientos días de resistencia, el señor de Antioquía se ha venido abajo. Al tiempo que le reprocha su debilidad, Ibn al-Atir evoca su fin con emoción.


    Se puso a llorar por haber abandonado a su familia, a sus hijos y a los musulmanes y, de dolor, cayó del caballo sin conocimiento. Sus compañeros intentaron volverlo a subir a la silla, pero ya no se tenía en pie. Se estaba muriendo. Lo dejaron, pues, y se alejaron. Un leñador armenio que pasaba por allí lo reconoció. Le cortó la cabeza y se la llevó a los frany a Antioquía.

  
    Han entrado en la ciudad a sangre y fuego. Hombres, mujeres y niños tratan de escapar por las callejuelas embarradas, pero los caballeros los alcanzan sin dificultad y los degüellan allí mismo. Poco a poco, los gritos de horror de los últimos supervivientes se van ahogando y en seguida se alzan en su lugar las voces desafinadas de algunos saqueadores francos ya borrachos. Se eleva el humo de las numerosas casas incendiadas. A mediodía, un velo de luto envuelve la ciudad."

PATRIA,de Fernando Aramburu

PATRIA,de Fernando Aramburu 

"Miren no le dio tiempo de llevar el paraguas a la bañera. Se lo soltó de sopetón:
—Ha muerto el Txato.
Hacía mucho que no se pronunciaba el mote del amigo de otros tiempos en aquella casa.
—No jodas.
Joxian permaneció un momento inmóvil. Como un poste. Ni pestañeaba. Y sin volver la mirada hacia su mujer, preguntó cómo había ocurrido.
—Pues como ocurren estas cosas. De sorpresa no le ha podido pillar. Ya se lo venían anunciando con pintadas.
—¿Ha sido el que han matado por la tarde? No jodas.
—Pues jodo. Se acabó el Txato. Es lo que tiene la guerra, que deja muertos.
Cagüen la puta, cagüendiós. No paraba de proferir palabrotas con cabeceos disgustados, negadores. Trató de cenar. No pudo. Le temblaba tanto la mano que era incapaz de sujetar la cuchara y esto a Miren la molestó.
—Oye, ¿no te irás a poner triste?
Cagüen la puta, etcétera. Y también:
—Un vasco, uno del pueblo como tú y como yo. Hostia, si dirías un policía, pero ¡el Txato! Yo no lo tengo por mala persona.
—No se trata de buenas o malas personas. Está en juego la vida de un pueblo. ¿Somos abertzales o qué somos? Y no se te olvide que tienes un hijo en la lucha.
Se levantó de la mesa, airada. Fregó los cacharros de la cena en silencio y Joxian no se movió de su sitio, tampoco cuando al cabo de un rato ella vino a la cocina a decirle que estaban hablando en la televisión de lo que había pasado. Que si quería mirar y él respondió que no con la cabeza.
—Pues yo me voy a la cama.
Joxian no se movió de la cocina. Se sirvió un vaso de vino del garrafón que guardaba debajo del fregadero y luego otro y otro. Bebiendo y fumando le dieron las doce, la una, las dos. Cuando se le acabó el vino, se acostó. Miren, con la luz apagada, la voz firme, le dijo que:
—Si lloras por ese, me voy a dormir a otro cuarto.
—Yo lloro por quien me sale de los cojones.
Transcurrieron los últimos restos negros de la noche. Joxian, acostado con la ropa puesta, ¿durmió? Ni medio minuto. En cuanto se llenaron de claridad las rendijas de la persiana, se levantó. Que adónde iba. No hubo respuesta. Desde el cuarto de baño, un largo chorro de orina rompió el silencio de la casa. Y en lugar de volver a la cama, Joxian se marchó a la calle sin desayunar. ¿A esas horas, teniendo turno de tarde? Se fue en bicicleta, sin chubasquero, aunque llovía, por esta carretera, por aquella otra. Le daba igual el rumbo, le daba igual todo. Y a mitad de la cuesta de Orio, en el pequeño puerto donde en viejos tiempos solía echar carreritas con el Txato, que este perdía siempre porque, por mucho corazón que les pusiese a las pedaladas, tenía menos piernas de ciclista que él, se paró a desahogarse sin testigos en el borde de la carretera, cagüendiós."

miércoles, 6 de marzo de 2019

LOS HIJOS DE ETA. PATRIA, de Fernando Aramburu

LOS HIJOS DE ETA. PATRIA, de Fernando Aramburu 

"Joxian dijo a todo que no menos a la oferta de tomar asiento.
—Ni se te ocurra consolarme. Si tienes dos dedos de frente, corre a buscar a tu hijo. En Francia, donde sea. Lo agarras, le partes la cara y te lo traes para casa o lo entregas a la policía. Reza para que te lo detengan cuanto antes. Le meten en la cárcel, pero por lo menos no lo pierdes como yo al mío.
Sentado en la silla, Joxian guardaba silencio con cara de circunstancias.
—Ni me dejaron preparar el entierro. Cogieron a mi hijo y montaron con él un numerito patriótico. Les vino de perlas que se moriría. Para usarlo con intenciones políticas, ¿sabes? Como los usan a todos. Unos borregos, eso es lo que son. Unos ingenuos. Y Joxe Mari lo mismo. Les calientan la cabeza, les dan un arma y, hala, a matar. En casa nunca hemos hablado de política. A mí la política no me interesa. ¿Te interesa a ti?
—Ni pizca.
—Les meten malas ideas y, como son jóvenes, caen en la trampa. Luego se creen unos héroes porque llevan pistola. Y no se dan cuenta de que, a cambio de nada, porque al final no hay más premio que la cárcel o la tumba, han dejado el trabajo, la familia, los amigos. Lo han dejado todo para hacer lo que les mandan cuatro aprovechados. Y para romperles la vida a otras personas, dejando viudas y huérfanos por todas las esquinas.
—Eso no lo vayas diciendo por ahí, ¿eh?
—Yo digo lo que me sale de los cojones.
—Te amargarán la vida.
—Tenía un hijo, lo perdí. ¿Qué me importa a mí la vida?
—Mira el Txato. Ya nadie le habla.
—Háblale tú, que eres su amigo.
—Me harían lo mismo que a él.
—¡País de mentirosos y cobardes! Mira, Joxian, hazme caso. Déjate de bobadas y ve a buscar a Joxe Mari."

JOHN LEE HOOKER. VIDA, de Keith Richards

JOHN LEE HOOKER. VIDA, de Keith Richards 

    "...no lo captas con la cabeza sino con las entrañas, es algo que va más allá de la musicalidad (que al final es muy variada y flexible), y hay muchos tipos de blues. Está el blues más ligero y el de la ciénaga, y en el de la ciénaga es fundamentalmente donde me siento como en casa. No hay más que escuchar a John Lee Hooker: toca de una forma poco menos que arcaica, la mayoría de las veces pasa de los cambios de acorde, los sugiere más que los toca acordes de ese otro músico cambian pero los de él no, él no se mueve. Y además es algo implacable. Y la otra cuestión fundamental (aparte de la voz y el sonido feroz de la guitarra) era el acompañamiento rítmico con el pie, como una serpiente gigante que se acercaba reptando. Siempre llevaba un bloque rectangular de madera para amplificar el golpeteo del pie. Bo Diddley era otro al que le encantaba tocar sólo un acorde elemental, todo en un acorde, y lo único que cambia es la voz y la manera de tocar. De todo esto, la verdad es que sólo aprendí más mucho tiempo después. Por otro lado, las voces tenían mucha fuerza, en especial las de Muddy, John Lee, Bo Diddley… No cantaban muy alto necesariamente, pero eran voces que venían de muy adentro, todo el cuerpo cantaba, la voz no salía del corazón sino de un lugar más hondo todavía, de las entrañas. Eso siempre me impresionó. Y por eso hay mucha diferencia entre los cantantes de blues que no tocan y los que sí, ya sea el piano o la guitarra, porque éstos tienen que desarrollar su propio código de llamada y respuesta: cantas y entonces tienes que tocar algo que responda o que plantee otra pregunta, y luego resuelves; eso hace que los tiempos y el fraseo cambien. En cambio, si eres un cantante solista te concentras en cantar y en la mayoría de los casos es mejor, pero a veces se produce una especie de divorcio entre la voz y la música."

martes, 5 de marzo de 2019

PENSAMIENTO Y POESÍA. EL SENTIDO PRIMERO DE LA PALABRA POÉTICA, de Antonio Colinas

PENSAMIENTO Y POESÍA. EL SENTIDO PRIMERO DE LA PALABRA POÉTICA, de Antonio Colinas

    "Pensamiento y poesía son, pues, de entrada, caminos diversos que conducen a una misma meta, la que está detrás de la realidad aparente y engañosa: una realidad enquistada en el misterio y que es la que da sentido de trascendencia a los seres humanos."

lunes, 4 de marzo de 2019

13 DE JUNIO DE 1869. MI PRIMER VERANO EN LA SIERRA, de John Muir

13 DE JUNIO DE 1869. MI PRIMER VERANO EN LA SIERRA, de John Muir

"Otro día esplendido en la sierra, de esos en lo que uno parece disolverse y ser absorbido e impulsado no se sabe hacia donde. La vida ni parece ni larga ni corta, y no nos preocupamos de ahorrar tiempo ni nos apresuramos más de lo que puedan hacerlo los arboles y las estrellas. Esto es verdadera libertad, una especie de inmortalidad práctica"

LA LOCURAS DE LAS FANS. VIDA, de Keith Richards

LA LOCURAS DE LAS FANS. VIDA, de Keith Richards 

    "La lujuria pura y simple lo empapaba todo; no sabían qué hacer con ella, pero de repente te encuentras con que el blanco eres tú. Era un delirio. Una vez abiertas las compuertas, la corriente era imparable y hubieras tenido más oportunidades de salir con vida de un río infestado de pirañas porque se habían ido más allá de donde en realidad pretendían estar, habían perdido el norte. Aquellas tías se agolpaban allí abajo, sangrando, con la ropa desgarrada, las bragas meadas… Y al final lo asumías como el pan nuestro de cada día. Ese era el verdadero bolo. Podría haber sido cualquiera y no necesariamente nosotros, la verdad, porque les importaba un carajo que lo que yo pretendía fuera ser un músico de blues.

    Para un tío como Bill Perks, cuando de repente se abre semejante panorama ante ti, resulta increíble; una vez lo pillamos en la carbonera con una tía, debíamos de estar en Sheffield o en Nottingham: parecían dos personajes sacados de Oliver Twist; «Bill, que nos piramos ya». Los encontró Stu. ¿Qué vas a hacer, a esa edad, si resulta que las quinceañeras de todo el país han decretado que eres «lo más»? La oferta era increíble: seis meses antes no habría conseguido echar un polvo ni a tiros, habría tenido que pagar.
(...)
    El imponente poder de las mocosas de trece, catorce o quince años que van en grupo se me ha quedado grabado a fuego. Estuvieron a punto de matarme. Nunca he temido más por mi vida que por culpa de ellas: si caías en medio de una multitud de chiquillas enloquecidas, te estrangulaban, te rasgaban la ropa… Cuesta trabajo explicar lo terrorífico que podía llegar a ser Hubieras preferido estar en una trinchera que tener que enfrentarte a aquella oleada criminal e imparable de lujuria, deseo o lo que sea (no lo saben ni ellas). La policía salía por patas y te quedabas solo frente a aquella explosión de emociones descontroladas.

    Creo que fue en Middlesborough donde no conseguí subirme al coche (un Austin Princess): yo intentando entrar y aquellas zorras haciéndome trizas. El verdadero problema es que consigan echarte la zarpa, porque no tienen ni idea de qué hacer entonces. Aquella vez casi me estrangulan con un collar: una se puso a tirar de un lado, otra del otro, y las dos tirando y chillando «Keith, Keith» y de paso ahogándome. Por fin conseguí alcanzar con la mano la puta manilla de la puerta, pero me quedé con ella en la mano… Y aun así arrancan a toda velocidad y me dejan allí tirado con la manilla en la mano. Ese día me dejaron en la estacada. Se ve que al conductor lo venció el pánico: los demás ya estaban dentro del coche y él no tenía la menor intención de aguantar más tiempo en medio de aquella turbamulta, así que me abandonó a mi suerte dejándome en manos de las hienas. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en el callejón de la entrada de artistas del teatro (por lo visto la policía había tomado cartas en el asunto) porque me había desmayado, llegó un momento en que se me habían apagado las luces, las tenía por todas partes («y ahora que he caído en vuestras garras, ¿qué vais a hacer conmigo?»)."

domingo, 3 de marzo de 2019

FINAL DE RODAJE DE FITZCARRALDO. CONQUISTA DE LO INUTIL, de Werner Herzog

FINAL DE RODAJE DE FITZCARRALDO. CONQUISTA DE LO INUTIL, de Werner Herzog

    "Mire a mi alrededor, y en el mismo odio en ebullición se encontraba, furiosa y humeante, la selva, mientras el río, con majestuosa indiferencia y sarcástico desprecio, todo lo minimizaba: las fatigas de los hombres, la carga de los sueños y los suplicios del tiempo"


viernes, 1 de marzo de 2019

AUSTRIA, Y LA PROTECCIÓN DE LOS NAZIS. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

AUSTRIA, Y LA PROTECCIÓN DE LOS NAZIS. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

"Entre los sádicos peores de Stanislav se contaban los hermanos Mauer. Eran Volkdeutschen procedentes de Polonia y tenían todos los complejos de aquellos alemanes «inferiores». Los pocos supervivientes de Stanislav cuentan terribles historias de los dos hermanos, pero desgraciadamente daban el nombre como «Maurer», con otra r. Por consiguiente, el fiscal Sichting de Ludwigsburg buscaba dos hermanos llamados «Maurer». En 1963 conocí a Sichting, quien me contó que en sus investigaciones había encontrado muchos Maurers, pero ninguno nacido en Polonia. Entonces le sugerí que quizás el nombre fuera «Mauer». El fiscal me pidió que llevara a cabo una investigación en Austria y para ello me puse en contacto con un comité que se encarga de los Volkdeutschen en ese país. Sí, dos hermanos, Johann y Wilhelm Mauer, se hallaban en Salzburgo trabajando para las Obras Auxiliares Evangélicas, caritativa organización. Johann era «consejero de refugiados» y Wilhelm tenía a su cargo el albergue de juventud: Tareas apropiadas para dos ejecutores en masa. Uno de mis ayudantes fue a la policía de Salzburgo y descubrió que los dos hermanos habían nacido en Polonia. Volvió con una fotografía y al verla recordé que en realidad me había encontrado con Johann Mauer después de la guerra, cuando él trabajaba para una organización de caridad protestante y yo hacía algo similar para una organización de refugiados judíos. Desgraciadamente, entonces no conocía su pasado. Me puse de acuerdo con Sichting y entregué el material entero que teníamos contra los hermanos al fiscal del distrito de Salzburgo. El arresto de los Mauer causó sensación en la ciudad, y el juicio contra ellos, a principios de 1966, fue uno de los más escandalosos capítulos en los anales de la justicia austríaca de posguerra. Parecía imposible lograr la designación del jurado de tantas personas como pidieron se las excusara de serlo por enfermedad u otras razones. Cosas extrañas sucedieron en la atiborrada audiencia de la bella ciudad de los festivales, Salzburgo. El público aplaudió a los acusados y se rió cuando los testigos judíos juraron sobre la Biblia. Todos los testigos reconocieron a ambos hermanos. El testimonio era perfectamente convincente. Tras varias horas de deliberación el jurado admitió que los, acusados habían cometido asesinatos, pero que había que tener en cuenta que obraron coaccionados, ejecutando órdenes superiores. El tribunal tuvo que absolver a los acusados, pero el juez presidente informó que, de acuerdo con el código penal austríaco, el veredicto del jurado era «un patente error» y que por lo tanto se abriría un nuevo juicio contra ellos y que hasta este segundo juicio los acusados seguirían en prisión. El veredicto de Salzburgo y la conducta antisemita del público produjeron olas de reacción en Austria. El Wiener Zeitung hablaba de «veredicto vergonzoso». Estudiantes católicos y socialistas iban por las calles de Viena llevando pancartas que decían: «Austria, parque nacional de criminales nazis». No solucionó nada que yo descubriera —demasiado tarde desgraciadamente— que el presidente del jurado había sido un nazi austríaco clandestino y un SA. El segundo juicio contra los hermanos Mauer se celebró en Viena en el mes de noviembre de 1966. Johann Mauer fue condenado a ocho años y Wilhelm a doce."