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sábado, 14 de septiembre de 2019

UN SOLDADO SIEMPRE VE CUANDO LLEGA EL FINAL. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

UN SOLDADO SIEMPRE VE CUANDO LLEGA EL FINAL. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

    "...Se nos advirtió que el enemigo podía atacarnos con los nuevos tanques, rápidos y manejables.

    Distribuí a mi compañía en orden de combate dentro de un pequeño huerto de legumbres. De pie bajo un manzano dirigí unas palabras a mis hombres, que me rodeaban en semicírculo. Los rostros aparecían serios y viriles. No era mucho lo que había que decir. Todos habían llegado a ver con claridad por aquellos días que íbamos cuesta abajo; en todo ejército existe, además de la unidad de las armas, también una unidad moral, y ésta es la única que explica aquella unanimidad de criterio. El enemigo exhibía en cada nuevo ataque armas cada vez más poderosas; sus golpes empezaban a ser más rápidos y violentos. Todo el mundo sabía que no podíamos vencer. Pero plantaríamos cara al enemigo."

jueves, 23 de mayo de 2019

CAZADO POR LA BALA. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

CAZADO POR LA BALA. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

    "...Yo llevaba en la mano derecha mi bastón de paseo y en la izquierda la pistola; avanzaba a grandes pasos. Casi sin darme cuenta dejé en parte a mi espalda y en parte a mi derecha la línea de tiradores de la Quinta Compañía. Mientras avanzaba noté que se me había desprendido del pecho la Cruz de Hierro; había caído al suelo. Schrader, mi ordenanza y yo nos dedicamos a buscarla con todo interés, aunque tiradores ocultos nos tomaban como blanco de sus fusiles. Por fin la sacó Schrader de una mata de hierba y volví a prendérmela.

    El terreno descendía. Sobre un fondo de barro de color pardo-rojizo se movían unas figuras borrosas. Una ametralladora nos aporreaba con sus ráfagas. Se acrecentó la sensación de que no había escapatoria. Pese a ello, empezamos a correr mientras el fuego se concentraba sobre nosotros.

    Saltamos por encima de pozos de tiradores y de tramos de trinchera excavados a la ligera. En el preciso momento en que estaba saltando por encima de una trinchera un poco mejor construida, me lanzó por los aires, como un ave de caza, un golpe incisivo que noté en el pecho. Di un sonoro grito, con cuyo chillido pareció escapárseme el aire de la Vida, giré en redondo y caí al suelo con estrépito.

    Por fin me había atrapado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida. Delante de Mory, en la carretera, había notado ya la mano de la Muerte – esta vez me aferraba más fuerte, más nítidamente. Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquél uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase. Notaba un asombro incrédulo, el asombro de que precisamente allí fuera a acabar mi vida; pero era un asombro lleno de alegría. Luego oí cómo el fuego se debilitaba; parecía que me hundiese como una piedra bajo la superficie de un oleaje furioso. Allí no había ya ni guerra ni enemistad."

miércoles, 22 de mayo de 2019

UN ATISBO DE HUMANIDAD. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

UN ATISBO DE HUMANIDAD. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

    "También Vinke había desaparecido. Yo seguí un camino en hondonada, en cuyo talud se abrían las bocas de abrigos hundidos. Avancé furioso por un suelo negro, desgarrado, del que se alzaban todavía los gases asfixiantes de nuestras granadas. Me encontraba completamente solo.

    Entonces fue cuando divisé al primer enemigo. Una figura humana vestida con un uniforme pardo y que al parecer se encontraba herida, estaba acurrucada, a veinte pasos delante de mí, en el centro de aquella hondonada aplanada por el fuego de tambor; se apoyaba con las manos en el suelo. Nos vimos al doblar yo un recodo. Vi cómo aquella figura se estremecía cuando aparecí y cómo me miraba fijamente, con ojos muy abiertos, mientras lentamente, pérfidamente, me iba acercando hacia ella con el rostro oculto detrás de mi pistola. Se estaba preparando un espectáculo sangriento, sin testigos. Era un alivio el tener por fin al alcance de la mano al antagonista. Apoyé el cañón de mi pistola en la sien de aquel hombre, que estaba paralizado por la angustia, y con la otra mano aferré crispadamente la guerrera de su uniforme. En ella había condecoraciones y distintivos de grado; era un oficial y seguramente había tenido el mando en aquella trinchera. Con un quejido metió una mano en un bolsillo, pero lo que de él sacó no fue un arma, sino una fotografía; me la puso delante de los ojos. Miré la fotografía y en ella vi a aquel hombre de pie en una terraza, rodeado de una numerosa familia.

    Aquello era un conjuro que llegaba desde un mundo sumergido, increíblemente remoto. Más tarde he considerado que fue una gran ventura lo que hice: solté a aquel hombre y seguí con precipitación hacia delante. Precisamente ese hombre se me sigue apareciendo en mis sueños con frecuencia. Esto me permite abrigar la esperanza de que haya vuelto a ver su patria.

jueves, 16 de mayo de 2019

LEYENDO UN LIBRO DURANTE LA BATALLA. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

LEYENDO UN LIBRO DURANTE LA BATALLA. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

    "Aquel terreno estaba siendo bombardeado y ametrallado por aviones que volaban en círculo por encima de nosotros y por ello hice que mis tres secciones lo atravesaran en hilera, moviéndose en zigzag. Una vez que llegamos a la meta nos distribuimos en embudos y agujeros, pues hasta la parte de acá de la carretera llegaban, aunque de manera aislada, las granadas lanzadas por el enemigo.

    Me sentía tan mal aquel día que inmediatamente me tendí en una pequeña zanja y me quedé dormido. Al despertarme me puse a leer el ejemplar de Tristram Shandy que llevaba en mi guardamapas; así pasé la tarde, tumbado al sol, que me calentaba con sus rayos, en ese estado de indiferencia propio de los enfermos."

martes, 14 de mayo de 2019

LA MASACRE. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

    "Mientras investigaba con mis manos la enlodada bota del herido buscando el orificio de entrada, grité a los pelotones que se distribuyeran por los embudos de los alrededores.

    En aquel momento se oyó, a mucha altura, un nuevo silbido. Todos tuvimos la misma sensación, una sensación que nos estrangulaba; ¡esa granada viene aquí! Luego retumbó un estruendo monstruoso, ensordecedor – la granada había explotado en medio de nosotros.

    Me levanté medio aturdido. Incendiadas por la explosión, las cintas de cartuchos irradiaban desde el gran embudo una luz de un crudo color rosa. Aquella luz iluminaba la densa humareda generada por el proyectil, dentro de la cual rotaba una masa de cuerpos negros, e iluminaba también las sombras de los supervivientes, que se desbandaban por todos los lados. Al mismo tiempo resonó un griterío múltiple, espantoso, un griterío de dolor y de peticiones de auxilio. El movimiento rotatorio de la oscura masa en las honduras de aquella olla humeante y ardiente abrió por un segundo, como una visión onírica del infierno, el abismo más profundo del Espanto.

    Tras un instante de parálisis, de horror petrificado, me puse en pie de un salto y, como todos los demás, eché a correr a ciegas, hundiéndome en la noche. Caí de cabeza en un agujero, y sólo allí comprendí lo que acababa de suceder. – ¡No oír nada más, no ver nada más, alejarse de aquel sitio, desaparecer en la profunda oscuridad! – Pero ¡y mis hombres! Yo era el que tenía que ocuparme de ellos, a mí me habían sido confiados. – Me obligué a mí mismo a regresar a aquel lugar de espanto. Por el camino encontré al fusilero Hailer, el hombre que en Regniéville se había apoderado de la ametralladora enemiga, y me lo llevé conmigo.

    Los heridos continuaban lanzando sus gritos terribles. Algunos llegaban hasta mí a rastras y, al reconocer mi voz, me decían entre gemidos:

    –¡Mi alférez, mi alférez!

    Jasinski, uno de mis reclutas más queridos, al que un casco de metralla le había partido el muslo, se agarró a mis piernas. Maldiciendo mi impotencia, le di unas palmaditas en los hombros, pues no sabía qué otra cosa podía hacer. Instantes como ése se quedan grabados para siempre.

    Tuve que dejar a aquel desventurado en manos del único camillero que aún seguía vivo, para conducir fuera de la zona de peligro al puñado de hombres que habían salido ilesos y que se habían congregado a mi alrededor. Media hora antes me hallaba aún a la cabeza de una compañía completa; ahora andaba errante por la maraña de las trincheras con unos pocos hombres enteramente abatidos. Pocos días antes un muchachito se había echado a llorar durante la instrucción porque sus camaradas se burlaban de él; le pesaban demasiado las cajas de munición. Ahora aquel muchachito arrastraba fielmente por nuestros penosos caminos aquella carga, que había conseguido salvar del lugar del horror. La visión de aquello acabó de hundirme. Me arrojé al suelo y prorrumpí en sollozos convulsos, mientras mis hombres, de pie junto a mí, me rodeaban sombríos.

    Amenazados a menudo por granadas que explotaban a nuestro lado, anduvimos corriendo durante horas enteras por las trincheras, en las que el cieno y el agua nos llegaban a media pierna. Como no encontramos lo que buscábamos, acabamos metiéndonos, mortalmente agotados, en algunas de las cavidades para la munición abiertas en los taludes. Vinke me cubrió con su manta, pero no pude pegar ojo, y fumando puro tras puro aguardé la llegada del amanecer con una sensación de total indiferencia.

    Las primeras luces del día iluminaron una increíble actividad en el campo de embudos. Innumerables unidades de infantería seguían aún buscando sus alojamientos. Los artilleros arrastraban municiones; los encargados de los lanzaminas tiraban de sus vehículos; los telefonistas y los hombres de las señales ópticas tendían sus cables. Aquello era una verdadera feria y se desarrollaba a mil metros del enemigo, que, de manera incomprensible, no parecía notar nada.

    Al fin topé con el jefe de la compañía de ametralladoras, el alférez Fallenstein, un viejo oficial del frente, que pudo indicarnos nuestro alojamiento. Sus primeras palabras fueron:

    –Pero, hombre, ¿cómo tiene ese aspecto? Su cara está completamente amarilla.

    Me señaló con el dedo una gran galería al lado de la cual habíamos pasado corriendo aquella noche seguramente una docena de veces. Dentro de ella encontré a Schmidtito, que nada sabía aún de nuestra desgracia; y también volví a encontrar allí a los hombres que debían habernos conducido a aquel lugar. Desde aquella fecha, siempre que hemos ocupado una posición nueva he elegido yo mismo a los guías, y los he elegido con la máxima prudencia. En la guerra se aprende a fondo, pero las lecciones se pagan caras.
(...)
    El único, débil consuelo que me quedaba era que las cosas podían haber sido mucho peores. Por ejemplo, el fusilero Rust estaba tan cerca del lugar de la explosión que las correas de sujeción de sus cajas de munición empezaron a arder. El suboficial Peggau, que había de morir, ciertamente, al día siguiente, se hallaba en medio de dos camaradas que quedaron completamente destrozados, pero él ni siquiera recibió un rasguño."

viernes, 3 de mayo de 2019

LA RETIRADA DEL SOMME. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

LA RETIRADA DEL SOMME. TEMPESTADES DE ACERO, de Ernst Junger

    "Hasta la Posición Sigfrido todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaban talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí escondidas; todas las vías férreas, desmontadas; todos los cables telefónicos, arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un yermo la tierra que aguardaría al enemigo cuando éste avanzase.

    Lo que allí se veía recordaba, como he dicho, un manicomio; y como éstos, producía un efecto mitad cómico y mitad repugnante. Aquellas destrucciones fueron funestas también para la disciplina de la tropa, como enseguida pudo notarse. Allí fue donde por vez primera vi la destrucción planificada, un tipo de destrucción con el que luego en la vida habría de tropezar hasta la saciedad. Esta clase de destrucción, que está funestamente vinculada con las concepciones economicistas de nuestra época, ocasiona al destructor más daños que beneficios y no reporta ningún honor al soldado."
Gommecourt, Somme, Hauts-de-France, Francia
Un búnker británico construido en 1918 cerca de Hébuterne parece vigilar las posiciones alemanas parapetadas en Gommecourt. La batalla del Somme se libró en un frente que se extendía a lo largo de unos 40 kilómetros al norte y al sur del río homónimo.