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jueves, 12 de diciembre de 2019

LAS PRESAS EMBRUTECIDAS. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

LAS PRESAS EMBRUTECIDAS. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon 

Resultado de imagen de MUJERES EN CAMPO DE EXTERMINIO    "...Le llega la vez a Jenny. Se arma un lío ya desde los primeros compases y sigue tocando de cualquier manera. Lo ha olvidado todo. Está sofocada y, a pesar del frío, le brotan gruesas gotas de sudor. Alma renuncia a dirigir los maullidos gatunos producidos por el arco de Jenny, puesto que no siguen ningún compás, pero no le quita los ojos de encima y su mirada refleja tal ironía que Jenny la acusa como si de una bofetada se tratara. Por fin detiene el suplicio con un gesto seco de su batuta. Jenny llora avergonzada mientras que las demás, olvidándonos del lugar y del momento, reímos hasta saltarnos las lágrimas; inducidas por nuestras carcajadas, las mujeres del bloque empiezan a reírse. Nos sentimos incapaces de dominarnos, a pesar de que ninguna ignora que la falta de Jenny es tan grave que podría costarle la vida.

    Cuando ya no me dominan a mí, esas carcajadas histéricas e incoercibles me preocupan mucho. En cuanto cesan, quedamos físicamente agotadas y profundamente indiferentes; se diría que en cierto modo nos han apartado del ambiente en que estamos, que nos han insensibilizado.

    Recogemos nuestro material y abandonamos el Revier, al igual que hacen los empleados al terminar su trabajo. Después de marcharnos nosotras, a cien o doscientas de las mujeres que nos han escuchado, tal vez a más, las dirigirán hacia los crematorios. ¿Nos hemos ya embrutecido del todo? ¿Cómo puede explicarse nuestra indiferencia?..."

jueves, 28 de noviembre de 2019

LA LIBERACIÓN. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

LA LIBERACIÓN. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

Resultado de imagen de FANIA FENELON, Tregua para la orquesta, Auschwitz,    "Lo que sucede: los soldados detienen a los SS, los alinean contra los muros. Ese momento que tanto habíamos deseado, cuyo pensamiento nos colmaba de alegría, ha llegado, lo vivimos.

    Los deportados salen de todos los barracones. Los hombres, de los que habíamos estado separadas tanto tiempo, vienen hacia nosotras y se busca a los que se conoce: un padre, un hermano, un tío, un primo, un marido, se le busca…

    Me encuentro en un edificio limpio, el de los SS Me rodea una muchedumbre caqui. ¡Dios mío, qué bien huelen! ¡Qué perfume tan suave tiene el sudor de estos hombres!

    Es la infantería que nos ha liberado y empiezan a llegar los elementos motorizados. Por la ventana veo entrar en nuestro campo el primer jeep. Un oficial holandés, salta del coche aún en marcha; mira ante él, a su alrededor… y echa a correr como un loco con los brazos abiertos gritando: «¡Margrett! ¡Margrett!» y hasta él llega una mujer tambaleándose. Los jirones de su traje rayado flotan como trapos clavados a un asta: es su mujer. Murió tres cuartos de hora después, en un estado de degradación y suciedad inenarrables. Ahora la abraza, estrecha contra él aquel resto de vida que le sonríe.

    Me tienden un micro…

    Se produjo el milagro: cuando sólo el respirar me consumía y mi corazón economizaba sus latidos y la vida me abandonaba, me incorporo; un estallido de júbilo me enardece y vuelvo a cantar La Marsellesa. Esta vez surge de mí con una violencia, una fuerza, como no había poseído nunca y que, sin duda, jamás volvería a tener.

    Con una voz dulce que no le conocía, Florette balbucea:

—Fania, has cantado de una manera que… Esta Marsellesa era… —Y temblaba, temblaba de los pies a la cabeza—. ¡Jamás la olvidaré! ¡Ah… además, me has hecho llorar… déjame que te abrace!

    Emocionado, un oficial belga hunde la mano en el bolsillo de su uniforme y me ofrece… un pintalabios. ¡Qué regalo tan maravilloso! No logro imaginarme nada más bello que este viejo lápiz de labios usado en sus tres cuartas partes que procede no sé de dónde ni de quién. Tal vez de su mujer, su novia, una prostituta…


    El que lleva el micro insiste:

—Si me hace el favor, señorita, es para la BBC.

    «Señorita», «la BBC», la vida vuelve a empezar.

    Canto el God save the King y las lágrimas brotan de los ojos de estos militares, se deslizan por sus caras sudorosas, trazan regueros en sus mejillas sucias por la guerra.

    Canto L’Internationale y los deportados rusos la corean.

    Canto… y delante de mí, a mi alrededor, surgiendo de todos los ámbitos del campo, caminan, sosteniéndose en las paredes de los barracones, sombras moribundas, esqueletos que se mueven, se levantan, crecen, se agrandan. De su pecho brota un enorme «Hurra» que confluye, arrastra y se lo lleva todo. Han vuelto a ser hombres y mujeres.

    Meses después supe que aquel día y a esa hora, en Londres, mi prima se desmayó ante su aparato de radio al oírme cantar, a la vez que se enteraba de que yo había sido deportada y acababan de liberarme."

jueves, 21 de noviembre de 2019

LA ORQUESTA FEMENINA DE AUSCHWITZ. TREGUA PARA LA ORQUESTA de Fania Fenelon

LA ORQUESTA FEMENINA DE AUSCHWITZ. TREGUA PARA LA ORQUESTA  de Fania Fenelon

    'En el cruce de los campos A y B se alza nuestro estrado con sus cuatro escalones y las sillas alineadas ¿por qué no un kiosco de música? Ocupamos nuestros puestos. Alma mira la extensión, se vuelve a las músicas, levanta la batuta y mientras las oficiales, las kapos, vociferan sus Achtung! cuyo eco repercute a través de las callejas de los campos, estalla una marcha marcial arrebatadora, casi alegre.

    Eins, zwei, la batuta de Alma lleva el compás; Eins, zwei… drei… vier… ordenan las kapos y comienza el desfile. Acuden de todos los caminos y callejones y pasan delante de nosotras. Ahora me atrevo a mirarlas. Me esfuerzo, debo acordarme de todo pues más tarde atestiguaré.

    Esta resolución toma consistencia y me sostendrá hasta el final.

    Macilentas, andrajosas, chapoteando en el fango y la nieve, luchando para no tropezar, a veces se sostienen una contra otra, se les permite ese derecho, la cohorte de las deportadas avanza hacia la salida. Una mirada de odio o de desprecio me atraviesa como una herida. Un insulto me llega como un escupitajo: «¡Enchufadas, guarras, judas!». Sufro por todas esas infelices, por cada una, en conjunto y por separado. Otras, alzan los hombros huesudos que emergen de los andrajos, algunos, rayados. ¡Cuánto dolor se oculta en las mujeres que ni siquiera levantan la cabeza, que pasan amorfas, desprendidas del odio y del amor, en el umbral de la muerte! Pero quizá las que me sonríen son las que más daño me causan; su comprensión me acongoja como una complicidad que no merezco.

    Únicamente en este instante empiezo a darme cuenta del lugar donde me encuentro, de su locura. En el barracón de la cuarentena, anulada por la ducha, el tatuaje, el afeitado, hambrienta, atónita, golpeada, no tenía conciencia de lo que pasaba. Aquí, en este paisaje geométrico de barracones chatos, aplastados sobre el suelo, dominados por las alambradas, las torres de control, sin un solo árbol en el horizonte, bajo este techo de humo estancado, me doy cuenta del campo de exterminio de Birkenau y de su espantosa payasada: la de esta orquesta dirigida por esta mujer elegante, esas jóvenes cómodamente vestidas, sentadas en sillas, tocando para marcar el compás de los pasos de esos esqueletos, de sombras que nos muestran unos rostros que ya no existen.

    En aquella madrugada siniestra, como una mañana de patíbulo, las Arbeitskommandos parten hacia el trabajo regenerador, la alegría por el trabajo. ¿Qué alegría? ¿Qué trabajo? Ni siquiera consigo representármelo. Van, ni más ni menos, que a apresurar su muerte. Esas mujeres que apenas pueden arrastrarse, todavía tienen que imprimir a sus pasos un aire militar, y me percato, espantada, de que sólo estamos allí para acentuar su martirio.

    Un, dos, un, dos, la batuta de Alma acompasa ese desfile que no termina nunca. Un SS marca el compás con la punta de la bota, mientras que la última mujer, seguida del último soldado y del último perro, cruza la puerta del campo."

lunes, 14 de octubre de 2019

LOS PERROS DE LOS SS CONTRA LAS MUJERES. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

LOS PERROS DE LOS SS CONTRA LAS MUJERES. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon 

"Son visibles los estremecimientos de miedo que recorren los espinazos. La mayor parte de las chicas se vuelven hacia Florette, con expresión maligna, dispuestas a darle una paliza.
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—No quiero verlos más, no quiero volver a ver sus ojos… Fania, los perros han devorado a dos… a dos que iban a orinar o a recoger un poco de hielo para chuparlo… Los SS han azuzado a los perros para que se les echasen encima… Las han desgarrado, despedazado. Y esos puercos han obligado a sus camaradas a recoger los pedazos para arrojarlos sobre el montón de las muertas, y yo las he visto. ¡Las he visto! Trozos de mujeres, carnaza para perros… que llevaban como podían, encima de la espalda… Y nosotras seguíamos tocando, tocando… ¡Plum! ¡Plum! ¡Qué atrocidad! Parecían carniceros con cuartos de res encima del hombro; el peso las doblaba, estaban agotadas, y nosotras, al ir tocando la pieza, las obligábamos a marcar el paso, a seguir el compás… Un odio inmenso en los ojos de esas mujeres… No quiero volver a verlo. No iré nunca más…
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Repentinamente solidarias, Hilde y Helga la cogen por los hombros y se la llevan consigo, ayudadas por Irene la pequeña:

—Vamos afuera, te sentará bien.

Salvaje y destilando odio, Hilde le asegura:

—Los arrojaremos a sus propios perros y éstos los desgarrarán… delante de nosotras… y pisotearemos sus cadáveres… ¡Lo pagarán… lo pagarán!.

En tanto se llevan a Florette, que hipa entre lágrimas y arcadas, le pregunto a Irene la pequeña:

—¿Es cierto que no transcurre ningún día sin que lancen a los perros sobre las mujeres?

—Sí… Cada día mueren una o dos de esta manera… Lo sabíamos, pero nunca habíamos visto un horror semejante…"

miércoles, 9 de octubre de 2019

DIOS EN BERGEN-BELSEN. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

DIOS EN BERGEN-BELSEN. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon 

Resultado de imagen de BERGEN-BELSEN    "Ese mismo día, de vuelta a mi barracón, asisto a algo que me hubiera asqueado profundamente, de ocurrir en otro momento; pero después de ver aquel parto me ha parecido que ese gesto, en su grosera animalidad, tenía un significado: Lotte jodiendo con su kapo delante de miles de mujeres. Está ahí, apoyada contra el muro, el vientre hacia delante, y el hombre, con el pantalón bajo las nalgas, la fecunda con indiferencia, en medio de esas mujeres, muchas de las cuales están mirando.

    Sembrar la vida mientras que alrededor la muerte amontona los cadáveres, ¿es un acto de locura? La verdad es que gradualmente nos estamos volviendo locas. Mientras esos dos seres copulan, oigo a mi lado cómo unas mujeres rezan. ¿Son creyentes?, ¿o es el miedo que les hace implorar a un Dios? En esta catástrofe que estamos viviendo, peor que un terremoto ¿dónde está la fe?, ¿qué sentido tienen la vida y la muerte para los judíos, los católicos, los protestantes, los ortodoxos? Lloran y pronuncian plegarias, algunas muy ardientes: «Gracias, mi dulce Jesús, nunca sufriremos lo bastante por ti, que fuiste crucificado por amor hacia nosotros… Gracias, Santa Virgen Maria, madre de Dios, por enviarnos tanto dolor, te lo ofrecemos a ti y a tu divino hijo… ¡Gracias, gracias!». Se exaltan, golpean su culpa con sus puños huesudos contra los flacos pechos, lloran; su arrebato está próximo a la histeria y sin duda les calma.


    Otras, dirigiéndose al mismo Dios, vomitan terribles imprecaciones:


    «¡Maldito seas Jesús! He creído en ti y me has abandonado. ¡Maldito seas y maldito el vientre que te ha llevado!». Se retuercen las manos, se arañan, escupen su dolor, impotentes para vengarse de ese Dios que les ha traicionado."

viernes, 27 de septiembre de 2019

LA RESPONSABILIDAD DE LOS INDIFERENTES. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon

LA RESPONSABILIDAD DE LOS INDIFERENTES. TREGUA PARA LA ORQUESTA, de Fania Fenelon 


"—¡Fania! ¡Las casas, las chimeneas humean!

    Es cierto. Esas humaredas son de personas que viven, se calientan, cocinan, son ligeras, azules y amarillas, muy diferentes de las que emergen de nuestros crematorios, negras como el hollín, espesas como el alquitrán.

    Las gentes se dedican pacíficas a sus ocupaciones, las tiendas tienen escaparates, aunque poco provistos. Nos cruzamos ion algunas personas, no muchas, mujeres, viejecitas que caminan a pasitos cortos, ancianos. Ni un solo joven, chico o chica. ¿Dónde están? ¿En la guerra? Es una ciudad silenciosa, la nieve en la que nos hundimos, ahoga los pasos, los ruidos. Nadie vuelve la cabeza a nuestro paso, nadie nos dirige una mirada, ni curiosa ni hostil, no existimos. ¿Cuándo cesaremos de ser nadie?

    Aquellas gentes que iban y venían, que hacían cosas normales, entraban y salían de sus casas, aquellas mujeres que acudían a efectuar sus compras llevando de la mano a un niño de rosadas mejillas relucientes como manzanas ¿sabían que eran felices? ¿Sabían que para nosotras representaban la vida? ¿Por qué nos negaban una mirada? No podían ignorarnos, sabían de dónde veníamos: los trajes rayados, los Kopftücher que disimulaban nuestros cráneos afeitados, nuestros rostros demacrados, proclamaban nuestro origen. Al pasear no se les prohibía pasar ante el campo de Birkenau, cuyo aspecto siniestro no disimulaba su función. ¿Creían que las cinco chimeneas con sus nauseabundas humaredas eran de la calefacción central? ¿Y qué deseaba yo exactamente? ¿Que aquel pueblecito de cinco o seis mil habitantes se sublevase y su población germana, implantada allí desde la victoria alemana, acudiese a liberar el campo? ¿Por qué habían de sentirse responsables de nosotros? Una ráfaga de violencia hace que la sangre se me suba a la cabeza. ¡Todos son responsables! Todos los hombres lo son, la indiferencia de uno solo es nuestra sentencia de muerte.
Los miro intensamente, no quiero olvidar sus caras de rata. No nos ven. ¡Qué cómodo es eso! No quieren fijarse en nuestros harapos rayados, como tampoco en los Kommandos de las «musulmanas» que atraviesan, despavoridas, su pequeño pueblo tranquilo, escoltadas por los SS y sus perros. Más tarde, cuando termine la guerra, estoy segura que dirán que no «sabían» nada y les creerán."