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lunes, 13 de mayo de 2019

HEREDEROS DEL NAZISMO DESPUÉS DE HITLER. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

HEREDEROS DEL NAZISMO DESPUÉS DE HITLER. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "A las nueve y media de una noche de octubre de 1958, un amigo llamó muy excitado a mi piso de Linz. ¿Podía yo acudir inmediatamente al Landestheater? Una representación de «El Diario de Ana Frank» acababa de ser interrumpida por demostraciones antisemitas. Grupos de jóvenes entre los quince y los diecisiete años gritaban: «¡Traidores! ¡Sobones! ¡Timadores!» Las luces se apagaron. Desde las localidades altas los jóvenes alborotadores lanzaron octavillas sobre el patio de butacas, en las que se leía: «Esta obra es un gran timo, pues Ana Frank no existió jamás. Los judíos han inventado toda la historia porque quieren obtener más dinero de restitución. ¡No creáis una palabra! ¡Es una patraña!» Intervino la policía, tomó los nombres de varios manifestantes, estudiantes de segunda enseñanza de las escuelas e institutos locales, y luego la representación prosiguió. Cuando llegué al Landestheater, la pieza acababa de terminar, pero aún reinaba gran excitación. Había dos coches de la policía aparcados frente al teatro y grupos de jóvenes discutían el incidente en la acera. Escuché lo que decían y, en general, parecían creer que los manifestantes tenían razón, que todo aquel asunto de Ana Frank era un mero fraude y que lo bueno sería que alguien tuviera el suficiente estómago para decirles a los judíos lo que pensaban de ellos. Muchos de aquellos jóvenes no habían nacido cuando Ana Frank murió, y entonces allí, en Linz, donde Hitler había ido al colegio y Eichmann se había formado, se les enseñaba a creer en mentiras y odio, prejuicio y nihilismo. Al día siguiente fui a la policía para repasar los nombres de los jóvenes arrestados. No me fue fácil, pues los padres querían enterrar la cosa y contaban con poderosos amigos. Al fin y al cabo, no era nada serio, decían: Cosa de jóvenes armando alboroto y divirtiéndose. Me dijeron que darían los nombres de los estudiantes a sus respectivas escuelas para que contra ellos se siguiera una acción disciplinaria. Pero ninguno de ellos recibió castigo. Los muchachos de Linz no tenían gran importancia, pero había alguien que sí la tenía. Pocas semanas antes, un profesor de Luebeck, el Studienrat Lothar Stielau, había declarado públicamente que el Diario de Ana Frank era una falsificación, siendo inmediatamente demandado por el padre de la muchacha. Tres expertos confirmaron la autenticidad del Diario. Según el Frankfurter Allgemeine Zeitung, el demandado había «porfiado durante seis horas hasta redactar una confesión...». La juventud alemana tenía que ser protegida de semejante «educador». Los desórdenes de Linz me parecían algo más serio porque eran sintomáticos. Aquellos jóvenes alborotadores no tenían culpa; pero sus padres y profesores sí. Los mayores trataban de emponzoñar las mentes de la nueva generación porque querían justificar su dudoso pasado, ya que muchos de ellos habían caído en la trampa de una herencia de ignorancia, odio y fanatismo, sin aprender nada de la historia. 

    Mis experiencias de estos últimos veinte años me han convencido de que las gentes de Austria y Alemania están divididas en tres grupos: Los culpables que cometieron crímenes contra la humanidad, aunque esos crímenes no puedan en ocasiones probarse; sus cómplices, que no cometieron crímenes, pero tuvieron conocimiento de ellos y no hicieron nada para impedirlos, y los inocentes. Yo creo que es absolutamente indispensable separar a los inocentes de los demás y la joven generación es inocente. Muchos de los jóvenes que conozco quieren andar el largo camino de la tolerancia y la reconciliación, pero sólo si se les da una relación limpia y clara les será posible a los jóvenes de Alemania y Austria tender la mano para estrechar la de aquellos que se hallen al otro extremo del camino, aquellos que recuerdan por experiencia propia o por relatos de sus padres, los horrores del pasado. Ninguna excusa puede acallar las voces de once millones de muertos, y los jóvenes alemanes que rezan en la tumba de Ana Frank hace tiempo que lo han comprendido. La reconciliación sólo es posible sobre la base del conocimiento de la realidad. 

    Pocos días después del alboroto del Landestheater, di una conferencia sobre neonazismo en el departamento principal de la archidiócesis de Viena. La discusión que siguió se prolongó hasta las dos de la madrugada. En el curso de la misma, un profesor contó el incidente ocurrido a un amigo suyo, un sacerdote que daba clase de religión en el Gymnasium de Wels, Alta Austria, no lejos de Linz. Al hablar el sacerdote de las atrocidades nazis cometidas en Mauthausen, uno de los estudiantes se puso en pie: 

   —Padre, de nada sirve hablar asi porque sabemos muy bien que las cámaras de gas de Mauthausen sólo sirvieron para desinfectar trajes. 

    El sacerdote se sorprendió: 

   —Pero si habéis visto los noticiarios en el cine, las fotografías, si visteis los cuerpos. 

   —Hechos de cartón piedra —dijo el muchacho—. Una propaganda inteligente para hacer que los nazis aparezcan culpables. 

    —¿Quién dijo semejante cosa? 

    —Todos. Mi padre podría contarle montones de detalles. 

    El sacerdote había dado cuenta del incidente al director del Instituto y se inició una investigación y un examen de la zona. Más del cincuenta por ciento de los estudiantes de aquella clase tenían padres que habían pertenecido activamente al movimiento nazi, a quienes encantaba contar a sus hijos las heroicas y gloriosas hazañas de su pasado: Cómo se habían alistado en el Partido nazi a principios de los años treinta, cuando en Austria era ilegal; cómo habían ayudado a hacer volar puentes y trenes, impreso y distribuido libelos ilegales contra el gobierno de Dollfuss. Luego aquellos padres se habían convertido en orgullosos SS. Sería imposible que los jóvenes crecieran en tal ambiente sin ser afectados por él. Los padres habían tenido miedo y habían guardado silencio en los primeros años de la posguerra; pero a finales de los años cincuenta, empezaron a hablar nostálgicamente de su gran pasado y los muchachos les escuchaban excitadísimos. Los profesores de su escuela, muchos de ellos antiguos nazis, no rebatían las gloriosas historias que los padres de los estudiantes contaban."

    Otra historia en este enlace

jueves, 14 de marzo de 2019

ALEMANES INOCENTES. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiessenthal

ALEMANES INOCENTES. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiessenthal

    "Son sus «clientes» los que fueron SS y rabiosos miembros del Partido. Después de repetidas conversaciones con ellos y años de estudio y observación, Wiesenthal ha llegado a la conclusión de que en su gran mayoría «o no tenían conciencia desde un principio o consiguieron suprimirla por completo». Se libraron de la conciencia como otros se libran del apéndice. «Befehl ist Befehl» (órdenes son órdenes). El Führer daba las órdenes y ellos las cumplían. Los alemanes tienen una expresión para esa clase de obediencia: «Kadavergehorsam» (la total obediencia del cadáver). El concepto de «Befehlsnotstand» (órdenes necesariamente ineludibles) es aceptado muchas veces como circunstancia atenuante por jurados alemanes o austríacos. Pero esos jurados nunca exigen prueba alguna de que si el acusado se hubiera negado efectivamente a cumplir la orden, hubiera puesto en peligro la vida. Semejante prueba no existe. Algunos hombres se negaron a cumplir la orden criminal y fueron encarcelados o enviados al frente. Los que de entre ellos sobrevivieron, tienen hoy la conciencia, tranquila."

viernes, 1 de marzo de 2019

AUSTRIA, Y LA PROTECCIÓN DE LOS NAZIS. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

AUSTRIA, Y LA PROTECCIÓN DE LOS NAZIS. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

"Entre los sádicos peores de Stanislav se contaban los hermanos Mauer. Eran Volkdeutschen procedentes de Polonia y tenían todos los complejos de aquellos alemanes «inferiores». Los pocos supervivientes de Stanislav cuentan terribles historias de los dos hermanos, pero desgraciadamente daban el nombre como «Maurer», con otra r. Por consiguiente, el fiscal Sichting de Ludwigsburg buscaba dos hermanos llamados «Maurer». En 1963 conocí a Sichting, quien me contó que en sus investigaciones había encontrado muchos Maurers, pero ninguno nacido en Polonia. Entonces le sugerí que quizás el nombre fuera «Mauer». El fiscal me pidió que llevara a cabo una investigación en Austria y para ello me puse en contacto con un comité que se encarga de los Volkdeutschen en ese país. Sí, dos hermanos, Johann y Wilhelm Mauer, se hallaban en Salzburgo trabajando para las Obras Auxiliares Evangélicas, caritativa organización. Johann era «consejero de refugiados» y Wilhelm tenía a su cargo el albergue de juventud: Tareas apropiadas para dos ejecutores en masa. Uno de mis ayudantes fue a la policía de Salzburgo y descubrió que los dos hermanos habían nacido en Polonia. Volvió con una fotografía y al verla recordé que en realidad me había encontrado con Johann Mauer después de la guerra, cuando él trabajaba para una organización de caridad protestante y yo hacía algo similar para una organización de refugiados judíos. Desgraciadamente, entonces no conocía su pasado. Me puse de acuerdo con Sichting y entregué el material entero que teníamos contra los hermanos al fiscal del distrito de Salzburgo. El arresto de los Mauer causó sensación en la ciudad, y el juicio contra ellos, a principios de 1966, fue uno de los más escandalosos capítulos en los anales de la justicia austríaca de posguerra. Parecía imposible lograr la designación del jurado de tantas personas como pidieron se las excusara de serlo por enfermedad u otras razones. Cosas extrañas sucedieron en la atiborrada audiencia de la bella ciudad de los festivales, Salzburgo. El público aplaudió a los acusados y se rió cuando los testigos judíos juraron sobre la Biblia. Todos los testigos reconocieron a ambos hermanos. El testimonio era perfectamente convincente. Tras varias horas de deliberación el jurado admitió que los, acusados habían cometido asesinatos, pero que había que tener en cuenta que obraron coaccionados, ejecutando órdenes superiores. El tribunal tuvo que absolver a los acusados, pero el juez presidente informó que, de acuerdo con el código penal austríaco, el veredicto del jurado era «un patente error» y que por lo tanto se abriría un nuevo juicio contra ellos y que hasta este segundo juicio los acusados seguirían en prisión. El veredicto de Salzburgo y la conducta antisemita del público produjeron olas de reacción en Austria. El Wiener Zeitung hablaba de «veredicto vergonzoso». Estudiantes católicos y socialistas iban por las calles de Viena llevando pancartas que decían: «Austria, parque nacional de criminales nazis». No solucionó nada que yo descubriera —demasiado tarde desgraciadamente— que el presidente del jurado había sido un nazi austríaco clandestino y un SA. El segundo juicio contra los hermanos Mauer se celebró en Viena en el mes de noviembre de 1966. Johann Mauer fue condenado a ocho años y Wilhelm a doce."

lunes, 28 de enero de 2019

LA LIBERACIÓN DE WIESENTHAL DE MAUTHAUSEN. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

LA LIBERACIÓN DE WIESENTHAL DE MAUTHAUSEN. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "El tanque de la estrella estaba a unos cien metros delante de mí. Quise tocar la estrella, pero estaba demasiado débil: Había logrado sobrevivir hasta aquel día, pero no para poder andar los últimos cien metros. Recuerdo que di unos pasos, que luego mis rodillas cedieron y caí de bruces.
Alguien me levantó. Noté que un basto uniforme americano, color aceituna, me rozaba los brazos desnudos. Yo no podía hablar, ni siquiera abrir la boca. Indiqué con mi mano la estrella blanca, toqué el frío y polvoriento carro blindado y luego perdí el conocimiento.

    Cuando volví a abrir los ojos, tras lo que me pareció mucho rato, estaba otra vez en mi litera, pero la habitación parecía otra. En cada catre había sólo un hombre y no tres o cuatro como de costumbre. Se habían llevado a los cadáveres. En el aire, un olor no familiar: DDT. Nos trajeron grandes calderos de sopa, sopa auténtica y tenía un sabor exquisito. Tomé gran cantidad. Mi estómago no estaba acostumbrado a tan sustancioso alimento y me vi presa de violentas náuseas.

  Los días siguientes transcurrieron en agradable apatía. Casi todo el tiempo me lo pasaba amodorrado en mi catre. Doctores americanos de uniforme blanco cuidaban de nosotros. Nos dieron pastillas y más comida: Sopa, verduras, carne. Yo seguía tan débil que para salir afuera necesitaba ayuda, habiendo logrado sobrevivir, nada me obligaba ya a esforzarme en ser fuerte. Había visto el día por el que tanto había rezado durante todos aquellos años, pero sin embargo, me hallaba más débil que nunca. «Reacción natural», decían los doctores.

    Hice un esfuerzo por levantarme y andar solo. Arrastraba penosamente los pies por un corredor oscuro, cuando un hombre me salió al paso y me derribó de un golpe; me desplomé y perdí el conocimiento. Cuando recobré el sentido estaba en mi catre y un doctor americano me hizo tomar algo. Tenía a mi cabecera dos amigos que me habían recogido del corredor y llevado hasta mi catre. Dijeron que un confidente polaco me había pegado. Quizá le molestara que yo estuviera aún con vida.

    Los de la habitación A me decían que yo tenía que denunciar aquel confidente a las autoridades americanas. Ahora éramos hombres libres: Habíamos dejado de ser Untermenschen (infrahombres). Al día siguiente mis amigos me acompañaron hasta una oficina del edificio que había venido siendo anteriormente cuartel general del campo. En la puerta se leía un cartel: CRÍMENES DE GUERRA. Nos dijeron que aguardáramos en una pequeña antesala. Alguien me trajo una silla y me senté.

    A través de la puerta abierta vi cómo oficiales americanos interrogaban, tras sus respectivas mesas, a los SS que se mantenían ante ellos en posición de firmes. Varios de los que antes eran prisioneros trabajaban como mecanógrafos. Un SS fue traído a la habitación entonces e instintivamente volví la cabeza para que no me viera. Había sido un guarda brutal, hasta el punto de que cuando pasaba por un corredor, si algún prisionero no se hacía rápidamente a un lado y se ponía instantáneamente en posición de firmes, le daba un latigazo en la cara con la fusta de montar que siempre llevaba consigo. La visión de aquel hombre me había producido siempre un sudor frío en la nuca.

   Después me puse a mirarlo y no podía creer lo que estaba viendo. El SS temblaba, igual que nosotros habíamos temblado ante él. Tenía los hombros hundidos y noté que se restregaba las palmas de las manos. Había dejado de ser un superhombre: Me recordaba a un animal preso en la trampa. Un prisionero judío le escoltaba, un antiguo prisionero.

    Yo seguía sin poder apartar la vista, fascinado. No podía oír lo que le decían al SS, que permanecía frente al americano que le interrogaba sin poderse apenas mantener firme y en su frente había sudor. El oficial hizo un gesto con la mano y un soldado americano se llevó al SS. Mis amigos dijeron que todos los SS eran conducidos a una casamata de hormigón armado donde estaban bajo vigilancia en espera de juicio. Denuncié al confidente polaco y mis amigos testificaron que me habían encontrado sin conocimiento en el corredor. Uno de los doctores americanos declaró también. Luego nos volvimos a nuestra habitación. Por la noche, el confidente me pidió excusas en presencia de nuestros camaradas y me tendió su mano. Acepté sus disculpas, pero la mano no se la di.

    Lo del confidente no tenía importancia. Pertenecía ya al pasado. Seguí pensando en la escena de la oficina. Echado en mi catre veía con los ojos cerrados al SS temblando, un cobarde de uniforme negro, despreciable y aterrado. Durante años aquel uniforme había sido el símbolo del terror. Durante la guerra yo había visto soldados alemanes asustarse también de los SS; pero jamás vi a un hombre de la SS asustado. Siempre los había considerado como fuertes, como élite de un régimen pervertido. Me llevó tiempo comprender lo que había visto: Los superhombres se convertían en cobardes en el momento mismo en que sus fusiles dejaban de protegerles. Estaban acabados, anulados.

    Me levanté de mi catre y salí de la habitación. Detrás del crematorio, hombres de la SS cavaban fosas para nuestros tres mil camaradas que habían muerto de inanición y agotamiento después de la llegada de los americanos. Me senté a contemplar a los SS. Dos semanas atrás me hubieran matado a golpes sí me hubiera atrevido a mirarles, pero ahora parecían asustados de pasar por mi lado. Un SS pidió un cigarrillo a un soldado americano. El soldado arrojó al suelo el cigarrillo que se estaba fumando. El SS se agachó, pero otro SS fue más rápido que él y cogió la colilla. Los dos SS entablaron pelea hasta que el soldado les ordenó que se marcharan.

    Sólo habían pasado dos semanas y la élite del Reich de los Mil Años se peleaban por una colilla. ¿Cuántos años hacía que a nosotros no nos habían dado ningún cigarrillo? Me volví a la habitación y miré a mi alrededor. La mayoría de mis camaradas yacían apáticamente en sus catres. Tras el primer momento de alegría, muchos de ellos sufrían un ataque de depresión. Ahora que sabían que iban a vivir, se daban cuenta de la falta de sentido de sus vidas. Se habían salvado, pero no tenían a nadie para quien vivir, ningún lugar a donde volver, nada que reconstruir."

Mauthausen

jueves, 17 de enero de 2019

LA PRESENCIA NAZI EN LA SOCIEDAD ALEMANA TRAS LA II GUERRA MUNDIAL, LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

LA PRESENCIA NAZI EN LA SOCIEDAD ALEMANA TRAS LA II GUERRA MUNDIAL, LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Hablamos de la situación política, respecto a la que Hans se sentía pesimista y criticaba mucho a los aliados.

    —Veo claramente lo que va a suceder ahora, después de haber sentenciado a ciertos nazis destacados. La mayoría de los que hayan cometido crímenes menores serán puestos en libertad por los aliados tras una sentencia de pura fórmula. Nadie quiere tomarse molestias por los desperdicios nazis. Muy pronto ocuparán posiciones destacadas otra vez y nadie podrá tocarlos, ya que no se puede castigar dos veces a un hombre por el mismo crimen.

    Con el tiempo aquello se convirtió en profecía.

    —Los aliados incurrieron en grave error cuando decidieron limpiar Alemania —decía Hans—. Loable actitud pero inútil ya que no comprenderán nunca la mentalidad nazi. Debieron encomendar la tarea a los alemanes decentes, pues tales alemanes existen, a pesar de que después de la guerra todos los alemanes fueran considerados malvados. Debieran ser tribunales alemanes los que juzgaran a los criminales de la SS, y jueces alemanes, capaces de penetrar en las retorcidas mentes de los acusados que hubieran condenado a los culpables. Ahora es demasiado tarde, los nazis han aprendido a manejar a esos «inocentes extranjeros», mediante su arma secreta: Las bonitas chicas de Austria y Alemania. Ahora la crisis acabó y los nazis vuelven a tener agallas. Le sorprendería oír cuánto se habla en los círculos nazis del futuro Cuarto Reich. Los peces gordos se hallan en el extranjero, conspirando otra vez a salvo en ciertos países que no tienen tratados de extradición con Alemania.

No cabía duda de que Hans sabía más de lo que me contaba; así, que intenté tirarle la lengua. Quizá pudiera él darme ciertas respuestas que yo necesitaba.

    —¿Cómo consiguieron escapar los cabecillas nazis?

    —¿No ha oído nunca hablar de Odessa? —me preguntó Hans."

viernes, 23 de noviembre de 2018

LO QUE MUCHOS SE NIEGAN A RECONOCER´LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

LO QUE MUCHOS SE NIEGAN A RECONOCER. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Los códigos criminales de todas las naciones civilizadas conocen la definición de «asesinato». Los juristas que redactaron las leyes tenían en el pensamiento el asesinato de una persona, de dos, de cincuenta o quizá de mil personas. Pero el exterminio sistemático de seis millones de personas rebasa los cálculos de toda ley. Como ocurre con la fuerza explosiva de la bomba H, hay personas que no quieren ni pensar en ella. Eichmann lo comprendía muy bien cuando, en 1944, dijo en Budapest a unos amigos: «Un centenar de muertos es una catástrofe. Cinco millones de muertos es estadística».
Dachau

jueves, 22 de noviembre de 2018

ALEMANES CULPABLES.. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon WIesenthal

ALEMANES CULPABLES.. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon WIesenthal

    "Wiesenthal recuerda muchas veces su primer paseo como hombre libre después de vivir cuatro años entre alambradas. Era un cálido día de primavera del mes de mayo de 1945, a los diez días de haber sido liberado del campo de concentración de Mauthausen, Alta Austria. Débil todavía y un poco aturdido por el desacostumbrado esfuerzo, se llegó hasta el pueblo vecino andando. Los labradores trabajaban el campo, jugaban los niños, los pájaros cantaban. A menos de un kilómetro y medio de los horrores de la cámara de gas, el campo parecía un idilio de paz bucólica. Nadie demostraba ni curiosidad ni simpatía. Sintiéndose Wiesenthal muy fatigado, entró en una casa de campo y pidió un vaso de agua. Una robusta y bien alimentada campesina le trajo un vaso de zumo de naranja.
  —¿Se pasó mal allí dentro? —le preguntó, señalando vagamente en dirección de las bajas edificaciones grises que se veían más allá de los bancales.
    —Dese por satisfecha de no haber tenido que ver nunca ese campo de concentración por dentro.
    —¿Y por qué iba yo a tener que verlo? —contestó la mujer—. Yo no soy judía.
    Wiesenthal pensó en el incidente aquél mucho tiempo. Años de adoctrinación habían convencido a la mujer de que en la tierra había dos clases de personas: Las que como ella estaban para vivir y las razas «inferiores» destinadas a la muerte. Wiesenthal no tardó en descubrir que muchas personas bondadosas habían sufrido la infección de teorías nazis. Cuando alguien, sin ser preguntado, le decía que «no sabía nada de todo aquello» o por propia iniciativa declaraba que «había salvado a judíos», Wiesenthal se ponía furioso.
    —Si hubieran sido efectivamente salvados todos los judíos que me dijeron haber salvado hubiera habido más judíos al final de la guerra que cuando ésta empezó. Tampoco podía creer a aquellos que trataban de convencerme de que no se habían enterado absolutamente de nada. Quizá no supieran toda la verdad de lo que ocurría en los campos de concentración. Pero casi todo el mundo había notado algo después de que Hitler invadiera Austria el 11 de marzo de 1938. Nadie podía dejar de ver cómo los SS de negro uniforme se llevaban a los vecinos que resultaban ser judíos. Los niños volvían de la escuela diciendo que a sus compañeros de clase judíos los habían expulsado. Nadie podía dejar de ver las esvásticas en los escaparates rotos de las tiendas judías saqueadas. Nadie, tampoco, podía ignorar los escombros de las sinagogas que fueron quemadas la noche del 9 de noviembre de 1938[4]. La gente sabía lo que ocurría, aunque a muchos les diera vergüenza enterarse y prefirieran mirar a otra parte para no ver demasiado. Soldados y oficiales con permiso, procedentes del frente del Este, hablaban muchas veces de las matanzas de judíos que habían tenido lugar allí. La gente sabía mucho más de lo que admitía saber y es por esa razón que tantas personas acusan hoy ese sentimiento de culpabilidad."
La campiña junto a Mauthausen

martes, 13 de noviembre de 2018

ALEMANES ATRAPADOS. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

ALEMANES ATRAPADOS. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Después de la guerra, cuando Wiesenthal trabajaba para varias agencias americanas, acompañaba a oficiales americanos en sus recorridos y en diversas ocasiones tuvo que arrestar personalmente a SS acusados de crímenes. Veía en sus ojos la misma expresión que tantas veces había visto en los ojos de los judíos arrestados por la SS. Pero Wiesenthal percibió una notable diferencia: Algunos de los superhombres de la Gestapo y la SS, se ponían de rodillas y pedían clemencia, cosa que los judíos nunca hicieron. Wiesenthal había visto ir a la muerte a muchos judíos. En su mayoría tenían miedo, en algunos hacía presa el terror de modo que los demás tenían que sostenerles. Unos rezaban y otros lloraban. Pero nunca suplicaron por sus vidas."
Mauthausen

lunes, 29 de octubre de 2018

LA DESNAZIFICACION INSUFICIENTE TRAS LA II GUERRA MUNDIAL. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

LA DESNAZIFICACION INSUFICIENTE TRAS LA II GUERRA MUNDIAL. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "En el Oeste fueron los franceses quienes adoptaron la actitud más dura, no sin razón, ya que ellos habían sufrido la ocupación nazi directamente. Sin embargo, paulatinamente, la dura actitud francesa se suavizó notablemente a medida que antiguos partidarios de Vichy fueron uniéndose a las fuerzas francesas de ocupación en Alemania y Austria, consiguiendo echar tierra a la acción de la justicia.
La política británica con respecto a los criminales nazis no fue ni clara ni coordinada, tuvo aspecto distinto que en Alemania y en Austria y con frecuencia resultó paradójica. Los ingleses muchas veces hacían la vista gorda con respecto a importantes nazis que se escondían en sus zonas; pero entregaban nazis con expediente criminal a los soviets o, por ejemplo, a los yugoslavos cuando había pruebas de que tales nazis habían cometido crímenes en la URSS o en Yugoslavia. Los ingleses andaban escasos de investigadores expertos, y como resultado, la desnazificación se llevaba a cabo con muy poca eficacia. Los ingleses tenían sus propios problemas en Palestina y en sus colonias y bastante menos interés que los americanos en poner en claro el embrollo nazi.

    Los americanos, de acuerdo con su temperamento nacional, fueron de extremo a extremo. Primero crearon la política de «arresto automático». Todos los SS miembros de la Gestapo, los miembros destacados del Partido Nazi, simpatizantes y colaboradores, fueron cazados y llevados a campos de detención donde se les suministró comida abundante, cuidados médicos y cigarrillos. Se les informó asimismo que tenían que aguardar a que los investigadores les interrogaran y separaran las ovejas de las cabras, los criminales de los simples secuaces. En los campos de detención fueron dispuestas diferentes unidades para los SS y los nazis menos responsables, para los altos oficiales de la Wehrmacht, para los colaboracionistas no alemanes (húngaros, eslovacos, croatas). Me pasé muchos ratos en esos campos investigando por cuenta de la Comisión de Crímenes de Guerra, la OSS y la CIC y sé muy bien qué trato recibían los internados. Durante mucho tiempo, los internados en aquellos campos tuvieron más comida que la población civil.

    Tuve también ocasión de observar los sutiles medios que los detenidos empleaban para «trabajarse» a los americanos. Los que se decían «expertos en cuestiones soviéticas», aquellos que habían estado en la Unión Soviética, comenzaron a envolver a los investigadores americanos en discusiones políticas. A algunos de ellos les pidieron incluso que escribieran informes destinados a importantes agentes de la inteligencia americana. Yo conocí a oficiales americanos que escribieron, a su vez, prolijos informes basados en tales fuentes, sin preocuparse de hacer comprobaciones. En 1946 y en 1947, los americanos pusieron en libertad a muchos criminales de guerra que fueron posteriormente arrestados de nuevo por la policía alemana y austríaca. Numerosos oficiales de la policía local habían sido víctimas del régimen nazi. Algunos estuvieron en campos de concentración y, por lo tanto, sabían de los nazis más que los americanos, separados de ellos por infranqueables barreras de lengua y mentalidad.

    Mientras los americanos que habían ganado la guerra en Europa dirigieron la desnazificación ésta se llevó a cabo con justicia y eficacia. Pero esos hombres se reintegraron definitivamente a sus hogares y fueron reemplazados por otros que habían pasado la guerra en los Estados Unidos o en el Lejano Oriente. No entendían nada del problema nazi, que para ellos parecía formar ya parte de la historia. En su mayoría no hacían el menor esfuerzo por hablar alemán y se valían de muchachas alemanas y austríacas como intérpretes. Con frecuencia fueron víctimas de la mejor arma secreta nazi: Las Frauleins. Un joven americano se sentía, naturalmente, más atraído por una bonita y complaciente muchacha que por uno de «esos de la SS», a los que todos deseaban olvidar como se desea olvidar una pesadilla. Esos americanos pensaban que nosotros, los que teníamos interés en ver la justicia cumplida, no éramos más que unos alarmistas, vengativos de «ojo por ojo», que no podíamos dejar de contemplar el mundo más que a través de una alambrada. Un capitán americano que tenía un importante puesto en la tarea de reeducación alemana, me dijo una vez:

    —Siempre habrá personas con un punto de vista distinto. En mi país tenemos demócratas y republicanos. Aquí vosotros tenéis nazis y antinazis. Eso es lo que hace que el mundo no se pare. Intenta no preocuparte demasiado por ello."

miércoles, 3 de octubre de 2018

HISTORIA DE UN LIBRO DURANTE EL HOLOCAUSTO. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

HISTORIA DE UN LIBRO DURANTE EL HOLOCAUSTO. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Poco después de la guerra, estando yo en Linz, me notificaron que miles de libros de rezos judíos habían sido encontrados en el sótano de un castillo del siglo XVI, en la provincia austríaca de Estiria. El castillo estaba situado en una zona solitaria, llena de bosques y era un edificio adusto, gris, sombrío y que se desmoronaba. Un viejo portero nos llevó hasta un sótano húmedo y encendió una macilenta bombilla. Cuando nuestros ojos se hubieron acostumbrado a la pálida luz, vimos enormes montones de libros negros: Biblias, libros de rezos, Talmudes. Había miles y miles de ellos, como si fuesen pilas de briquetas de coque. Los libros habían sido llevados hasta allí desde casas particulares judías y sinagogas de toda Europa pues los dueños del Tercer Reich habían planeado distribuir esos libros, posteriormente, entre las bibliotecas, universidades e institutos científicos, convertidos ya en curiosidades históricas, reliquias de una raza que ya no existía, y que algún día podían ser tan valiosos como pergaminos asirios o figurillas cretenses. Permanecimos allí en pie mucho rato, incapaces de decir una sola palabra. Cada uno pensábamos en las incontables tragedias simbolizadas en aquel sótano húmedo: En los devotos hombres y mujeres a quienes les habían quitado aquellos libros. El más joven de los miembros de nuestra comisión, un joven judío de Carpatorrusia que había perdido a toda su familia, recorría los montones de libros, cogiendo ahora éste, luego aquél, rozando aquel otro con sus labios, volviéndolo a poner suavemente en el montón. De pronto oí una exclamación y miré hacia atrás. Vi que el joven tenía un libro de rezos en las manos, se había quedado con los ojos fijos en la primera página y tenía blanca la cara. Se bamboleó y cayó al suelo sin conocimiento. Corrimos hacia él. Uno de nosotros tenía un poco de coñac y le hicimos tomar un sorbo. Las manos le temblaban. Recogí el libro, lo abrí y en la primera página vi una caligrafía que me pareció de mujer y de alguien que debió de escribir aquellas líneas en momentos de gran excitación: «Acaban de llegar a la ciudad, dentro de pocos minutos estarán en nuestra casa. Si alguien encuentra este libro, que por favor lo notifique a mi querido hermano...» Había un espacio en blanco. Luego seguía lo que parecía ser una posdata de última hora, escrita con prisas, casi ilegible: «¡No nos olvides! ¡Y no olvides a nuestros asesinos! Ellos...» La frase quedaba cortada. Cerré el libro y miré al joven, que todavía estaba pálido, pero que parecía más sosegado: 

    —Si no le importa, quisiera quedarme con el libro —dijo—. Era de mi hermana que murió en Treblinka."

miércoles, 26 de septiembre de 2018

LA HISTORIA DEL NAZI BUENO. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

LA HISTORIA DEL NAZI BUENO. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Mientras Franz Murer dirigía la aniquilación de los ocho mil judíos de Vilna en 1942, había también allí otro austríaco llamado Anton Schmid, de procedencia vienesa. Tenía cuarenta y dos años y era Feldwebel (sargento) de la Wehrmacht regular para la que, como muchos otros austríacos, había sido reclutado. Schmid no tenía nada del típico sargento de instrucción sino que era un hombre reposado, siempre reflexivo, hablaba poco y tenía pocos amigos entre sus compañeros de armas. Sólo existe una fotografía de él que muestra a un hombre de rostro pensativo, honrado, de ojos suaves y tristes, pelo oscuro y un pequeño bigote. La unidad a que pertenecía estuvo en Vilna durante los peores meses de la actividad exterminadora de Murer. Antón Schmid era católico devoto que sufría cuando veía a otros sufrir, y un hombre de valor excepcional. Su historia no se hubiera conocido jamás sin ciertos testimonios que figuran en nuestro dossier de Murer y que cuentan que entre 250 supervivientes del ghetto de Vilna, hay varios cuyas vidas las deben a Anton Schmid. Fueron ellos quienes posteriormente relataron lo siguiente: Muchos alemanes de Vilna condenaban en secreto las atrocidades de Murer pero no hacían nada. Schmid en cambio decidió que era su deber de cristiano ayudar a los judíos oprimidos y se convirtió en una organización de ayuda de un solo hombre. Se introducía en el ghetto con gran riesgo personal, para llevar comida a los judíos que morían de hambre, llevaba botellas de leche en los bolsillos y las entregaba para los niños pequeños, estaba al corriente de que miles de judíos se escondían en algún lugar de Vilna y servía de correo entre ellos y sus amigos del ghetto , llevaba mensajes, pan, medicamentos y hasta se atrevió a robar fusiles a la Wehrmacht para darlos a los judíos de la Resistencia. —Hacía todo eso sin ni siquiera esperar que se lo agradecieran —me dijo un superviviente—. Lo hacía por pura bondad de corazón. Para nosotros los del ghetto , aquel hombre débil, callado, con su uniforme de Feldwebel , era una especie de santo. Sucedió lo inevitable. La Gestapo descubrió en los primeros días de abril de 1942 que Schmid había tratado de pasar a escondidas cinco judíos del ghetto para llevarlos a los vecinos bosques de Ponary donde pensaban esconderse. Fue arrestado y a la mañana siguiente un tribunal marcial alemán lo sentenció a muerte. Dos horas después Schmid escribía a su esposa Stefi: «Recibidas tus dos cartas... Me alegra que las cosas te vayan bien. Debo decirte lo que el destino me ha reservado, pero, por favor, sé fuerte cuando leas lo que sigue... Me acaba de sentenciar a muerte un tribunal marcial. No se puede hacer más que apelar para obtener clemencia, cosa que ya he hecho. No sabré la decisión hasta mediodía pero creo que me la denegarán, hasta ahora las apelaciones han sido denegadas. »Pero queridos míos, ánimo. Yo me resigno a mi destino. Ha sido decidido desde lo Alto por nuestro Señor y nada puede hacerse. Estoy tan tranquilo que apenas yo mismo puedo creerlo. Nuestro Dios lo  quiso así, me dio fuerzas y espero que Él os dé fuerzas a vosotros también. »Debo contaros cómo sucedió. Había siempre muchos judíos, conducidos en grupo por soldados lituanos para ser fusilados en los prados de las afueras de la ciudad: De 2.000 a 3.000 personas por vez. Siempre arrojaban a los niños pequeños contra los árboles, ¿Os imagináis? Yo tenía órdenes (que me repugnaban) de encargarme de la Versprengenstelle (centro de dispersión) donde trabajaban 140 judíos. Me pidieron que los dejara marchar de allí y me dejé persuadir, ya sabéis que tengo el corazón muy blando. No lo medité, y haberles ayudado mis jueces lo han considerado digno del máximo castigo. Será duro para vosotras, queridas Stefi y Gertha, pero tenéis que perdonarme: Obré como un ser humano, sin intención de herir a nadie. »Cuando leas esta carta, ya no estaré en este mundo ni podré escribirte más. Pero puedes estar segura de que nos reuniremos con Dios nuestro Señor en un mundo mejor. Escribí una carta anterior el 1 de abril, incluyendo la fotografía de Gertha. Esta carta se la daré al sacerdote...» Cuatro días después, el 13 de abril, Antón Schmid fue ejecutado. Murió junto con los cinco judíos que había intentado salvar y fue enterrado en un pequeño cementerio para soldados en Vilna. Dos días después, el sacerdote Fritz Kropp envió la última carta de Schmid a su viuda de Viena. «El lunes 13 a las tres de la tarde su querido esposo partió (escribía Kropp). Le conforté en sus últimos momentos... Rezó y fue fuerte hasta el último instante. Su última voluntad fue que usted se mostrara también fuerte». El nombre de Anton Schmid aparecía en varios diarios de judíos entre los ejecutados en el ghetto de Vilna y todos mencionaban su bondad y su valor. Algunos de los supervivientes le recordaban perfectamente. Comencé a recoger testimonios y un día mi amigo el doctor Mark Dvorzechi de Tel-Aviv, cuyo testimonio sobre Vilna durante el juicio de Eichmann ayudó a convencer a los austríacos de que Murer debía ser juzgado, vino a verme a Viena y me dio la dirección de la viuda de Anton Schmid. Fui a ver a Frau Schmid, mujer anciana y cansada que lleva una pequeña tienda y tiene muy poco dinero. Su hija, Gertha, casada, vive con su madre. Me contó que la vida no había sido fácil para ellas allá por 1942 cuando se supo que el Fetdwebel Schmid había sido ejecutado por intentar salvar a unos judíos ya que algunos vecinos hasta amenazaron a Frau Schmid, la viuda de «un traidor», y le dijeron que lo mejor que podía hacer era irse a vivir a otra parte. Le rompieron además los cristales de su tiendecita. Pregunté a Frau Schmid si deseaba algo. Me contestó que sí, que le gustaría visitar la tumba de su marido en Vilna. No era deseo fácil de complacer ya que Vilna fue hasta 1965 zona cerrada por los rusos a los turistas. Pero referí el caso al embajador soviético en Viena y le pedí permiso para que la familia pudiera visitar Vilna, añadiendo que el Centro de Documentación financiaría el viaje. El 20 de octubre de 1965 Frau Schmid, con su hija y su hijo político tomaron el tren para Minsk y allí el avión hasta Vilna. El Centro de Documentación se encargará de que se coloque una lápida en la tumba de Anton Schmid con el epitafio: «Aquí yace un hombre que juzgó más importante ayudar a sus semejantes que vivir»."



viernes, 21 de septiembre de 2018

EL EDUCADO ASESINO. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

EL EDUCADO ASESINO. LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "...el delegado del comandante del campo de Lwów, Richard Rokita, que luego pasó a Tarnopol, también Galitzia, prosiguiendo su carrera de asesino. Dio muerte a varios centenares de judíos o quizá miles, probablemente ni él mismo lo sepa. A Rokita le llamábamos «el cordial asesino», porque nunca pegaba a nadie, nunca gritaba a los prisioneros, sino que se limitaba a dispararles un tiro con toda educación. Era algo artista y en su Kattowitz natal, Alta Silesia (ahora Polonia), tocaba el violín y adoraba la música. Cuando vino al campo de concentración de Lwów, lo primero que hizo fue organizar una orquesta especial en el campo, ya que entre los prisioneros había músicos de primera categoría. Rokita encargó a Sigmund Schlechter, famoso compositor judío de Lwów, que escribiera un «tango de la muerte» que la orquesta del campo pasó a interpretar mientras se llevaban a cabo las ejecuciones. Muchas veces vemos ejecuciones con acompañamiento musical en los escenarios; pero, en Lwów, al son de la música se disparaban balas de verdad. En una ocasión Rokita, paseando por el campo vio un judío viejo y débil. El judío le saludó y Rokita le devolvió el saludo amigablemente; luego arrojó un trozo de papel al suelo y dijo al anciano que lo recogiera. El judío se agachó y Rokita le mató de un tiro. Como he dicho, era un asesino cordial."

lunes, 17 de septiembre de 2018

WIESENTHAL SOBREVIVE UNA VEZ MÁS

WIESENTHAL SOBREVIVE UNA VEZ MÁS.  LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Wiesenthal recuerda muy bien el frío espantoso, la noche clara, el crujir de la nieve helada bajo los pies. Cada paso era un esfuerzo mayor. Resultó que iba andando al lado del príncipe Radziwill, uno de cuyos parientes se casaría, en el transcurso del tiempo, con la hermana de la hoy viuda de John F. Kennedy. Tenían los brazos atados codo con codo, e intentaban sostenerse mutuamente, pero al fin no pudieron seguir y cayeron en la nieve. Wiesenthal oyó una voz que decía: «¿Estáis vivos?», y luego un disparo. Pero el SS debía de tener las manos entumecidas, porque la bala fue a parar entre Wiesenthal y Radziwill. La columna desapareció en la oscuridad, pero Wiesenthal y Radziwill siguieron allí echados. Al cabo de un rato se empezó a sentir a gusto, casi calentito, allá sobre la nieve, y recuerda haber dormido algo y que luego lo levantaron y lo echaron a un camión con los cadáveres. Luego le contaron que las autoridades del campo habían enviado a recoger los muertos para que los vecinos de Mauthausen, al ir de mañana a su trabajo, no se impresionaran al ver tantos cadáveres. Al parecer, él y Radziwill estaban casi tiesos de frío y les supusieron muertos. Pero cuando el camión llegó al crematorio del campo y sacaron los cuerpos, los prisioneros designados para el trabajo notaron que aquellos dos hombres no estaban «muertos del todo». Por suerte no había ningún SS presente y el patio estaba muy oscuro; así, que los prisioneros llevaron a Wiesenthal y Radziwill a unas duchas cercanas, les quitaron las ropas y los pusieron bajo un chorro de agua fría que les reavivó. Desde las duchas, un estrecho corredor llevaba a los barracones del campo y los dos fueron conducidos en secreto a uno de ellos, débiles y aturdidos pero con vida."
Museo de Mauthausen

viernes, 27 de julio de 2018

EL JUICIO DE EICHMANN . LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

EL JUICIO DE EICHMANN . LOS ASESINOS ENTRE NOSOTROS, de Simon Wiesenthal

    "Hasta que tuvo lugar el juicio de Eichmann, hubo millones de personas en Alemania y en Austria que pretendían no saber o no querían saber nada de la magnitud de los crímenes de la SS. El juicio puso fin a su propio engaño. Ahora nadie podía pretextar ignorancia. Eichmann, el hombre, no contaba: Estaba muerto desde el momento en que entró en la sala. Pero con aquella ocasión millones de personas leyeron cosas sobre él, escucharon la historia de la «Solución Final» en la radio y vieron el drama del palacio de justicia en sus pantallas de televisión. Oyeron la voz opaca de Eichmann, vieron su rostro impasible, que sólo en una ocasión llegó a algo que podía parecerse a la emoción, en el día noventa y cinco del proceso, cuando dijo: «Debo admitir que ahora considero la aniquilación de los judíos como uno de los peores crímenes de la historia de la humanidad. Pero ese crimen se cometió y todos debemos hacer lo posible para que no vuelva a repetirse otra vez»"