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martes, 22 de octubre de 2019

LA VICTORIA SOBRE EL MAKALU. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA VICTORIA SOBRE EL MAKALU. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

    "Después de franquear un resalte verdaderamente delicado, conseguimos al cabo de tres cuartos de hora pisar la afilada punta de la quinta montaña del mundo.

    La desconcertante facilidad con la que habíamos logrado vencer aquel gigante al que había consagrado todo un año de mi vida fue para mí una ligera decepción. Poco tiempo después de nuestro regreso, impresionado todavía por los sentimientos que había experimentado en la cumbre, no pude dejar de escribir estas líneas:

    «La victoria debe pagarse con esfuerzos y sufrimientos; los progresos de la técnica y la clemencia del cielo no nos han permitido obtener ésta a su justo valor. ¡Qué lejos está de mí ahora la orgullosa embriaguez que he sentido a veces cuando, tras una lucha en la que había puesto todas mis fuerzas y todo mi corazón, lograba con un último esfuerzo pisar algunas cumbres más modestas! Yo había soñado esta victoria de una forma muy diferente. Me había visto, cubierto por la escarcha, utilizando las últimas energías que me quedaban tras el feroz combate, arrastrarme sobre la cima en un esfuerzo desesperado. En cambio, en realidad llegué a la cumbre sin lucha, casi sin fatiga. Para mí, en esta victoria, hay algo decepcionante. Y, sin embargo, me veo allí, de pie sobre la pirámide ideal de la más noble de todas las grandes cumbres. Al cabo de años de perseverancia, de trabajar encarnizadamente, de sufrir riesgos mortales, el sueño más insensato de mi juventud acaba de realizarse. ¿Es por pura estupidez que me siento decepcionado? ¡Ay, loco para el que la felicidad sólo estará en el deseo, goza al menos el instante presente, déjate embriagar por este instante único en el que, suspendido entre el cielo y la tierra, casi flotando en la caricia del viento, dominas el mundo! ¡Embriágate de cielo, que es lo único que detiene tu mirada! Bajo tus pies, y hasta el infinito, emergiendo apenas del mar de nubes, a miles se elevan hacia ti flechas de rocas y hielo…».

    Como movido por un muelle de relojería, el mecanismo que de campamento en campamento, de carga en carga, nos había conducido hasta la cima, siguió funcionando perfectamente cuando emprendimos el descenso."

martes, 17 de septiembre de 2019

ALPINISMO MODERNO. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

ALPINISMO MODERNO. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

    "Los progresos de la técnica, el perfeccionamiento del material y la mejora de los métodos de entrenamiento habían hecho demasiado eficaz al escalador; comprendí claramente que también en este campo la técnica estaba a punto de matar la aventura. Me pareció que para quienes buscan un modo de realizarse en el combate entre el hombre y la montaña ya no quedaría otra solución que tomar el camino desesperado de la escalada solitaria y la ascensión invernal."


jueves, 1 de agosto de 2019

EL REGRESO DE LA CIMA DEL ANNAPURNA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

Pero, ¿qué hacían mientras Herzog y Lachenal? No se habían llevado tienda e indudablemente habían tratado de alcanzar la cumbre que, sin embargo, seguía estando bastante alejada.

El tiempo pasaba y no les veíamos llegar. En el exterior reinaba la tempestad y empezábamos a inquietarnos. Pronto sería demasiado tarde para que nadie pudiera descender hasta el campamento IV, e íbamos a tener que dormir de tres en tres en aquellas tiendas que ya para dos personas resultaban demasiado pequeñas. Ante tal perspectiva, Couzy y Schatz, visiblemente deteriorados por el malestar producido por la gran altitud, decidieron volver a bajar al menos hasta el campamento IV y, si podían, más abajo incluso. Apenas habían partido cuando me trasladé a su tienda con todos mis bagajes. Según mis costumbres en el Himalaya, me ocupé de cocinar y preparé ovomaltina y tonimalt con nieve previamente fundida.

  Seguía pasando el tiempo y mi intranquilidad alcanzaba ya el paroxismo. Con los nervios tensos y al borde de la impaciencia, asomaba a menudo el busto con la esperanza de percibir algo; pero no encontraba más que la tempestad, despiadada como siempre. Por fin mi oído, siempre atento, captó el característico crujido producido por el paso del hombre sobre la nieve. Entonces me precipité hacia el exterior, justo a tiempo de ver llegar a Herzog, solo. Con la ropa y la barba con un aspecto muy extraño porque estaban cubiertas de escarcha, me anunció, con los ojos iluminados por la alegría, la victoria. En aquel solemne minuto traté de estrecharle la mano. ¡Horror! Lo que me ofrecía era un pedazo de hielo, duro como el bronce. Entonces le grité:

  —¡Momo! ¡Tienes la mano helada!

  El miró su miembro con indiferencia y me respondió:

  —No es nada, ya me recuperaré.

  La ausencia de Lachenal me asombraba, pero Maurice dijo que llegaría de un momento a otro.

  Luego entró en la tienda de Gastón, que enseguida se puso a cuidarle. Yo me puse a calentar agua. Luego, como Lachenal seguía sin llegar, volví a preguntar a Herzog; lo único que sabía contestarme, sin embargo, era que estaban juntos unos minutos antes de llegar al campamento.

Yo saqué la cabeza fuera de la tienda y tuve la impresión de oír una llamada lejana. Presté toda mi atención, y el viento, que soplaba furiosamente, llevó hasta mí un débil pero inconfundible grito de «¡Socorro!». Salí de la tienda y apenas si pude percibir la imagen de Lachenal colgado en una pendiente, a unos cien metros por debajo del campamento.

  Rápidamente me calcé y me vestí. Cuando, al volver a salir, miré de nuevo la pendiente, ésta estaba blanca y lisa. No había ninguna sombra que frenara mi mirada. El golpe moral fue tan fuerte que perdí el control. Llenos los ojos de lágrimas, me puse a gritar con todas las fuerzas de mi desesperación. Pasaron unos minutos atroces en los que creí haber perdido para siempre al compañero de los más bellos días de mi vida. Aplastado por la tristeza, no me conformaba sin embargo a creer que todo había terminado. Olvidando el huracán que me cortaba la cara, me quedé allí, postrado.

  Entonces se produjo lo que la intensidad dramática de la situación me había impedido imaginar. Una nube se abrió y me permitió ver a Lachenal, que se encontraba situado en un punto mucho más bajo de lo que yo recordaba. Sin detenerme a ponerme los crampones, me lancé resbalando como un trineo. Bajé como un bólido por aquella fuerte pendiente y sólo a duras penas pude detenerme en la nieve compacta y endurecida por el viento.

  Sin piolet, sin gorro, sin guantes, y con un único crampón, Lachenal acababa de sufrir una grave caída. Con la mirada perdida, me gritó:

  —He patinado. Tengo los pies helados hasta los tobillos. Ayúdame a bajar al campamento II. Oudot me pondrá inyecciones. Rápido, rápido, ¡bajemos!

  Yo traté de explicarle el peligro mortal que suponía descender en plena tempestad y con la noche encima, pues faltaba media hora para que oscureciera totalmente. Además, no teníamos ni cuerda ni crampones. Su angustia ante la idea de quedar atrozmente mutilado era tal que, al ver que yo me negaba a hacer lo que pedía, se encendía en sus ojos una llama de locura; arrebatado por una violencia repentina me arrancó de las manos mi piolet y se puso a correr pendiente abajo; pero su único crampón le hizo tropezar; después de dar algunos pasos más, se sentó llorando en la nieve y me gritó con acento desesperado:

  —Bajemos; si Oudot no me pone las inyecciones, estoy perdido. Me cortarán los pies hasta la pantorrilla.

  Yo me esforcé por hacerle razonar y le dije que no había ninguna posibilidad que no fuera volver a subir para pasar la noche en el campamento; pero él no quiso saber nada de eso. Pasaron unos minutos largos en los que, con el rostro cortado por las ráfagas, continuamos este auténtico diálogo de sordos. Por fin Louis se decidió a seguirme; jadeando, fui cortando furiosamente la nieve para abrir paso mientras que él, agotado física y moralmente, se arrastraba de pies y manos.

  Inmediatamente después de entrar en la tienda, traté de descalzar a Lachenal, pero todo estaba duro como una piedra. Con un cuchillo separé sus botas de los calcetines y logré por fin arrancarlas. Los pies de mi amigo estaban blancos y totalmente inertes. Al verlo, mi corazón quedó encogido. Es cierto que habíamos conquistado el Annapurna, que habíamos alcanzado la primera cumbre de ocho mil metros, pero, ¿a qué precio? Yo, que estaba dispuesto a dar mi vida por esta victoria, no pude evitar pensar por un instante que aquel era un precio demasiado caro. Pero no era momento de meditar, sino de actuar.

  Así empezó una noche más profundamente dramática que ninguna de las que han descrito jamás las novelas de aventuras. A falta de un colchón neumático, tuve que aislarme un poco de la nieve sentándome sobre los víveres, y en esta posición pasé horas frotando y flagelando los pies de Lachenal hasta quedar sin aliento. Él, alcanzado algunas veces por las cuerdas en partes todavía vivas, lanzaba gritos furiosos. De vez en cuando me paraba para llenar la escudilla de nieve y preparar bebidas calientes para los dos heridos.

  En la tienda vecina oía a Rébuffat que hacía cuanto podía para reanimar las cuatro extremidades de Herzog. Pasaban monótonas las horas. A veces, abrumado por la fatiga y el sueño, caía sobre Lachenal; luego, con un sobresalto de energía, comenzaba de nuevo a frotar. Con voz entrecortada, mi amigo me contó la última batalla. Me explicó cómo partieron al alba, de una tienda hundida, sin haber podido tomar nada caliente. Me contó la interminable subida hacia una cima que parecía huir ante ellos; el insidioso frío que penetraba en sus miembros pese a todos los esfuerzos, la fatiga, la falta de aire. Por fin la cumbre, la victoria, las fotos, aquel minuto del que se espera una maravillosa alegría y en el que sólo se siente una penosa impresión de vacío. El descenso del que lo había olvidado todo a excepción de aquella caída en la que, resbalando por la pendiente en enloquecidas cabriolas, esperaba con resolución la muerte. Luego la inesperada e incomprensible detención, el regreso a la vida, la angustia, el sufrimiento, la llegada de auxilios.

  En silencio, escuchaba el relato de aquellas horas gloriosas. Así, por su inflexible voluntad, su valor y su abnegación, mis compañeros habían sabido conseguir aquella victoria por la que, pese a los mortales riesgos, todo el equipo había combatido con sus últimas energías. Gracias al desesperado esfuerzo de aquellos dos héroes, años de sueños y preparación conocían por fin el éxito. El formidable trabajo de quienes, para gloria de nuestro país y por un puro ideal, habían hecho posible esa simbólica conquista, no había sido en vano. ¡Con qué penacho francés habían coronado, Herzog y Lachenal, aquel edificio tan penosamente construido! Gracias a ellos, nuestra raza, tan criticada, había dado al mundo el mejor ejemplo de sus inmortales virtudes. De este modo la obra emprendida podría ser perpetuada, nuestra juventud podría seguir el ejemplo de sus mayores y, sin duda alguna, hacerlo todavía mejor."


jueves, 25 de julio de 2019

LA ETICA SOCIAL DEL ALPINISTA LIONEL TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA ETICA SOCIAL DEL ALPINISTA LIONEL TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray


   "Durante el verano, acumulé ascensiones al ritmo de un guía profesional. En medio de toda esta intensa actividad, todavía encontraba la manera de dar larguísimos paseos en bicicleta y practicar la natación, el atletismo y la gimnasia.

  Tengo que reconocer que mis actividades culturales eran mucho más moderadas, limitándose a la lectura de algunos libros, cuyo carácter intelectual contrastaba con la otra vertiente, esencialmente física, de mi existencia. Fue más o menos en esta época cuando leí gran parte de la obra de diversos autores, entre los que destacaré aquí a Balzac, Musset, Baudelaire y Proust.

  Al darme cuenta de que aquella forma de vida reposaba sobre bases frágiles, sentía una grave preocupación por mi futuro. De no ser por ese factor, esta rica existencia en acción me hubiera satisfecho plenamente, porque, al igual que hoy en día, pensaba que una actividad no es más noble por el hecho de ser más lucrativa. Además, el dinero es sucio y, a su paso, lo mancha todo. Entonces, y actualmente, lo que más me importaba era la acción y no su precio; porque la acción, en sí misma, posee un valor.
(...)
   Mi vida no ha sido más que un largo y delicado equilibrio entre la acción gratuita, que correspondía al ideal de mi juventud, y la honorable prostitución, que aseguraba mi pan cotidiano. ¿Qué espíritu vulgar puede pretender que la prostitución útil valga más que las hazañas gratuitas? Por otro lado, aparte de las sociedades primitivas, en las que cada actitud encuentra su razón en el instinto de conservación de la especie, ¿en qué consiste realmente una acción útil? Si, a fin de olvidar el vacío de su existencia, hay muchos que se emborrachan de palabras, y hablan de su «misión» o de su «papel» o de su «utilidad social», lo cierto es que todas estas palabras son convencionales y carecen de sentido. En nuestro mundo anárquico y superpoblado, ¿cuántos pueden enorgullecerse de ser realmente útiles? ¿Son útiles los millones de intermediarios que con sus títulos de honorabilidad entorpecen la marcha de la economía? ¿O los millones de chupatintas condecorados, titulares de canonjías que arruinan al Estado y paralizan la administración, y los millones de taberneros, cronistas, abogados y charlatanes que, mañana mismo, podrían ser suprimidos en bien de todos? ¿Y son útiles los médicos que, en las grandes ciudades, se disputan la clientela como perros hambrientos, mientras por todo el mundo hay hombres que mueren faltos de cuidados? En este siglo, en el que cien veces se ha demostrado que la organización racional permite reducir bastante el número de hombres necesarios en cada tarea, ¿cuántos pueden asegurar que son una de las ruedas verdaderamente útiles para la gran máquina del mundo?

   Al terminar el invierno de 1941, comprendí que los frágiles cimientos de mi libre y maravillosa existencia se hacían más inestables cada día. Era evidente que, a pesar de su inmensa bondad, mi madre no podía mantenerme siempre como si yo fuera un caballo de pura raza. Fue entonces cuando llegó a mis manos una cuerda salvadora."

martes, 23 de julio de 2019

EL VIAJE, SEGUN TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

EL VIAJE, SEGUN TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

    "Estuve viviendo como un simple mestizo. Viajaba en camiones haciendo autoestop, dormía en las cabañas y compartía la existencia de los indios dedicándome a recorrer las regiones del sur del país para acabar de rodar el reportaje que había empezado en los poblados quechuas. A partir de ese momento experimenté una verdadera pasión por captar la vida en toda su violencia o toda su poesía. Al buscar las imágenes de mayor fuerza, al analizar los acontecimientos para obtener su síntesis, la acuidad de mis sentidos se multiplicaba por diez; la belleza y el encanto de las cosas adquirían una intensidad mayor que nunca."
Expedicion del Jannu

martes, 16 de julio de 2019

LA GUERRA DE TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA GUERRA DE TERRAY. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray


  "Otra experiencia interesante es la que viví junto a Michel Chevalier, a unos cien metros de la cumbre de la punta de Charbonnel. Con sus 3751 metros, este pico es el punto culminante del macizo. Sin ser realmente una cima difícil, todas sus vertientes son escarpadas y, en invierno, sólo se puede ascender a ella cuando no existe ningún riesgo de aludes.

  Uno de esos días sublimes en los que la montaña resplandece como una joya bajo los afilados rayos de sol, habíamos subido por un estrecho corredor de nieve dura y, a unos cien metros de la cumbre, excavamos en la pendiente una gruta lo bastante amplia como para instalarnos en ella confortablemente. Gracias a esta especie de iglú, íbamos a poder permanecer en esta atalaya durante dos días enteros y observar atentamente los movimientos de los alemanes que, al otro lado del valle de Ribon, acababan de instalarse en el Col de Rousse. Se había previsto un ataque contra esta nueva posición y la Punta Charbonnel era prácticamente el único observatorio desde el cual era posible estudiar discretamente el escenario de la batalla. Teníamos que averiguar con cuántas fuerzas contaba el enemigo, el emplazamiento de los posibles campos de minas y los lugares que ocupaban los centinelas.

  Después de la primera noche en la gruta, Faure y Laurenceau, que habían venido solamente a ayudarnos a excavar, nos dejaron solos en aquella montaña. El cielo seguía siendo de un azul inmaculado y el viento estaba totalmente en calma. A pesar del intenso frío, pasamos el día mirando con los prismáticos. Cuando llegó la noche, perfectamente acomodados en nuestro abrigo y acostados sobre colchones neumáticos, nos dormimos plácidamente no sin antes rendir los honores pertinentes a una copiosa cena. Cuando, hacia las siete de la mañana, retiré la lona que cubría el agujero de nuestra morada, recibí en toda la cara un montón de nieve. El tiempo había cambiado durante la noche y había caído una capa de veinte centímetros de nieve reciente, la misma que casi me sepulta.

  No cesaba de nevar y caían gruesos copos de nieve húmeda. En estas condiciones era imposible bajar el inclinado corredor, que habíamos utilizado para subir, sin desencadenar un alud; podía decirse que estábamos bloqueados en nuestra gruta. La situación no habría revestido ninguna gravedad si hubiésemos tenido víveres en cantidad, pero estaba previsto que nuestra misión acabara ese mismo día y no nos quedaba prácticamente nada para comer. No parecía que el tiempo fuera a cambiar; la capa de nieve no dejaba de aumentar y ningún signo permitía pensar que el alud fuera a desencadenarse voluntariamente. Sin ser trágica, nuestra situación era muy preocupante. A mediodía, más o menos, dejó de nevar y la temperatura fue subiendo poco a poco, aumentando la inestabilidad de la capa de nieve caída durante la noche. El aburrimiento y el hambre empezaban a hacer mella en mí y decidí recurrir a un método audaz, pero que ya había utilizado en otras ocasiones. Me puse los esquís, me dirigí hacia la derecha y atravesé una rampa, no muy inclinada, de unos cuantos metros. Llegué así al extremo del corredor que se perdía cuesta abajo en el valle de Vincendière. Me había dado cuenta de que al otro lado de esta depresión, de unos quince metros de ancho, había una especie de resalte con una cornisa que me serviría de refugio en caso de avalancha. Me di toda la prisa que pude para atravesar en diagonal el corredor sometido a las avalanchas. Tal y como había previsto, los cortes hechos por los esquís sobre la capa de nieve rompieron el inestable equilibrio de ésta y desencadené el alud. Gracias a la velocidad que llevaba, el lapso de tiempo que pasé en el corredor fue más breve del que necesitó la nieve para rasgarse y conseguí llegar a la cresta que me servía de refugio antes de ser arrastrado por la nieve. Una vez limpia la rampa de la capa inestable, no tendríamos más que deslizamos haciendo virajes sobre la nieve dura y lisa que teníamos a nuestros pies.

  El éxito de este método, que utilicé dos o tres veces en mi vida y que no recomiendo a nadie, evidentemente, depende del tipo de nieve y de la inclinación del terreno. Es indispensable alcanzar cierta velocidad en el momento de la ruptura de la capa superficial de nieve y tener la certidumbre de encontrar un poco más lejos un lugar seguro. A pesar de las apariencias, este ejercicio es más impresionante que realmente peligroso cuando es utilizado por un buen esquiador en un terreno favorable.

  Durante esta guerra en los Alpes, pasé el invierno y la primavera yendo de una montaña a otra y recorriéndolas en todos los sentidos, a altitudes que podían variar de los 1500 a los 3000 metros o incluso más. Los imperativos de la táctica militar nos obligaban a veces a cumplir misiones en condiciones meteorológicas o de nieve con las que no habríamos salido nunca en circunstancias normales. Hubiéramos podido abusar de la buena fe de nuestros oficiales y haberles convencido de que algunas de las misiones eran técnicamente imposibles y no habrían podido contradecirnos. Pero siempre jugamos limpio y, en más de una ocasión, cruzamos rampas en las que la capa de nieve estaba próxima a su punto de fractura. Un par de veces me vi envuelto en aludes importantes. La primera vez bajé cuatrocientos metros arrastrado por la bola de nieve y sólo pude salir airoso del lance porque tuve la suerte de perder los esquís y encontrarme en la parte superior del torbellino de nieve cuando se detuvo, al fin, en un lugar casi llano. En la segunda conseguí escaparme lanzándome a tumba abierta hacia un pequeño bosque en el que pude refugiarme. Desgraciadamente, uno de mis compañeros, que esquiaba peor que yo, resultó muerto.

  No hay mucha gente que frecuente la alta montaña cuando está cubierta de nieve. En esta época, el esquí se practica en pistas a baja altitud, y solamente en primavera, cuando las condiciones de la nieve son más favorables, es cuando los adeptos del esquí de travesía se aventuran a subir montañas.

  La mayoría de nuestros oficiales conocía muy mal los problemas de la montaña invernal y, en algunos casos, puede decirse que no tenía ni idea. Casi todas las misiones que nos encomendaban y que, con riesgos evidentes, cumplía con mi grupo o mi sección, carecían de toda utilidad real desde el punto de vista de la estrategia de la guerra… A pesar de ello, y siempre que las posibilidades de éxito me parecían alcanzables, solía presentarme voluntario. La mayor parte de mis compañeros no se hacía tampoco muchas más ilusiones que yo sobre la utilidad de nuestras misiones, pero actuaba de la misma manera. La guerra en la montaña no era para mí más que un juego, pero al igual que hacía con mis otros juegos en la montaña, lo disputaba hasta los límites de mis capacidades y de mi valor.

  La multitud de aventuras realizadas y el hecho de tocar con frecuencia la delgada línea que separa la seguridad y el peligro, línea que muchos transforman en una margen amplia, me permitieron adquirir una gran experiencia en la montaña invernal y en los aludes que muy pocos montañeros tuvieron ocasión de acumular.

  La ciencia que estudia la nieve se compone de datos técnicos relativamente precisos, que todo el mundo puede aprender en un manual, y de una especie de sexto sentido, formado a su vez por una aptitud natural y el almacenamiento de observaciones registradas más por el subconsciente que por la memoria propiamente dicha.

  A lo largo de aquel invierno, aprendí más sobre el comportamiento de la nieve que durante el resto de mi vida y, sin embargo, bien sabe Dios que en mis tiempos jóvenes frecuentaba imprudentemente las laderas peligrosas.

  En nombre de esta experiencia, muchos años más tarde —con motivo de un drama sobre el que prefiero no extenderme, pues fue para mí penoso hasta el punto de que me hizo cuestionar la idea que, hasta entonces, me había hecho de la solidaridad que existe entre montañeros e incluso entre los seres humanos— no dudé en levantar mi voz contra la incompetencia o la falta de valor de algunas personas, a pesar de todos los problemas a los que me exponía al hacerlo.
(...)
Para disparar unas ráfagas de metralleta sobre los supervivientes de un ejército cansado por cinco años de guerra, los oficiales del frente de los Alpes hicieron correr a sus hombres peligros mucho más serios que los que el Mont Blanc presentaba a principios de 1957."
Pico Charbonnel

lunes, 17 de junio de 2019

SOLOS EN LA MONTAÑA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

SOLOS EN LA MONTAÑA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

    "...nosotros estábamos solos en la montaña. Nos invadía un silencio mineral. En medio de aquella paz, sentí confusamente que en adelante nada me importaría tanto como estos puntos de la tierra, llenos de grandiosidad y pureza; esas regiones en las que cada rincón reserva la promesa de unas horas exaltantes."

martes, 11 de junio de 2019

ULTIMOS COMBATES ALPINOS DE LA RESISTENCIA FRANCESA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

ULTIMOS COMBATES ALPINOS DE LA RESISTENCIA FRANCESA. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

  "Esta batalla de Clairy, en la que yo fui más un espectador que un combatiente, me causó una profunda impresión y cuando volví a bajar al valle, a través de los tranquilos bosques, me sentí descorazonado.

  La primavera comenzaba a teñir de verde los prados, salpicados del amarillo de los narcisos. El aire estaba saturado de un olor que evocaba la paz y el amor. Al caminar por este decorado poético, era consciente de que el infierno en el que tantos hombres habían perdido inútilmente su vida no tenía nada que ver con el juego en el que había participado con entusiasmo durante los meses de invierno. Fue como si todo lo abominable que puede tener una guerra se me revelara de golpe.

  Frente a la temeridad que suelen demostrar algunos alpinistas jóvenes, la mayoría de origen alemán, muchos montañeros franceses suelen decir: «Están en fuera de juego: el alpinismo no es la guerra». Sin embargo, no se puede negar que el alpinismo es para muchos un medio de canalizar esos deseos de lucha que anidan en el fondo del corazón del ser humano desde el principio de los tiempos y cuya satisfacción no facilita en absoluto la vida moderna. Yo también soy como ellos; es probable que si hubiera nacido siglos antes habría sido soldado o corsario, y quizá el alpinismo representó para mí una especie de combate.

  Sea lo que fuere, la guerra me pareció durante cinco meses una nueva forma de alpinismo, aunque este combate no tenía nada en común con la guerra que acababa de ver. Lejos de elevar al hombre por encima de la materia, gracias a sus virtudes físicas y morales, lo reducía a una especie de animal acorralado por las fuerzas ciegas del hierro y del fuego. No, el alpinismo no es la guerra, puesto que ésta no es más que un gigantesco asesinato. Algunos criticaron con vehemencia la pertinencia de estos sangrientos ataques, lanzados cuando ya no había ninguna duda sobre la manera en que la guerra acabaría.

  Sin pretender arrogarme la calidad de juez y si la ambición de algunos mandos inclinó con toda seguridad la balanza, estoy convencido de que la mayoría de los generales que decidieron las ofensivas de los Alpes y, las más inútiles todavía, contra las «bolsas de resistencia del Atlántico», sólo lo hizo por patriotismo. Ahora bien, con la amplitud de miras que permite el paso del tiempo, me parece que los sacrificios superaron con creces los resultados perseguidos.

  Jacques Boell, oficial en la reserva y patriota indiscutible, finaliza su libro a la gloria de los combatientes de los Alpes con palabras que evocan la duda y la incertidumbre: «Sí, debo confesarlo. Siempre fui presa de una duda: todos esos jóvenes abatidos, todos esos mutilados, tanto sufrimiento en aquel montón de esquistos… ¿Eran realmente indispensables un mes antes del final de la guerra?».

  Pensando en quienes tienen que llevar este peso en la conciencia, comprendo que el sacrificio parece que no guarda ninguna relación con el resultado. Pero había que actuar o, al menos, intentarlo. Hacía falta que, por honor, el país acabase por liberar él mismo su propio suelo (en Alsacia, en los Alpes y en las costas del Atlántico). Nuestros ataques tenían que atraer al mayor número de fuerzas enemigas para que no actuasen en las llanuras italianas. También, y por encima de todo, era preciso que en el momento de la firma del tratado de paz, nuestros superiores pudiesen decir:

  «La paz en Francia necesita un muro de defensa, una zona de seguridad y ésa está situada en los Alpes. Nadie puede negarse a ceder este inhóspito territorio por el cual tantos jóvenes legaron generosamente sus vidas. Rectifiquen la frontera en el Mont-Cenis, en Chaberton, en el Saint-Bernard, en Vésubie, en Tende y en La Brigue».

  Mientras pienso en todo esto, creo sentir a mi alrededor la presencia entrañable de todos nuestros mártires y oigo un murmullo que parece decir: «No, no habremos muerto por nada si hemos conseguido aportar un poco de seguridad a nuestra patria».

  Justificar tanto dolor y tanta sangre con sentimientos tan nobles me parece que ha perdido casi todo su valor en la actualidad. ¡Que cada cual juzgue según su conciencia!"
Paso del Mont Sant Cenis, y uno de sus fuertes en primer termino


lunes, 10 de junio de 2019

LA EJECUCIÓN DE LOS CHAVALES. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL, de Lionel Terray

LA EJECUCIÓN DE LOS CHAVALES. LOS CONQUISTADORES DE LO INUTIL,  de Lionel Terray 

    "Había ido con mi grupo para ayudar a un contingente de Garibaldini que acababa de enfrentarse a una compañía de las SS. Pero como llegamos al final del combate, nuestra intervención no influyó en el resultado. Todos los alemanes habían muerto en la lucha o habían sido fusilados. Entre los prisioneros, los partisanos habían encontrado a dos muchachos de entre doce y catorce años. Eran, al parecer, hijos de un oficial de los camisas negras que, perseguidos, fueron a buscar refugio en las SS. Cuando llegué, estos dos desgraciados, víctimas de la locura del mundo, acababan de ser entregados al furor histérico de algunas arpías que les tiraban de los pelos, les escupían al rostro y les daban patadas. Sin embargo, ellos lanzaban miradas de ciervo acorralado que hubieran podido enternecer hasta un corazón de piedra. Indignado por aquellas brutalidades impropias de personas que habían estado luchando en nombre de la civilización, empecé a protestar. Algunos hombres morenos, con bigotes y con pañuelos rojos al cuello, y que llevaban en la cintura las suficientes granadas, pistolas y cuchillos como para hacer huir a todo un ejército, me lanzaron duras miradas. Ante su aspecto amenazador, comprendí que no debía mezclarme en sus asuntos. Estos héroes de opereta, tras un largo conciliábulo y sin tener en cuenta para nada mis gritos de indignación, agarraron a los dos muchachos por los hombros, les obligaron a caminar dándoles patadas, les empujaron contra una pared y descargaron sobre ellos sus metralletas. Este asesinato fue tan salvaje y tan rápido que no conseguía creer lo que estaba viendo. Me quedé paralizado ante aquella monstruosidad. Jamás olvidaré los ojos enloquecidos de estas víctimas inocentes.

   Aquel día comprendí que, a pesar del lujo y de las máquinas, el mundo moderno no había salido aún de la barbarie."