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viernes, 15 de febrero de 2019

EL MAL FUSILAMIENTO DE MIGUEL GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

EL MAL FUSILAMIENTO DE MIGUEL GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

    "Los moros nos quitaron las cazadoras o los tabardos, la manta y las botas, luego nos ordenaron sentarnos en el suelo, bajo la lluvia. Una mujer, que tendría unos treinta años, salió de una casa gritando vivas a Franco, los moros llegaron hasta ella, la metieron en la casa y sus vivas a Franco se convirtieron en gritos desgarradores. Instantes después, los moros salían satisfechos, habían violado a la mujer y llevaban en las manos gallinas, botellas de vino y algunos objetos robados con el “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. Dicen, o decían, nunca supe si esto era cierto o no, que los mandos de la división del general Yagüe, cuando sus tropas tomaban un pueblo les daban veinte minutos para apropiarse del botín que encontrasen en el lugar conquistado. Ni lo puedo asegurar ni lo puedo desmentir, me limito a contar lo que oí decir. Lo de la violación lo puedo afirmar porque los moros nos ordenaron que nos levantásemos y nos encerraron en la misma casa de aquella mujer que había gritado los vivas a Franco y que, aterrorizada y con sus ropas desgarradas, lloraba sentada sobre la cama en que los moros habían abusado de ella.

   En el corral de la casa había un pozo, pero el agua estaba estancada y verdosa. Con tres cantimploras en la mano, me acerqué al moro que vigilaba la entrada y le rogué que me dejara salir a buscar agua. El moro sin decir ni una palabra me golpeó con la culata de su fusil en una cadera. Fue un golpe dado con saña, que me produjo un dolor tremendo. Desistí de mi petición y volví de nuevo al corral de la casa. A los pocos instantes de haber recibido el golpe en el costado me brotó un hematoma de un color morado. Recordé la gangrena que había causado la muerte de mi padre por un golpe en el mismo lugar donde el moro me había golpeado y pensé que, tal vez, mi muerte iba a ser igual a la suya. Pensaba si el destino no me habría buscado la misma forma y la misma edad para morir. No le tenía miedo a la muerte. Estaba tan agotado, tan devorado por los piojos, por el hambre, el frío, el cansancio y la sed, que morir podía ser una liberación.

    Como la sed iba en aumento no tuvimos otra opción que beber agua del pozo, nos quitamos los cinturones, los unimos uno con otro y conseguimos que la cantimplora llegara hasta el fondo. Bebimos el agua y a los pocos minutos nos retorcíamos de dolores en el estómago. El dolor nos duró tan sólo un par de horas. Cuando estaba por anochecer, los moros nos sacaron de la casa y nos empujaron hasta un descampado a las afueras del pueblo. Ya nos habían despojado de la ropa de abrigo.


    Nos fusilaron al anochecer, nos fusilaron mal.

    El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el ya mencionado “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. El frío y la lluvia calaba los huesos. Y allí mismo, delante de un pequeño terraplén y sin la formalidad de un fusilamiento, sin esa voz de mando que grita: “¡Apunten! ¡Fuego!”, apretaron el gatillo de sus fusiles y caímos unos sobre otros.

    Catorce saltos grotescos en aquel frío atardecer del mes de diciembre. Las gallinas tuvieron poco tiempo para respirar, el que emplearon los del piquete de ejecución en apretar sus gatillos. Y sobre la tierra empapada por la lluvia nuestros cuerpos agotados de luchar día a día.

    Catorce madres esperando el regreso de catorce hijos. No hubo tiro de gracia. Por mi cara corría la sangre de aquellos hombres jóvenes, ya con el miedo y el cansancio absorbidos por la muerte. Por las manos de los moros corría la sangre de las gallinas que acababan de degollar. Hasta mis oídos llegaban las carcajadas de los verdugos mezcladas con el gemido apagado de uno de los hombres abatidos. Ellos, los verdugos, bañaban su garganta con vino, la mía estaba seca por el terror. No puedo calcular el tiempo que permanecí inmóvil. Los moros, después de asar y comerse las gallinas, se fueron. Estaba amaneciendo.

    La muerte en las guerras tiene mucho trabajo. La muerte en las guerras nunca tiene prisa. Se lleva a unos y deja a otros para más adelante. Me dejó a mí y dejó al cabo Villegas. De mí no se llevó nada, del cabo Villegas se llevó una pierna, la izquierda. Sangraba abundantemente, me arranqué una manga de la camisa y le hice con ella un torniquete a la altura del muslo.

    Me fue difícil cruzar el río, sucio y revuelto por las lluvias. Lo crucé con mi carga al hombro. El cabo Villegas no pesaba mucho y yo, con mis veinte años, era un muchacho fuerte, pero el terror del fusilamiento había aflojado mis piernas. Al otro lado del río quedaba un paisaje gris de llovizna, con sabor amargo de guerra y doce hombres jóvenes con la vida quebrada en el sueño de alcanzar el final de esa guerra, no importa si como vencedores o vencidos.

    El llanto por aquellos hombres jóvenes brotaría más tarde, cuando la espera de doce madres se hiciera dolor por la noticia. La muerte de las gallinas sólo se haría maldición en la boca de algún campesino.

    Conseguí llegar con el cabo Villegas sobre mis hombros hasta Hinojosa del Duque, ya en poder de los nacionales, fui hasta la parroquia y se lo entregué al cura. Pensé en huir hacia Portugal cruzando sierra Trapera, pero sabía que si alguien del ejército rojo entraba en tierras portuguesas, era entregado a las tropas de Franco. Así las cosas, tomé la determinación de buscar dentro de aquel desbarajuste algún vestigio de gente con vida. Llegué a Villanueva del Duque, vi una hoguera en el interior de una casa y entré. El miedo se había quedado atrás, en el lugar del fusilamiento. Entré sin importarme quiénes eran los que estaban alrededor del fuego, si rojos o nacionales, el hambre y el frío me habían dado el valor o me habían eliminado la cobardía, lo mismo da.

    Mi entrada y mi aspecto asombró a los que estaban alrededor del fuego. Ninguno echó mano a su fusil, mi cara demacrada y mis pies, que aunque me los había envuelto con trapos me sangraban, los desconcertó. Les dije que pertenecía al ejército rojo y que formaba parte de una columna de prisioneros que venía hacia el pueblo. Ellos, los de la hoguera, eran legionarios y odiaban a los moros. Uno de los legionarios al oírme hablar me preguntó si yo era de Madrid, le dije que sí, él también, y estuvimos charlando unos instantes. Me dejaron que secara mi ropa y mis pies, me dieron agua, una lata de carne, otra de sardinas, pan, tabaco, algunos tomates, una manta y unas alpargatas, después me dijeron que me fuese, para que si llegaba alguno de sus mandos no se vieran comprometidos. Así lo hice. Me senté a las afueras del pueblo y esperé la llegada de la columna de prisioneros en la que iban algunos de mis compañeros. Cuando llegaron donde estaba yo se llevaron una gran alegría al verme vivo. Me uní a ellos.

    En dos columnas, en fila, una a cada lado de la carretera caminábamos bajo la lluvia, vigilados por los moros desde sus caballos. Muchos de los prisioneros cargaban a sus espaldas sacos llenos de vainas vacías de los Mauser y si alguno, por debilidad, caía al suelo, los moros le disparaban y allí, en la cuneta de la carretera, amortajado por la lluvia, terminaba su sufrimiento.

viernes, 18 de enero de 2019

EL SOLDADO DE PAMPLONA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

EL SOLDADO DE PAMPLONA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila 

"Una de las noches que estaba de guardia, escuché a uno que cantaba en la trinchera enemiga. Me sentía tan solo que no pude evitar tomar contacto con él, aunque sólo fuese de palabra. Le di un grito:
—¡Eh, tú, el cantante!
Me respondió:
—¿Qué quieres?
—Nada. Es que te he oído cantar y por tu manera de cantar me parece que eres vasco o asturiano.
—No. Soy de Pamplona. ¿Conoces Pamplona?
—No. No la conozco, pero he oído hablar de los San Fermines. Creo que os lo pasáis bárbaro.
—Muy bien. Cuando termine la guerra te invito a mi casa en Pamplona para que los conozcas. Te vas a divertir.
Le pregunté cómo se llamaba y dijo:
—¿Y cómo quieres que me llame, coño? Fermín.
Y se echó a reír.
—¿Y tú?
—Miguel.
Cada noche, la hora y media que duraba la guardia era un diálogo permanente entre Fermín y yo. Ya se había hecho una costumbre. Yo, desde mi trinchera le preguntaba a qué hora tenía guardia al día siguiente, luego le pedía a mi sargento que me pusiera la guardia a la misma hora que la de Fermín.
Me contó que tenía novia, le dije que yo también, me dijo que le gustaba mucho el fútbol, a mí también. Me contó que trabajaba de camarero en un hotel, yo le conté que trabajaba de mecánico.
Fueron muchas noches de hablar y contarnos cosas. Fue un enemigo amigo, del que sólo llegué a conocer su voz. Ojalá que en el momento en que escribo esto aún viva y que al final de la guerra se haya casado con aquella novia de la que me habló y que junto a ella viva rodeado de sus hijos y sus nietos. Creo que de esa situación me nació el gran rechazo hacia los que, con la disculpa de defender una bandera, mandan a los jóvenes a ese matadero que es una guerra. Ya lo dijo Victor Massuk: “La fauna política ha reducido las masas a un soñoliento rebaño unificado estúpidamente en el aplauso, en el slogan y la hipnosis de la propaganda”. Y yo repito lo que ya he dicho cientos de veces: “Un país es una nación a la que los militares llaman patria”.

lunes, 12 de noviembre de 2018

LAS HUMILLACIONES EN EL CUARTEL MILITAR. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

LAS HUMILLACIONES EN EL CUARTEL MILITAR. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

    "Apenas llegamos al cuartel y una vez que nos habían afeitado la cabeza y nos habían puesto aquel uniforme ridículo, nos formaron en el patio; un sargento, acompañado del cabo primero, decía:
    —Los que sepan conducir que den un paso al frente.
    Y unos cuantos daban ese paso al frente. El sargento seguía:
   —Los que manejen la pluma, un paso al frente.
   Y otros cuantos que daban ese paso al frente.
    —Muy bien, los que saben conducir a este lado y los que manejan bien la pluma a este otro lado.        Los demás rompan filas.
    Rompíamos filas. A los que sabían conducir les daban una carretilla y una pala para que cargaran tierra o los excrementos de los caballos que había en el suelo de las cuadras. A los que manejaban bien la pluma, una escoba para limpiar los retretes; pero antes de darles la carretilla o la escoba, para que la broma fuese más graciosa, les daban una pinza de tender la ropa y les decían:
    —Esto para que lo uséis mientras estáis conduciendo o mientras escribís.
   La humillación en el ejército siempre está latente. La humillación en el ejército nace de algunos mandos, generalmente de los de menor graduación, y se transmite a los soldados veteranos, que la ejercen con los reclutas que cada año se van incorporando a cumplir con sus servicios a la patria. La maldad, al igual que la viruela y el sarampión, es contagiosa. En los cuarteles son muchos los que se contagian de esa maldad. O tal vez la llevan dentro y se les despierta para practicarla con los más débiles o los más ignorantes; se llaman novatadas a un sinfín de crueldades."


jueves, 4 de octubre de 2018

LOS RICOS. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

LOS RICOS. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila 

    "En uno de los muchos viajes que hice en barco desde Buenos Aires a Barcelona, viajaba un millonario brasileño, hablaba de lo importante que es tener una gran fortuna. Cuando el barco pasaba junto a la isla Fernando de Noronha, el millonario brasileño dijo:
—Con dinero se puede comprar todo. Si yo quisiera me compraba esa isla.
Y un hombre de pelo cano que escuchaba al millonario, dijo:
—No lo crea. Yo también tengo mucho dinero. Cuando se casó mi hija, le quise comprar la Quinta Sinfonía de Beethoven y lo único que le pude comprar fue un long play."

martes, 18 de septiembre de 2018

EL PARTIDO DE FÚTBOL. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

EL PARTIDO DE FUTBOL ENTRE LOS DOS BANDOS DE LA GUERRA CIVIL.  Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

"Algunas veces salíamos a hacer intercambio, los nacionales nos daban tabaco de Canarias y nosotros les dábamos papel de fumar de Alcoy. El día primero de año de 1937 desafiamos al enemigo a un partido de fútbol. Concertamos la hora, salimos de las trincheras, construimos las porterías con ramas de árbol clavadas en el suelo y se inició el partido. Les ganamos por seis goles a dos. Cuando volvíamos y ya estábamos a punto de meternos en nuestras trincheras, comenzaron a dispararnos; pero creo que no lo hacían porque éramos rojos y ellos nacionales, sino porque les habíamos metido seis goles. Esto fue lo que les cabreó."


lunes, 10 de septiembre de 2018

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila


   "Llegamos hasta una casa en la que había un gran revuelo, se oían gritos de mujeres. Entramos, cruzamos el comedor y fuimos hasta la cocina. En la cocina había una puerta trasera que daba a un pequeño campo mezcla de huerta y corral. En el suelo, en un gran charco de sangre, dos cuerpos tendidos, uno de ellos llevaba puesto el uniforme de la Guardia Civil, el otro una camisa y un pantalón, habían sido abatidos a tiros de escopeta; la cara del guardia civil era un amasijo irreconocible, la del otro, la del que vestía camisa y pantalón, tenía el espanto en sus ojos desmesuradamente abiertos, había recibido los disparos en el vientre y sobre la camisa se podían ver sus intestinos. Los hombres que los habían matado estaban con sus escopetas bajo el brazo y una sonrisa en el rostro. Nos recibieron en actitud de héroes, con su cara, su boina o su gorra quemadas de sol. Nos miraban a nosotros y a los dos hombres que yacían en aquel charco de sangre, y sujetaban sus escopetas bajo el brazo sin dejar de sonreír, solamente les faltaba poner un pie sobre cada uno de los muertos para hacerse una fotografía, como si hubieran ido a un safari y hubiesen capturado dos leones. Unas mujeres, con los ojos cegados por el llanto, contemplaban a aquellos dos hombres caídos, mientras daban gritos desgarradores. Unos niños se abrazaban a las piernas de las mujeres, en sus caras se reflejaban el terror y la incomprensión.
    Uno, nos dijeron los de las escopetas, era el boticario y se llamaba Betegón, el otro era un teniente de la Guardia Civil, los habían cazado, ésa fue la palabra que utilizaron, cuando trataban de huir por la parte trasera de la casa. Eran, nos dijeron, dos fascistas.
  La visión de los intestinos del hombre con camisa y pantalón y la cara del guardia civil completamente destrozada me provocaron un vómito que no pude evitar. Comencé a sospechar que la guerra iba a ser dura y sangrienta. Cuando tomé la determinación de alistarme como voluntario no supuse que esa guerra civil iba a ser aprovechada por muchos para realizar una serie de venganzas llevadas a cabo con la disculpa de estar del lado de la derecha o del lado de la izquierda.
   Si dijera que al enrolarme lo hice apoyado en un profundo conocimiento de la política o de la ideología, estaría faltando a la verdad. A pesar de mi escuchar, de mi leer y de mi preguntar, tanto mis conocimientos ideológicos como políticos eran muy limitados, tan limitados que no sabía distinguir entre el comunismo y el socialismo, lo único que tenía claro, porque así me lo habían explicado en mi casa, era que los trabajadores corrían el riesgo de perder los derechos conseguidos gracias a la República, y que por eso había que defender la República, aunque para ello fuese necesario jugarse la vida.
    Mi ideología se iría formando más adelante, durante los primeros meses de vivir la guerra con todos sus horrores, después de que me llegara la noticia de los fusilamientos de Badajoz, después del bombardeo de Guernica por la aviación alemana, después de los continuos bombardeos de Madrid, donde las mujeres aterrorizadas corrían con sus hijos en los brazos a buscar refugio en las estaciones del metro, y se afirmaría algunos meses antes de terminar la guerra, después de ser testigo directo del cruel comportamiento de los mercenarios traídos por Franco de Africa, después de las humillaciones que padecí y vi padecer a otros hombres jóvenes como yo en los campos de prisioneros y en las improvisadas cárceles de la dictadura. Porque aunque algunos traten de negarlo, la posguerra fue muchísimo más cruel que la guerra misma. Si durante la guerra hubo muchas venganzas personales, la posguerra la superó con creces en ese tipo de ajuste de cuentas."

jueves, 2 de agosto de 2018

ECHARSE NOVIA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

ECHARSE NOVIA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila 

      "Mi padre era cornetín de órdenes del Cuartel de la Montaña en Madrid. Se hizo novio de la que después sería mi madre por el sistema sencillo y al mismo tiempo complicado de aquella época, el piropo, el rubor, la palabra, la cita para el domingo y la laboriosa tarea de la insistencia hasta llegar al beso. Ese primer beso que produce calor en el estómago. Después, los paseos y el contarse cosas de su vida cotidiana."

jueves, 21 de junio de 2018

LA GUERRA DE GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

LA GUERRA DE GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila 

    "El teniente instructor, militar de carrera, se colocó en un lugar que se suponía que era el puesto de mando, y cada uno de nosotros entraba para pedir el permiso. Aquello más que una clase teórica fue lo más parecido a un circo. Entró el primero, y de entrada —no había puerta— con la boca imitó el ruido de una llamada, “tam, tam”, al tiempo que golpeaba en el aire con el puño. Los que esperábamos turno no pudimos evitar una carcajada, pero el teniente instructor no se dio por enterado y dijo:
—¡Adelante soldado!
El soldado, un madrileño castizo de Vallecas, pero bruto bruto, dijo:
—A tus órdenes, oye, teniente.
   El teniente, con mucha paciencia, le explicó lo de el usted a los superiores y le dijo que suprimiera el “oye” y lo cambiara por “mi teniente”, luego le mandó salir y entrar de nuevo. El de Vallecas obedeció y volvió a golpear en el aire con el puño y otra vez con la boca el “tam, tam”. Y el teniente:
—¡Adelante soldado!
Y entró el de Vallecas. Esta vez al pie de la letra:
—¡A sus órdenes, mi teniente!
   Nos dieron ganas de aplaudirle.
—¿Qué desea, soldado?
—Quiero que me des, o sea que…, coño me se olvida lo del usté, que me dé usté permiso pa irme a mi casa, porque han bombao el Puente Vallecas y a mi hermana l’an jodío una pierna.
   El teniente le corrigió:
—Han bombardeado.
—Bueno, sí, eso.
—Está bien, soldado, tiene usted cinco días de permiso. El siguiente.
   Y el siguiente, más bruto que el de Vallecas, dijo:
—¿Da su permiso pa’ entrar?
—Adelante.
—Muchas gracias, teniente mío.
   Aquello nos provocó otra carcajada. El teniente también estuvo a punto de reír, pero su condición de teniente se lo impidió; no obstante, con un gran sentido del humor, dijo:
—Procura decir “mi teniente” en lugar de “teniente mío”, porque lo de teniente mío se presta a que yo te conteste: “Pasa vida mía”.


miércoles, 20 de junio de 2018

Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

    "Me gusta el invierno, aborrezco el verano y aborrezco a los turistas de playa. Aborrezco a la gente que habla a gritos. Aborrezco a esa gente que entra en un restaurante donde están vacías todas las mesas y se sientan precisamente en la que está junto a la nuestra. Aborrezco a los que, mientras me están contando algo, repiten cada dos minutos: “No sé si me entiendes”, de la misma manera aborrezco a los que acompañan sus palabras dándonos golpecitos en el pecho, en el estómago o en el brazo. Aborrezco a los que cuando sale en la pantalla del cine la torre Eiffel, le dicen a su mujer: “Mira, París”.
    Esto puede parecer irreal, onírico, pero envidio a los pobres, no a los pobres que padecen hambre y no consiguen o no pueden mantener una familia, amo a los pobres vocacionales, a los que han dado la espalda a la sociedad, envidio su libertad, su haber sabido descolgarse de la burocracia, de las cuentas bancarias, de los créditos y los préstamos."

lunes, 4 de junio de 2018

EL CREDO DE UN HUMORISTA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

EL CREDO DE UN HUMORISTA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

   "Quiero demostrar que cuando se tiene espíritu de lucha no hay régimen ni contratiempo que nos hunda. Recuerdo algo que escribí hace muchos años y que llamé mi credo:
   Arriesgarse deliberadamente. No cambiar la iniciativa por la espera. No vender la libertad por un plato de comida. Soñar, crear. Ver en el fracaso la obligación de triunfar. Mirar al mundo cara a cara y decir: ¡Lo hice yo! ¡Esto significa ser hombre!"

miércoles, 16 de mayo de 2018

DEJAR DE SER NIÑO. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

DEJAR DE SER NIÑO. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

    "Sentí una gran tristeza al no poder seguir con aquellas excursiones, pero me alegré al saber que me estaba haciendo hombre, sin darme cuenta de que al hacerme hombre ya nunca más volvería a ser niño."