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domingo, 15 de abril de 2018

VUELOS SOLITARIOS. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

VUELOS SOLITARIOS. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Permanecer solo en un aeroplano durante tan poco tiempo como pueden ser una noche y un día, irrevocablemente solo, sin nada que observar excepto los instrumentos y tus manos en la semioscuridad, sin nada que contemplar excepto el tamaño de tu pequeño valor, sin nada en qué cavilar excepto en las creencias, los rostros y las esperanzas enraizados en tu mente, es una experiencia tan sobrecogedora como cuando una noche te percatas por vez primera de que hay un desconocido caminando a tu lado. Tú eres el desconocido.
(...)
    Ahora ha desaparecido el miedo, sin haberlo vencido ni razonado. Ha desaparecido porque otra cosa ha ocupado su lugar; la seguridad y la confianza, la creencia inherente en la seguridad de la tierra bajo los pies, ahora esta fe pasa a mi avión, porque la tierra se ha desvanecido y ya no hay nada tangible en lo que fijar la fe. Volar es sólo escapar momentáneamente de la custodia eterna de la tierra."

martes, 3 de abril de 2018

LOS ITALIANOS, AÑOS 30. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

LOS ITALIANOS, AÑOS 30. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "El único italiano con clase que he conocido y a quien respeté -como todo el que le conoce- fue el General Balbo. Balbo era un caballero entre los fascistas y, como tal, su muerte fue un acto del destino concebido sin duda en interés de la congruencia.
   Cuando Blix y yo hicimos el viaje a Inglaterra el general Balbo era gobernador de Tripolitania, pero había salido hacia el desierto meridional en una inspección de rutina y no pudo interceder, como lo había hecho un par de veces por mí, para acelerar nuestra salida de Egipto a Libia.
  Por muy inútiles que sean los militares italianos hay un poder impresionante tras los sellos de caucho de los oficialillos italianos, o lo había. A Blix y a mí nos retuvieron en El Cairo, día tras día, negándose a concedernos los permisos para cruzar la frontera hacia Libia. No tenían motivo, o no daban ninguno, y su exasperante negativa a que hiciéramos otra cosa salvo esperar sentados (creo que literalmente) sobre nuestros pasaportes llevó a Blix a la profunda observación de que «no hay infierno como la incertidumbre ni mayor amenaza para la sociedad que un italiano con tres liras de autoridad»."

lunes, 26 de marzo de 2018

EL ABANDONO. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

EL ABANDONO. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "He aprendido que si debes abandonar un lugar en donde has vivido, al que has amado y donde todos tus ayeres quedan profundamente sepultados, abandónalo de cualquier manera, pero no lo hagas despacio, abandónalo lo más deprisa posible. No vuelvas nunca y nunca creas que una hora recordada es mejor por estar muerta. Los años pasados parecen años seguros, años conquistados, mientras que el futuro vive en una nube, formidable desde lejos. La nube se despeja cuando te introduces en ella. He aprendido esto pero, como todos, lo aprendí tarde."

viernes, 23 de marzo de 2018

EL MAPA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

EL MAPA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Un mapa te dice: «Léeme con atención, sígueme con cuidado, no dudes de mí». Dice: «Soy la tierra en la palma de tu mano. Sin mí estás solo y perdido».
(...)
    Sin embargo, al mirarlo, al sentirlo, al pasar un dedo por sus rayas, un mapa es algo frío, sin gracia y monótono, que nació de un compás y del tablero de un delineante. Esa línea costera ahí, ese garabato desigual de tinta escarlata, no presenta arena, ni mar, ni rocas; no habla de ningún marino que desplegando erróneamente todas las velas en mares dormidos lega un garabato inestimable para la posteridad en la piel de una oveja o en un trozo de madera. Esa mancha marrón que señala una montaña no tiene ningún significado para quien la mira al azar, aunque veinte hombres, o diez, o uno solo puedan haber malgastado su vida para escalarla. Aquí hay un valle, allí una ciénaga y allí un desierto; y aquí hay un río que algún alma curiosa y valiente, como un lápiz en manos de Dios, trazó por vez primera con los pies ensangrentados.

    Aquí está tu mapa. Despliégalo, síguelo, después tíralo si quieres. Es sólo un papel. Sólo un papel y tinta, pero si piensas un poco, si te detienes un momento, verás que muy pocas veces se han unido estas dos cosas para hacer un documento tan modesto y, sin embargo, tan lleno de historias de esperanza o sagas de conquista."

martes, 13 de marzo de 2018

HIGIENE MASCULINA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

HIGIENE MASCULINA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Entré como una tromba y la Avian golpeó raíces y tierra y enterró tocones con gemidos y crujidos de protesta. Produjo oleadas de polvo que se unieron a las oleadas de la hoguera. Zumbó hasta el borde del bosquecillo, como si tuviera la intención de saltarlo, pero decidió que no. Al final, el arrastre del patín de cola y la manipulación del timón hicieron que se detuviera y se detuvo con una especie de estremecimiento aprensivo.
    Blix y Winston la tomaron por asalto como piratas un balandro. Estaban sucios y sin afeitar. Nunca me había dado cuenta de la rapidez con la que los hombres se estropean cuando no tienen cuchillas de afeitar ni camisas limpias. Son como las plantas en macetas, si no se las corta y cuida todos los días se transforman en mala hierba. Si un hombre no se corta la barba un día, parece descuidado; dos días, abandonado; y cuatro días, contaminado. Blix y Winston llevaban tres días sin cortarse la barba.
    -¡Gracias a Dios has llegado!"

martes, 20 de febrero de 2018

LA HOGUERA NOCTURNA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

LA HOGUERA NOCTURNA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Cuando te sentabas y hablabas con los demás, estabas solo y ellos estaban solos. Así en donde quiera que te encuentres, si es de noche y una hoguera arde con llamas que se elevan al viento libre. Lo que dices no lo oye nadie, salvo tú mismo, y lo que piensas no es nada, salvo para ti. El mundo está allí y tú estás aquí, y son éstos los únicos polos, las únicas realidades.
    Tú hablas, pero ¿quién escucha? Tú escuchas, pero ¿quién habla? ¿Es alguien a quien conoces? Y las cosas que dice ¿explican las estrellas o dan respuesta a las preguntas calladas de un solo pájaro insomne? Piensa en estas preguntas, cógete las rodillas con los brazos y mira fijamente la luz de la hoguera y las ascuas de sus bordes. Las preguntas son también tus preguntas.
    -¡Sigilisa! (¡Escucha!) Simba tiene hambre esta noche.
    Entonces un boy nativo interpreta el primer aviso de un león lejano que acecha en un silencio lejano. Un chacal rodea el estanque rojo de comodidad que te calienta, el faldón de una tienda parlotea al viento.
    Pero Simba no tiene hambre. Está solo también, sin nadie que haga compañía a su valor, sin ningún amigo que acompañe su magnificencia, inquieto en la noche. Ruge, y así se une a nosotros, y las hienas se unen a nosotros, riéndose en las colinas. Y un leopardo se une a nosotros, dejándonos sentir su presencia, pero sin oír nada. Los rinocerontes, los búfalos, ¿dónde están? Bueno, también están aquí -aquí, en algún lugar-, allí mismo, tal vez donde se espesa aquel matorral, o donde ese bosquecillo de espinos oculta el cielo. Están aquí, están todos aquí, invisibles y desparramados, pero compartiendo con nosotros una única soledad."

sábado, 17 de febrero de 2018

LA EDAD ADULTA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

LA EDAD ADULTA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Él habló de su vida desde que le entregaron esa lanza tan deseada y que había hecho de él un murani. Kibii era alguien a quien él apenas conocía. Kibii se había marchado, Kibii era literatura. Éste era un guerrero y un hombre de ideas serias.
    -El mundo es un lugar grande -dijo-. He ido hacia el norte, hasta el Uasin Gishu, al sur más allá de Kericho, y he pisado las laderas del Ol Donia Kenya. Pero vaya donde vaya el hombre siempre queda más mundo en sus hombros, o tras sus espaldas, o ante sus ojos, por eso es inútil continuar. He cazado búfalos y leones, y he comerciado con ovejas junto a un lugar llamado Soyamu, y he hablado con otros hombres en todos estos sitios. Después un hombre vuelve a su hogar y no es mucho más sabio.
    -Entonces, ¿estás decepcionado, Arab Ruta? Cuando eras un niño, cuando eras Kibii, no hablabas así.
    -Un niño no habla como un hombre. El mundo no me ha enseñado más de lo que me enseñó mi padre, y no más de lo que aprendí de Arab Togom.
    -No conozco a Arab Togom.
    -Fue a quien mi padre eligió para prepararme para la circuncisión y creo que me preparó bien. Es un murani de la edad de mi padre y un hombre muy sabio. Me contó la historia de mi pueblo y me dijo cómo un hombre debe vivir su vida, hablar en voz baja y guardarse la furia hasta que la necesite, como esta espada que cuelga de mi cinturón. Me contó cómo Dios entregó la primera semilla de todo el ganado que vive a cargo de mi pueblo y que mi tribu no puede morir si economiza este regalo. Me habló de la guerra, de cómo el alma de un hombre se marchita, al igual que el rostro de una vieja si pierde el deseo de luchar. Arab Togom me dijo estas cosas. Cómo come un hombre y cómo ama un hombre para seguir siendo un hombre y no un toro de la manada, o una hiena que desgarra una presa.
    -Ahora finalmente estoy casado, pero primero aprendí estas formas de vida. Entre ellas está la obediencia a la ley; la obediencia a mi corazón forma parte de ellas. He conocido a hombres los cuales han visto más mundo que yo. Conozco a uno que incluso se ha metido hasta las rodillas en el agua que nunca termina y sabe a sal; otro ha vivido en un pueblo tan grande que sólo un hombre de cada cien conoce el nombre de su vecino. Estos hombres también tienen sabiduría. Es otra sabiduría y no creo sea mala, pero lo que he aprendido de mi padre, Arab Maina, a quien recuerdo bien, y de Arab Togom, me parece suficiente para vivir."

viernes, 2 de febrero de 2018

APRENDIENDO A VOLAR. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

APRENDIENDO A VOLAR. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Al principio Tom me enseñó en un D.H. Gipsy Moth, y su hélice golpeaba el silencio del sol naciente de las llanuras de Athi hasta convertirlo en fragmentos. Volábamos sobre las colinas y sobre la ciudad, y volvíamos, y comprobé cómo un hombre puede dominar un avión y cómo un avión puede dominar un elemento. Vi cómo la alquimia de la perspectiva reducía mi mundo y mi otra vida a granos en una taza. Aprendí a observar, a confiar en otras manos que no fueran las mías. Y aprendí a vagar. Aprendí lo que cualquier niño soñador necesita saber, que no hay horizonte lo bastante alejado como para no poder superarlo o sobrepasarlo. Estas cosas las aprendí enseguida. Pero la mayoría resultaron más difíciles.
(...)
Una vez que finalice esta época de grandes pilotos, como terminó la época de los grandes capitanes de barco -cada cual dejada de lado por la marcha del genio inventivo, los dientes de acero, los discos de cobre y los cables finos como cabellos, que son mudos, pero hablan- se descubrirá, creo yo, que toda la ciencia del vuelo ha quedado atrapada en el espacio de un salpicadero, pero no su religión."


miércoles, 17 de enero de 2018

¿POR QUÉ VOLAMOS? AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl

¿POR QUÉ VOLAMOS? AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

    "Di la vuelta, fui hacia la hélice de la Avian, agarré la pala mayor con la mano derecha e hice una señal con la cabeza a Woody, que estaba sentado en la cabina delantera, dispuesto a poner en marcha la avioneta.
   Bishon Singh retrocedió. Los tres burros dejaron su escaso alimento, levantaron la cabeza e inclinaron las orejas. Los niños kikuyu permanecían de pie tras los burros y esperaban. En la luz mortecina la Klemm había perdido su brillo y era sólo la figura triste y desacreditada de una Jezabel aérea.
    -Dios te guarde -dijo Bishon Singh.
    -¡Adiós y buena suerte! -grité.
    -¡Contacto! -gruñó Woody e hizo girar la hélice.
    
   Por fin yacía tumbado en una cama, en una choza pequeña y limpia del Aeroclub de África Oriental, en espera de comida, bebida y sospecho que comprensión.
    -La Klemm es una perra -dijo-. Ningún hombre en sus cabales debiera pilotar nunca una avioneta Klemm, con un motor Pobjoy, en África. La tratas con amabilidad, cuidas su motor, le pones barniz plateado en las alas y, ¿qué pasa?
    -Se estropeó la magneto -dije.
    -Es como una mujer nerviosa -dijo Woody- o inconsciente, ¡o hasta imbécil!
    -Oh, mucho peor.
  -¿Por qué volamos? -dijo Woody-. Podríamos dedicarnos a otras cosas. Podríamos trabajar en oficinas, o tener granjas, o entrar en la administración pública. Podríamos…
    -Podríamos dejar de volar mañana. De cualquier manera, podríamos. Podrías dejar atrás la avioneta y no volver a poner los pies en la barra de un timón. Podrías olvidarte del tiempo y los vuelos nocturnos, y de los aterrizajes forzosos, y de los pasajeros que se marean, y de las piezas de repuesto que no encuentras, y de los aviones nuevos y maravillosos que no te puedes comprar. Podrías olvidarte de todo eso y marcharte a cualquier sitio lejos de África y no volver a mirar un aeropuerto jamás. Podrías ser un hombre muy feliz. Entonces, ¿por qué no lo haces?
    -No podría soportarlo -dijo Woody-. Sería todo tan aburrido.
    -De cualquier forma puede ser aburrido.
    -¿Incluso con leones que te hacen pedazos en Kabete?
    -Oh, eso fue cuando era niña. Algún día escribiré un libro y podrás leerlo.
    -¡Dios no lo quiera! -dijo Woody."

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL BURDEL DE BENGHAZI. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

EL BURDEL DE BENGHAZI. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Blix prefirió hablar de la dueña del burdel. Con la paciencia de un novelista esperanzado intercambiando un holandés deformado había conseguido sacar de ella una especie de sinopsis de su vida. Era una vida que más valía dejarla en sinopsis, demasiado sórdida y demasiado miserable incluso para permitirse el lujo de hacer un romance.
    A la edad de seis o siete años la robaron de las manos de sus padres y la llevaron a África en barco. Recordaba que el barco era blanco por fuera y que se había mareado durante el viaje, pero no podía recordar nada más. A veces le pegaban, pero no demasiado. No había tenido momentos grandiosos y memorables de terror o sufrimiento, ni tampoco interludios especiales de felicidad como para recordar. Nada estaba muy claro, le había dicho a Blix. No sentía rencor por nada, pero últimamente el pensamiento del primer período cuyas fechas y lugares no recordaba bien había empezado a preocuparle mucho.
   -Tenía unos dieciséis años -dijo Blix- antes de saber que la habían vendido a la prostitución. Algo he leído sobre la trata de blancas, pero jamás supuse que iba a encontrarme con una víctima de ella. Ni siquiera sabía que era trata de blancas hasta que alguien se lo dijo; sólo creía que la vida era así.
   -¿Qué piensa ahora?
   -Quiere salir de aquí, pero no tiene dinero. Quiere volver al país donde nació. Cree que podría ser Holanda, pero no lo sabe. Dice que tiene árboles con fruta y que a veces refrescaba. Es todo lo que sabe. Creo que se ha vuelto imbécil intentando recordar más. Es espantoso que eso le pase a alguien; es como despertarse y no saber dónde has pasado la noche anterior, sólo que peor. ¡Imagínate no saber dónde has nacido!
   -¿Cuál era su idioma original?
   -Eso también es un misterio -dijo Blix-. Aprendió el holandés con un marino holandés y algo de árabe, italiano y otros ligeros conocimientos en uno y otro burdel. Lo mezcla todo.
   -Bueno, es muy triste, pero no puedes hacer nada al respecto.
   -Puedo hacer un poco. Voy a darle algo de dinero.
   Mientras permanecíamos en El Cairo a Blix le habían robado doscientas libras esterlinas en una barbería. Era casi todo lo que había ahorrado de su último safari. Calculé que le quedaban unas cincuenta, pero sabía que era un filántropo incorregible. Imagino que cualquier hombre que intentara timar a Blix un chelín arriesgaría su vida, pero si el mismo hombre le pidiera un chelín, sin duda recibiría veinte.
   -Es tu dinero y tus buenos sentimientos -dije-, pero ¿cómo sabes que dice la verdad?
    Blix se levantó y se encogió de hombros.
   -Cuando te pisotean hasta el fondo del pozo como la han pisoteado a ella, no estás obligado a decir la verdad, pero creo que me ha dicho parte. De todas formas no esperes oír la verdad bíblica por unas cuantas libras.
   Subimos e intentamos dormir un poco. Retiré el colchón de la cama y me estiré encima de los muelles, totalmente vestida. Al cabo de unos diez minutos oí los ronquidos de Blix con magnífica resonancia, pues se había tumbado en el suelo de su habitación, encontrándolo tan cómodo, yo lo sabía, como la tierra de la jungla que durante años había sido su cama.
   No sé cuándo ni cómo le entregó a la mujer su contribución a la cruzada contra la opresión de este mundo; quizá ya lo había hecho cuando me anunció sus intenciones. Por lo menos, cuando nos preparábamos para salir de la lastimosa y triste casa de infamia a las cuatro y media de la mañana, nuestra mesonera estaba levantada y danzando en la cocina.
   No puedo decir que su rostro estuviera iluminado por una nueva esperanza o que sus ojos brillaran con una luz más sugerente. Estaba pálida, desaliñada y todo lo abandonada que podía estar una mujer. Pero preparó una tetera y retiró las omnipresentes cucarachas de la mesa con un gesto indignado. Y después de bebernos el té, cruzar el patio y subir la calle que todavía estaba casi a oscuras, la dueña del burdel permaneció largo rato ante su burdel con la vela encendida que lloraba sebo sobre sus manos. Fue la única luz que pudimos ver en cualquier lugar del jardín de los Dioses."

martes, 24 de octubre de 2017

LA MUERTE DE DENYS FINCHHATTON. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

LA MUERTE DE DENYS FINCHHATTON. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Un día me pidió que me fuera con él a Voi y por supuesto le dije que sí. Por aquel entonces Voi presumía de ser una ciudad, pero apenas era una palabra bajo un techo de hojalata. Se extiende al sur, al sudeste de Nairobi en el corazón del país de los elefantes, un lugar seco en una bolsa de colinas aún más secas.
    Denys dijo que quería intentar algo que nunca se había hecho antes. Dijo que quería ver si se podía ojear elefantes en avión; pensaba que en caso afirmativo los cazadores estarían dispuestos a pagar muy bien el servicio.
    Me pareció una buena idea, incluso una idea escalofriante, y se lo hice saber a Tom un poco emocionada.
    -Me voy con Denys a Voi. Quiere saber cómo pueden ojearse elefantes desde el aire y si sería posible mantener a una partida de caza más o menos en contacto con una manada en movimiento.
    Tom estaba apoyado en un banco de trabajo del hangar recién construido de la Wilson Airways garabateando cifras en un trozo de papel. Archie Watkins, como sacerdote de los magos del motor, un hombre grande, rubio, tartamudo y con una veneración casi sagrada al himno de los pistones ronroneantes, dio los buenos días con una sonrisa a través de un bosque de cables y perros. Era un día para volar. El hangar abierto daba al aeródromo, a las llanuras y a un pedazo de cielo solitario de nubes.
    Tom se metió el trozo de papel en la chaqueta de cuero que siempre llevaba puesta y asintió:
    -Parece algo muy práctico hasta cierto punto. Encontraréis muchos más elefantes que sitios para aterrizar, una vez que los hayáis encontrado.
    -Sí, seguro, pero merece la pena intentarlo. Las ideas de Denys siempre lo merecen. De cualquier forma sólo iremos a Voi y volveremos. Nada de aterrizajes violentos. Si la cosa funciona será una buena forma de vida. Cuando piensas en toda la gente que viene aquí a buscar elefantes y en todo el tiempo que emplean, y…
    Ya lo sé -dijo Tom-, es una idea excelente.
    Se apartó del banco, salió del hangar y miró el campo. Permaneció allí un minuto más o menos sin moverse y después volvió.
    -Hazlo mañana, Beryl.
    -¿Por el tiempo?
    -No. El tiempo está bien. Sólo hazlo mañana, ¿lo harás?
    -Supongo que sí, si tú me lo pides, pero no veo por qué.
    -Ni yo -dijo Tom-, pero es así.
    Y así fue. Volví a mi cabaña del Muthaiga y me dediqué a poner al día mi diario. Denys salió hacia Voi sin mí. Se llevó a su boy kikuyu y fueron primero a Mombasa, donde tenía una casa en la costa.     AL aterrizar allí, un fragmento de coral astilló su hélice y telegrafió a Tom pidiéndole una pieza de repuesto.
    Tom la envió con un mecánico nativo, a pesar de que Denys se había mostrado inexorable sobre el hecho de que no necesitaba ayuda. En cualquier caso la hélice se montó y un día más tarde
    Denys y el boy kikuyu despegaron de nuevo, dando marcha atrás hacia el interior, hacia Voi.
    La noche en que llegaron allí, Tom y yo cenamos en el Muthaiga. No estuvo silencioso ni malhumorado, pero no se habló mucho de Denys. Tenía la impresión de que Tom había sido un poco estúpido por impedirme hacer el viaje. De todas formas hablamos de otras cosas. Tom pensaba volver a Inglaterra, pensamos en ello y hablamos juntos sobre ese tema.
    Al día siguiente comí en mi cabaña. Arab Ruta cocinó como siempre, sirvió como siempre y actuó como siempre. Pero una hora después, mientras yo estaba trabajando en unos proyectos de navegación irrealizables, Ruta llamó a mi puerta. La llamada fue tímida y su aspecto era tímido cuando entró. Parecía una persona que tuviera muchas cosas en las que pensar y nada que decir, pero al final lo soltó.
    -Memsahib, ¿has tenido noticias de Makanyaga?
    Makanyaga era Denys. Para Arab Ruta, y para la mayoría de los nativos que conocían a Denys, era Makanyaga. Parecía un epíteto insultante pero no lo era. Significa «pisotear». El bwana FinchHatton, según el razonamiento, puede pisotear a los inferiores con la lengua. Puede castigarlos con una palabra y ésa es una maravillosa habilidad.
    Ciertamente lo era, aunque Denys raras veces la ponía en práctica con nadie excepto con aquellos cuyas pretensiones les marcaban al menos como a sus iguales. Y entonces la ponía en práctica con una generosidad libertina.
    Cerré los libros.
    -No, Ruta. ¿Por qué debería tener noticias de Makanyaga?
    -No lo sé, Memsahib. Sólo me lo preguntaba.
    -¿Hay algo nuevo?
    Ruta se encogió de hombros.
  -No he oído nada, Memsahib. Es posible que no sea nada. Se me ocurrió preguntarte, pero seguramente el bwana Black lo sabría.
   El bwana Black lo supo muy pronto y yo también. Esa misma tarde un poco después estábamos sentados en la oficina de la Wilson Airways cuando telefoneó el comisario del distrito diciendo que Denys y el boy kikuyu habían muerto. Su avión despegó de la pista, dio dos vueltas y se lanzó de cabeza al suelo, donde se quemó. Nadie supo nunca por qué.
   Tom me había impedido que realizara el viaje y Arab Ruta me había hecho una pregunta. Ellos lo supieron y yo me he preguntado cómo lo supieron. Y he encontrado la respuesta.
   Denys era la piedra angular de un arco en el que las demás piedras eran otras vidas. Si una piedra angular tiembla, toda la curva del arco recibe el aviso y, si la piedra angular se rompe, el arco se derrumba, deja a las piedras secundarias amontonadas y, por un momento, carentes de diseño.
   La muerte de Denys dejó algunas vidas sin diseño, pero, como las piedras, se construyeron de nuevo con otra forma."
Karen Blixen y Denys Finch Hatton (derecha) en safari

martes, 26 de septiembre de 2017

OJEADORA DE ELEFANTES. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

OJEADORA DE ELEFANTES. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Según creo, soy la primera persona que ha ojeado elefantes con un avión, por tanto se puede deducir que la molestia más inquietante que jamás había pasado por encima de las cabezas de los miles de elefantes vistos por mí una y otra vez desde el aire habían sido los pájaros.
    La primera reacción de una manada de elefantes ante la Avian era siempre igual: abandonaban el lugar en donde comían y buscaban refugio, aunque con frecuencia, antes de rendirse, uno o dos de los machos se preparaban para la batalla y embestían en dirección a la avioneta, si la altura a la que volaba era lo suficientemente baja como para quedar dentro de su campo de visión. Cuando se percataban de la inutilidad de su actuación, toda la manada se metía en lo más profundo de la breña.
    Al siguiente día, al pasar de nuevo por la misma manada siempre descubría que se habían devanado los sesos durante la noche. En base a su reacción ante mi segunda intrusión consideraba que su forma de discurrir había sido algo así: a) La cosa que voló sobre nosotros no era un pájaro, pues a ningún pájaro le costaría tanto permanecer en el aire y, de cualquier manera, nosotros conocemos todos los pájaros. b) Si no era un pájaro, posiblemente sólo era otro truco de esos enanos bípedos contra quienes deberíamos dictar nuestras leyes. c) Los enanos bípedos (tanto negros como blancos), hasta donde alcanza nuestra buena memoria, han matado a nuestros machos por sus colmillos. Lo sabemos porque, al menos en el caso de los enanos blancos, lo único que se llevan son los colmillos.
    La forma de actuación del elefante según este razonamiento era siempre sensata y práctica. Cuando veían la Avian por segunda vez, se negaban a esconderse; por el contrario, las hembras, cuyos colmillos son pequeños y carecen de valor, se limitaban a rodear a sus machos cargados de tesoros, de tal manera que el marfil no podía verse desde el aire ni desde ningún otro lugar.
    Un ojeador de elefantes puede volverse loco con esta estrategia. Yo me he pasado casi una hora sobrevolando en círculos, entrecruzando y bajando en picado sobre una de las zonas más inhóspitas de África, esforzándome por romper ese terco amontonamiento, unas veces con éxito, otras veces sin él.
    Pero las tácticas varían. Más de una vez he encontrado un elefante grande y solitario con una despreocupación tentadora por su seguridad y su mole maciza muy a la vista, pero con la cabeza enterrada en un matorral. El elefante, por su parte, no hacía ningún esfuerzo por disimular la costumbre disparatada que se atribuye al avestruz. Por el contrario era una trampa ideada con inteligencia en la que caí, salvo en el sentido físico, por lo menos una docena de veces. El animal siempre resultaba ser una hembra grande, en vez de un macho y, siempre que llegaba a esa conclusión brillante pero tardía, el resto de la manada ya se había alejado varias millas y el señuelo, mirándome de reojo con una mirada triunfal, deambulaba sin prisa por el campo, agitaba la trompa con una indiferencia arrolladora y desaparecía.
    Es evidente que esta clase de inteligencia en un animal inferior puede dar lugar a exageraciones, algunas de ellas con la perseverancia suficiente como para que cristalicen en leyendas. Pero no se puede poner en duda la verdad por el simple hecho de que de ella haya nacido la leyenda. Los logros, casi divinos en ocasiones de nuestras propias especies en épocas pasadas, caminan tambaleándose a través de la historia apoyados la mayoría de las veces en las muletas de la fábula y la credulidad humana.
    Con respecto a la brutalidad de la caza del elefante, ya no creo sea más brutal que el noventa por ciento de las restantes actividades humanas. Supongo que no es más trágica la muerte de un elefante que la muerte de un novillo Hereford, y seguro que no a los ojos del novillo. La única diferencia estriba en que el novillo no tiene ni la destreza ni la oportunidad de burlar al señor que le conduce hacia el chuletero, mientras el elefante cuenta con éstas para luchar contra el cazador.
    Los cazadores de elefantes pueden ser desmedidamente brutos, pero sería un error considerar el elefante como un animal pacífico en conjunto. La creencia popular de que el único elefante peligroso para el hombre es el llamado «solitario» es errónea, tan errónea que un número considerable de hombres que así lo creía han quedado convertidos en polvo sin tener siquiera el justo derecho a la desintegración gradual. Si un elefante macho normal percibe el olor del hombre, en general atacará de inmediato, y su velocidad será tan increíble como su movilidad. Sus armas son la trompa y las patas, al menos en el desagradable asunto de la exterminación de un simple humano; esos resplandecientes sables de marfil esperan a sus resplandecientes enemigos.
    En Kilamakoy Blix y yo apenas entrábamos dentro de esa categoría y seguro que no después de haber acorralado al gran macho o, como sucedió, que el macho nos acorralara a nosotros. Puedo decir con auténtica satisfacción que no nos pisoteó en el instante más duradero de todos los instantes: el último de nuestras vidas."

jueves, 21 de septiembre de 2017

LA LANZA DE LOS MASAI. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

LA LANZA DE LOS MASAI. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

  "Colmando de alabanzas a Arab Maina, Arab Kosky corrió hacia el ciervo abatido, con la espada desenvainada de su funda de cuero rojo dispuesta para la caza.
    Miré los brazos delgados de Arab Maina, con sus músculos lisos y uniformes, y no aprecié ningún signo visible de tan inmensa fuerza. Arab Maina, al igual que Arab Kosky, era alto y flexible como un junco joven y su piel brillaba como un ascua bajo el susurro del viento. Su rostro era joven y duro, pero había en él una suave complacencia. Había amor, amor a la caza, amor a la seguridad de su fuerza, amor a la belleza y a la utilidad de su lanza.
    La lanza, construida por los herreros de su propia tribu, era de acero flexible templado y forjado. Pero era algo más.
    Para todo murani su lanza es el símbolo de su virilidad y forma parte de él en la misma medida que los tendones de su cuerpo. Su lanza es la manifestación de su fe; sin ella no puede conseguir nada, ni tierra, ni ganado, ni esposas. Ni siquiera el honor puede ser suyo hasta llegar el día en que, después de su circuncisión, se presenta ante los miembros reunidos de su tribu -hombres y mujeres de todas las edades, de manyattas, tan desparramados como las semillas de la hierba silvestre- y les jura lealtad, a ellos a su herencia común.
    Coge la lanza de las manos del ol-oiboni y la sujeta, como hará siempre mientras sus brazos tengan fuerza y sus ojos no queden nublados por la edad. Es el emblema de su sangre y de su clase y, al poseerla, se convierte repentinamente en un hombre.
    Al poseerla, nunca antes.
    Arab Maina colocó el pie izquierdo sobre el ciervo y extrajo con cuidado su lanza.
    -No sé, puede haberle roto un hueso -dijo.
    Pasó los dedos manchados de sangre por los bordes afilado: del arma y torció los labios en una ligera sonrisa.
    -En nombre de Dios, ¡el metal no está mellado! Mi lanza está ilesa -se paró a arrancar un puñado de hierba y limpió la sangre del acero caliente y brillante."

martes, 19 de septiembre de 2017

LA SEMILLA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

LA SEMILLA. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Mira la semilla en la palma de la mano de un granjero. Un soplo puede llevársela y ése es su fin. Pero contiene tres vidas: la suya propia, la del hombre a quien puede alimentar cuando crezca y la del hombre que vive de su cultivo. Si la semilla muere, esos hombres no morirán, pero seguramente ya no pueden vivir como antes. Se verán afectados por la muerte de la semilla; deben cambiar, poner su confianza en otras cosas.
    Un año murieron todas las semillas en Njoro y en todas las granjas de alrededor de Njoro, en las tierras bajas, en las laderas de las colinas, en las parcelas cuadradas robadas a los bosques, en las granjas grandes y en las granjas construidas sólo con un arado y una esperanza. Las semillas murieron por carecer de alimento, murieron de hambre por falta de lluvia.
    Una mañana el cielo fue transparente como un cristal. Y también a la mañana siguiente, y a la siguiente, y durante todas las demás mañanas hasta que se hizo difícil recordar cómo caía la lluvia, o cómo era un campo verde y húmedo de vida en donde un pie desnudo se hundiese en él. Todo aquello que crecía detuvo su crecimiento, las hojas se abarquillaron y las criaturas le dieron la espalda al sol.
    Quizá en algún lugar -en Londres, en Bombay, en Boston- un periódico incluyera una sola frase (en una página de menor categoría): «La sequía amenaza el África Oriental Británica». Tal vez alguien lo leyera y levantara la mirada con la esperanza de que aquel día sus propios cielos estuvieran tan despejados como los nuestros, o considerara que la sequía en el último rincón de África no era casi noticia.
    Puede que no lo sea. Casi no es noticia cuando un hombre a quien nunca has visto y nunca verás pierde el trabajo de un año, o el trabajo de diez años, o incluso el trabajo de una vida en una parcela de tierra que se encuentra demasiado lejos como para poder imaginarlo.
    Pero cuando abandoné Njoro, todo estaba demasiado cerca como para olvidarlo fácilmente. La lluvia alimenta la semilla y la semilla el molino. Cuando la lluvia se detiene, las ruedas del molino se detienen o, si continúan girando, muelen la desesperación de su dueño.
    Mi padre era su dueño..."

lunes, 18 de septiembre de 2017

EL DESIERTO. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

EL DESIERTO. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "El desierto para mí tiene la misma categoría que la oscuridad; ninguna de las formas que se ven son reales o permanentes. El desierto, como la noche, es ilimitado, incómodo e infinito, como la noche intriga la mente y la conduce hasta la inutilidad. Cuando has recorrido medio desierto experimentas la desesperación de un insomne a la espera del amanecer, y éste sólo llega cuando su llegada ha perdido importancia. Vuelas una eternidad cansado del panorama invariable y cuando por fin te liberas de su monotonía, no recuerdas nada de él porque en él no había nada."

jueves, 31 de agosto de 2017

EL LEÓN. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

EL LEÓN. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Cuando vi el león de Elkington nos separaba una distancia de veinte yardas. Yacía tumbado al sol de la mañana, inmenso, con la melena negra y brillante de vida. Movía la cola con lentitud, golpeando la hierba desigual, como si del extremo nudoso de una cuerda se tratara. Su cuerpo liso y brillante moldeaba el lugar en donde reposaba, un molde frío que permanecería cuando se hubiese marchado. No estaba dormido, sólo quieto. Era de color rojo herrumbroso, y suave, como un gato al que se pudiera acariciar.
    Me detuve, levantó la cabeza con magnífica tranquilidad y me miró fijamente con sus ojos amarillos.
    Me quedé quieta devolviéndole la mirada, arañando la tierra con los dedos de los pies desnudos, intentando que de mis labios saliera algún silbido silencioso. ¡Qué sabía de leones una niña pequeñita!
    Paddy se levantó emitiendo un suspiro y empezó a contemplarme con una especie de premeditación callada, al igual que un hombre de escasas luces acaricia un pensamiento insólito.
No puedo decir que sus ojos fueran amenazadores, porque no lo eran, o que sus «espantosas mandíbulas» babearan, porque eran unas mandíbulas bonitas y estaban muy limpias. Olfateó el aire con algo similar -me dio esa impresión- a una expresión audible de satisfacción. Y no volvió a tumbarse.
    Recordé las normas que se recuerdan. No correr. Andar muy despacio y empezar a cantar una canción desafiante.
(...)
    "Kali como Simba sisi", canté. «Asikari yotí ni udari! -Somos feroces como el león. ¡Todos los askari somos valientes!»

    Mientras cantaba, pasé en línea recta por delante de Paddy, viendo cómo brillaban sus ojos en la hierba espesa, observando cómo movía la cola al ritmo de mi cantinela.
(...)
    Seguí con mi canción, mientras me acercaba al borde de la colina en cuyas laderas, si tenía suerte, habría matorrales de grosellas del Cabo.

    El campo era gris verdoso y estaba seco, y el sol se extendí ampliamente sobre él, calentando la tierra bajo mis pies. No había sonido ni viento.
    Ni siquiera Paddy hizo ruido al marchar veloz tras de mí
    De lo que sucedió a continuación tres cosas son las que n cuerdo con mayor claridad: un grito, que fue apenas un susurro un golpe que me derribó al suelo y, mientras enterraba la cabe entre los brazos y sentía los dientes de Paddy junto a mi pierna un turbante con un balanceo fantástico -era el turbante de Bisha Singh- que aparece en el borde de la colina.
    Permanecí consciente, pero cerré los ojos para intentar no estarlo. Era más el sonido que el dolor.
Creo que el ruido del rugido de Paddy en mis oídos sólo podrá reproducirse el día en que las puertas del infierno se liberen de sus temblorosas bisagras y aparezca, con todo su sonido y autenticidad, el panorama completo de las pesadillas poéticas de Dante; Era un rugido inmenso que envolvía al mundo y me diluía en él.
    Cerré los ojos con fuerza y me quedé quieta bajo el peso de las garras de Paddy.
(...)
    Sucedió así, según lo explicara Bishon Singh:

    «Yo estoy apoyado contra las paredes del lugar donde se guarda el heno y pasáis primero el gran león y después tú, Beru, hacia el campo abierto, y pienso que un león y una jovencita forman una extraña compañía, por lo que sigo. Sigo hasta donde la colina que sube se convierte en la colina que baja, y allí donde es más baja, te veo corriendo con la cabeza vacía de pensamientos y el león detrás de ti, con la cabeza llena de pensamientos, y grito para que todo el mundo venga muy deprisa.
    »Todo el mundo viene muy deprisa, pero el gran león es más rápido que nadie y salta sobre tu espalda, y veo que gritas pero no oigo ningún grito. Sólo oigo al león, y empiezo a correr con todo el mundo, y esto incluye al bwana Elkington, que dice muchas palabras que no sé, y lleva un kikobo grande en la mano y tiene la intención de matar al gran león.
    »El bwana Elkington me deja atrás de la forma en que un hombre con las piernas más ligeras y menos pulgadas alrededor del estómago podría dejarme atrás, y agita el largo kikobo de manera que silba por encima de nuestras cabezas como un viento muy fuerte, pero cuando nos acercamos al león pienso que ese león no está de humor para aceptar un kikobo.
    »Está frente a mí encima de tu espalda, Beru, y tú sangras por tres o cuatro sitios, y él ruge. No creo que el besana Elkington pensara que ese león, en ese momento, admitiría que le pegasen, porque el león no miraba de la manera que miraba antes, cuando era preciso que le pegasen. Miraba como si no deseara que le molestara un kikobo, ni el bwana, ni los mozos de cuadra, ni Bishon Singh, y lo decía con una voz muy fuerte.
    »Creo que el bwana Elkington comprendió esa voz cuando no estaba más que a unos pies del león y creo que el bwana tuvo presente que lo mejor sería no pegar al león justo entonces, pero cuando el bwana corre muy deprisa es como el tronco de un gran baobab rodando por una ladera, y al parecer fue por eso por lo que el pensamiento de su cabeza no pasó con suficiente rapidez a las plantas de los pies, para impedir que se aproximase al león mucho más de lo que su corazón deseaba.»
    Y ésas fueron las circunstancias, como explico -dijo Bishon Singh-, que en mi considerada opinión han hecho posible que estés viva, Beru.
    -¿El bwana Elkington se abalanzó sobre el león, Bishon Singh? ,
    -Al contrario, el león se abalanzó sobre el bwana Elkington. -dijo Bishon Singh-. El león te abandonó por el bwana, Beru. El león opinaba que su dueño, honradamente, no se merecía una parte de la carne fresca que él, el león, había logrado sin ningún esfuerzo más que el suyo.
    Bishon Singh ofreció esta interpretación, totalmente razonable, con una gravedad impresionante, como si estuviera exponiendo el caso del león ante un jurado seleccionado entre los compañeros de Paddy.
    -Carne fresca… -repetí como si estuviera soñando, y crucé los dedos.
    -¿Entonces, que pasó…?
    El sikh levantó los hombros y volvió a bajarlos.
    -¿Qué podría pasar, Beru? El león se abalanzó sobre el bwana Elkington, que a su vez se apartó del león, y al hacerlo no conservó en la mano el kikobo largo, sino que lo tiró en la hierba y, al tirarlo, el bwana quedó libre para subirse a un árbol muy oportuno, cosa que hizo. -¿Y me recogiste tú, Bishon Singh?
    Inclinó ligeramente su enorme turbante.
    -Me sentí muy feliz por poder traerte a esta misma cama, Beru, y de avisar a tu padre, que se había ido a observar algunos de los caballos del bwana Elkington, y de que el gran león te hubiera comido con moderación. Tu padre volvió muy deprisa, y el bwana Elkington volvió un poco después muy deprisa, pero el gran león no ha vuelto.
    El gran león no había vuelto. Aquella noche mató un caballo; a la noche siguiente mató un toro joven y después una vaca lista para ser ordeñada.
    Al final fue atrapado y enjaulado definitivamente, pero no tuvo ninguna cita con ningún pelotón de ejecución al amanecer. Pasó muchos años en una jaula que, de haber sabido vivir en libertad con sus limitaciones, jamás habría conocido."