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miércoles, 7 de noviembre de 2018

LA LITERATURA SE REIVINDICA EN EL JUICIO DE SVETLANA ALEXIEVICH. LOS MUCHACHOS DE ZINC, de Svetlana Alexievich

LA LITERATURA SE REIVINDICA EN EL JUICIO DE SVETLANA ALEXIEVICH. LOS MUCHACHOS DE ZINC, de Svetlana Alexievich

    "...¿Qué tengo que revindicar? Mi derecho como escritora a ver el mundo tal como lo veo. Y a odiar la guerra. ¿O es que tengo que explicarles que existe la verdad y la verosimilitud, que un documento de una obra artística no es un certificado de la oficina de reclutamiento ni un billete de tranvía? Los libros que escribo son un documento y a la vez mi visión de los tiempos. Yo recopilo los detalles, los sentimientos, no de una vida concreta, sino del aire del tiempo en su totalidad, de su espacio, de sus voces. No invento, no fantaseo, sino que construyo los libros a partir de la realidad misma. El documento es lo que me cuentan, el documento en parte, soy yo, la artista, con mi propia visión y percepción del mundo.

   Yo escribo, anoto la historia del momento, la historia en el transcurso del tiempo. Las voces vivas, las vidas. Antes de pasar a ser historia, todavía son el dolor de alguien, el grito, el sacrificio o el crimen. Incontables veces me he hecho la pregunta: «¿Cómo pasar entre el mal sin aumentarlo, sobre todo hoy en día, cuando el mal adopta unas dimensiones cósmicas?». Antes de comenzar cada libro me lo pregunto. Esto ya es mi carga. Y mi destino.

   Escribir es un destino y una profesión, aunque en nuestro desafortunado país es más destino que profesión. ¿Con qué argumentos el jurado ha declinado en dos ocasiones la solicitud de un peritaje literario? La razón es sencilla: se vería enseguida que aquí no hay objeto de proceso. Procesan el libro, procesan la literatura, suponiendo que se puede reescribir las veces que sean necesarias para satisfacer sus necesidades inmediatas. Dios nos proteja de los contemporáneos parciales que hagan de redactores de los libros documentales. Solo nos habrían dejado ecos y prejuicios de las luchas políticas en vez de la historia viva. Fuera de las leyes de la literatura, al margen de las leyes del género, se administra la justicia política primitiva rebajada más allá del nivel cotidiano, rebajada a la altura de la pelea callejera. Escuchando a esta sala a menudo me he parado a pensar: «¿Quién se atreve a llamar a la multitud a que salga a la calle, a una multitud que ya no confía en nadie: ni en los sacerdotes, ni en los escritores, ni en los políticos? Una multitud que solo ansía sangre y masacre…». Y solo se somete al hombre armado… Un ser humano armado con una pluma, mejor dicho, con un bolígrafo, en vez de con un Kaláshnikov, le irrita. Aquí me han estado dando lecciones sobre cómo hay que escribir libros.

   Los que me han llamado a juicio abdican de lo que ellos decían hace unos años. En sus mentes ha cambiado el código, ahora leen el texto de antes de otra manera, a lo mejor incluso ni siquiera lo reconocen. ¿Por qué? Porque no necesitan la libertad… No saben qué hacer con ella…"

viernes, 26 de octubre de 2018

LA GUERRA DE AFGANISTÁN. LOS MUCHACHOS DE ZINC, de Svetlana Alexievich

LA GUERRA DE AFGANISTÁN. LOS MUCHACHOS DE ZINC, de Svetlana Alexievich

    «La muerte es horrible, pero hay cosas peores… Jamás diga delante de mí que somos unas víctimas, que fue un error. No lo diga en mi presencia. No le doy permiso.
    »Combatíamos bien, valientemente. ¿Por qué nos tratáis ahora de este modo? Yo besaba la bandera como se besa a una mujer. Temblando. Así es como nos habían educado: si besas la bandera, eso es sagrado. Amábamos a la Patria, en ella depositamos nuestra confianza. Vale, vale, vale… [Nervioso, tamborilea con los dedos]. Yo aún estoy allí… En la calle el tubo de escape de un coche da un “petardazo” y siento un miedo cerval. Se oye el estallido del cristal que se rompe… y al instante cualquier pensamiento desaparece, en mi mente solo existe el vacío del estallido… El sonido de una llamada de teléfono me recuerda a disparos… No estoy dispuesto a borrar todo esto, no logro pasar por encima de mis noches sin dormir. De mis sufrimientos. No soy capaz de olvidar el escalofrío mientras el termómetro marcaba cincuenta grados…
    »… Íbamos en camiones y cantábamos a todo pulmón. Llamábamos a todas las chicas que veíamos, las provocábamos, desde la altura del camión todas nos parecían guapas. Estábamos llenos de alegría. Algunos eran unos cobardes.
»—Me negaré a ir… Es mejor la cárcel que la guerra.
»—¡A por él!
    »Les pegábamos. Nos mofábamos de ellos, y algunos se atrevían a fugars
    »Al primer muerto lo extraje por la escotilla. Dijo: “Quiero vivir…”, y se murió. Vale, vale, vale… Después del combate se te hace insoportable contemplar la belleza. Observar las montañas, el desfiladero de color lila escondido en la niebla… Ver un pájaro de plumaje colorido… ¡Sientes ganas de acribillarlo todo a balazos! Disparo… ¡Disparo al aire! O bien te vuelves sosegado, tierno. Un chico al que yo conocía se moría lentamente. Estaba tumbado e, igual que un niño que acaba de aprender a hablar, iba nombrando y repitiendo los nombres de las cosas que pasaban por delante de sus ojos: “Montañas… Árbol… Pájaro… Cielo…”. Así hasta el final…
  »Un joven sarandoy, son como policías allí:
  »—Me moriré, Alá me llevará al cielo. ¿Tú dónde irás?
  »¡¿Adónde iré yo?!
  »Estuve en el hospital. Mi padre vino a verme a Taskent.
  »—Has estado herido, tienes derecho de quedarte en la Unión Soviética.
  »—¿Cómo voy a quedarme si mis amigos están allí?
  »Él es comunista pero iba a la iglesia, encendía velas.
  »—¿Por qué lo haces, padre?
  »—Tengo que depositar mi fe en algo. ¿A quién le ruego si no, para que vuelvas?
  »Tuve un compañero en el hospital. Su madre vino a visitarlo. Vino de Dusambé, trajo fruta y brandy.
  »—Quiero que mi hijo vuelva a casa. ¿A quién se lo debo solicitar?
  »—Venga, madre, ¿qué te parece si brindamos con tu brandy a nuestra salud?
  »Acabamos con su brandy. Una caja entera. El último día nos enteramos de que a uno de nuestra habitación le habían diagnosticado una úlcera estomacal. ¡Canalla! Borramos su rostro de nuestras memorias.
  »Para mí o es negro o es blanco. El gris no existe. Los tonos no existen.
  »No nos cabía en la cabeza que hubiera lugares donde llovía días enteros. Que nuestros mosquitos rusos, los de Arcángel, seguían zumbando por encima del río. Para nosotros solo existían las montañas, calcinadas y rugosas… La arena punzante… Vale, vale, vale… Encima de ella, como en una sábana enorme, yacían nuestros soldados bañados en sangre… Les habían cortado los genitales a todos… Y la nota: “Vuestras mujeres nunca parirán hijos vuestros…”.
  »¡¿Y dice usted que lo olvide?!
  »Regresamos. Algunos con magnetófonos japoneses, algunos chasqueando llamativos mecheros, otros con el uniforme desgastado y el maletín vacío.
  »Combatíamos bien, valientemente. Nos condecoraron con órdenes… Dicen que a nosotros, a los “afganos”, se nos reconoce sin necesidad de ver nuestras condecoraciones, se nos reconoce por la mirada:
»—Chico, ¿eres de Afgán?
  »Me lo dicen mientras camino por la calle, vestido con un abrigo soviético y unos zapatos soviéticos…».

  Soldado, transmisiones

lunes, 1 de octubre de 2018

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR. LOS MUCHACHOS DE ZINC, de Svetlana Alexievich

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR. LOS MUCHACHOS DE ZINC, de Svetlana Alexievich


»Aprendí a esperar. Aunque si veía un coche funerario me derrumbaba, me quedaba a punto de echarme a gritar, a llorar. Volvía corriendo a casa. Si hubiera tenido una imagen santa, me habría puesto de rodillas y habría rezado: “¡Sálvale para mí! ¡Sálvale!”.

»Aquel día fui al cine… Miraba la pantalla y no veía nada. Por dentro sentía una especie de ansiedad indefinida, como si me esperasen en alguna parte, como si debiera estar en otro lugar, apenas aguanté hasta el final. Por lo visto, ese día fue cuando entró en combate…

»Pasó una semana y yo aún no sabía nada. En esos días, incluso recibí dos cartas suyas. Normalmente me alegraba, las besaba, pero aquel día me enfadé: “¡¿Cuánto más he de esperarte?!”.

»Al noveno día, a las cinco de la mañana, me llegó un telegrama, me lo dejaron debajo de la puerta. El telegrama era de sus padres: “Ven. Petia ha muerto”. Lancé un grito. Desperté a la cría. ¿Qué hacer? ¿Adónde ir? No tenía dinero. Justo ese mismo día tenía que llegar su certificado de traslado. Recuerdo que envolví a la niña con una manta roja y salí a la calle, los autobuses todavía no circulaban. Paré un taxi.

»—Al aeropuerto —dije al taxista.

»—Ya voy de camino a casa.

»Y me cerró la puerta.

»—Mi marido ha muerto en Afganistán…

»Sin decirme nada, bajó del coche y me ayudó a subir. Pasamos por casa de una amiga mía, me prestó dinero. En el aeropuerto no quedaban billetes para volar a Moscú y a mí me daba miedo sacar el telegrama del bolso y enseñarlo. ¿Y si no era cierto? ¿Y si era un error? Y si… Lo principal era no decirlo en voz alta… Lloraba, todos me miraban. Me metieron en un avión biplano de agricultura. Llegué a Minsk por la noche. Tenía que seguir, tenía que llegar a Stárie Dorogi. Los taxistas se negaban a llevarme, era demasiado lejos, ciento cincuenta kilómetros. Yo se lo pedía. Les suplicaba. Uno accedió: “Te costará cincuenta rublos”. Le entregué todo lo que me quedaba.

»A las dos de la madrugada llegué a su casa. Todos lloraban.

»—Tal vez no sea verdad…

»—Es verdad, Tamara. Es verdad.

»Por la mañana fuimos a la comandancia. La respuesta militar fue la de siempre: “Les informaremos cuando traigan el cadáver”. Esperamos otros dos días. Llamamos a Minsk: “Vengan aquí y transpórtenlo por su cuenta”. Fuimos hasta allí, en la comandancia regional nos dijeron: “Lo han transportado por error a Baránavichi”. Eran otros cien kilómetros, y el depósito de nuestro pequeño autocar estaba vacío. En la dirección del aeropuerto de Baránavichi no había nadie, el horario laboral se había acabado. Encontramos al vigilante.

»—Venimos a…

»—Allí —nos señaló con la mano—, hay una caja. Vayan a verlo. Si es suyo, pueden llevárselo.

»En medio del campo había una caja toda sucia, con una inscripción escrita a tiza que decía: “Teniente Dovnar”. Arranqué una tablita que había en la parte donde suele estar la ventanilla del ataúd: su cara estaba intacta, pero sin afeitar y sin lavar, el ataúd le venía algo pequeño. El olor. Un olor insoportable. No había manera de acercarme, de besarlo… Así me devolvieron a mi marido…

»Me puse de rodillas ante lo que un día había sido lo más querido. Lo más amado…

»Fue el primer ataúd del pueblo de Iazil, en el distrito de Starodorozhni, de la región de Minsk. En los ojos de la gente se leía el horror. Nadie comprendía qué había ocurrido. Acerqué a mi hija para que se despidiera, ya había cumplido cuatro años y medio. Ella se puso a gritar: “Papá está negro… Tengo miedo… Papá está negro…”. Bajaron el ataúd a la tumba. Todavía no había dado tiempo ni de retirar las cuerdas que se usan para bajarlo cuando de pronto estalló un trueno y empezó a granizar. Recuerdo aquel granizo, parecía gravilla blanca sobre las lilas en floración, recuerdo cómo crujía debajo de los pies. La naturaleza misma se rebelaba. Me quedé en su casa durante mucho tiempo, porque allí habitaba su alma… Su padre y su madre… Sus cosas: la mesa, la cartera con la que había ido al colegio, su bicicleta… Me aferraba a cualquier objeto. Tocaba sus cosas… En la casa todo el mundo estaba callado. Me parecía que su madre me odiaba: yo seguía viva y él no, yo me casaría de nuevo, pero su hijo se había ido. Es una buena mujer, sin embargo aquellos días estaba fuera de sí. Tenía la mirada pesada, muy pesada… Ahora ella me dice: “Tamara, cásate otra vez”. Pero aquellos días me daba miedo mirarla a los ojos. Su padre por poco perdió la cordura: “¡Qué buen hombre hemos perdido! ¡Le han quitado la vida!”. Su madre y yo le intentábamos convencer de que a Petia le habían condecorado con una orden… de que Afganistán era necesario… la defensa de las fronteras del sur… No nos hacía caso: “¡Canallas! ¡Canallas!”. 

»Lo más terrible llegó después. Lo más terrible… fue acostumbrarme a la idea de que no debo esperarlo, de que ya no tengo a nadie a quien esperar. Aun así, durante mucho tiempo lo estuve esperando… Nos mudamos a otro apartamento. Por la mañana me despertaba bañada en sudor: “Vendrá Petia y no nos encontrará, vivimos en otro sitio”. No lograba hacerme a la idea de que me había quedado sola, que seguiría sola. Revisaba el buzón de correo tres veces al día… Me devolvían las cartas que le había escrito y que él no llegó a recibir, venían con el sello de “El destinatario está ausente”. Me dejaron de gustar las fiestas. Dejé de ver a mis amigos. Solo me quedaban los recuerdos. Recordaba los mejores momentos… Los primeros… 

»El primer día nos vimos en un baile. El segundo día nos vimos en un parque. El tercer día me propuso matrimonio. Yo ya estaba comprometida. Imagínese, ¡si hasta había empezado los trámites en el registro civil! Se lo dije. Él se marchó, pero me escribía, me escribía cartas con unas letras enormes: “¡Holaaa!”. Me prometió: “En enero iré y nos casaremos”. Pero yo no quería casarme en enero. ¡Quería una boda en primavera! A lo grande. Con música y flores. 

»Celebramos la boda en invierno, en mi pueblo. Fue de risa, a todo correr. Por la Epifanía, cuando muchos practican los sortilegios, tuve un sueño. Por la mañana se lo conté a mi madre: 

»—Mamá, he soñado con un chico muy guapo. Estaba de pie en un puente y me llamaba. Vestía un uniforme militar. Pero cuando me acercaba, él se alejaba, poco a poco, hasta que ha desaparecido. 

»—No te cases con un militar, acabarás sola —predijo mi madre. 

»Vino solo para dos días. 

»—¡Vamos al registro civil! —me propuso ya desde la puerta. 

»En el sóviet rural nos dijeron: 

»—¿Para qué esperar dos meses? Una botella de brandy como regalo y estará resuelto. 

»Una hora más tarde ya éramos marido y mujer. Salimos a la calle, en medio de una ventisca de nieve.

»—¿En qué coche vas a llevar a tu joven esposa?

»—¡Un momento! —Levantó la mano y paró un tractor.

»Me pasé años soñando con aquel encuentro. Con ese recorrido en tractor. El conductor tocaba el claxon y nosotros nos besábamos. Hace ocho años que él ya no está… Ocho… A menudo sueño con él. En los sueños le suplico: “Cásate conmigo una vez más”. Él me rechaza: “¡No! ¡No!”. No solamente lloro la muerte de mi marido, lloro la muerte de un hombre extraordinario. ¡Qué hombre era! ¡Qué hombre tan apuesto! Un cuerpo grande y bello. En la calle se giraban para mirarle a él, no a mí. Siento no haber tenido un hijo suyo. Podría haberlo hecho… Yo se lo pedía. Le daba miedo…

»La segunda vez que vino de vacaciones… No había enviado ningún telegrama. No me había avisado. Yo no estaba en el apartamento. Una amiga estaba celebrando allí su cumpleaños. Él abrió la puerta: la música sonando fuerte, la gente riéndose… Él se sentó en un taburete y lloró… Todos los días me iba a buscar: “Voy hacia tu trabajo y me tiemblan las rodillas, como si fuera una cita”. Recuerdo que fuimos al río, tomamos el sol, nos bañamos. Nos sentamos en la orilla delante de una hoguera:

»—No sabes lo poco que me apetece morir por una patria ajena.

»De noche me dijo:

»—Tamara, no vuelvas a casarte nunca.

»—¿Por qué dices eso?

»—Porque te quiero mucho. Y no me imagino que puedas estar con otro…

»Los días pasaban muy rápido. Y surgió algo parecido al miedo… Teníamos miedo… Hasta dejábamos a nuestra hija con los vecinos para poder pasar más tiempo juntos. No era un presentimiento, más bien una sombra… Se perfilaba una sombra… Le quedaba medio año. En la Unión Soviética ya estaban preparando el reemplazo.

»A veces tengo la sensación de vivir mucho, mucho tiempo, aunque los recuerdos siempre son los mismos. Me los he aprendido de memoria.

»La cría todavía era pequeña, un día volvió de la guardería.

»—Hoy hemos hablado de nuestros papás. Yo he dicho que mi padre es militar.

»—¿Por qué has dicho eso?

»—No me han preguntado si estaba vivo. Han preguntado qué hace.

»Ahora ya ha crecido. Cuando me enfado con ella, me aconseja:

»—Venga, mamá, cásate ya otra vez…

»—¿Qué papá te gustaría tener?

»—Me gustaría tener al mío…

»—Y si no es el tuyo, ¿cómo te gustaría que fuera?

»—Que fuera parecido a él…

»Me quedé viuda a los veinticuatro años. Los primeros meses, me hubiera casado con cualquier hombre que se me hubiera acercado. ¡Me estaba volviendo loca! No sabía cómo salvarme. A mi alrededor la vida continuaba: unos se construían una dacha, otros se compraban un coche, otros equipaban su nuevo apartamento; necesitaban una alfombra nueva, los azulejos para la cocina… un papel pintado bonito… La vida cotidiana de los otros… Pero ¿y yo? Yo me sentía como un pez sobre la arena… Por la noche me ahogaba en lágrimas… Solo ahora he comenzado a comprar algunos muebles. No conseguía levantar la mano para hacer una tarta. Para ponerme un vestido bonito. ¿Cómo iba a haber alguna celebración en mi casa? Entre 1941 y 1945 la desgracia era de todos, de todo el país. Todo el mundo había perdido a alguien. Y sabía por qué lo había perdido. Las mujeres lloraban a coro… En la escuela técnica de cocina donde trabajo la plantilla es de cien personas. Solo yo perdí a mi marido en esa guerra, de la cual los demás como mucho habían leído alguna noticia en los periódicos. La primera vez que oí por la tele que Afganistán era una deshonra quise romper la pantalla. Aquel día enterré a mi marido por segunda vez.

»Amé al vivo durante cinco años. Ya van ocho que amo al muerto. Tal vez estoy loca. Le quiero».


Esposa