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lunes, 11 de diciembre de 2017

LOS CLARETIANOS EN GUINEA. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

LOS CLARETIANOS EN GUINEA. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

    "Una vez, en una audiencia, se presentó ante él una mujer que quería separarse de su marido porque el hombre había desenterrado el cráneo de su hijo para preparar un filtro mágico. Ayala resolvió el asunto de la separación, pero no castigó al hombre por haber recurrido a la brujería. El teniente nunca se opuso a la realización de ceremonias rituales tradicionales, «por ser éstas inofensivas y costumbre del país».
    Años más tarde, la administración colonial cambiaría por completo de actitud y reprimiría brutalmente la religión fang. Se ordenó a la Guardia Colonial que confiscara a los fang los cráneos de sus antepasados, a los que rendían culto (creían que las almas de los muertos permanecían en la tierra para proteger a sus descendientes). A partir de 1930 se impusieron penas de cárcel a quienes poseyeran cajas con calaveras, y se recurrió sistemáticamente a la tortura para encontrar objetos rituales ocultos. Los instigadores de aquella persecución fueron los claretianos. Los mismos claretianos que veneraban, en Vic, el cuerpo de su fundador, el padre Claret. No conservaban únicamente su cráneo: guardaban el cuerpo entero, momificado. Hasta hace pocos años aún podía contemplarse aquella momia, a través de un cristal situado en el ataúd. Y al lado, en un relicario —como si de un tesoro se tratase—, los misioneros conservaban  conservaban el cerebro del santo. Nadie les sometió a persecuciones ni torturas por ello."

martes, 7 de noviembre de 2017

TRABAJOS FORZADOS. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin


TRABAJOS FORZADOS. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin


    Así fue como llegó a la selva la denominada «prestación», que oficialmente ya estaba en vigor en toda Guinea. No era más que una variante de los trabajos forzados. Los colonizadores argumentaban que, en la colonia, todo el mundo tenía que contribuir a las obras públicas, porque revertían en beneficio de todos. Cuando el Gobierno colonial necesitaba mano de obra, obligaba a los líderes locales a entregar un número determinado de hombres. Pero los fang se planteaban el tema de forma muy distinta, ya que consideraban que las obras públicas se realizaban para provecho exclusivo de los colonizadores y de sus negocios. Y, pese a ser los principales beneficiarios de los trabajos colectivos, los blancos no estaban dispuestos a asumir dichas tareas. Varias disposiciones legales garantizaban que los blancos no llevasen a cabo trabajos que requirieran esfuerzo físico en la colonia; se consideraba que el prestigio de la «raza» correría peligro si los negros vieran a los blancos realizando labores manuales. Los guineanos que fueron obligados a participar sin paga alguna en las obras públicas veían con escepticismo la situación. En una reciente entrevista, uno de aquellos guineanos me reprochaba el comportamiento abusivo de los españoles durante la colonización: «Blanco tiene dinero, blanco tiene la fuerza. Pero blanco no hace nada…».
(...)

    Resistirse a las prestaciones era algo prácticamente imposible para los fang. Ayala, cuando necesitaba trabajadores, enviaba una notificación a los jefes de los poblados para que enviasen a unos cuantos «voluntarios» que se dedicaran a las tareas colectivas. Si no llegaban, el teniente ordenaba a los guardias coloniales que fuesen a buscarlos. Por medio de las armas, los áscaris obligaban a algunos jóvenes del lugar a ir al destacamento. Si los hombres habían huido al bosque (algo relativamente frecuente), se llevaban a algunas de las mujeres del pueblo al puesto como rehenes para obligar a los fugitivos a personarse ante Ayala. Y si encontraban el poblado totalmente vacío, robaban cuanto querían, destruían las casas y talaban los árboles.
    Cualquier resistencia a la autoridad se castigaba de forma contundente. Algunos fang del este del Muni, por haber rechazado las prestaciones, fueron ejecutados. En una encuesta oficial, un testimonio aseguró que Ayala había ordenado el fusilamiento de treinta personas que se habían negado taxativamente a participar en las prestaciones. En 1925, un guardia llegó a un poblado de la zona de Ebibeyín y exigió braceros para la construcción de un puente. Los habitantes de la aldea le desarmaron, le ataron y le devolvieron al destacamento. Antes de soltarle, el jefe le formuló una seria advertencia: «En este pueblo no quiero ver guardia ninguno, y nosotros no trabajamos ni en el puente ni en los caminos». El áscari volvió del puesto junto a varios compañeros, y arrestaron al jefe y a unos cuantos hombres del pueblo. Los militares les dieron una paliza brutal. Luego los sometieron a juicio. Se les condenó a cuatro años de trabajos forzados en las plantaciones de Fernando Poo («Marfil», como denominaban los fang a la isla).
(...)

    Pero las condiciones laborales de la isla no eran, ni por asomo, atractivas para los fang. En primer lugar, había que firmar un contrato para un período de dos años y era imposible echarse atrás durante su vigencia (la Guardia Colonial detenía a los «vagabundos» que escapaban de las plantaciones y no dejaba que embarcaran hacia el Muni). Por si fuera poco, los sueldos en las fincas de cacao eran muy bajos. Para garantizar que los braceros volviesen a su pueblo con algunos ahorros, sólo recibían parte de su salario cada mes; el resto lo cobraban al finalizar el contrato, a fin de que comprasen productos y se los llevaran a su pueblo.
    Un médico colonial definió Fernando Poo como un «inmenso cementerio que anualmente se traga más de la veinteava parte de los braceros que acuden allí». En las plantaciones la alimentación era escasa, y el trato pésimo. Un catalán que estuvo en la colonia por aquel entonces contaba que, cuando llegó, los plantadores veteranos le instruyeron acerca del trato que debía dispensar a los negros: «Para que obedezcan, para que trabajen, para que rindan, no hay más que un recurso: el látigo. Argumentar, explicar, razonar es inútil». Según reconocía el propio gobernador, en las fincas se trabajaba durante unas 54 horas semanales..."



miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL TENIENTE AYALA. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

EL TENIENTE AYALA. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

    "Sin duda alguna, el genocidio de los osumu fue una de las acciones más brutales de las llevadas a cabo por Ayala. Si se le sigue recordando en Guinea es sobre todo por aquel episodio. Pero el ataque contra dicho clan no supuso un acontecimiento aislado, sino que entraba de lleno en la lógica represiva del colonialismo español. En el África colonial, los europeos no vacilaban en matar, robar y destruir cuanto se les pusiera por delante si ello servía para acabar con la resistencia de los «salvajes». Puede que Ayala fuese el militar más violento de todos los destinados en Guinea, pero para obligar a un pueblo libre a doblegarse ante el dominio colonial hacían falta, obviamente, hombres violentos.
    Ayala no era un sádico, como su jefe, el coronel Tovar de Revilla. No disfrutaba con palizas y torturas. Era un hombre frío y falto de pasión. Hacía sencillamente lo que consideraba más práctico, y no tenía ningún reparo en utilizar los métodos más brutales para hacer efectiva la colonización. En Mikomeseng las torturas eran constantes. A las palizas se añadía el «bidón», una práctica inhumana consistente en meter la cabeza de la víctima dentro de un bidón de agua de 200 litros y al mismo tiempo azotarla. Algunos hombres morían durante la tortura, ahogados. Aquello no suponía ningún problema para Ayala. El teniente afirmaba, sin ocultarlo, que los negros podían ser asesinados porque «no están contados». No se sabía cuántos existían, y ninguna autoridad se preocupaba por lo que les ocurriera. En 1924 Ayala ejecutó de un disparo en la nuca, personalmente, a algunos fang que se habían negado a efectuar las prestaciones. Y el oficial no ocultaba sus crímenes, sino que intentaba que se difundieran lo máximo posible para intimidar a los habitantes de su circunscripción.
    Aunque las expediciones contra los osumu fueran las más violentas de aquel período, no fueron las únicas, y quizá hubiesen existido más de no haber sido por la escasez de munición. En 1922, mientras en el interior de la Guinea Continental se preparaba la ofensiva contra los osumu, desde el islote de Elobey se planeaba un ataque contra varios poblados del sur de Guinea. En mayo de 1924 el teniente Carrasco de Egaña, desde Mikomeseng, lanzó una nueva ofensiva militar contra algunos pueblos del interior que seguían resistiéndose a los colonizadores…
    Ayala y sus compañeros, en sus dominios, estaban fuera de control. La Guardia Colonial organizaba expediciones de castigo sin el preceptivo consentimiento de los subgobernadores y del Gobierno General. En 1924 los jefes de puesto lanzaron dos ofensivas contra los fang en las que se usaron más de mil cartuchos. Ni siquiera enviaron un informe al Ministerio de Estado. Tan sólo notificaron los hechos a Madrid cuando, durante una inspección de expedientes rutinaria, un funcionario  funcionario del Ministerio se dio cuenta de que en la colonia faltaba munición.

    A menudo las expediciones militares tenían como objetivo castigar aquellas poblaciones en las que los áscaris hubieran encontrado resistencia. En ciertos casos, los jefes militares eran conscientes de que sus subordinados se habían excedido en el cumplimiento de sus funciones, pero, aun así, organizaban violentas incursiones para afianzar el «prestigio» de los colonizadores. En una ocasión, un corneta fue golpeado por la gente de un pueblo en el que había robado; Ayala reconoció que su subordinado había delinquido, pero ordenó que la aldea fuese arrasada. Los áscaris quemaron las cabañas y destruyeron todas sus plantaciones.
    La represión pretendía ser ejemplarizante y evitar toda crítica a la colonización. Por eso los ataques a símbolos coloniales se castigaban con suma brutalidad. En un pueblo de la zona de Añizok, cinco hombres cortaron a hachazos el poste en el que su jefe había puesto la bandera española que Ayala le había entregado. El teniente, al enterarse, envió un pelotón de guardias coloniales al pueblo con instrucciones muy precisas. Los áscaris detuvieron a los cinco responsables de los hechos y les obligaron a cavar un gran hoyo en el mismo sitio en que se había ubicado el poste. Y allí mismo los ejecutaron y los enterraron. Además, antes de enterrar los cuerpos, los guardias les cortaron la cabeza. Llevaron las cabezas en un cesto hasta Mikomeseng, para entregárselas a Ayala. Era necesario que demostrasen haber cumplido sus órdenes al pie de la letra.
    Los jefes de la Guardia Colonial consideraban necesario imponer un régimen de terror absoluto en el país fang.
    En realidad, la capacidad bélica de las tropas coloniales era muy reducida: no tenían ametralladoras, ni granadas, ni emisoras radiofónicas… Los cabos y los sargentos blancos, en teoría, tenían que llevar pistola, pero no lo hacían; sólo las llevaban los oficiales, porque no había bastantes para todo el mundo. Los jefes militares no dejaban de pedir más armamento a Madrid, pero nunca llegaba. Era indispensable, pues, que los guineanos supieran que cualquier ataque contra la Guardia Colonial daría lugar a una represalia brutal. En todo el proceso de conquista del territorio no fue asesinado ni un solo guardia colonial blanco. No es casualidad. Los fang sabían que, si mataban a un europeo, las consecuencias serían fatales para ellos. De hecho, todavía hoy, en lengua fang, para decir que algo es muy grave se recurre a la expresión «Es como si hubieras matado a un blanco».

Julián Ayala, a finales de 1920, en Guinea Ecuatorial

martes, 12 de septiembre de 2017

HEROES GUINEANOS. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

HEROES GUINEANOS. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

    "Pero el más firme aliado de Ayala en la región de Mikomeseng fue Motó, un rico jefe del clan nzomo. Los habitantes de la zona recuerdan, todavía hoy, que aquel jefe llegó a ser una especie de cacique, pero también subrayan que fue Ayala quien le confirió su autoridad: trabajaran en obras públicas. Así consolidaban su posición. Y, cuando las autoridades les exigían que enviasen braceros a Fernando Poo, podían destinar allí a sus adversarios (de ese modo nadie se atrevía a cuestionar su autoridad, algo insólito hasta entonces). Había jefes muy impopulares, que incluso cobraban de los españoles una cantidad establecida por cada trabajador enviado a la isla.

Uno de los primeros aliados de los españoles fue el jefe de Mikomeseng. Colaboró en las operaciones militares contra los fang anticoloniales de la Primera Guerra Mundial, como guía de las tropas españolas. Solicitó que el destacamento de la Guardia Colonial se estableciera en su pueblo, y, gracias a ello, aquella aldea se convirtió en una de las poblaciones más dinámicas de toda la Guinea Continental.

Pero el más firme aliado de Ayala en la región de Mikomeseng fue Motó, un rico jefe del clan nzomo. Los habitantes de la zona recuerdan, todavía hoy, que aquel jefe llegó a ser una especie de cacique, pero también subrayan que fue Ayala quien le confirió su autoridad:«A Motú le llamaron primer jefe, como a todos los jefes, pero era más, porque Ayala le puso a este nivel. Ya después era Motú el que interpretaba todo lo que decía Ayala […] Era el jefe de todas las tribus, el superjefe». Ayala consultaba a Motú muchos asuntos políticos que afectaban a la región, e incluso Barrera se reunía con él cada vez que pasaba por Mikomeseng. Aquel jefe nzomo fue durante muchos años uno de los más fieles aliados de la Guardia Colonial. En cambio, los misioneros no podían ni verle, porque tenía una treintena de esposas y no quería renunciar a la poligamia. Motú era tan influyente que incluso plantaba cara a los militares cuando no estaba de acuerdo con sus decisiones. Una vez, cuando un oficial le reprendió porque la carretera que pasaba por su pueblo estaba en mal estado, le contestó: «Administrador pide hacer carreteras. Motú hace las carreteras, bien. Después llueve, y mal. Si administrador quiere, que envíe oficio a Dios diciéndole si tiene que llover o no».

Ayala, que apreciaba mucho a Motú, le ofreció una beca para uno de sus familiares. Le dijo que eligiese a algún muchacho de su familia y que el Gobierno colonial le enviaría a estudiar a la metrópolis. Motú escogió a Enrique Nvo, hijo de su hermano. Fue uno de los primeros fang guineanos que salieron a estudiar al extranjero. Pero, al volver, Nvo no se puso al servicio del colonialismo español, sino que se integró en el primer partido independentista de Guinea. Cuando intentaba exiliarse, fue asesinado por sicarios a sueldo del Gobierno español. Hoy en día se le considera uno de los mártires de la independencia guineana."
(...)

    "...Ondo Nkulu alcanzó un gran poder. Los habitantes de las poblaciones del sudeste de Guinea, para llegar a Bata, a Mikomeseng o a la ciudad camerunesa de Kribi, tenían que atravesar Ebibeyín, ya que el único camino abierto pasaba por allí. Y una vez alcanzada dicha población, antes de presentarse en el destacamento (una formalidad obligatoria), tenían que detenerse en el poblado de Ondo Nkulu. Según los esandon actuales, en aquel lugar había muchas mujeres, y cuando los viajeros de paso se detenían allí encontraban alguna compañera y se quedaban para siempre, porque allí podían casarse y construir un hogar. De ahí procedería el nombre de Ebibeyín («Detener a los forasteros»). La versión de la gente de Mongomo y Nzork, descendientes de los huéspedes de Ondo Nkulu, es sustancialmente distinta:

    «Para la gente de Nzork, llegar a Ebibeyín era un problema, porque significaba quedarse detenidos, cogidos. Ondo Nkulu mantenía a los extranjeros. Los alimentaba con comida. Y si quería los podía detener. A algunos los detenía con malicia, con mucha malicia […] Ondo Nkulu incluso podía quedarse con las mujeres de los que estaban de paso […] Si había chicas bonitas, se las quedaban para la gente de allí, y los maridos se quedaban solos. También les robaban las mercancías que tenían para vender. Los blancos permitían que pasara esto. Ondo Nkulu tenía su propia prisión… Mis padres y mis abuelos tenían miedo de ir a Ebibeyín a vender sus productos.»

    Ondo Nkulu era alguien muy odiado por las poblaciones del sur de Ebibeyín, pero, en cambio, gozaba de mucho prestigio entre los esandon, porque se dedicaba a redistribuir las riquezas que arrebataba a sus «invitados» entre los hombres de su pueblo. No se enriqueció en exceso, pero hasta su muerte mantuvo excelentes relaciones con la Administración colonial.

    Hubo quien, en vez de acercarse a la Guardia Colonial, prefirió colaborar con los misioneros. En 1919, un joven fang llamado Mañé Ela llegó a la misión de Bata para pedir a los claretianos que levantaran una capilla en su poblado, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Los misioneros construyeron la misión que les pedía aquel joven y le protegieron. Con la ayuda de la Iglesia, el muchacho acabó por formar parte de las clases acomodadas locales. Pero quizá lo mejor para él hubiera sido no mezclarse con los religiosos. Con los años, Mañé acabó liderando el incipiente movimiento independentista guineano. Según su familia, como buen católico se lo contó a su confesor, un claretiano español, y éste le denunció ante las autoridades. En 1958 Acacio Mañé Ela fue detenido por la Guardia Civil, que le torturó hasta la muerte. Lanzaron su cadáver al fondo del Atlántico. Es el otro gran héroe nacional guineano."

Bravo Carbonell, Fernando Poo y el Muni, 1917.