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miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA SANGRE Y EL ÁMBAR,  de David Torres

    Tener la facilidad de escritura de David Torres, su soltura, seguro que es fruto de un trabajo arduo. Pero visitar un país de la mano de tu novia, oriunda de él, eso es algo mas que unas vacaciones, es una suerte. y lo es no solo para el, que viajo en el invierno polaco de comienzos de este siglo (2004?), sino para sus lectores. Porque, sin duda, la mejor baza de este libro es ser introducido en los ambientes de un país distante, con una historia feroz y unos prejuicios a flor de piel, en un idioma endiabladamente dificil. A eso nos da barra libre con su libro a través de sus experiencias por varios enclaves de Polonia. Varsovia, Cracovia, Auschwitz, Gdansk, Malbork, Treblinka, Torun... son algo mas que fotos en una guía turística, merecen algo más que un sorbo de vodka o un dia de esqui en Zakopane. Cada uno de esos enclaves, y otros mas que tambien visita el autor, tienen tanta historia, suponen tantas ideas y sentimientos profundos que, por si solos, han merecido multitud de libros históricos y ensayos políticos, religiosos o deportivos. Así es Polonia, aparentemente llana como la palma de la mano, pero llena de picos y simas emocionales.. Este libro los ilustra de primera mano, y son tan fecundos e imperecederos que no importa los 10 0 15 años que hayan pasado desde que se publicara este libro.
    La excusa formal del viaje es, por otra parte, la visita a un escritor de ciencia ficción, uno de los mejores del genero: Stanislaw Lem. Visita sin mayor transcendencia que la de conocer al ídolo en su vejez de primera mano.
    El viaje nos pasea por los lugares polacos que explican la historia hasta la presidencia de Lech Walesa. Junto a las impresiones, se desarrolla la historia que acompaña los protagonistas del lugar, por ejemplo Astilleros de Gdansk-Solidaridad-Lech Walesa, y las ideas han nacido de esas impresiones durante la visita. Merece la pena estar allí también a través de las paginas. Hay también momentos para la risa, la paradoja, el dialogo (en el barrio judío de Kamiziers, por ejemplo)... En definitiva, una buena introducción al país si se pretende viajar o al menos enterarse de lo que pasa por las calles de Polonia (todavía en 2017) ante cualquier distorsión periodística de las habituales. Que para eso también sirve viajar, ya sea físicamente o con un libro.
    Por otra parte, y ante lo importante que es la historia reciente de Polonia para los polacos y para el resto del mundo (uno de los devenires que mas han marcado a fuego la historia mundial), adjunto un interesante articulo sobre esa misma historia reciente como territorio de guerra política, de confrontación social alentada desde el poder actual, un gobierno a la derecha de la derecha. No es mas que una puesta al dia de la distopía "1984" de George Orwell para reescribir la historia a conveniencia del caudillo de turno:
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/01/actualidad/1488388189_648943.html


jueves, 30 de noviembre de 2017

MONUMENTO A LOS HEROES DEL LEVANTAMIENTO. SANGRE Y AMBAR, de David Torres

MONUMENTO A LOS HEROES DEL LEVANTAMIENTO. lA SANGRE Y EL AMBAR, de David Torres

    "En la plaza Krasińskich se encuentra el Monumento a los Héroes del Levantamiento. Sobre la escalinata, un grupo de titánicos guerreros de bronce —hombres, mujeres y niños— se despliegan en abanico, apuntando hacia el pasado sus pobres armas: fusiles, granadas, botellas de petróleo. Debajo, a unos veinte metros, otro grupo escultórico compuesto de varios combatientes y un sacerdote descienden por una alcantarilla. Diseñado por Jacek Budyń y esculpido por Wincenty Kućma, todo el ancho espacio de la plaza aparece crispado por la alarma bélica y por la portentosa sensación de dinamismo y vigor físico que emana del conjunto. Los cuerpos, las líneas horizontales, chocan con las verticales de los brazos, los fusiles y los torsos inclinados hacia delante."












lunes, 30 de octubre de 2017

AUSCHWITZ, TREBLINKA. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

AUSCHWITZ, TREBLINKA. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "En sus recuerdos de Auschwitz, Primo Levi relata cómo los guardianes alemanes se reían asegurando que nadie escaparía con vida para contarlo pero que si alguien lograba sobrevivir y lo contaba, nadie lo creería.
   El sosiego, la paz que emana hoy día de las piedras, los árboles y las nubes de Treblinka parece anormal: la naturaleza debería estar chillando aún, aquí debería masticarse la sangre. Pero no hay más olores que los del campo en invierno ni más ruido que el de las hojas frotadas por el viento. Incluso los jóvenes judíos que habían llegado desde Israel parecían venir de excursión. Eran cientos de ellos, llevaban velas y ramos de flores, caminaban entre las lápidas huérfanas del monumento conmemorativo, se hacían fotos debajo del dolmen. Unos ondeaban banderas con la estrella de David, otros gritaban y voceaban como forofos de fútbol. Sus profesores se limitaban a decirles dónde colocar las flores. Ni a Aśka ni a mí, únicos gentiles a la vista, nos pareció —para decirlo suavemente— la actitud más adecuada para visitar un lugar que rebosaba tanto dolor, una explanada donde cabían tantos muertos. Era como si estuvieran celebrando algo, pero no sabíamos qué. No nos apeteció participar en aquellas intempestivas muestras de alegría y seguimos caminando rumbo al campo de trabajo y al muro de ejecución.
    Nadie nos acompañó. Tardamos casi una hora en llegar hasta las tumbas de los prisioneros polacos fusilados por los nazis. Nos detuvimos para leer los nombres en las lápidas custodiadas por las hierbas y los altos chopos. Algunos tenían la fecha de nacimiento y la de ejecución; había mujeres y hombres, la mayoría eran muy jóvenes. Regresamos en silencio, por el mismo camino de tierra. Tampoco nos cruzamos con nadie. Uñas gotas de agua nos hicieron temer que acabaríamos empapados, pero aquel tímido preludio de lluvia terminó en nada y un sol escuálido asomó su pálida cara entre las nubes.
    Ninguno de aquellos muchachos judíos se acercó para rendir homenaje a los veinte mil polacos asesinados por los alemanes. Habían volado desde Israel para honrar a sus muertos, pero no iban a caminar un par de kilómetros más para contemplar unas cuantas cruces clavadas en el suelo. No eran asunto suyo. En Shoah, Lanzmann entrevistó al maquinista que conducía el tren cargado de prisioneros hasta Treblinka: un viejo polaco de cara arrugada como una pasa que, en un momento dado, dijo que aún entonces, tantos años después, seguía sin poder quitarse de la cabeza el grito insoportable de los judíos que iban en los vagones, el lamento interminable que resonaba a través de los campos y las vías. Las lágrimas le asomaban a los ojos. Pero también entrevistó a un campesino polaco que trabajó junto al campo de exterminio en 1942 y 1943. Lanzmann dijo si se había asomado detrás de la colina y había visto lo que los alemanes les estaban haciendo a los judíos. Le preguntó qué sintió entonces. El hombre se encogió de hombros y dijo que nada especial. Fue aun más específico: «Si a usted le cortan un dedo, a mí no me duele.»"

martes, 13 de junio de 2017

NAZIS EN POLONIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

NAZIS EN POLONIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

    "La historia de su madre resultó aún más aterradora. Era de ella de quien Agnieszka había heredado la belleza, el pelo rubio y los ojos claros. Wanda Janczakowa era una polaca de origen letón a quien los nazis internaron en una de las casas Lebensraun ideadas por Himmler, uno de aquellos escalofriantes criaderos de niños perfectos con el pelo rubio y los ojos azules.
   —Se la llevaron a Łódź —léase «Uts»—, a un campo que había en la calle Łąkowa. La cogieron para mejorar la raza aria. Mi madre era alta, rubia, muy guapa. Miren, tengo una foto suya aquí.
(...)
   —Por Dios, no. Yo ya tenía un año cuando se llevaron a mi madre para poner en práctica las teorías de Rosenberg. Por suerte, un médico alemán se apiadó de ella y la dejó escapar. Gracias a aquel hombre, se salvó de convertirse en una de las doce mil madres fértiles que los nazis emplearon como úteros cautivos en Alemania. Después mi madre decidió regresar al General Gouverment y acabó la guerra de jefe médico en un batallón de partisanos.
   —¿Vive aún? —preguntó Aśka mirando la foto.
   —Tiene noventa años y el grado de capitán del ejército.
   Cerró el libro, lo dejó en una de las sillas y nos invitó a tomar el té. Era ya la hora de comer pero no resistí la tentación de probar un bizcocho.
   —Después de tantos años, lo mejor de toda la historia es que, según los cánones nazis, los polacos de hoy día somos muchos más arios que los alemanes. A algunos les jode venir aquí de vacaciones y ver que nuestras mujeres son más altas y más rubias que las suyas. Claro, llevan tantos años mezclándose con emigrantes turcos… —Dio una palmada y se echó a reír de nuevo—. Si Hitler levantara la cabeza y viera a los alemanes buscando desesperadamente una polaca con la que casarse…"

jueves, 8 de junio de 2017

EL CONJUNTO ESCULTÓRICO DE VARSOVIA. LA SANGRE Y EL AMBAR, de David Torres

EL CONJUNTO ESCULTÓRICO DE VARSOVIA. LA SANGRE Y EL AMBAR, de David Torres

    "Cuando se acercó para señalarnos las titánicas figuras comprendí que parecía haber escapado del conjunto escultórico de la plaza. Reparé en que, bajo la aparente uniformidad de los rostros esculpidos, se escondían facciones y rasgos individuales. Pero el aire de familia de todos ellos era inconfundible, provenía de una oscura noche de la Historia, una noche con fuegos en las calles, ruidos de derrumbe, ecos de disparos.
    —El escultor las hizo fijándose en las fotos. Cada uno de ellos se corresponde con un personaje real. Por ejemplo, esta enfermera que hay aquí es Teresa, yo la conocí. Era una mujer muy valiente, luchaba en el batallón Zośka —dijo, y volteó el brazo hacia el grupo de la plaza—. Y aquel sacerdote de allí se llamaba Janek, salvó la vida a mucha gente. En septiembre, cuando esperábamos que entraran los rusos, y no entraron, y los alemanes empezaron a matarnos a todos, lo cogieron y lo ahorcaron. Yo fui uno de los que fueron a hablar con el Papa para que lo hicieran beato, y actualmente está en proceso de canonización.
    Después contó a Aśka los detalles de la edificación del monumento, cómo el gobierno comunista, después de intentar sabotear su construcción por todos los medios, sólo les había dejado aquel lugar, un tanto apartado del casco viejo. Contó también su visita al Papa y sus viajes a Estados Unidos, un país que cada vez le gustaba menos. Habló con orgullo de una hija suya que vivía en Suiza y que estudiaba idiomas. Alabó el libro de Norman Davies —«el primer libro que cuenta lo que realmente sucedió en Varsovia»— y añadió que el historiador inglés había hablado con él y con otros supervivientes de la batalla."






miércoles, 7 de junio de 2017

GUETO DE VARSOVIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

GUETO DE VARSOVIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

    "Un hombre, Emmanuel Ringelblum, se acabaría transformando en la memoria viva del gueto. Economista, historiador, militante socialista y sionista convencido, Ringelblum se hallaba en Ginebra cuando los alemanes invadieron su país. No se lo pensó dos veces y regresó a Varsovia para ayudar a los suyos. Allí empezó a escribir todo lo que pasaba ante sus ojos, a recopilar todos los documentos y materiales que caían en sus manos. Los papeles empezaron a crecer, transformándose en un diario exacto y veraz de las vejaciones y miserias del dominio alemán, pero también de los abusos de los polacos y de la corrupción generalizada del Consejo Judío. Su archivo personal, compuesto de miles de notas, propias y ajenas, fue encontrado en unas latas enterradas entre las ruinas, después de la guerra. A partir de ellas se elaboró la Crónica del gueto de Varsovia, uno de los documentos históricos fundamentales del siglo XX, un testimonio de primera mano no sólo de la brutalidad nazi, sino de la vida cotidiana de los judíos de Varsovia bajo la égida del horror absoluto. El testimonio de Ringelblum es un ejemplo supremo de imparcialidad histórica: por encima de la negrura de los acontecimientos, la escritura trasluce como un cristal los hechos desnudos, despojados prácticamente de comentarios subjetivos."
Varsovia

domingo, 4 de junio de 2017

EL ALZAMIENTO DE VARSOVIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

EL ALZAMIENTO DE VARSOVIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

"En agosto de 1944, veinticuatro años después de «El milagro en el Vístula», el ejército ruso acampó en ese mismo lugar para sentarse a contemplar cómo las divisiones SS alemanas aplastaban la insurrección del AK (Armia Krajowa), el Ejército del Interior que organizaba la resistencia contra los nazis. Stalin ansiaba decapitar cuanto antes a los insurgentes polacos para manejar a su antojo, gracias a los fantoches prosoviéticos, los resortes políticos de la Polonia reconquistada. Durante dos meses se luchó casa por casa, en las alcantarillas, entre las ruinas, intentando liberar la ciudad antes de que llegaran los rusos. En uno de sus berrinches mitológicos, Hitler ordenó que Varsovia fuera demolida piedra por piedra y borrada para siempre de la faz de la Tierra. Según sus mismas palabras, Varsovia volvería a ser tan sólo «un punto en el mapa». La batalla consistió en una impresionante orgía de destrucción en la que una red de partisanos armados de pistolas y fusiles, y de mujeres y niños que hacían de correos entre los distintos sectores de la ciudad, se enfrentó a varias divisiones SS apoyadas por tanques, aviones y cohetes. Los alemanes llegaron incluso a probar nuevas armas, como el impresionante mortero Karl Moser, de 600 ml, capaz él solo de reducir un edificio entero a escombros. A medida que avanzaban, los alemanes iban exterminando a todos los civiles que encontraban.
En su película Kanał, Andrzej Wajda relata la odisea de aquellos guerreros condenados, acorralados sin esperanza en las entrañas y desagües de Varsovia. Los rusos no sólo no ayudaron a los combatientes polacos, sino que denegaron el permiso para que los aviones americanos y británicos que podrían haber llevado ayuda a los guerrilleros repostaran en sus aeropuertos. Tras casi dos meses de lucha, 26.000 bajas alemanas y 45.000 polacas, el AK se rindió sin condiciones. La mayoría de los supervivientes fueron deportados a campos de concentración. Entre los escombros quedaban los cuerpos de más de 150.000 civiles muertos en los combates callejeros, mientras al otro lado del río el Ejército Rojo esperaba de brazos cruzados. No entró en Varsovia hasta enero de 1945. Para los regimientos polacos que acompañaban a las fuerzas rusas (los mismos que habían sido hechos prisioneros en 1939, deportados a campos de concentración y luego, tras la invasión alemana de la URSS, reincorporados junto a las fuerzas soviéticas) fue terrible asistir a aquella penúltima traición que convirtió Varsovia en un cementerio apocalíptico. La última fue ver cómo los heroicos defensores de la ciudad eran arrestados, juzgados con cargos ridículos y fusilados o recluidos en las recién estrenadas cárceles comunistas.
Desde la orilla oriental del Vístula, los mismos hombres que habían luchado codo con codo con los rusos en la batalla por la liberación de Wilno, contemplaban impotentes, una vez más, su hermosa capital convertida en un enorme solar, un rudimentario horizonte de humo y cascotes y muñones de edificios. Una vez más, como en la invasión alemana de 1939 y en el levantamiento del gueto en 1943, al igual que en todas las rebeliones aplastadas por los zares, Varsovia había sido despedazada a manos de sus atroces vecinos. Conrad tenía razón: ni los monstruos pueden vivir ni se puede vivir al lado de monstruos."
Por donde pasaba el muro del guetto

HISTORIA DE POLONIA EN LIBROS. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

HISTORIA DE POLONIA EN LIBROS. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

    "En el mar de los números se pierden las lágrimas, las gotas de sudor, los ríos de sangre. Hace falta repetir y repetir en voz alta todas las historias, todos los destinos de los que contemplaron el espanto con sus propios ojos para comprender verdaderamente lo que fue Europa, cómo ha llegado a ser lo que es, cuántas cicatrices y cuánto dolor se esconden debajo de los himnos, discursos y banderas. Agnieszka lo dijo de una manera más simple y más clara:
  —Es necesario que los jóvenes conozcan la verdad, sean del país que sean. Antes, con el comunismo, leías la historia de Polonia y parecía otra. A muchos europeos aún no se les ha metido en la cabeza que Stalin fue tan malo como Hitler o que para nosotros la guerra no terminó hasta 1989. Churchill y Roosevelt nos vendieron en Teherán, junto a toda la Europa del Este. Pero cuando yo estudiaba en el colegio todo, todo lo que aparecía en los libros no eran más que mentiras y más mentiras. Norman Davies ha sido el primero en hablar de todo esto.
    Cualquiera que esté interesado por Polonia tropezará, más tarde o más temprano, con el nombre de Davies. Su obra God’s playground (que podría traducirse por «El campo de juego de Dios») es una monumental historia de Polonia en dos tomos considerada la referencia absoluta y definitiva. Por suerte, yo ya había tropezado con él: me interesaba sobremanera un libro acerca del levantamiento de Varsovia escrito por Davies que, por aquel entonces, aún no había sido vertido al español. Cuando se publicó en España al año siguiente, en una espléndida y cuidada edición cuajada de fotografías documentales, pude comprobar por qué los polacos adoran al historiador inglés. Varsovia 1944 es una joya bibliográfica de casi novecientas páginas, un complejo y perfecto mecanismo de relojería que explora hasta el agotamiento todas las raíces y ramificaciones políticas de aquella carnicería sin nombre.
   —La memoria —dijo Agnieszka, y lo repitió sin perder la sonrisa—: la memoria es lo único que puede salvarnos. Éste es un local consagrado a la memoria. Por eso los polacos nos empeñamos tanto en que Europa sea algo más que una simple unión económica, sino una verdadera conciencia común.
    Cuando nos despedimos, Agnieszka me tendió la mano, pero yo no pude evitar acercarme, darle las gracias y plantarle dos rotundos besos en la cara, al estilo español. Se llevó la mano a las mejillas, ruborizada, y luego se echó a reír por última vez.
   —¡Pero, por favor, si ya soy una abuela! —Luego se volvió hacia Aśka y dijo—: No me va a quedar más remedio que besarte yo a ti.
   Mientras salíamos, recordé la frase más bella que había dicho aquella mujer: «En cualquier momento puede abrirse la puerta y entrar un héroe.»"
Gdansk

VARSOVIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

VARSOVIA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

"...parece casi tan difícil como con la ciudad que le hospeda.
    Las casas de la Ciudad Vieja fueron reconstruidas por los arquitectos gracias a las fotografías anteriores a la guerra y a los cuadros de algunos artistas, en especial las escenas pintadas por Bernardo Belloto, un sobrino de Canaletto que firmaba con el sobrenombre de su célebre tío. Basta contemplar su panorama de Varsovia a orillas del Vístula en 1770, para comprender el auge y el refinamiento que había alcanzado la alta sociedad polaca en aquellas fechas. Al contemplar el cuadro, recordé las palabras de Molótov, cuando aseguró que Polonia no era más que un «miserable bastardo del Tratado de Versalles». Profetizando lo que sus tropas iban a hacer con ella, Hitler dijo de Polonia: «Ese ridículo país donde sádicas bestias dan vía libre a sus sádicos instintos.» Probablemente ninguno de los dos sabía que ese ridículo y miserable país al que tanto despreciaban había dado a luz, en 1791, la primera Constitución europea, más o menos en el mismo momento en que sus respectivos gobiernos autocráticos decidían acabar con ella. Ni Hitler ni Molótov eran la clase de políticos interesados en esos pequeños detalles."

jueves, 4 de mayo de 2017

CHOPIN. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

CHOPIN. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

    "...las palabras de Baudelaire, cuando escribió que la música de Chopin es como «un pájaro magnífico sobrevolando un abismo sin nombre». Su vida se convirtió en un peregrinaje incesante de ciudad en ciudad, de piano en piano y de mujer en mujer, hasta que encontró a George Sand —apodo literario de Aurore Dupin—, una escritora de armas tomar que escandalizaba los salones de la época vistiendo ropa de hombre y fumando cigarrillos. En aquellos años, maquillado por la tuberculosis, Chopin era un pálido y demacrado maniquí de manos bellísimas, un hombre delgado y quebradizo muy del gusto de la época. Además, su genio musical había sido reconocido y aplaudido por colegas de la talla de Liszt o Schumann. La delgadez extrema y el aspecto cadavérico hacían furor en los salones. La condesa de Angoult dijo de él que era «un hombre irresistible: lo único permanente en Chopin es la tos»."

miércoles, 3 de mayo de 2017

LA LITERATURA DEL HOLOCAUSTO. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

LA LITERATURA DEL HOLOCAUSTO. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "Al contrario de lo que se piensa, el escritor, o al menos el novelista, no trabaja con palabras. Su materia prima son las emociones. Las palabras son a las emociones lo que las teclas de un piano a la música: hay que saber qué teclas tocar y cuáles no para afinar la melodía. Las teclas, las palabras, no son más que un medio para un fin, que es la música. La novela realista, la gran novela europea de los siglos XIX y XX, es ante todo una labor de empatía, de ponerse en el lugar del otro, de sufrir con los otros, de llorar con los otros. Sentir que un destino humano (una jovencita romántica con la cabeza a pájaros, un jugador compulsivo, un capitán de la marina mercante enviado al centro de África) podría ser el nuestro. Pero no tengo forma humana de ponerme en el lugar de esas criaturas que viajaban como ganado camino del matadero, que hacían sus necesidades unos juntos a otros, que chillaban interminablemente, que rezaban moviendo los labios, que callaban bajando la cabeza. Todos esos cientos, miles, cientos de miles, millones de hombres y mujeres y ancianos y niños que no eran personajes literarios. No puedo ni imaginarme el olor que había en uno de esos vagones después de tres días de viaje, un olor mezcla de docenas de olores y secreciones —orina, sudor, adrenalina, mierda, pánico— ni atisbar, aunque sea por un instante, la profundidad de su sufrimiento y de su miedo. Puedo llorar por ellos, pero no puedo ser ellos. No puedo ponerme en su lugar. Nadie puede. Nadie puede imaginar que su destino, no el destino de un personaje literario sino el de un ser humano, de cientos de miles, de millones, de un pueblo, de razas enteras, sea acabar convertido en jabón, en sebo, que tu piel sirva para fabricar la pantalla de una lámpara de mesa, que trituren tus huesos y fertilicen la tierra con el polvo, y que tejan mantas y sacos de arpillera con tus cabellos."
Auschwitz

miércoles, 26 de abril de 2017

JUDÍOS Y POLACOS. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

JUDÍOS Y POLACOS. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "El que hablaba era un hombre gordo, moreno, de barba rala y ojos oscuros. Me preguntó de dónde era y le dije que de España. Le pregunté si sabía si en el barrio vivían todavía algunos judíos y se encogió de hombros.
—¿Judíos? Quién sabe. Puede que yo sea judío.
Se levantó pesadamente y se sentó a nuestra mesa. Me apuntó con un dedo gordo como un pan. Parecía muy borracho.
—Vosotros, los españoles, también expulsasteis a los judíos.
—En 1492, junto a los moriscos. —Asentí con la cabeza—. El mismo año que Colón descubrió América. Fue una verdadera desgracia.
—¿Para quién? —preguntó el gordo vía Aśka.
—Para todos. Para los españoles que no eran judíos y, por supuesto, para los judíos, que eran españoles.
—Aquí los judíos vivieron en paz durante siglos. Más o menos en paz, porque los judíos nunca han estado en paz en ningún sitio. Ni siquiera ahora, en Israel.
Bebió un trago de cerveza. Quedó un rastro de espuma blanca colgándole del bigote y se lo limpió con el dorso de la mano.
—Durante la guerra, dicen que los polacos no ayudaron a los judíos. En algunos pueblos, los polacos ayudaron a los nazis, extorsionaron a los judíos, incluso los mataron con sus propias manos. —Hizo un gesto vago con la mano, como si limpiara una ventana imaginaria—. Pero también hubo polacos, católicos o no, que ayudaron a los judíos. También hubo alemanes buenos, ¿no?, igual que ese oficial que salvó al judío aquel de Varsovia.
—Szpilman —dijo Aśka—. El pianista del gueto.
—El de la película de Polański, sí. Los nazis promulgaron una orden en la cual especificaban que cualquier polaco que ocultara o ayudara a un judío sería ahorcado. —Tamborileó los dedos sobre la mesa—. Aun así, escaparon unos cuantos miles de judíos de Polonia, unos cuarenta mil, creo. Son unos cuantos, ¿no?
Afirmé con la cabeza. Abotargado por el alcohol, el hombre arrastraba las palabras y parpadeaba a cámara lenta.
—Poco después de la guerra hubo un linchamiento de judíos en Kielce. La gente dice que fue orquestado por los comunistas. Lo peor de todo fue cuando algunos judíos quisieron recuperar sus antiguas posesiones y se encontraron con que sus vecinos polacos habían ocupado sus casas y no estaban dispuestos a devolverlas. Gritaban: «Fuera, judío, fuera. No te queremos. Vete a otra parte. Lejos.» Siempre es la misma historia.
Tarareó algo ininteligible, siguió golpeando los dedos sobre la mesa.
—Y luego, en los sesenta, los partisanos de Moczar promovieron otra vez el antisemitismo. Aquello fue una vergüenza. También hoy, ahora mismo, se sigue diciendo por las calles que los judíos tienen la culpa de lo mal que va el país, que tienen todo el dinero. Hay periodistas que escriben y sacerdotes que hablan desde el púlpito contra los judíos. Lo que yo digo es… —Balbuceó, tanteó con la mano hasta dar con el asa de la jarra—. Lo que digo es: si hay antisemitismo, debe de haber judíos, ¿no?
Me guiñó un ojo, antes de terminarse de un trago la cerveza. Después me miró fijamente y preguntó:
—¿Por qué te interesan tanto los judíos?
Era una buena pregunta. Siempre, desde niño, he sentido simpatía por los débiles, las víctimas, las minorías oprimidas. Los judíos, los gitanos, los palestinos, los kurdos, los polacos. Yo mismo, en el colegio, en el barrio, en la mili, me había sentido un paria. Había cambiado de escuela y el primer día, unos chicos mayores que yo me esperaron a la salida, me tiraron al suelo, me golpearon y me dieron patadas en el estómago y en la cabeza. Durante meses (y, para un niño de seis años, un mes es un lapso casi infinito de tiempo) fui aterrorizado a la escuela, no salía al recreo, temiendo que un día cualquiera se repitiera el calvario. Por desgracia, se repitió muchas veces. ¿Qué motivos tenían para martirizarme? Que estaba gordo, que no me gustaba el fútbol, que era débil. Había otros aun más débiles que yo: los canijos, los empollones, los chicos con gafas. No logro olvidar los rostros ni los nombres de los matones que me esperaban a la salida de clase. Algunas veces, cuando miro hacia atrás, hacia el patio del colegio, con sus pequeños verdugos y sus pequeñas víctimas, veo un campo de concentración en miniatura.
Extendí las manos sobre la mesa, acaricié la rueda metálica. Recordé el traqueteo de la máquina de coser, mi madre inclinada sobre la aguja, sus pies balanceándose sobre el pedal, sus manos sujetando un trozo de tela: aquellas ráfagas breves y monótonas de las que estaban hechas las tardes de lluvia. Recordé mi nombre.
—Me llamo David, como mi padre. Mi hermano se llama Daniel, como mi tío. El nombre de otro de mis tíos era Gabriel, aunque en familia todos le llamábamos Javier. Y otro, Salomón.
—¿En serio?
—Completamente en serio. Era peluquero. Vivía en Alemania.
El hombre apoyó la mano sobre la cara. Tenía los ojos entrecerrados, como si fuese a echarse una siesta.
—¿Y te has preguntado qué habría sucedido contigo si tu familia hubiera vivido aquí, en Polonia, en vez de en España? ¿Os habrían tomado los nazis por judíos?
No me dio tiempo a responder. Alzó la mano para llamar al camarero y pedir la cuenta. Le dije que me permitiera invitarle. Cogió el abrigo que colgaba en una de las sillas. Se lo puso y me estrechó la mano.
—Yo también me llamo Salomón —dijo—. Pero no soy peluquero.
Se subió las solapas del abrigo y salió del local con paso vacilante. Al cruzar la calle, se apoyó en el capó de un coche aparcado y después sacudió la mano manchada de nieve. Aśka removía su zumo de tomate. El camarero se acercó y le pedí una Warka. Aśka guardó silencio hasta que la jarra estuvo frente a mí rebosando espuma.
—¿Mejor? —preguntó después de que hubiera tomado un trago.
—Sin comparación posible.
—Los polacos podemos enorgullecemos de muchas cosas —dijo de repente—, pero no precisamente de cómo tratamos a los judíos durante la guerra.
—Bueno, la guerra no suele sacar a la luz lo mejor de los seres humanos. Por lo que he leído, tampoco muchos judíos se comportaron muy bien con sus hermanos."

Cracovia

lunes, 24 de abril de 2017

MALBORK. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

MALBORK. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "La ciudadela alzada junto al río ocupa 21 hectáreas de fortificaciones y forma el mayor grupo gótico de castillos del mundo. La fortaleza de Malbork está considerada la construcción de ladrillo más grande jamás edificada por el hombre...
En la historia de Polonia, los caballeros teutónicos pasan por malvados, codiciosos y embusteros, pero había algo que nadie podrá negarles: eran valientes como ellos solos. Fueron aquellos monjes guerreros blindados de la cabeza a los pies, con penachos, mantos blancos y cruces negras, quienes levantaron esta impresionante serie de recintos amurallados que constituyeron el centro militar, diplomático, económico y religioso de la Orden Teutónica del Hospital de Santa María en Jerusalén. Las obras comenzaron en los albores del siglo XIII y no se concluyeron hasta más de un siglo después, en 1410. Por pura paradoja del destino, ésa fue la fecha de la mayor derrota sufrida por la orden y del principio de su decadencia, cuando, contra todo pronóstico, una alianza entre los ejércitos combinados de Polonia y Lituania destrozó a la todopoderosa caballería teutónica en Grunwald, una de las mayores batallas de la Edad Media.
Polonia se jugaba una vez más, a cara o cruz, como siempre, su supervivencia como nación y como pueblo. El rey polaco Wladyslaw Jagiello (Jagellón para los amigos) había reunido bajo su mando un dispar ejército que agrupaba más de cuarenta mil hombres entre polacos y lituanos, la mayoría de ellos infantes mal armados, poco más de veinte mil caballeros y unos mil cien feroces jinetes tártaros. A pesar de su clara inferioridad numérica, los caballeros teutones contaban con lo más granado de su caballería pesada, la mejor de su tiempo, y más de diez mil soldados de infantería. Sólo estos últimos ya iban mejor armados que la gran mayoría de los guerreros lituanos y, además, los germanos tenían más de un centenar de cañones, frente a los dieciséis de los polacos. Por si fuera poco, a la cabeza del formidable ejército teutón marchaban algunos de los mejores militares de su tiempo: el gran maestre Ulrich von Juningen, el gran mariscal Frederick von Wallenrode y Kuno von Lichtenstein, considerado la mejor espada de su tiempo. También las corazas que vestían eran de malla, más resistentes y ligeras que las armaduras de metal polaco. Excepto el número, todo estaba a favor de los caballeros de Dios, incluido Dios: la experiencia militar, el armamento, los caballos y las tácticas de guerra...
Sin embargo, fue en este último punto donde el monarca polaco brilló con luz propia. Al amanecer del día señalado, mientras toda la caballería teutónica esperaba perfectamente formada en el campo de batalla, Jagellón reservó a sus hombres en el frescor de un bosque cercano. Durante toda la mañana, el sol de julio cayó a martillazos sobre las filas de monjes guerreros enclaustrados en sus caparazones. Viendo a sus hombres deshidratados y empapados de sudor bajo sus cotas de malla, el gran maestre decidió iniciar las operaciones y sacar al enemigo a campo abierto. Golpeó al ejército enemigo en el punto que juzgó más vulnerable: el lugar donde la caballería tártara apoyaba a los infantes lituanos. Los tártaros huyeron al galope al contemplar aquella avalancha de lanzas que se les echaba encima y toda la línea aliada pareció desmoronarse ante el primer empuje de la caballería de Lichtenstein. La persecución duró más de ocho kilómetros y resultó una completa victoria para los caballeros teutónicos, pero cuando volvieron grupas se encontraron de frente a los jinetes lituanos del gran duque Witold.
A las dos de la tarde, aunque los diversos episodios de la batalla favorecían claramente a los germanos, la argucia de Jagellón empezó a dar sus frutos. Los caballeros teutones acusaban la fatiga de haber permanecido ocho horas resollando bajo un sol de plomo, y cuando ambos ejércitos pusieron en juego las últimas reservas de caballería para jugarse el todo por el todo, una tormenta de metal y de sangre se abatió sobre las llanuras de Grunwald. Hombres desgarrados, cabezas decapitadas y miembros cortados a trozos salpicaban todo el campo de batalla. Polacos y lituanos empezaban a ceder cuando, a una orden del rey polaco, salió una turbamulta vociferante de los bosques. No eran más que aldeanos medio desnudos que caían a cientos bajo las patas de los caballos, pero pronto los monjes guerreros se vieron rodeados por aquella masa armada de hoces, hachas y picas de madera. Para colmo, Tughril regresó con sus tártaros al punto más encarnizado de la batalla y tomó cumplida venganza de la humillación que los hombres de Lichtenstein habían impuesto a sus jinetes. En aquel instante de peligro supremo, Ulrich von Juningen no se lo pensó dos veces: se encomendó a Dios y espoleó su caballo para meterse de cabeza en el epicentro de la carnicería. Mató a docenas de hombres antes de que las picas enemigas lograran alcanzarlo entre los intersticios de su armadura. Juningen mordió el polvo, al tiempo que su ejército se venía abajo. No fue la única muestra de coraje de los caballeros teutones: de los sesenta jefes militares de la orden que participaron en Grunwald, más de cincuenta, incluidos Wallenrode y Lichtenstein, cayeron en el campo de batalla. Eran otros tiempos, cuando los grandes guerreros luchaban y morían al frente de sus hombres. Los tiempos en que les hubiera gustado nacer a Patton, a Anders y también a don Quijote...
Más de cinco siglos después, en 1914, durante los primeros compases de la Primera Guerra Mundial, el mariscal Hindenburg escogió deliberadamente el mismo escenario para infligir una humillante derrota a los rusos e intentar borrar el mal sabor de boca de Grunwald en los anales de la historiografía militar germana.
En el tren que nos llevaba hasta Gdańsk, Aśka me comentó que Hindenburg no es el único que intentó repetir la batalla: todos los años, el 15 de julio, los polacos celebran el aniversario de la victoria de Grunwald con una aparatosa escenificación que incluye centenares de caballos, armaduras y lanzas"
Castillo de Malbork

miércoles, 12 de abril de 2017

JERZY KUKUCZKA. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

JERZY KUKUCZKA. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "...al borde de los Cárpatos, en Katowice, una fea ciudad de la cuenca minera de Silesia, había nacido Jerzy Kukuczka, uno de los más grandes escaladores de todos los tiempos. Jurek, como se le conocía familiarmente, tuvo que pagarse sus primeras expediciones al Himalaya pintando chimeneas de factorías metalúrgicas junto a varios de sus compañeros de escalada. En su libro de memorias, Mi mundo vertical, cuenta que los empresarios palidecían cuando les aseguraba que ellos no necesitaban andamios, que simplemente se descolgarían con una cuerda de lo alto de la chimenea. Con todo, ésa era la menor de las dificultades para salir de expedición en un país donde obtener la firma necesaria del comisario de turno suponía un auténtico calvario. También escribió una vez que los alpinistas occidentales son como deportivos de lujo que avanzan velozmente por una buena autopista, pero que se atascan en las carreteras comarcales, mientras que los alpinistas del Este parecen toscos cacharros que, sin embargo, aguantan mejor en los terrenos difíciles. No obstante, más que un tosco cacharro, Kukuczka parecía un oso gordo y un tanto gruñón, un bisonte polaco, hirsuto y pretérito. «Parecía el tendero del barrio», me dijo una vez Sebastián Álvaro, que se lo tropezó en el campo base del K2, cuando el polaco regresaba de inaugurar una nueva y tremenda ruta en la cara sur, donde había dejado un amigo muerto en el descenso. Pero más aún que su resistencia, su tozudez y su clase, causa asombro que Kukuczka, con sus cuerdas viejas y sus anticuados equipos de escalada, pudiera alcanzar no sólo la flor y nata del alpinismo mundial sino que llegara a hacerle sombra nada menos que a Reinhold Messner.
Ambos se habían encontrado por primera vez en el Lhotse, el primer ochomil de Kukuczka, cuando el tirolés ya era toda una leyenda del alpinismo, y el polaco nada más que un tipo prácticamente desconocido, con pinta de bebedor de cerveza más que de deportista de élite. Sin embargo, logró descongelar por un momento el rictus hierático de la estrella mundial al contarle que, en una expedición fallida al Nanga Parbat, había recogido una linterna perdida a casi ocho mil metros, en una vía prácticamente virgen. Sorprendido, Messner le replicó que esa linterna pertenecía a su hermano Günter, muerto años atrás en la primera travesía de la Montaña Asesina. Quizás entonces reconoció de golpe, en la sonrisa de aquel polaco barbudo y jovial, al único adversario que podía disputarle el cetro de los catorce ochomiles del planeta.
Sin embargo, Kukuczka no sólo tenía que contar con un montón de desventajas añadidas, sino que también había empezado la carrera tarde. Cuando Messner, en un soberbio sprint final, terminó por imponerse, Jurek le envió un telegrama de felicitación y se dedicó a escalar las cumbres que le quedaban en su particular «rosario», tal como él lo llamaba. Nunca aceptó muy bien la idea de haber conseguido el segundo aquella hazaña fabulosa, probablemente la marca deportiva más impresionante que existe. Cuando le preguntaron en una rueda de prensa cómo valoraba el hecho de haber completado la ascensión de los catorce ochomiles, tras Reinhold Messner, Kukuczka sonrió amargamente y dijo: «¿Alguien recuerda quién fue el segundo en subir al Everest?» Nadie supo responder. Sin embargo, el mismo Messner —un hombre que ciertamente no prodiga los elogios— le escribió poco después: «No eres el segundo. Eres grande.»
(...)
Su rostro bondadoso y alegre, coronado por una narizota de alcohólico, llegó a estamparse en un sello de correos polaco, pero la fama no le sentaba bien. Echaba de menos los Himalayas, la soledad de las cimas, el corazón al borde de la boca, las estrellas colgadas del mediodía de las que había hablado el gran alpinista francés Lionel Terray y que él vislumbró cerca de la cumbre del Makalu… Restaba sólo aquella vieja espina del Lhotse, su primer ochomil, y él quería arrancársela resolviendo el tremendo problema de su cara sur, sin duda el desafío más grande que quedaba pendiente en el Himalaya. Ya lo había intentado en 1985 y, cuatro años después, con su sueño cumplido, los deberes hechos y la gloria al hombro, Jurek se dirigió de nuevo a la pared más temible y despiadada del mundo. No regresó: su cuerda se rompió en algún punto por encima de los ocho mil metros de altitud, como si hubiese agotado la suerte increíble que le había acompañado tantas veces.
Para los polacos es muy importante contar con un Kukuczka de vez en cuando, un héroe del deporte o un premio Nobel que sitúe su país en el mapa".


martes, 11 de abril de 2017

LOS ASTILLEROS DE GDAŃSK. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

LOS ASTILLEROS DE GDAŃSK. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "Quizás el desplome del comunismo sea el acontecimiento histórico más importante de nuestra época, y todo empezó en este lugar, en Gdańsk, junto a las cruces metálicas de los astilleros, los costados de los petroleros heridos, bajo los arcos de Santa Brígida y las grises y lluviosas bóvedas de un cielo cristiano.
Veintitantos años después las nubes se han herrumbrado, los astilleros se han arruinado, de la fe apenas quedan rescoldos. Una vez desmembrado el Imperio, la poción mágica —ese placebo formidable— ya no sirve de mucho. En la iglesia de Santa Brígida resonaba el eco del órgano. Los astilleros de Gdańsk (que, por pura paradoja del destino, se llaman «Lenin») están prácticamente desiertos. Después de su lamentable actuación presidencial, Wałęsa se ha convertido en un chiste de polacos. Afianzada en el poder, la Iglesia ha engordado, ha echado culo, dejando que los músculos entrenados en los largos años de persecución se transformen en grasa."

viernes, 7 de abril de 2017

RUSOS EN VARSOVIA. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

RUSOS EN VARSOVIA. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "Sentados en aquella penumbra hospitalaria, recordé una anécdota que me contó Pepe Rey, cuando viajó a Cracovia a finales de los setenta. Era de noche, se había metido en una galería y luego descendido a través de unas escaleras hasta dar con un bar que parecía una catacumba, una especie de sótano con una hornacina en la pared donde estaban empotrados dos vejetes de pelo blanco y frac raído: un violinista y un pianista. En el pequeño salón sólo estaban él, los músicos y tres o cuatro parejas, todos sumidos en una penumbra húmeda y eslava: el tintineo del hielo en los vasos, el ir y venir de las botellas, la tristeza chopiniana de los dos viejos que tocaban canciones folklóricas con el mismo entusiasmo de un obrero en una cadena de montaje.
De pronto hizo su aparición un jerarca ruso, alto, gordo, abrigo y gorro de piel. Se sentó en una de las mesas, dio dos palmadas y ordenó a voces, en ruso, algo que Pepe identificó más tarde, cuando el camarero lo sirvió en una bandeja: vodka y caviar. Después dio otras dos palmadas y ordenó que tocaran una canción rusa. Obedientes, los músicos empezaron a tocar una enfermiza versión de Kalinka mientras el ruso se arrimaba a una rubia y empezaba a sobarle descaradamente los muslos. Ni siquiera le importó el tipo que estaba al lado de la chica. Le gritaba obscenidades al oído, con una seguridad en sí mismo que sólo proporciona el dinero a manos llenas, una pistola en el sobaco o una insignia del KGB. Cuando la canción acabó, Pepe aprovechó que el ruso seguía invadiendo Polonia para acercarse hasta el violinista y preguntarle si se sabía el tema de Casablanca. Los ojos de zombi del pobre viejo se abrieron como flores, le hizo una seña al pianista y ambos emprendieron, con alegría nada folklórica, la nostálgica melodía. El ruso torció la cara y cuando la canción terminó, dio un golpe terrible sobre la mesa y encargó otra canción oriunda del Volga. Pepe, que ya estaba lanzado después de varias copas, encargó una ronda de vodka para los músicos. Cuando terminaron de tocar, se acercó a preguntarles si sabían alguna canción española.
—Only Granada —dijo el violinista.
—Pues Granada, venga. Con dos cojones.
Pepe rescató a la rubia pidiéndole un baile. Al ritmo de aquella canción española empezaron a girar, tropezando entre las mesas. Una pareja, y después otra, se sumaron a la danza. El jerarca ruso se bebió de un trago rabioso su último vodka y salió del local calándose el gorro hasta las orejas.
—La impresión que me dieron todos esos países —me dijo Pepe— es que todo el mundo estaba hasta los cojones del comunismo. Gente haciendo colas de kilómetros, gente esperando, siempre esperando. Cuando ya había tomado varios vodkas, siempre acababa con un polaco o con un checo al lado, borrachos perdidos, cantando canciones, y siempre les preguntaba lo mismo: «¿Por qué no salís a la calle de una puta vez y mandáis a los rusos a tomar por culo?»"

jueves, 6 de abril de 2017

EL VAGÓN DE LA CALLE MURANOWSKA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

EL VAGÓN DE LA CALLE MURANOWSKA. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

    "...en medio de la calle Muranowska se levanta, como una aparición surgida del infierno, un lóbrego vagón de tren cargado de cruces de plomo y de negras lápidas con la estrella de David. Dedicada a las víctimas del salvajismo ruso (desde los 21.000 oficiales ejecutados poco después de la invasión soviética hasta los cientos de miles de desaparecidos en el Gulag), resulta una construcción delirante y sobrecogedora que no aparece en casi ninguna guía de la ciudad. Los fantasmales travesaños llevan los nombres de las ciudades y las regiones que albergaron las prisiones comunistas, y los esbozos de manos y dedos humanos, aprisionados para siempre entre las tablas, expresan mejor que cualquier palabra la agonía atroz de tantos polacos fusilados, torturados y abandonados a un horrible exilio de hielo."




miércoles, 5 de abril de 2017

JEDWABNE, LA MATANZA DE JUDÍOS. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

JEDWABNE, LA MATANZA DE JUDÍOS. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "—¿Has oído hablar de Jedwabne?
Negué con la cabeza. Entonces Aśka me contó la historia de aquella aldea, cerca de Białystok, donde, un día de julio de 1941, la mitad de los habitantes del pueblo se alzó contra la otra mitad. Los católicos masacraron a sus vecinos judíos, más de mil seiscientas personas con las que habían convivido en paz durante siglos, y lo hicieron ante la indiferencia de la guarnición nazi que alentó la carnicería sin tomar parte en ella. Los soldados alemanes sólo se divirtieron, aplaudiendo, tomando fotografías, mientras los cabecillas polacos iban matando a los judíos indefensos a golpes, a pedradas, a cuchilladas, a hachazos. Empezaron por los hombres, los más jóvenes y fuertes, luego siguieron con las mujeres, los ancianos y los niños. Les obligaron a cavar fosas para los muertos y para ellos mismos, les obligaron a cantar y a desfilar, a la vista de todo el pueblo mientras les insultaban y humillaban. Por último metieron a todos los que quedaban en un pajar, cerraron las puertas y los quemaron vivos.
Muy pocos lograron escapar de aquella horda de bestias enfurecidas. Sólo una familia católica, los Wyrzykowski, se atrevió a ocultar en su granja, con riesgo de su propia vida, a siete de sus vecinos judíos. Lo peor de todo es que, después de la guerra, los Wyrzykowski tuvieron que marcharse del pueblo ante el acoso implacable de las mismas alimañas que habían acuchillado a mujeres embarazadas y pateado hasta la muerte a ancianos inválidos. También ante el silencio cómplice de los mismos cobardes que habían coreado la matanza, de los que simplemente habían callado, se habían refugiado en sus casas, habían mirado hacia otro lado."

martes, 4 de abril de 2017

AUSCHWITZ. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

AUSCHWITZ. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "Una vez más el mal consiste únicamente en una pesadilla horizontal, una enorme extensión de yermas hectáreas lamidas por lenguas de nieve, cerradas por alambradas, con unos pocos barracones en pie y unos cuantos rectángulos lívidos que indicaban, sobre el suelo atormentado, el lugar donde los otros barracones habían sido quemados. El fondo del campo se pierde en la lejanía, más allá de donde alcanza la mirada. Apenas quedan visitantes cuando bajamos a la entrada, y la soledad y el frío amplifican el vacío infinito del lugar. Un rabino con sombrero y largas barbas rizadas camina junto a un muchacho que sostiene abierto el libro de oraciones. El rabino recita fragmentos de la Torah camino del andén de descarga, sus zapatos oscuros resuenan entre la nieve endurecida y sus largos brazos imparten bendiciones a izquierda y derecha. Al verlo, se me hizo un nudo en la garganta. Fuimos incapaces de seguirlo y doblamos hacia uno de los barracones, donde un profesor concluía la visita a Auschwitz con una lección que hubiera conmovido y afligido a Adorno. Los colegiales, muchachos de doce o trece años, permanecían de pie junto a las literas, escuchándole. Después se levantaron y pasaron cabizbajos a nuestro lado. Le pedí a Aśka que me tradujera qué había dicho.
—Ha dicho: «Estáis aquí para aprender, para que esto no vuelva a suceder nunca. Recordad esto siempre. Y pensad que hace sólo unos años, durante la guerra de Yugoslavia, un soldado serbio estaba sentado con un cubo lleno de ojos humanos al lado. Entonces otro soldado se acercó y le dijo si quería que le trajera hielo para conservar mejor los ojos. “Me da igual —respondió—. Me traen un cubo de ojos nuevos cada día.”»
(...)
No quería pensar ni por un segundo en la posibilidad de pasar la noche en aquel recinto abandonado, entre multitudes de sombras, con temperaturas inferiores a los diez grados bajo cero. Me detuve un momento para esperar a Aśka y recobrar el aliento. Entonces miré atrás, y vi el cielo encendido en una fogata espléndida, una apoteosis, cuajada de nubes y colores que ardían entre las últimas filas de álamos. Bajo el fuelle de mi respiración, Birkenau adquirió una serenidad de cementerio, un silencio póstumo tejido en el atardecer más bello que jamás hayan contemplado mis ojos. Aśka no podía creerlo cuando le pedí que mirase, antes de seguir adelante.
Llegamos jadeando hasta la entrada. Las puertas todavía estaban abiertas y el chófer esperaba, sentado en el interior del vehículo. Aún vimos los últimos rescoldos del sol moribundo hundiéndose en la línea del horizonte, inundándolo todo de un cárdeno e incongruente resplandor mientras nos alejábamos del corazón de las ciegas tinieblas."

Auschwitz

viernes, 31 de marzo de 2017

EL NIÑO SOLDADO. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres

EL NIÑO SOLDADO. SANGRE Y ÁMBAR, de David Torres 

    "Cerca de uno de los muros, al resplandor de unos cuantos cirios rojos que ardían bajo su pedestal, se erguía la estatua del Niño soldado, obra de Jerzy Jarnuszkiewicz. El casco, coronado con una cinta con los colores de la bandera polaca, casi tapaba por completo la pequeña cabeza; el uniforme y las botas también le estaban demasiado grandes. Pero aun así, los rasgos de bronce perpetúan la dignidad y la valentía de aquellos críos que habían luchado y corrido por las calles de Varsovia durante el levantamiento de 1944.
—Siempre me emociono cuando la veo —dijo Carol—. Para mí, es la estatua más conmovedora de Varsovia.
La ametralladora que colgaba de una cinta parecía un juguete entre las diminutas manos infantiles, pero desde luego no lo era. Era un arma, como el sable del rey Segismundo y la espada curva de la Sirena, como todos los símbolos de aquella ciudad acosada por los perros de la Historia. Me agaché y encendí con el mechero los cirios que estaban apagados. La débil luz de las velas parpadeó, estañó el casco del pequeño soldado. Una sombra danzó tras los muros. El viento no tardaría en apagarlas todas."
Estatua del niño soldado, Varsovia