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miércoles, 30 de diciembre de 2020

LA DISTANCIA ENTRE EL GENERAL Y EL SOLDADO. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

LA DISTANCIA ENTRE EL GENERAL Y EL SOLDADO. EN LAS TRINCHERAS, de Gaziel

    Al comenzar a subir la colina, vemos algunos soldados que asoman la cabeza, como lagartijas, por las resquebrajaduras del terreno, y nos miran. El silencio es solemne, denso, casi sofocante. Al sentir la opresión de esta quietud traidora, recordamos la paz de la vivienda donde reside el general del sector. Nos parece que está lejos, extraordinariamente lejos, en una región remota y feliz. Nosotros vamos andando, ahora, por una de aquellas rayas tan finas que el general se limita a reseguir con el índice, sobre el plano, en el agradable retiro de su despacho... 
LOS BORBOTONES: El primer año de guerra
    Esta sensación nos abre el espíritu a una de las perspectivas más características de la guerra moderna. Se acabaron los tiempos de fraternidad militar, en que los jefes, aun los más altos e insignes, convivían con los pobres soldados, les hablaban a todas horas, les enardecían y daban ejemplo de valor en los momentos críticos y hasta, si era preciso, se ponían al frente de sus batallones para triunfar o morir con ellos. 

    Hoy todo es distinto. A medida que nos acercamos al frente, disminuyen los grados. El cuartel general, la residencia del jefe supremo, está mucho más cerca de París que de las trincheras. Luego vienen los comandantes de cuerpos de ejército; después los generales de sector, de división, de brigada, como otros tantos jalones sucesivos que nos acercan al frente. Todos ellos viven completamente alejados del peligro. En las avanzadas no hay más que coroneles; luego se encuentran los comandantes, luego los capitanes, oficiales menores y suboficiales. Y aquí, por fin, en las líneas extremas, donde ya apenas queda esperanza, donde hasta la quietud de una hora es presagio funesto, no hallamos más que el simple soldado, el pobre mártir que lo ignora todo, excepto su deber de morir en cualquier momento sin razonar ni chistar, cuando a los jefes propios o enemigos —después de recorrer con el índice, en sus tranquilos despachos, las líneas sinuosas de los mapas— se les antoja que es necesario descargar, sobre tal o cual parte, unas cuantas granadas.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

EL LIBRO DE MI DESTINO, de Parinoush Saniee

 EL LIBRO DE MI DESTINO, de Parinoush Saniee

Cuando murió mi abuela, sus hijos vendieron la casa familiar donde vivíamos y repartieron las ganancias. El tío Abbas le dijo a mi padre:

 —Hermano, éste ya no es un buen sitio para vivir. Haz las maletas y ven a Teherán. Uniremos nuestras partes y compraremos una tienda. Te alquilaré una casa cerca de la mía y trabajaremos juntos. Ven; empieza a construir tu propia vida. El único sitio donde puedes ganar dinero es en la capital.



 Al principio, mi hermano mayor, Mahmud, se opuso.

 —En Teherán, la fe y la religión son algo secundario —decía.

 Pero mi hermano Ahmad estaba contento.

 —Sí, tenemos que ir —insistía—. Al fin y al cabo, debemos labrarnos un futuro.

 —Pero pensad en las niñas —les advirtió madre—. En Teherán no encontrarán un marido decente, allí no conocemos a nadie. Todos nuestros amigos y parientes viven aquí. Masumeh tiene su certificado de primaria desde el año pasado y ya ha estudiado un año más de la cuenta. Va siendo hora de casarla. Y Fati debe empezar la escuela este año. Sólo Dios sabe qué sería de ella en Teherán. Todos dicen que las niñas criadas allí se estropean.

 —No se atreverá —dijo Alí, que cursaba cuarto grado—. ¿Acaso no estoy yo aquí? La vigilaré como un halcón y no dejaré que se desvíe. —Y le propinó una patada a Fati, que jugaba sentada en el suelo. Mi hermana se echó a llorar, pero nadie le hizo caso.

 —Eso son tonterías —repuse yo, yendo a abrazarla—. ¿Insinúas que todas las niñas de Teherán son malas?

 Mi hermano Ahmad, que adoraba Teherán, le gritó a Fati:

 —¡Cállate! —Entonces se volvió hacia los demás y añadió—: El problema es Masumeh. La casaremos aquí y nos iremos a Teherán. Así nos quitamos un problema de encima. Y Alí se encargará de vigilar a Fati. —Dio unas palmaditas en el hombro a Alí y, orgulloso, dijo que su hermano pequeño era honesto y actuaría responsablemente.

 Me sentí frustrada. Ahmad siempre se había opuesto a que yo fuera a la escuela. Como él era muy mal estudiante, suspendía un curso tras otro y había tenido que dejar los estudios; no quería que fuera más culta que él.

 A mi abuela, que en paz descanse, tampoco le gustaba que yo siguiera en el colegio, y siempre le estaba diciendo a mi madre: «Tu hija no tiene aptitudes. Cuando la cases, te la devolverán al cabo de un mes.» Y a mi padre: «¿Por qué sigues gastando dinero en esa niña? Las niñas son inútiles. Pertenecen a otro. Trabajas mucho, gastas mucho en ella, y al final tendrás que pagar mucho más para entregársela a otro hombre.»


sábado, 19 de diciembre de 2020

LOS ESTADOUNIDENSES. AMERICA, de Vladimir Mayakovski

LOS ESTADOUNIDENSES. AMERICA, de Vladimir Mayakovski


—Moscú. ¿Eso está en Polonia? —me preguntaron en el consulado estadounidense en México.
—No —contesté—. Está en la URSS.
Ninguna reacción.
Me dieron el visado.
Más tarde supe que si un estadounidense se dedica a afilar puntas de agujas, puede ser el mejor del mundo en su oficio sin haber oído siquiera hablar de los ojos de las mismas. Los ojos de las agujas no son su especialidad, y no tiene por qué saber nada de ellos.
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viernes, 11 de diciembre de 2020

EN EL CAMPO DE EXTERMINIO DE RAVENSBRUCK. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Margarete Buber-Neumann

EN EL CAMPO DE EXTERMINIO DE RAVENSBRUCK. PRISIONERA DE STALIN Y HITLER, de Margarete Buber-Neumann


En los años de mi prisión tuve oportunidad de ver a los seres «al desnudo». Observarse a uno mismo es muy difícil, y cuando se me pregunta cómo es posible que yo haya sobrevivido a siete años de campo de concentración, y de dónde he sacado fuerzas para ello, sólo puedo contestar que no se debe solamente a que soy una persona fuerte física y mentalmente, ni a que no perdiera nunca mi autoestima, sino a que siempre encontré seres que me necesitaban, nunca me faltó el regalo de la amistad y de las relaciones humanas. Excepto un cierto estrato de delincuentes comunes y antisociales, la mayoría de las arrojadas al campo de concentración eran amas de casa, madres, muchachas jóvenes, que variaban ciertamente de carácter, pero que eran personas completamente iguales a las que se encuentran en libertad. Aparte de las «políticas veteranas» y las testigos de Jehová, había en el campo, en los primeros años, un número relativamente pequeño de adversarias conscientes del nacionalsocialismo. Más tarde esta cifra se incrementó a causa de las mujeres pertenecientes al movimiento de resistencia en los países ocupados. A ellas les era menos penoso acostumbrarse a la vida en el campo, porque hasta entonces habían vivido en guerra. Además, la reclusión en el campo de concentración les daba nuevos ánimos, porque se cumplían sus deseos de ser una amenaza para el nacionalsocialismo. Esto aumentaba su autoestima. Pero el mayor núcleo de prisioneras lo constituían las inocentes que habían llegado a esta espantosa situación sin tener claros los motivos. Todas las detenidas tenían sus pensamientos fijos en lo que habían dejado: los hijos, los maridos, la familia. En este estado de profunda desesperación se llevaba a tales seres a un campo de concentración por tiempo indeterminado. Se les obligaba a realizar ejercicios militares, no tenían ya ni un minuto del día ni de la noche para sí mismas, estaban obligadas a renunciar a su propia individualidad, y cada palabra o cada paso las hacía tropezar con una criatura desconocida igualmente dolorida. Había quizás un par de personas en cada barracón por las que se sentían atraídas, pero la gran mayoría les eran insoportables en todas las manifestaciones de su vida. Eran personas adultas a las que se obligaba a permanecer en pie hasta helarse, a realizar trabajos duros; siempre bajo órdenes dadas a gritos y amenazas de golpes. Toda «ingresada» en el campo de concentración, fuera fuerte y sana o débil y sin resistencia, experimentaba una profunda conmoción. Los padecimientos de las ingresadas empeoraban de año en año en Ravensbrück y moría un alto porcentaje de cada remesa nueva.

Se precisaban meses —y algunas veces hasta años— para que se resignaran al hecho de ser prisioneras y que se amoldaran a la vida en el campo. Durante este proceso se modificaba por completo el carácter de las personas. Cada vez era menor el interés por el mundo y por el sufrimiento de los demás. La reacción ante acontecimientos terribles perdía tanto en intensidad como en duración. Al tener conocimiento de condenas a muerte, fusilamientos y mutilaciones la consternación duraba sólo unos minutos, pasados los cuales se les oían de nuevo risas y charlas sobre las cosas más triviales. En mí misma pude observar esta transformación. Recuerdo que en mis primeros tiempos en Ravensbrück, cuando durante el recuento se desmayaba alguna de las antisociales o la gitana —siempre la misma— sufría un ataque cardíaco, deseaba precipitarme en su ayuda y me desesperaba mi impotencia. Sin embargo, en 1944, cuando iba a la enfermería y me encontraba el pasillo repleto de agonizantes, pasaba entre ellas sin ocuparme de ver ni oír nada.

Afirma el cristianismo que el hombre es purificado y ennoblecido por el dolor. La vida en el campo de concentración ha demostrado lo contrario. Creo que no hay nada más peligroso que el sufrimiento, que un exceso de aflicción. Y la afirmación vale igualmente para el individuo aislado que para pueblos enteros. En el campo de concentración, no sólo experimentábamos la gran sacudida de la privación de libertad, sino la de los continuos padecimientos. Alguien dijo: «Los golpes son difíciles de soportar, pero mucho, mucho más intolerable es que todos los días te den pruebas de que no vales nada». Y eso es lo que nos ocurría allí. Eramos prisioneras y no podíamos replicar a las voces ni devolver los golpes; habíamos sido privadas de todo derecho. No pienso únicamente en las superiores que nos maltrataban, como las jefas de bloque y de departamento, sino también en las «simples prisioneras». Estábamos dominadas por envidias y rivalidades. Por simples cortezas de pan, o un trozo de algo mayor de margarina o de salchicha, se producían luchas a muerte. Entre dos «políticas veteranas» del bloque 1 culminó una de estas polémicas con una exclamación inaudita:

—¡Cuando estemos fuera de aquí, tendrás que responder ante el partido!

Las SS del campo de concentración alemán, igualmente que la NKVD en el ruso, aligeraban la represión de las prisioneras recluyendo juntas a las políticas, las de derecho común y las antisociales (en el campo de concentración alemán no se hizo esta selección hasta bastante tarde, cuando la afluencia de prisioneras obligó a variar los métodos), y concediendo a las prisioneras una llamada «autoadministración». Con estos métodos se hicieron más agudos los antagonismos entre las prisioneras, pues no pocas de las que se revestían de cargos abusaron de su poder en lugar de ponerlo al servicio de sus camaradas de cautiverio.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

EL PRESENTE. UNA TEMPORADA EN TINKER CREEK, de Annie Dillard

EL PRESENTE. UNA TEMPORADA EN TINKER CREEK, de Annie Dillard



"La conciencia de uno mismo es la maldición de la ciudad y todo lo que implica la sofisticación. Es reflejarse en un escaparate, el conocimiento espontáneo de las reacciones en los rostros de otras personas, el mundo del novelista, no del poeta. Lo conozco bien. Recuerdo lo que la ciudad puede ofrecer: compañía humana, liga principal de béisbol, estrépito de estímulos presurosos como la euforia de las drogas potentes que luego te deja agotado. Recuerdo como esperabas a que llegara tu momento en la ciudad y pensabas -si es que te paras a pensar-: 'El año que viene... empezaré a vivir; el año que viene comenzaré... mi vida. La inocencia es un mundo mejor." 

SUPERVIVENCIA. PRIMAVERA Y VERANO DE 1933. HAMBRUNA ROJA, de Anne Applebaum

 SUPERVIVENCIA. PRIMAVERA Y VERANO DE 1933. HAMBRUNA ROJA, de Anne Applebaum

Los que más podían ayudar a los hambrientos eran sus familiares, padres o hijos con puestos de trabajo dentro del sistema. Petró Shélest, que mucho más tarde se convertiría en el primer secretario del Partido Comunista de Ucrania, escribió una autobiografía sobre aquellos años —empezó como un diario— que su familia publicó en 2004. Para él no había duda alguna sobre la tragedia de 1933: «Familias enteras, incluso aldeas enteras, se estaban muriendo de hambre. Había muchísimos casos de canibalismo [...]. Era a todas luces un crimen cometido por nuestro Gobierno, pero eso se mantiene vergonzosamente en secreto». En aquella época Shélest estaba estudiando y trabajando como ingeniero en una fábrica de armamento. Pero también era un miembro del Partido Comunista que disfrutaba de una buena posición, y eso le permitía enviar comida a su madre. Su ayuda la salvó de morir de hambre en la provincia de Járkiv. 


domingo, 6 de diciembre de 2020

BARRY LOPEZ



“Uno de los grandes sueños del hombre debe ser encontrar algún lugar entre los extremos de la naturaleza y la civilización donde sea posible vivir sin remordimientos.”

LAS MUJERES DE PICASSO. GUERNICA, de Gijs Van Hensbergen

 LAS MUJERES DE PICASSO. GUERNICA, de Gijs Van Hensbergen



De todos los motivos desarrollados en el Guernica , el de la Mujer llorando sería aquel al que Picasso volvería una y otra vez, como si tratara de algún modo de exorcizar sus sentimientos de culpa. Aunque casi siempre representaba a Dora, había veces en que Olga reaparecería gimiendo en el lienzo, mientras que Marie-Thérèse sollozaría calladamente en un boceto monocromo. En veintiséis ocasiones Picasso volvió a la representación de una mujer desesperada; la última, en octubre de 1939. La aflicción, la guerra y las mujeres de Picasso se habían ido fundiendo poco a poco en una sola cosa. El artista explicaría a Gilot la persistencia del motivo de esta mater dolorosa contemporánea:

 El artista no es tan libre como de alguna forma aparenta. Lo mismo sucede con los retratos que he hecho de Dora Maar. No podía hacer un retrato de su risa. Para mí, ella es la mujer llorosa. Durante años la he pintado de formas atormentadas, no con sadismo, ni tampoco con placer, sino únicamente obedeciendo a una visión que se imponía en mí. Era una realidad profunda, no superficial.

 Gilot estaba a punto de asumir el papel de Dora y convertirse en la pareja de Picasso, su proteico mentor y amigo. «Tú jamás has amado a nadie en tu vida. No sabes amar», protestaría amargamente Dora.

 Gilot recordaría claramente su primer encuentro con Picasso y Dora. La elegante Dora, con su larga boquilla en forma de trompeta, tan equilibrada y espiritual, que «se comportaba como si fuera la hostia». Picasso, con «sus cabellos grises y su mirada ausente (distraída o aburrida), que daba un aspecto introvertido, oriental, que me recordaba a la estatua del escriba egipcio del Louvre. Su manera de moverse, sin embargo, no tenía nada de escultural o fijo: gesticulaba, se retorcía y se volvía, se levantaba y se movía con rapidez de aquí para allá». Con la misma frecuencia que antes, el modus vivendi de Picasso iba a prefigurar en sus cuadros las futuras pasiones y acontecimientos de su vida. Dora tendría que presenciar ahora representada en lienzo la aparición de Françoise. «Mejor las lágrimas y la tragedia que cubrir con un modesto velo el nombre y el rostro de la mujer que ama», observaría Brassaï, que también había sido testigo de primera mano de los últimos momentos de la aventura con Dora. Como ocurría siempre con Picasso, todavía había que exprimir hasta el final el dolor y el menor resto de amor. A la sombra del Guernica , Dora y Marie-Thérèse, solo unos años antes, se habían enzarzado en una pelea. Pero esta vez ni Dora ni Françoise estaban dispuestas a pelearse. Dora se quedó pendiente del teléfono, en su piso de la rue de Savoie, rechazando cualquier invitación por si la llamaba Picasso. La dependencia y la intriga, y toda la serie de promesas rotas que habían trastornado a Dora, no dejaban de ser armas poderosas.

 Pero Françoise no estaba en absoluto convencida. Las técnicas de seducción de Picasso, ofreciéndose a «encerrarla en el ático», aislada del mundo, la espantaban. Todavía no estaba preparada para sumergirse en el mundo completamente absorbente de Picasso. Años después, Gilot describiría así el trato que daba el artista a sus numerosas «esposas»:

 Tenía una especie de complejo de Barba Azul que le hacía desear cortar todas las cabezas de todas las mujeres que había coleccionado en su pequeño museo privado. Prefería que la vida continuara y que todas aquellas mujeres que compartían su vida en un momento u otro siguieran dejando escapar pequeñas miradas y gritos de alegría o de dolor y haciendo unos cuantos gestos como muñecas descoyuntadas.

 Para Picasso, la ruptura con sus parejas solía ser completa. Sabartés observaba: «Cada vez que vuelve a empezar es para siempre, irremediablemente. ¡Esa es su fuerza! La clave de su juventud. Como la muda de una serpiente, abandona su antigua piel tras él e inicia una nueva existencia en otra parte. Después de haber cortado por lo sano, nunca se echa atrás. Su capacidad de olvidar es aún más fenomenal que su memoria». Eran aquellos a quienes se dejaba atrás, como Dora, los que quedaban aplastados por el peso de los recuerdos. Dora tenía todavía los frágiles dibujos, las pruebas de amor finamente elaboradas, los garabatos de arañas en la pared de la cocina y su casa de Ménerbes infestada de escorpiones. También conservaba su lugar en la historia como inspiración parcial y constancia del difícil nacimiento del Guernica . Pero se veía obligada a reconocer que ahora pertenecía ya firmemente al pasado. Françoise sabía de manera instintiva que entregándose de inmediato a Picasso y a su esquema de humillación se arriesgaba a perder su propia identidad. Y todavía era demasiado cautelosa para asumir ese riesgo.

lunes, 30 de noviembre de 2020

EL LIBRO DE MI DESTINO I, de Parinoush Saniee

EL LIBRO DE MI DESTINO I, de Parinoush Saniee


La ideología pura es una trampa; te convertirá en una persona con prejuicios, impedirá que te formes tu propio criterio y tus propias opiniones, y te hará tendencioso. Y al final te convertirá en un fanático

sábado, 7 de noviembre de 2020

LA COLECTIVIZACION AGRARIA. HAMBRUNA ROJA, de Anne Applebaum



 Los comerciantes de cereal fueron un buen cabeza de turco. Pero, en realidad, la política económica de la década de 1920 se basaba en una contradicción fundamental, y hasta la gente de a pie podía darse cuenta. A principios de 1929, Semén Ivanísov, un campesino instruido de Zaporizhia, en el sur de Ucrania, escribió una carta a un amigo que era funcionario del partido. En ella elogiaba a Lenin, que había escrito sobre el «vínculo indispensable» entre los obreros y los campesinos. Pero Ivanísov temía que los puntos de vista del líder bolchevique hubiesen caído en el olvido. «¿Qué vemos ahora? El nexo correcto con el campesinado, esa relación entre aliados, ya no existe.»

 En cambio, decía Ivanísov, él y el resto de los campesinos se encontraban ahora en una situación inviable. Si trabajaban a destajo y ampliaban sus granjas, se convertían en kulaks, «enemigos del pueblo». Pero si escogían la otra opción y seguían como bedniaks , campesinos pobres, entonces les iba peor que a los «campesinos estadounidenses» con los que se suponía que debían competir. Parecía una trampa sin escapatoria. «¿Qué debemos hacer? —le preguntaba Ivanísov a su amigo—, ¿cómo debemos vivir?» Su propia situación iba empeorando. «Ahora tenemos que vender las vacas, y sin vacas no tenemos nada. En casa todo son lágrimas, gritos, sufrimiento, imprecaciones. Se me ocurre que, si en breve fueras a visitar a una familia de campesinos y la escuchases, pensarías: “Esto no es vida, es trabajo forzado, un infierno, algo que ni el demonio se atrevería a imaginar”. Eso es todo.» 



 Ivanísov, al igual que muchos otros, se enfrentaba a una disyuntiva insoluble: por un lado, la pobreza ideológicamente aceptada, y por otro, la riqueza peligrosamente inaceptable. Los campesinos sabían que, si trabajaban mal, pasarían hambre. Si lo hacían bien, el Estado los castigaría. Hasta Maurice Hindus, un periodista estadounidense que en general admiraba a la Unión Soviética, se daba cuenta del problema. «Entonces, cuando un hombre se hacía con dos o tres caballos, otras tantas vacas o alguna más y alrededor de una media docena de cerdos, y cuando cultivaba trescientos o cuatrocientos puds de centeno o trigo, entraba en la categoría de kulak.» En cuanto un campesino obtenía riqueza y éxito, se convertía en el enemigo. Los granjeros demasiado eficientes o eficaces se volvían sospechosos de inmediato. Hindus recordaba que hasta las mujeres se alejaban de ellos: «Hoy en día nadie quiere casarse con un hombre rico». Eugene Lyons señaló en Moscú que «los campesinos más laboriosos, con menos principios y más riquezas», sufrían una presión enorme. El escritor Mijaíl Shólojov, en su novela Campos roturados , incluyó un personaje cuya granja simplemente había prosperado demasiado.

  

 Cuando me sentí con fuerzas, elevé la cifra: doce, y luego veinte, y luego veintiocho hectáreas. Yo trabajaba con mi mujer y con mi hijo. Solo dos veces, en los momentos difíciles, alquilé un jornalero. ¿Qué nos decía entonces el poder soviético? ¡Siembra lo más posible! Y ahora [...] temo que por mis hectáreas me hagan pasar por el ojo de una aguja, y me traten como a un kulak.

  

 Así la Unión Soviética había destruido por completo la motivación de los campesinos para producir más cereal.

 Puede que no todos los bolcheviques comprendieran esta contradicción, pero Stalin sí, y en el invierno de 1928 él y sus camaradas de más alto rango decidieron hacerse cargo del tema personalmente. El Politburó envió uno de sus miembros, Anastás Mikoián, al Cáucaso septentrional para descubrir el origen de la escasez de alimentos. Mólotov se dirigió a Ucrania, y Stalin decidió ir a Siberia.



 Lo que Stalin documentó en sus tres semanas de viaje fue revelador. En los informes que escribió más tarde señalaba que la mayoría de los dirigentes del partido que había en la zona —algunos aún se atrevían a discutir con él— estaban convencidos de que la escasez de cereal podría solucionarse con cambios técnicos, por ejemplo, ofreciendo a los campesinos más bienes manufacturados a cambio de grano. Pero ¿era verdad que proporcionar más zapatos a los hijos de los campesinos podría solucionar el problema? En una reunión con los líderes siberianos del partido, Stalin, ataviado con un nuevo abrigo de piel de carnero, empezó de repente a pensar en voz alta sobre los graves defectos de la agricultura soviética. Les recordó que, tras la revolución, los campesinos habían ocupado y dividido las haciendas privadas de los aristócratas y los monasterios, creando así cientos de miles de granjas pequeñas e improductivas y otros tantos campesinos pobres. Pero ese era precisamente el problema: los kulaks —los campesinos ricos— eran mucho más productivos que sus vecinos pobres porque se habían quedado con propiedades más extensas.

 La fuerza del granjero rico, concluyó Stalin, radicaba «en el hecho de que su agricultura se da a gran escala». Las granjas más grandes eran más eficientes, más productivas, estaban más dispuestas a utilizar tecnologías modernas. Ivanísov había observado el mismo problema: con el paso del tiempo, los labradores con más éxito acumulaban riquezas y tierras, lo que elevaba su productividad. Pero de esa forma se convertían en kulaks y, por lo tanto, se volvían inaceptables ideológicamente.

 ¿Qué se podía hacer? La ideología de Stalin no le hubiera permitido tomar la decisión de que había que dejar que los labradores con más éxito acumulasen más tierras y desarrollasen haciendas más extensas, tal y como había sucedido en el resto de las sociedades a lo largo de la historia. Era imposible, inimaginable, que en un Estado comunista pudiese haber grandes terratenientes o incluso labradores ricos. Pero Stalin también comprendía que oprimir a los granjeros exitosos tampoco llevaría a una mayor producción de cereal. Llegó a la conclusión de que las granjas colectivas eran la única solución. «La unificación de las pequeñas granjas domésticas para crear grandes granjas colectivas [...] es el único camino.» La Unión Soviética necesitaba granjas extensas que perteneciesen al Estado. Los campesinos debían abandonar las tierras que poseían y aunar sus recursos.



 Como ya se ha mencionado, en 1918 y 1919 se había intentado aplicar la colectivización a pequeña escala y había sido abandonada casi por completo. Pero se amoldaba a varias otras teorías marxistas y tenía defensores en el Partido Comunista, así que la idea se había quedado en el aire. Algunos tenían la esperanza de que la creación de granjas comunales —koljós— «proletarizarían» al campesinado, convirtiendo a los agricultores en jornaleros a sueldo que comenzarían a pensar y actuar como obreros. Durante un debate sobre el tema celebrado en 1929, un partidario de la colectivización explicó que «los koljoses —y esto lo tiene claro todo el mundo— deben ser como una economía de producción parecida a nuestras fábricas socialistas y granjas estatales». La propaganda de la colectivización también olía a la obsesión soviética por la ciencia y la maquinaria, la creencia de que la tecnología moderna, una mayor eficiencia y unas técnicas de gestión más racionales podían solucionar todos los problemas.