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sábado, 7 de noviembre de 2020

LA COLECTIVIZACION AGRARIA. HAMBRUNA ROJA, de Anne Applebaum



 Los comerciantes de cereal fueron un buen cabeza de turco. Pero, en realidad, la política económica de la década de 1920 se basaba en una contradicción fundamental, y hasta la gente de a pie podía darse cuenta. A principios de 1929, Semén Ivanísov, un campesino instruido de Zaporizhia, en el sur de Ucrania, escribió una carta a un amigo que era funcionario del partido. En ella elogiaba a Lenin, que había escrito sobre el «vínculo indispensable» entre los obreros y los campesinos. Pero Ivanísov temía que los puntos de vista del líder bolchevique hubiesen caído en el olvido. «¿Qué vemos ahora? El nexo correcto con el campesinado, esa relación entre aliados, ya no existe.»

 En cambio, decía Ivanísov, él y el resto de los campesinos se encontraban ahora en una situación inviable. Si trabajaban a destajo y ampliaban sus granjas, se convertían en kulaks, «enemigos del pueblo». Pero si escogían la otra opción y seguían como bedniaks , campesinos pobres, entonces les iba peor que a los «campesinos estadounidenses» con los que se suponía que debían competir. Parecía una trampa sin escapatoria. «¿Qué debemos hacer? —le preguntaba Ivanísov a su amigo—, ¿cómo debemos vivir?» Su propia situación iba empeorando. «Ahora tenemos que vender las vacas, y sin vacas no tenemos nada. En casa todo son lágrimas, gritos, sufrimiento, imprecaciones. Se me ocurre que, si en breve fueras a visitar a una familia de campesinos y la escuchases, pensarías: “Esto no es vida, es trabajo forzado, un infierno, algo que ni el demonio se atrevería a imaginar”. Eso es todo.» 



 Ivanísov, al igual que muchos otros, se enfrentaba a una disyuntiva insoluble: por un lado, la pobreza ideológicamente aceptada, y por otro, la riqueza peligrosamente inaceptable. Los campesinos sabían que, si trabajaban mal, pasarían hambre. Si lo hacían bien, el Estado los castigaría. Hasta Maurice Hindus, un periodista estadounidense que en general admiraba a la Unión Soviética, se daba cuenta del problema. «Entonces, cuando un hombre se hacía con dos o tres caballos, otras tantas vacas o alguna más y alrededor de una media docena de cerdos, y cuando cultivaba trescientos o cuatrocientos puds de centeno o trigo, entraba en la categoría de kulak.» En cuanto un campesino obtenía riqueza y éxito, se convertía en el enemigo. Los granjeros demasiado eficientes o eficaces se volvían sospechosos de inmediato. Hindus recordaba que hasta las mujeres se alejaban de ellos: «Hoy en día nadie quiere casarse con un hombre rico». Eugene Lyons señaló en Moscú que «los campesinos más laboriosos, con menos principios y más riquezas», sufrían una presión enorme. El escritor Mijaíl Shólojov, en su novela Campos roturados , incluyó un personaje cuya granja simplemente había prosperado demasiado.

  

 Cuando me sentí con fuerzas, elevé la cifra: doce, y luego veinte, y luego veintiocho hectáreas. Yo trabajaba con mi mujer y con mi hijo. Solo dos veces, en los momentos difíciles, alquilé un jornalero. ¿Qué nos decía entonces el poder soviético? ¡Siembra lo más posible! Y ahora [...] temo que por mis hectáreas me hagan pasar por el ojo de una aguja, y me traten como a un kulak.

  

 Así la Unión Soviética había destruido por completo la motivación de los campesinos para producir más cereal.

 Puede que no todos los bolcheviques comprendieran esta contradicción, pero Stalin sí, y en el invierno de 1928 él y sus camaradas de más alto rango decidieron hacerse cargo del tema personalmente. El Politburó envió uno de sus miembros, Anastás Mikoián, al Cáucaso septentrional para descubrir el origen de la escasez de alimentos. Mólotov se dirigió a Ucrania, y Stalin decidió ir a Siberia.



 Lo que Stalin documentó en sus tres semanas de viaje fue revelador. En los informes que escribió más tarde señalaba que la mayoría de los dirigentes del partido que había en la zona —algunos aún se atrevían a discutir con él— estaban convencidos de que la escasez de cereal podría solucionarse con cambios técnicos, por ejemplo, ofreciendo a los campesinos más bienes manufacturados a cambio de grano. Pero ¿era verdad que proporcionar más zapatos a los hijos de los campesinos podría solucionar el problema? En una reunión con los líderes siberianos del partido, Stalin, ataviado con un nuevo abrigo de piel de carnero, empezó de repente a pensar en voz alta sobre los graves defectos de la agricultura soviética. Les recordó que, tras la revolución, los campesinos habían ocupado y dividido las haciendas privadas de los aristócratas y los monasterios, creando así cientos de miles de granjas pequeñas e improductivas y otros tantos campesinos pobres. Pero ese era precisamente el problema: los kulaks —los campesinos ricos— eran mucho más productivos que sus vecinos pobres porque se habían quedado con propiedades más extensas.

 La fuerza del granjero rico, concluyó Stalin, radicaba «en el hecho de que su agricultura se da a gran escala». Las granjas más grandes eran más eficientes, más productivas, estaban más dispuestas a utilizar tecnologías modernas. Ivanísov había observado el mismo problema: con el paso del tiempo, los labradores con más éxito acumulaban riquezas y tierras, lo que elevaba su productividad. Pero de esa forma se convertían en kulaks y, por lo tanto, se volvían inaceptables ideológicamente.

 ¿Qué se podía hacer? La ideología de Stalin no le hubiera permitido tomar la decisión de que había que dejar que los labradores con más éxito acumulasen más tierras y desarrollasen haciendas más extensas, tal y como había sucedido en el resto de las sociedades a lo largo de la historia. Era imposible, inimaginable, que en un Estado comunista pudiese haber grandes terratenientes o incluso labradores ricos. Pero Stalin también comprendía que oprimir a los granjeros exitosos tampoco llevaría a una mayor producción de cereal. Llegó a la conclusión de que las granjas colectivas eran la única solución. «La unificación de las pequeñas granjas domésticas para crear grandes granjas colectivas [...] es el único camino.» La Unión Soviética necesitaba granjas extensas que perteneciesen al Estado. Los campesinos debían abandonar las tierras que poseían y aunar sus recursos.



 Como ya se ha mencionado, en 1918 y 1919 se había intentado aplicar la colectivización a pequeña escala y había sido abandonada casi por completo. Pero se amoldaba a varias otras teorías marxistas y tenía defensores en el Partido Comunista, así que la idea se había quedado en el aire. Algunos tenían la esperanza de que la creación de granjas comunales —koljós— «proletarizarían» al campesinado, convirtiendo a los agricultores en jornaleros a sueldo que comenzarían a pensar y actuar como obreros. Durante un debate sobre el tema celebrado en 1929, un partidario de la colectivización explicó que «los koljoses —y esto lo tiene claro todo el mundo— deben ser como una economía de producción parecida a nuestras fábricas socialistas y granjas estatales». La propaganda de la colectivización también olía a la obsesión soviética por la ciencia y la maquinaria, la creencia de que la tecnología moderna, una mayor eficiencia y unas técnicas de gestión más racionales podían solucionar todos los problemas. 

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