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miércoles, 27 de febrero de 2019

26 DE OCTUBRE DE 1944, DACHAU. GOETHE EN DACHAU, de Nico Rost

26 DE OCTUBRE DE 1944, DACHAU. GOETHE EN DACHAU, de Nico Rost

    "He discutido con K. No se quería creer que, tras acabar la guerra civil española, Alfredo y miles de sus compatriotas fueron internados en campos por el gobierno francés, que allí también fueron maltratados, que allí también sufrieron por edemas de hambre y que allí murieron también cientos por el tifus. ¿Solo porque en los Países Bajos no se enteró? Para él, la guerra empezó el 10 de mayo de 1940, antes de esa fecha, en el mundo reinaba la paz dulce y la mansa Concordia.

    'Pero si en los periódicos no salió nada de eso', era siempre su único y último argumento. Había  tantas cosas que no aparecieron en los periódicos por aquel entonces que tendrían que haber aparecido...

    Si  al menos K. comprendiera por qué no apareció en los periódicos y quién tenía interés en que esas cosas no se publicaran"

martes, 26 de febrero de 2019

DOS MUJERES. SOFIA LOREN, de Silvana Giacobini

DOS MUJERES. SOFIA LOREN, de Silvana Giacobini

"—Tesoro, ¿lo sabes?
La voz profunda del interlocutor de ultramar sonaba inconfundible.
A las 6.45 de la mañana Cary Grant era el ángel que anunciaba la victoria.
—Dime, ¿qué?
Sofia ya no cabía en su pellejo, pero para conjurar la mala suerte aún no quería creerlo.
—¡Soy feliz de ser el primero en decírtelo! ¡Sofia, has ganado el Oscar a la mejor actriz!
La voz cálida y profunda de Grant llegó atenuada a los oídos de Sofia, que comenzó a saltar presa de una emoción indescriptible.
Carlo se había levantado de golpe, como si la noche insomne ya no contara nada. La adrenalina le corría por las venas poniéndolo más eufórico que el whisky. Aferró el auricular negro del teléfono que ya le parecía revestido de oro.
—Dime, ¿es verdad? ¿Sofia ha ganado?
—¡Sofia, Sofia! ¡Eres la mejor actriz del año! ¡Has ganado el Oscar!
Ante la noticia que rebotaba de ultramar, las voces y los gritos se superpusieron las unas a los otros y, en un santiamén, la confusión fue total.
Alguien lloraba, alguien aullaba, alguien rezaba.
Romilda había pasado de la emoción a la furia delirante.
—¡Ya lo decía yo, Sofia, hemos ganado el Oscar! ¡He conquistado Hollywood! ¡He ganado el Oscar! ¡Jesús, san Genaro, virgen del Carmen, nos habéis concedido la gracia!
Sofia lloraba y reía, y estaba tentada de quitarse el pijama porque le quemaba el ardor de la emoción. Para empezar, se había desencadenado un huracán de llamadas.
Alberto Moravia había perdido su habitual flema y le gritaba al teléfono:
—¡Sofia, aquella foto que me sacaron contigo en el plató de Dos mujeres, sí, aquella para la que no quería posar, la conservaré toda la vida!
Los periodistas llegaban en tropel y se amontonaban en una habitación al lado del salón. El primero en llegar había sido el enviado de la radio italiana, Lello Bersani, listo para entrevistar a Sofia y a Carlo Ponti, el productor que con su intuición genial había permitido la creación de una obra maestra.
Aunque por la radio, dicho sea de paso, aquella entrevista de Lello Bersani nunca sería emitida porque en los tiempos puritanos de los años sesenta la concubina Sophia Loren en pijama, que Bersani había descrito ampliamente, y su amante Carlo Ponti provocaban escándalo.
A pesar de que los dos se habían cambiado rápidamente para recibir a los demás periodistas, Sofia con un jersey sobre una falda de color antracita y Carlo con traje y corbata, con Bersani la metedura de pata ya estaba hecha.
Antes de la improvisada conferencia de prensa, el fotógrafo Pierluigi Praturlon tomaba fotos de Sofia con Romilda y Ponti, mientras que el agente de prensa Enrico Lucherini, llegado con la rapidez de un halcón, presa de la emoción y la alegría se sentía como si volase. Todos pensaban que había sido idea suya enviar a los periódicos la fotografía de Sofia mientras llora con las zapatillas rústicas y el vestidito hecho jirones, tirada en la carretera, apretando impotente una piedra y presa de la desesperación después de la violación sufrida por ella y su hija.
En realidad, aquella foto tiene una historia particular. Lucherini era muy joven y no muy conocido en el mercado de los agentes publicitarios, aunque ya había trabajado con Luchino Visconti y con Patroni Griffi. Carlo Ponti, después de haberlo puesto a prueba con la promoción de Dulces engaños (I dolci inganni), con Catherine Spaak y la dirección de Lattuada, le presentó a Sofia, que en aquella época ya era una estrella famosa gracias a sus numerosos éxitos americanos.
Habituada a los agentes de Hollywood, fue ella quien sugirió a Lucherini que eligiera una foto fuerte para la publicidad de Dos mujeres. Él se decidió por la de Praturlon, que dio la vuelta al mundo, convirtiéndose en el icono de una de las mejores actrices de la historia del cine.
(...)
No es verdad que cuando Vittorio De Sica fue a ver a Anna Magnani a su casa para proponerle el papel de Cesira, con guión de Zavattini y basado en la novela de Alberto Moravia, ella le respondiera: «¡Yo no hago la madre!». En realidad, ella le dijo: «Aunque Sofia es muy joven (yo tenía veinticinco años), en la pantalla es muy fuerte y también yo soy una actriz muy fuerte, y entonces ¿qué hacemos? ¿Nos comemos una a la otra en la pantalla? Si quieres que haga la película, necesito para el papel de Rosetta a una chica con cara de ángel como Anna Maria Pierangeli». De Sica sacudió la cabeza, porque no estaba de acuerdo, y le respondió: «No, yo tengo en mente otra historia». Entonces Anna, mientras él ya se marchaba, justo en la puerta, le dijo: «¿Por qué no pruebas a que Sofia haga la madre?». No se lo sugirió irónicamente, sino como para darle un consejo. Y De Sica comentó: «¿Sabes?, me has dado una buena idea». Al día siguiente, Vittorio me mandó un telegrama (yo estaba en París), en que había escrito: «Tú harás Dos mujeres y serás la protagonista». Por poco me desmayo: la protagonista del libro tiene cincuenta y cuatro años y yo tenía sólo veinticinco. Pero me dije: dado que De Sica es un gran director, si él me quiere no es que pretenda echar a rodar su carrera. Se ve que cree en mí y yo creo en él, por tanto, me parece que vale la pena luchar por este gran proyecto. Y así hicimos Dos mujeres. Que me cambió completamente la vida."

lunes, 25 de febrero de 2019

RICHARDS Y VACLAV HAVEL. VIDA, de Keith Richards

RICHARDS Y VACLAV HAVEL. VIDA, de Keith Richards

    "Al final de la gira Steel Wheels liberamos Praga, o ésa fue la impresión que tuvimos. Pedrada en el ojo de Stalin. Hicimos un concierto allí Al poco de la revolución que puso fin al régimen comunista. «Se van los tanques, llegan los Stones», era el titular. Fue un gran golpe organizado por Václav Havel, el político que se había puesto al frente de Checoslovaquia sin derramamiento de sangre unos meses antes, una jugada maestra. Los tanques se marchaban y ahora iban a tener a los Stones Nos alegró mucho ser parte de todo aquello. Tal vez Havel sea el único jefe de Estado que ha hecho (o al que pueda imaginar haciendo) un discurso sobre el papel que desempeñó el rock en los marchaban y ahora iban a tener a los Stones Nos alegró mucho ser parte de todo aquello. Tal vez Havel sea el único jefe de Estado que ha hecho (o al que pueda imaginar haciendo) un discurso sobre el papel que desempeñó el rock en los acontecimientos políticos que llevaron a la revolución en los países del Este. Es el único político de cuyo trato me enorgullezco. Un tipo encantador. Tenía en el palacio un gigantesco telescopio metálico apuntando a la celda donde había estado encerrado seis años: «Todos los días miro un rato para ayudarme a solucionar los problemas». Le iluminamos el palacio presidencial: ellos no se lo podían permitir, así que le pedimos a Patrick Woodroffe, nuestro gurú de los focos, que iluminara el inmenso castillo. Patrick lo organizó todo, le montó una iluminación tipo Taj Mahal. Luego le dimos a Václav un mando a distancia adornado con la lengua del grupo. Fue caminando por todo el palacio encendiendo luces, y de repente las estatuas cobraron vida. Parecía un niño apretando aquellos botones y exclamando «¡uau!». No te ocurre muy a menudo que conozcas al presidente de un país y pienses: «¡Vaya, me encanta este tío!»."

jueves, 21 de febrero de 2019

TENER ESPERANZAS. HAVEL, de Michael Zantovsky

    "...comprendí, con una nueva sensación de urgencia, que la única verdadera fuente de las ganas de vivir es la esperanza, la esperanza como certeza interior de que las cosas que pueden incluso parecernos puramente disparatadas pueden tener su propio significado profundo, y nuestra mision es buscarlo. Y comprendí, acaso mejor que antes, por qué la vida humana deja de ser una vida que vale la pena vivirse cuando falta el amor de las personas más próximas"

miércoles, 20 de febrero de 2019

LA BIBLIOTECA DE KEITH RICHARDS. VIDA, de Keith Richards

LA BIBLIOTECA DE KEITH RICHARDS. VIDA, de Keith Richards 

    "...Soy un lector voraz, devoro los libros uno detrás de otro, y además leo de todo. Y si no me gusta, lo dejo y a por otro. En lo que se refiere a ficción me encantan George MacDonald Fraser, los tebeos de Flashman y Patrick O’Brian, de cuyos libros me enamoré al instante. El primero fue Capitán de mar y guerra, y no tanto porque la acción se desarrolle en la época de Nelson y Napoleón, sino más bien por las relaciones personales. El tema histórico sirve más bien de trasfondo. Y, por supuesto, aislar a los personajes en medio del océano te da más margen de maniobra, y las caracterizaciones son excelentes, que es lo que más me gusta. Habla de amistad, de camaradería. Jack Aubrey y Stephen Maturin siempre me han recordado un poco a Mick y a mí. Además, la historia, sobre todo la relacionada con la Armada inglesa durante ese período, es una de mis grandes aficiones. Por aquel entonces el ejército de tierra no pintaba gran cosa, lo importante era la Marina, los tíos que acababan en sus filas contra su voluntad, las levas forzosas… Y para que toda aquella maquinaria funcionara tenías que hacer de aquel hatajo de rebeldes un equipo que funcionara a la perfección, lo que me hace pensar en los Rolling Stones. Siempre tengo algo de tema histórico entre las manos. Sobre todo me interesa cualquier cosa que tenga que ver con la época de Nelson o con la Segunda Guerra Mundial, pero también con la antigua Roma, y algunos aspectos del período colonial británico, el «gran juego» de los rusos y los ingleses en Asia Central y todo eso. Tengo una biblioteca muy bien nutrida con libros sobre estos temas, muy bien ordenados en sus correspondientes estanterías de madera oscura que llegan hasta el techo. Ese es el lugar donde me escondo a menudo y donde un día sufrí un grave percance. 


    Nadie se lo cree, pero la verdad es que estaba buscando un libro de anatomía de Leonardo da Vinci. Es un libro voluminoso, y ésos los tengo en los estantes de arriba. Agarré la escalera y me subí a lo alto. Los anaqueles con pesados tomos reposan sobre clavijas: justo cuando rocé el estante, una de esas piezas cedió y me cayó una avalancha de libros en toda la cara. ¡Bum! Me di con una mesa en la cabeza y perdí el conocimiento. Al cabo de un rato (no sé cuánto, como media hora), me desperté y me dolía. Dolía mucho. Al verme tirado en el suelo rodeado de libros por todas partes, en circunstancias normales me habría entrado un ataque de risa por lo irónico de la situación, pero me dolía demasiado. ¿No querías consultar algo sobre anatomía humana? Me arrastré como pude hasta el piso de arriba (me costaba trabajo respirar) y me metí en la cama con la parienta: «A ver cómo me encuentro por la mañana». Al día siguiente estaba incluso peor, y Patti me preguntaba: «¿Qué te pasa?». «Me he caído, pero estoy bien». Pero el hecho era que seguía sin respirar bien. Tardé tres días en decirle a Patti: «Cariño, esto me lo van a tener que mirar». Y no estaba bien: me había perforado un pulmón. Teníamos programado empezar la gira europea con un concierto en Berlín en mayo de 1998, y hubo que retrasarla un mes: la única vez que se ha tenido que posponer una gira por mi culpa."



martes, 19 de febrero de 2019

MADRID, CIUDAD DE ACOGIDA. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores

MADRID, CIUDAD DE ACOGIDA. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores 

    "...De hecho, cuando yo hice Pongamos que hablo de Madrid aún no había movida. Yo había estado en Ubeda, en Granada, en Londres, y de paso por Bruselas y París, y nunca había encontrado un sitio donde no me pidieran el carnet, donde se permitiera la doble nacionalidad y donde nadie mostrara un sentido de pertenencia. Los serenos eran asturianos y los porteros, gallegos, y te bajabas en Atocha o en Chamartín y empezabas a ser madrileño inmediatamente: nadie te hacía renunciar a ser andaluz, gallego, asturiano o lo que fuera. Todavía siguen viniendo a mi casa de Madrid amigos peruanos, mexicanos o ingleses que me dicen que no conocen otro lugar en el mundo en el que vayas a un bar y a los diez minutos alguien te esté invitando a ir a su casa. Eso nunca, jamás de los jamases, ha pasado, por ejemplo, en Barcelona. Nunca, nunca, nunca. Sin embargo, Barcelona sí era cantada por cantantes españoles, como Pi de la Serra, Raimon o Serrat. Pero a Madrid no se le había cantado. Ah, falta una cosa de Madrid. Entre el poblachón manchego de Galdós y entre Navalcarnero y Kansas City de Cela, ahí encontré yo una cosa que tenía que ver con que es inimaginable ver a los madrileños desfilando detrás de una bandera o cantando un himno. De hecho, Leguina le encargó un himno a García Calvo que a mí me gusta mucho y que no ha tenido la menor fortuna.
    »Luego está lo de los bares, la apertura impresionante de los madrileños. Como la noche de Madrid, ni la de Nueva York ni la de Buenos Aires. No he visto nada igual en mi vida, de verdad. He contado muchas veces en radios y televisiones latinoamericanas que el que haya un atasco de tráfico terrible a las doce del mediodía es un coñazo absoluto, pero que lo haya a las tres de la mañana es poesía. Y en Madrid sigue habiendo embotellamientos a las tres de la mañana. ¿Cuántos Gobiernos, cuántos ayuntamientos han hecho el intento serio de ponernos horarios europeos, de que la gente se vaya temprano a dormir y se levante temprano para ir al trabajo? Nunca lo han conseguido. Porque los madrileños siempre han pensado que la noche es del que se la trabaja. Nunca sentí ni pensé “aquí me voy a quedar” hasta que llegué a Madrid».


    J. M. F.: ¿Crees que de haberte instalado dos décadas atrás en Barcelona en vez de en Madrid tu trayectoria musical habría sido la misma, o Madrid ha sido decisiva para tu éxito?


    J. S.: Yo creo que si hubiese estado en Barcelona habría escrito y habría cantado, pero Madrid ha sido absolutamente insustituible en la medida en que yo, que nunca tuve una casa ni una provincia y siempre he sentido, como sabes, bastante desprecio por el patriotismo y, sobre todo, por el patrioterismo y la nostalgia de la infancia, sentí que aquí, en Madrid, estaba en mi casa; que me habían hecho un hueco y que, como antes te decía, no me pedían el carnet ni me preguntaban el apellido ni cómo se llamaba mi padre ni cuánto dinero tenía. En Madrid se puede tener un amigo durante tres años sin saber su apellido o si vive en una casa de ricos o de pobres. Eso me deslumbró desde el primer momento."

lunes, 18 de febrero de 2019

UN CABARET DE LA RDA. DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel Garcia Marquez

UN CABARET DE LA RDA. DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE, de Gabriel Garcia Marquez

    "Ocupamos una mesa cerca a la pista. Un mozo de frac, ceremonioso y de maneras equívocas, se entendió con Sergio en alemán. El ambiente estaba para opio pero pedimos cognac. Mientras tanto, Franco pasó al salón del fondo en busca de los servicios sanitarios. Cuando regresó a la mesa Sergio bailaba un swing con una muchacha de la mesa vecina. Yo empezaba a aburrirme.

    –Anda al sanitario, dijo Franco. Aquello es sensacional.

    Yo pasé el salón del fondo. Había tres puertas marcadas: W.C. En la puerta del centro, reservada a las operaciones mayores, estaba lo que debía ver: un taxímetro conectado a la cerradura. Una mujer instalada en un escritorio esperaba la salida del cliente. El taxímetro marcaba 30 pfennig. Cuando el cliente salió puso los 30 pfennig en el platillo del escritorio y agregó una propina para la mujer.

    Al regreso me di cuenta de que el salón del fondo se prolongaba hacia la derecha en una laberíntica mezcolanza de la Divina Comedia y Salvador Dalí. Hombres y mujeres postrados de la borrachera protagonizaban escenas de amor, lentas y sin imaginación. Era gente joven. Yo no había visto nada igual en Saint Germain-des-Pres donde el existencialismo es un dispositivo que se monta en verano para los turistas. Hay más autenticidad en los bares de Via Margutta, en Roma, pero con menos amargura. No era un burdel, pues la prostitución está prohibida y severamente castigada en los países socialistas. Era un establecimiento del estado. Pero desde un punto de vista social era algo peor que un burdel.

    Al extremo del laberinto, iluminado con candelabros entre cortinas negras, el amor continuaba en un bar reservado. Algunos hombres solos bebían cognac. Otros dormían con la cabeza apoyada en el bar. Yo ocupé un taburete y pedí un cognac. Franco llegó en el instante en que uno de los hombres golpeó contra el mostrador la copa empuñada. Se hizo añicos. El hombre ni siquiera se miró la mano ensangrentada. Indiferente a la furiosa parrafada que le soltó la encargada del bar, sacó un pañuelo y lo empuñó en la mano herida. Con la otra tiró sobre el mostrador un rollo de billetes, sin contarlos, sin pronunciar una palabra.

    –Qué horror, murmuró Franco. Nunca había visto gente tan desesperada.
    
    Yo no sentía horror. Sentía lástima..."

viernes, 15 de febrero de 2019

EL MAL FUSILAMIENTO DE MIGUEL GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

EL MAL FUSILAMIENTO DE MIGUEL GILA. Y ENTONCES NACÍ YO, de Miguel Gila

    "Los moros nos quitaron las cazadoras o los tabardos, la manta y las botas, luego nos ordenaron sentarnos en el suelo, bajo la lluvia. Una mujer, que tendría unos treinta años, salió de una casa gritando vivas a Franco, los moros llegaron hasta ella, la metieron en la casa y sus vivas a Franco se convirtieron en gritos desgarradores. Instantes después, los moros salían satisfechos, habían violado a la mujer y llevaban en las manos gallinas, botellas de vino y algunos objetos robados con el “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. Dicen, o decían, nunca supe si esto era cierto o no, que los mandos de la división del general Yagüe, cuando sus tropas tomaban un pueblo les daban veinte minutos para apropiarse del botín que encontrasen en el lugar conquistado. Ni lo puedo asegurar ni lo puedo desmentir, me limito a contar lo que oí decir. Lo de la violación lo puedo afirmar porque los moros nos ordenaron que nos levantásemos y nos encerraron en la misma casa de aquella mujer que había gritado los vivas a Franco y que, aterrorizada y con sus ropas desgarradas, lloraba sentada sobre la cama en que los moros habían abusado de ella.

   En el corral de la casa había un pozo, pero el agua estaba estancada y verdosa. Con tres cantimploras en la mano, me acerqué al moro que vigilaba la entrada y le rogué que me dejara salir a buscar agua. El moro sin decir ni una palabra me golpeó con la culata de su fusil en una cadera. Fue un golpe dado con saña, que me produjo un dolor tremendo. Desistí de mi petición y volví de nuevo al corral de la casa. A los pocos instantes de haber recibido el golpe en el costado me brotó un hematoma de un color morado. Recordé la gangrena que había causado la muerte de mi padre por un golpe en el mismo lugar donde el moro me había golpeado y pensé que, tal vez, mi muerte iba a ser igual a la suya. Pensaba si el destino no me habría buscado la misma forma y la misma edad para morir. No le tenía miedo a la muerte. Estaba tan agotado, tan devorado por los piojos, por el hambre, el frío, el cansancio y la sed, que morir podía ser una liberación.

    Como la sed iba en aumento no tuvimos otra opción que beber agua del pozo, nos quitamos los cinturones, los unimos uno con otro y conseguimos que la cantimplora llegara hasta el fondo. Bebimos el agua y a los pocos minutos nos retorcíamos de dolores en el estómago. El dolor nos duró tan sólo un par de horas. Cuando estaba por anochecer, los moros nos sacaron de la casa y nos empujaron hasta un descampado a las afueras del pueblo. Ya nos habían despojado de la ropa de abrigo.


    Nos fusilaron al anochecer, nos fusilaron mal.

    El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas con el ya mencionado “ábrete Sésamo” de los vencedores de batallas. El frío y la lluvia calaba los huesos. Y allí mismo, delante de un pequeño terraplén y sin la formalidad de un fusilamiento, sin esa voz de mando que grita: “¡Apunten! ¡Fuego!”, apretaron el gatillo de sus fusiles y caímos unos sobre otros.

    Catorce saltos grotescos en aquel frío atardecer del mes de diciembre. Las gallinas tuvieron poco tiempo para respirar, el que emplearon los del piquete de ejecución en apretar sus gatillos. Y sobre la tierra empapada por la lluvia nuestros cuerpos agotados de luchar día a día.

    Catorce madres esperando el regreso de catorce hijos. No hubo tiro de gracia. Por mi cara corría la sangre de aquellos hombres jóvenes, ya con el miedo y el cansancio absorbidos por la muerte. Por las manos de los moros corría la sangre de las gallinas que acababan de degollar. Hasta mis oídos llegaban las carcajadas de los verdugos mezcladas con el gemido apagado de uno de los hombres abatidos. Ellos, los verdugos, bañaban su garganta con vino, la mía estaba seca por el terror. No puedo calcular el tiempo que permanecí inmóvil. Los moros, después de asar y comerse las gallinas, se fueron. Estaba amaneciendo.

    La muerte en las guerras tiene mucho trabajo. La muerte en las guerras nunca tiene prisa. Se lleva a unos y deja a otros para más adelante. Me dejó a mí y dejó al cabo Villegas. De mí no se llevó nada, del cabo Villegas se llevó una pierna, la izquierda. Sangraba abundantemente, me arranqué una manga de la camisa y le hice con ella un torniquete a la altura del muslo.

    Me fue difícil cruzar el río, sucio y revuelto por las lluvias. Lo crucé con mi carga al hombro. El cabo Villegas no pesaba mucho y yo, con mis veinte años, era un muchacho fuerte, pero el terror del fusilamiento había aflojado mis piernas. Al otro lado del río quedaba un paisaje gris de llovizna, con sabor amargo de guerra y doce hombres jóvenes con la vida quebrada en el sueño de alcanzar el final de esa guerra, no importa si como vencedores o vencidos.

    El llanto por aquellos hombres jóvenes brotaría más tarde, cuando la espera de doce madres se hiciera dolor por la noticia. La muerte de las gallinas sólo se haría maldición en la boca de algún campesino.

    Conseguí llegar con el cabo Villegas sobre mis hombros hasta Hinojosa del Duque, ya en poder de los nacionales, fui hasta la parroquia y se lo entregué al cura. Pensé en huir hacia Portugal cruzando sierra Trapera, pero sabía que si alguien del ejército rojo entraba en tierras portuguesas, era entregado a las tropas de Franco. Así las cosas, tomé la determinación de buscar dentro de aquel desbarajuste algún vestigio de gente con vida. Llegué a Villanueva del Duque, vi una hoguera en el interior de una casa y entré. El miedo se había quedado atrás, en el lugar del fusilamiento. Entré sin importarme quiénes eran los que estaban alrededor del fuego, si rojos o nacionales, el hambre y el frío me habían dado el valor o me habían eliminado la cobardía, lo mismo da.

    Mi entrada y mi aspecto asombró a los que estaban alrededor del fuego. Ninguno echó mano a su fusil, mi cara demacrada y mis pies, que aunque me los había envuelto con trapos me sangraban, los desconcertó. Les dije que pertenecía al ejército rojo y que formaba parte de una columna de prisioneros que venía hacia el pueblo. Ellos, los de la hoguera, eran legionarios y odiaban a los moros. Uno de los legionarios al oírme hablar me preguntó si yo era de Madrid, le dije que sí, él también, y estuvimos charlando unos instantes. Me dejaron que secara mi ropa y mis pies, me dieron agua, una lata de carne, otra de sardinas, pan, tabaco, algunos tomates, una manta y unas alpargatas, después me dijeron que me fuese, para que si llegaba alguno de sus mandos no se vieran comprometidos. Así lo hice. Me senté a las afueras del pueblo y esperé la llegada de la columna de prisioneros en la que iban algunos de mis compañeros. Cuando llegaron donde estaba yo se llevaron una gran alegría al verme vivo. Me uní a ellos.

    En dos columnas, en fila, una a cada lado de la carretera caminábamos bajo la lluvia, vigilados por los moros desde sus caballos. Muchos de los prisioneros cargaban a sus espaldas sacos llenos de vainas vacías de los Mauser y si alguno, por debilidad, caía al suelo, los moros le disparaban y allí, en la cuneta de la carretera, amortajado por la lluvia, terminaba su sufrimiento.

jueves, 14 de febrero de 2019

26 DE NOVIEMBRE DE 1813. DIARIOS, de Lord Byron

26 DE NOVIEMBRE DE 1813. DIARIOS, de Lord Byron

    "He pensado mucho en los pesares de la separación, en lo poco que vemos a aquellos a quienes amamos y en los siglos que sin embargo vivimos por momentos, cuando estamos juntos"

miércoles, 13 de febrero de 2019

EL DINERO DE LOS ARTISTAS. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores

EL DINERO DE LOS ARTISTAS. SABINA EN CARNE VIVA, de J. Sabina y J. M. Flores 

    "...el dinero de los artistas, bien entendido, de los artistas creadores y no puestos en el mercado para vender; que pagan a sus músicos lo que éstos merecen, es un dinero purísimo porque no sale de la explotación del trabajo esclavo ni tampoco de una mina en la que hay materias primas y tú las transformas y las vendes. Es un dinero milagroso. Sale de la imaginación humana, del talento humano. La plusvalía no la pones tú, la ponen los marchantes. Tu única obligación es, primero, tratar a la gente que trabaja para ti como si fueran príncipes, que es lo que son, y, segundo, si te sobra dinero, emplearlo en causas nobles sin darle ni un cuarto ni dos ni tres al pregonero. Punto final. Lo importante era que a Marx se le olvidó eso. Es decir, Paul McCartney, que es uno de los mayores millonarios del mundo, ¿crees que ha explotado a alguien? Me parece que no. Marx no contaba con eso, y eso sucede. Lo cual hace que yo, francamente, me encrespe cuando oigo hablar del dinero mal habido y de que no hay fortuna sin explotación y sin sangre. Pues en el caso de los artistas, lo siento por ustedes, señores, no tenemos una materia prima ni unas minas, ni plantaciones ni esclavos ni obreros con salario mínimo, lo único que tenemos es que ponemos en circulación un producto absolutamente abstracto, que nace de la imaginación, y una gente que quiere oír eso y quiere comprarlo. Una gente a la que no se le pone puñales en el cuello, ¡nunca!, ni para comprar un disco ni para ir aún concierto."