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domingo, 21 de abril de 2019

AUTENTICOS VALIENTES. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura

AUTENTICOS VALIENTES. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura


    "Esa tarde, su antiguo mentor llegó con la noticia, obtenida de una fuente muy fidedigna, de que dos días antes, mientras ellos conversaban en el hotel Moscú, seis soviéticos, enarbolando pequeños carteles, habían salido a la plaza Roja a protestar por lo que llamaban la invasión soviética de Checoslovaquia. Por supuesto, ni los periódicos ni la televisión comentaron el suceso que, rápidamente controlado y sofocado, no había llegado a oídos de los corresponsales extranjeros acreditados en Moscú: salvo para los poquísimos enterados, aquella protesta nunca había existido ni existiría jamás.

  —¡Qué tíos! Hay que estar loco para hacer eso —había comentado Ramón.

  —O tener unos cojones bien puestos y estar muy, muy cansado de todo —había replicado Eitingon—. Esos seis tipos sabían que no conseguirían nada, se imaginaban lo que les esperaba, estaban seguros de que nunca volverían a ser personas en este país, pero se atrevieron a decir lo que pensaban. Lo que nunca haremos tú y yo y otros no sé cuántos millones de soviéticos, ¿no?… A lo mejor nos cruzamos con ellos cuando íbamos a entrar en el hotel…"

    TOCANDO FONDO. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura

    "Buscar medicinas y un poco de comida para mi mujer, fumar cigarros con intensidad suicida, cuidar a Truco después de cada accidente o bronca callejera a los que era tan proclive, practicar sin fe una religión tiránica, mirar con distancia estoica las grietas en las paredes y techos en vías de derrumbe de nuestro apartamentico y curar perros tan pobres y desaliñados como sus dueños, se convirtieron en los lindes de mi vida de mierda. Cada noche, después de acostar a Ana —ya no podía hacerlo ella sola—, sin deseos de leer y mucho menos de escribir, adquirí la afición de subir por el muro de mi vecino y sentarme, hiciese frío o calor, en la horquilla que formaban dos gajos de su mata de mangos. Allí, bajo la mirada de Truco, que desde el pasillo seguía cada uno de mis movimientos, me fumaba un par de cigarros y me dedicaba a sentir la plenitud de mi derrota, de mi vejez anticipada, de mi desencanto cósmico, a examinar la conciencia casi muerta del ser lamentable en que había desembocado el mismo hombre que alguna vez había sido un muchacho preñado de ilusiones, y que parecía dotado para domar el destino y arrodillarlo a sus pies. Qué desastre."
Leonardo Padura

jueves, 18 de abril de 2019

EVEREST, de Alfredo Merino Sánchez

EVEREST, de Alfredo Merino Sánchez 

"El acceso al Everest se está haciendo cada vez más fácil y, al tiempo, se va volviendo cada vez más difícil escuchar el silencioso secreto de la montaña."

miércoles, 17 de abril de 2019

LA VIDA DE LOS MUSULMANES EN LOS REINOS DE LOS CRUZADOS. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de Amín Maalouf

LA VIDA DE LOS MUSULMANES EN LOS REINOS DE LOS CRUZADOS. LAS CRUZADAS VISTAS POR LOS ÁRABES, de Amín Maalouf 

    "La ausencia de instituciones estables y reconocidas no podía dejar de tener consecuencias en lo tocante a las libertades. Entre los occidentales, el poder de los monarcas se rige, en la época de las cruzadas, por principios que es difícil vulnerar. Usama hace la observación, durante una visita al reino de Jerusalén, de que «cuando los caballeros dictan una sentencia, el rey no puede modificarla ni anularla.» Aún más significativo es el siguiente testimonio de Ibn Yubayr en los últimos días de su viaje a Oriente: 

    Al salir de Tibnin (cerca de Tiro), hemos cruzado una ininterrumpida serie de casas de labor y de aldeas con tierras eficazmente explotadas. Sus habitantes son todos ellos musulmanes pero viven con bienestar entre los frany ¡Dios nos libre de las tentaciones! Sus viviendas les pertenecen y les han dejado todos sus bienes. Todas las regiones controladas por los frany en Siria se ven sometidas a este mismo régimen: las propiedades rurales, aldeas y casas de labor han quedado en manos de los musulmanes. Ahora bien, la duda penetra en el corazón de gran número de estos hombres cuando comparan su suerte con la de sus hermanos que viven en territorio musulmán. Estos últimos padecen la injusticia de sus correligionarios mientras que los frany actúan con equidad. 

    Hace bien en preocuparse Ibn Yubayr, pues acaba de descubrir, en los caminos del actual sur del Líbano, una realidad preñada de consecuencias: aun cuando el concepto de la justicia entre los frany presente algunos aspectos que podrían calificarse de «bárbaros», como destaca Usama, su sociedad tiene la ventaja de ser «distribuidora de derechos». Es cierto que aún no existe la noción de ciudadano, pero los feudales, los caballeros, el clero, la universidad, los burgueses e incluso los campesinos infieles tienen todos unos derechos claramente establecidos. En el Oriente árabe, el procedimiento de los tribunales es más racional; sin embargo, no existe límite alguno para el poder arbitrario del príncipe. Ello sólo podía suponer un retraso para el desarrollo de las ciudades comerciales así como para la evolución de las ideas.

    La reacción de Ibn Yubayr merece incluso un examen más atento. Aunque tiene la honradez de reconocer las cualidades del «enemigo maldito», se deshace luego en imprecaciones, estimando que la equidad de los frany y su buena administración constituyen un peligro mortal para los musulmanes. ¿Acaso éstos no corren el riesgo de dar la espalda a sus correligionarios —y a su religión— si hallan el bienestar en la sociedad franca? Por comprensible que sea, la actitud del viajero no deja de ser sintomática de un mal que padecen sus hermanos: durante todas las cruzadas, los árabes se negaron a abrirse a las ideas llegadas de Occidente. Y, probablemente, éste es el efecto más desastroso de las agresiones de que fueron víctimas. Para el invasor aprender la lengua del pueblo conquistado constituye una habilidad: para este último, aprender la lengua del conquistador supone un compromiso, incluso una traición. De hecho, muchos frany aprendieron el árabe mientras que los indígenas, salvo algunos cristianos, permanecieron impermeables a los idiomas de los occidentales."
Shawback castle, Jordania

martes, 16 de abril de 2019

ORIGEN DEL CONFLICTO ENTRE SERBIOS Y CROATAS. SLOBO, de Francisco Veiga

ORIGEN DEL CONFLICTO ENTRE SERBIOS Y CROATAS. SLOBO, de Francisco Veiga

    "Eran descendientes de los miles de refugiados serbios que habían ido huyendo de la invasión turca a través de los años. A  comienzos del siglo XVIII , cuando las tropas del Imperio de los Habsburgo terminaron de expulsar a los turcos de Hungría y se estabilizó la frontera con el Imperio otomano, Viena decidió organizar un sistema defensivo permanente que se conoció como «frontera militar». En las regiones que bordeaban esos límites el imperio estableció colonos que eran campesinos en tiempo de paz pero estaban organizados militarmente y podían ser movilizados con rapidez cuando estallaba la guerra. 

    Tales campesinos guerreros, cuyo nombre eslavo era el de graniían («fronterizos») constituían un fenómeno muy parecido al de los cosacos rusos. Incluso existían similitudes toponímicas. La frontera militar era conocida en eslavo como la Krajina, es decir, el confín (de kraj, que significa «fin»). De hecho, el toponímico Ucrania deriva del eslavo ukraina, es decir, marca fronteriza, y equivale a la Krajina serbia. Además, las comunidades de colonos-soldados eslavos vivían en régimen de sociedad patriarcal que a su vez se basaba en extensas familias conocidas como zadruge. Éstas trabajaban comunalmente las tierras de forma que la muerte de los hombres en combate no llevara a la ruina de la explotación y permitía un reclutamiento más eficaz cuando llegaba la guerra. Las regiones eslavas de la Vojna Krajina suministraban 17 regimientos, mientras una región austríaca de similares características demográficas apenas aportaba tres. Además, eran soldados baratos, cuyo mantenimiento sólo equivalía al 20% de las tropas regulares. 

    La administración de la frontera militar no dependía de Zagreb, sino directamente de Viena, que suministraba las tierras y les concedía el estatus de campesinos libres; de ahí que los granicari serbios siempre se sintieran deudores de la Corona, no de los croatas. Y de hecho, estas tropas sacaron al emperador de apuros en más de una ocasión. 

    La frontera militar perdió toda su utilidad a partir de 1878, cuando el Imperio ocupó Bosnia-Hercegovina y Rumania obtuvo la independencia formal con respecto al Imperio otomano. Además, la extensión del ferrocarril posibilitaba el traslado de tropas a las fronteras y hacía innecesario el sistema de colonos guerreros acantonados permanentemente en un territorio. A pesar de ello, la población serbia que continuó viviendo en los territorios de la vieja Krajina conservó rasgos culturales heredados de aquellos casi dos siglos de servicio en la frontera. Constituían comunidades bastante aisladas, situadas en un remoto territorio montañoso, que dependían mucho de la capital para su subsistencia. Eran pobres y, en consecuencia, cambiaron en parte de actividades profesionales, pero no de mentalidad. Siguieron suministrando aguerridos soldados al Imperio, con un alto nivel de lealtad. E incluso algunos generales. 

    Pero la desaparición de la frontera militar supuso que esa población serbia pasaba a ser administrada por las autoridades civiles de Zagreb, es decir, por los croatas. Conforme se consolidaba el sentimiento nacionalista de éstos crecía la desconfianza y hasta la antipatía hacia esas comunidades serbias tan leales al poder imperial. Cuando se hundió el Imperio y se fundó el primer estado yugoslavo, los serbios de la Krajina cambiaron sus lealtades: de Viena hacia Belgrado, siempre al servicio del poder establecido que podía asegurarles su supervivencia a cambio de fidelidad.

    En parte, eso hizo que los ustachas croatas decidieran eliminar a esos serbios que veían como una quinta columna para la consolidación de su nueva Gran Croacia. Por primera vez en su historia, los antiguos granican sufrieron en sus carnes la tan temida amenaza: un poder que intentaba liquidarlos en vez de protegerlos. No es extraño que de entre ellos surgieran numerosas unidades de voluntarios para combatir con los partisanos de Tito, firmemente yugoslavistas. Una vez terminada la guerra, los serbios de Croacia en general y de la Krajina en particular, se comprometieron devotamente con el nuevo poder hasta convertirse en una especie de columna vertebral del estado yugoslavo. Así, era cierto que menudeaban en cargos funcionariales, en la judicatura, en el ejército, en la policía. Además, en las aldeas y pueblos croatas de población mixta, ellos integraban, mayoritariamente, las filas del Partido, aunque sólo constituyeran una minoría en el conjunto de la población local. 

    Por lo tanto, las regiones de población serbia en Croacia, sobre todo la Krajina, eran una bomba de relojería hecha de atraso económico, horizontes limitados y una potente carga de mitos culturales propios hechos a base de orgullo, frustración y miedo amasados a partes iguales. En cierta medida, la Krajina era el Kosovo de los croa tas y la «solución final» que los nacionalistas más radicales soñaban para con esa región no difería en nada de la que sus hermanos serbios, más allá del Drina, aspiraban aplicarle a sus albaneses, como el tiempo demostraría cumplidamente.
(...)
    La reacción de los serbios de la vieja frontera militar fue la consabida: en el pasado y a cambio de protección habían entregado su lealtad al emperador, luego al rey Alejandro, en Belgrado; más tarde a Tito. Ahora le tocaba el turno a Milošević. Ciertamente, los medios de comunicación nacionalistas serbios explotaron a fondo la situación de los «hermanos» de Croacia, la exprimieron, la descoyuntaron. La prensa y sobre todo la televisión magnificó el peligro, hizo de Tudjman un Ante Pavelic que no era y de todos los croatas unos ustachas redivivos. La verdad era que las condiciones internacionales de 1991 no posibilitaban un genocidio como el de 1941, y sin guerra, los nuevos nacionalistas se hubieran limitado a crear un agudo problema de desempleo temporal entre los serbios pero no un genocidio. Claro que la actitud de la prensa belgradense arrojó cubos de gasolina a la hoguera. Pero el problema tenía sus propias raíces profundas en Croacia, no se fabricó en Belgrado; y Slobo tuvo en el asunto un papel ya habitual: le cayó en las manos, lo sopesó y luego intentó manipularlo."

lunes, 15 de abril de 2019

CUANDO KEITH ENCONTRÓ A MICK. VIDA, de Keith Richards

CUANDO KEITH ENCONTRÓ A MICK. VIDA, de Keith Richards 

    "Mi tía me la dio (la carta) cuando todavía vivía, en 2009, y en esa carta hablo, entre otras cosas, de mi encuentro con Mick Jagger en la estación de Dartford en 1961. Escribí la carta en abril de 1962, sólo cuatro meses más tarde, cuando ya andábamos juntos intentando aprender cómo se hacía.

   C/ Spielman n.º 6 Dartford, Kent
   Querida Pat:
   Siento mucho no haberte podido escribir antes (alego demencia en mi descargo) poniendo vocecilla de moscardón. Salida de las tablas por la derecha en medio de estruendosa ovación.
   Espero que estés muy bien.
   Hemos sobrevivido a otro glorioso invierno inglés. Me pregunto qué día llegará el verano este año.
Pero, cariño, de verdad que noooo heeeee paraaaaado desde Navidades, además de tener que ir a clase. Ya sabes que me encanta Chuck Berry desde hace tiempo y creía que era el único que lo conocía en un radio de varios kilómetros a la redonda, pero hace poco, una mañana, en la est (es para no tener que escribir entera una palabra tan larga como estación) de Dartford, estaba esperando el tren con un disco de Chuck en la mano cuando se me ha acercado un tío que conocía de la primaria y resulta que tiene todos los discos de Chuck Berry, del primero al último, y todos sus colegas los tienen también, y a todos les gusta el rhythm and blues, me refiero al R&B de verdad (no la mierda de Dinah Shore, Brook Benton y compañía): Jimmy Reed, Muddy Waters, Chuck, Howlin’ Wolf John Lee Hooker y todo el material del bueno de los músicos de blues de Chicago. Maravilloso. Bo Diddley también, otro de los grandes.
   Total, que el tipo de la estación (que se llama Mick Jagger) y todos sus colegas (tíos y tías) se reúnen los sábados por la mañana en el Carousel, un garito con máquina de discos. Una mañana de enero pasaba por allí y se me ocurrió entrar a ver si estaban. Todo el mundo fue muy enrollado conmigo, en cuestión de un rato ya me habían invitado a diez fiestas, y además Mick es el mejor cantante de R&B a este lado del Atlántico, y lo digo en serio. En resumidas cuentas: yo toco la guitarra (eléctrica) al estilo de Chuck, y nos hemos buscado uno que toca el bajo y un batería, y otra guitarra para marcar más el ritmo, y estamos practicando dos o tres noches por semana. ¡NO SABES QUÉ MARCHA!
   Claro que todos están podridos de dinero y viven en unas casas inmensas, es de locos, hay uno que hasta tiene mayordomo. Un día fui a casa de Mick con él en coche (en el de Mick, claro, no en el mío) ¡JODER, QUÉ DIFÍCIL ES ESCRIBIR COMO ES DEBIDO!
—¿Desea algo más el señor?
—Un vodka con lima, por favor.
—Sí, señor, se lo traigo enseguida.
Te juro que me sentí como si fuera un lord o algo así, a punto estuve de pedir que me trajeran la corona cuando me marchaba.
Por aquí todo sigue bien.
El problema es que no puedo desengancharme de Chuck Berry: hace poco me compré un LP suyo, lo pedí directamente a Chess Records Chicago y me costó menos de lo que se paga por los discos aquí en Inglaterra.
Claro, por aquí todavía nos quedan los viejos presidiarios, ya sabes: Cliff Richard, Adam Faith y esos dos nuevos que son la bomba, Shane Fenton y John Leyton. EN TU VIDA HABRÁS OÍDO UNA COSA IGUAL … A excepción del seboso Sinatra, ja ja ja ja ja ja ja ja ja.
En cualquier caso, aburrirme no me aburro. Este sábado voy a una fiesta de las que duran toda la noche.
I looked at my watch It was four-o-five. Man I didn’t know If I was dead or alive.
Chuck Berry en «Reeling and a Rocking».
12 galones de cerveza, 1 barril de sidra, 3 botellas de whisky, vino. Mamá y papá fuera todo el fin de semana… Voy a estar de fiesta hasta que el cuerpo aguante (me complace decir).
El próximo sábado Mick y yo vamos a llevar a un par de tías a nuestro club favorito de Rhythm & Blues en Ealing, Middlesex.
Actúa un tío con la armónica eléctrica que es la leche: Cyril Davies, fantástico, siempre medio pedo, sin afeitar, toca como un loco, maravilloso.
Bueno, ya no se me ocurre nada más con lo que aburrirte, así que me despido, queridos telespectadores UNA SONRISA DE OREJA A OREJA
Y un beeeso Keith xxxxxxx
Quién si no iba a escribir una mierda de carta así.

    ¿Fue amor a primera vista? Si te metes en un vagón de tren con un tío que lleva bajo el brazo la grabación de Chess Records del Rockin’ at the Hop de Chuck Berry y The Best of Muddy Waters también, cómo no va a ser amor a primera vista, si el tío tiene en casa el tesoro del pirata Henry Morgan, las movidas auténticas. Yo no tenía ni idea de cómo hacerme con nada de eso. Ahora caigo en la cuenta de que ya me lo había encontrado una vez antes, delante del ayuntamiento de Dartford, un verano que él estuvo trabajando de heladero. Por aquel entonces debía de tener unos quince años, fue justo antes de que se marchara de la escuela, debió de ser unos tres años antes de que montáramos los Stones porque mencionó que a veces le daba por ponerse a bailar por allí al son de Buddy Holly y Eddie Cochran. Cuando lo dijo caí: aquel día que le compré un helado de chocolate; no sé, igual era un cornete… Me acojo a la prescripción del delito. Y luego no lo volví a ver hasta ese día profético en la estación.

   Y el tío iba con todo aquel material debajo del brazo. «¿De dónde coño has sacado todos esos discos?». La cuestión, siempre, eran los discos, desde que tenías once o doce años, el gran tema era quiénes tenían los discos y con ésos era con los que andabas. Los discos eran un tesoro. Yo, con suerte, podía comprarme dos o tres singles cada seis meses...
(...)

   Mick había visto tocar a Buddy Holly en el Wollwich Granada, ésa fue una de las razones por las que me pegué a él como una lapa; y porque tenía muchos más contactos que yo; ¡y porque la colección de discos de aquel tío era la leche! Yo no estaba nada metido en el mundillo musical por aquel entonces, comparado con Mick, en cierto sentido era un paleto de tomo y lomo. El en cambio tenía controlada la movida de Londres, estaba estudiando económicas en la London School of Economics y conocía a gente de todos los pelajes. Yo ni tenía dinero ni sabía un carajo de nada, como mucho llegaba a leer titulares («Eddie Cochran actúa con Buddy Holly») en revistas como New Musical Express. ¡Joder, cuando sea mayor me voy a pillar una entrada! Pero claro, todos estiraron la pata antes.

   Después de aquel encuentro, casi inmediatamente empezamos a quedar, y Mick cantaba y yo tocaba y «¡oye, pues no suena mal!». Además no era un esfuerzo: no teníamos a nadie a quien impresionar excepto a nosotros mismos y no nos interesaba impresionarnos… Yo estaba aprendiendo. Al principio conseguíamos un disco nuevo, de Jimmy Reed por ejemplo, nos aprendíamos los acordes (yo) y la letra (él) y sencillamente diseccionábamos las canciones hasta donde eso fuera posible:

—¿Va así?

—¡Pues sí, mira por dónde!

   Y además nos divertíamos. Creo que los dos sabíamos que estábamos aprendiendo, y eran cosas que queríamos aprender y aquello era diez veces mejor que ir a clase. Me imagino que en aquellos tiempos lo que nos movía era la fascinación, el misterio de cómo se haría, de cómo era posible que sonara así, aquel incontrolable deseo de que nuestro sonido molara tanto como aquél. Y luego conocías a un grupo de tíos que estaban en lo mismo y a través de ellos a otros músicos y a más gente, y empezabas a creerte que se podía conseguir.

   Mick y yo debimos de pasar un año mientras se gestaban los Stones (e incluso antes) buscando discos por todas partes..."

LA MATANZA DE SREBRENICA. SLOBO, de Francisco Veiga

LA MATANZA DE SREBRENICA. SLOBO, de Francisco Veiga

    "A comienzos de julio, el general Mladic lanzó a sus tropas contra Srebrenica, que había vuelto a llenarse de refugiados y a rearmarse, tras los acuerdos de 1993. Pero esta vez no hubo ningún general Morillon que detuviera el golpe. Las tropas serbias tomaron el enclave el 11 de julio, sin que el contingente holandés de 110 cascos azules ofreciera resistencia, tal y como había ocurrido con las tropas de la ONU en Eslavonia occidental dos meses antes. De todas formas, si hubo luz verde de los americanos, no se esperaban la carnicería que tuvo lugar. Miles de civiles intentaron escapar del cerco a través de las montañas y fueron liquidados por las tropas serbias de Mladic. Además, en el mismo enclave, se produjo un número indeterminado de fusilamientos sumarios. Los serbios no olvidaban las ofensivas lanzadas en enero de 1993 por las milicias musulmanas del enclave y les aplicaron una cruel venganza. Al comandante Naser Oríc no lo encontraron, porque antes de la ofensiva se había refugiado en Sarajevo, abandonando Srebrenica a su suerte, por orden del gobierno. Seguramente y a sabiendas de la inminente caída del enclave, que aceptaban a cambio de otros territorios, no deseaban que pudiera entregar información comprometida a los serbios. En abril de 2003, Oric sería entregado como criminal de guerra al Tribunal Penal Internacional de La Haya. El asunto pasó completamente desapercibido para la prensa occidental. Que las matanzas de Srebrenica fueron debidas al ansia de venganza de los serbobosnios lo prueba el que tras la caída del enclave de Zepa, pocos días después, no hubo ningún baño de sangre. Allí los serbios no tenían ninguna factura que pasar. Para rematar el catálogo de miserias que se tejieron en torno a Srebrenica, las noticias de la masacre tardarían algún tiempo en llegar a la prensa, porque aún tenían que ser convenientemente instrumentalizadas.
(...)
    Resultaba bastante embarazoso admitir que una de las más completas limpiezas étnicas de las guerras de la ex Yugoslavia se había debido a una operación militar ejecutada por tropas entrenadas, asesoradas, informadas y ayudadas por los norteamericanos y alemanes. Peor aún: planeaba la duda sobre el hecho de que una de las mayores matanzas de la guerra de Bosnia, la de Srebrenica, había tenido lugar como consecuencia de una planificación diplomática poco cuidadosa o mal ejecutada.
(...)
    En definitiva: o bien Srebrenica fue un fallo garrafal en la capacidad operativa de la inteligencia norteamericana o bien ésta tenía material más que suficiente para saber lo que iba a ocurrir con bastante antelación; tanta, al menos, como el gobierno de Sarajevo. Si la segunda respuesta es la correcta, hubo una campaña de silencio y desvío de la atención que incluso recurrió a la culpabilización de las tropas holandesas de cascos azules. Esos soldados, que no hicieron nada por defender Srebrenica, fueron condenados. Los daneses que intentaron resistir ocasionalmente en Croacia y en algunos casos resultaron asesinados por las tropas croatas, fueron convenientemente olvidados. Lo mismo ocurrió con el saqueo y destrucción de las propiedades que los refugiados dejaron atrás, o con los muy escasos serbios que renunciaron a escapar —la mayoría ancianos e impedidos—, una parte de los cuales fueron asesinados. Y los excesos continuaron y continuaron durante semanas. Según el Consejo de Seguridad de la ONU, a finales de septiembre todavía se llevaban a cabo ejecuciones, con algunas víctimas quemadas vivas. 


    En este sentido, la Operación Tormenta sacó a la luz uno de los primerísimos síntomas del enfrentamiento euro-americano que saldría a la luz de forma virulenta durante la crisis de Irak en 2003. La diplomacia comunitaria consideró que estaban más que claras las responsabilidades norteamericanas en la ofensiva croata. El jefe del equipo mediador de la Unión Europea, el sueco Cari Bildt, pidió que Franjo Tudjman fuera incluido en las listas de criminales de guerra del Tribunal Penal Internacional. Pero el 9 de agosto, el mismo día en el que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas proponía la condena contra Croacia por los abusos cometidos en la Krajina, la entonces emisaria del presidente Clinton en ese foro, Madeleine Albright, denunció por vez primera las matanzas cometidas por los serbios de Bosnia en Srebrenica un mes antes. Ya se habían oído rumores basados en los testimonios de los huidos y evacuados, pero ese día los americanos «oficializaron» la historia. Como prueba inicial, Albright presentó unas supuestas fotos de fosas comunes tomadas por aviones espía; a pesar de la dudosa calidad probatoria de ese tipo de material —como se vería más tarde en Kosovo e Irak— el asunto levantó una enorme polvareda, y el debate sobre los pecados croatas pasó a vía muerta. La fotografía había sido buscada a toda prisa sólo unos días antes y encontrada por un analista de la CÍA tras examinar y comparar durante toda una noche."

viernes, 12 de abril de 2019

DISCURSO DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA BERTRAND RUSSELL

DISCURSO DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA BERTRAND RUSSELL 

    "El amor al poder es muy semejante a la vanidad, pero no es de ninguna manera la misma cosa. Lo que la vanidad necesita para su satisfacción es la gloria, y es fácil tener gloria sin poder. La gente que disfruta la mayor gloria en los Estados Unidos son las estrellas de cine, pero pueden ser controlados por el comité de Actividades Anti-Americanas, que no disfruta con ninguna gloria. En Inglaterra, el rey tiene más gloria que el Primer Ministro, pero éste tiene más poder que el rey. Mucha gente prefiere la gloria al poder, pero en el momento de las resoluciones esta gente tiene menos efecto en el curso de los sucesos que quienes prefieren el poder a la gloria. Cuando Blücher, en 1814, vio los palacios de Napoleón dijo: «No fue muy tonto que teniendo todo esto fuera tras Moscú». Napoleón, quien ciertamente no estaba desprovisto de vanidad, prefirió el poder cuando tuvo que elegir. A Blücher, esta elección le pareció insensata. El poder, como la vanidad, es insaciable. Nada sin omnipotencia podría satisfacer completamente. Y como este es especialmente el vicio de hombres enérgicos, la eficacia causal del amor al poder está fuera de toda proporción frente a su frecuencia. Este es, verdaderamente, de lejos el motivo más fuerte en la vida de los hombres importantes. 

    El amor al poder aumenta enormemente con su práctica y ello se aplica tanto al poder nimio como al de los potentados. En los días felices anteriores a 1914, cuando las señoras acomodadas podían tener sirvientes, el placer de ejercer poder sobre ellos crecía con la edad. Similarmente, en cualquier régimen autocrático, los detentadores del poder se vuelven crecientemente tiránicos con la experiencia de los deleites que el dominio puede permitirles. Debido a que el poder sobre seres humanos se demuestra induciéndolos a hacer aquello que no harían, el hombre que actúa por aprecio al poder es más apto para infligir dolor que para permitir placer."

jueves, 11 de abril de 2019

AMISTAD EN UN PUEBLO ABERTZALE. PATRIA, de Fernando Aramburu

AMISTAD EN UN PUEBLO ABERTZALE. PATRIA, de Fernando Aramburu 

—Me ocurrió un incidente en la Arrano. ¿No te lo han contado?
—No tengo ni idea. Si es que voy poquísimo por allí.
—Seguramente habían llegado a la taberna ondas negativas sobre mi padre. Y yo sin enterarme. Una tarde de tantas entro y le pido a Patxi una bebida. Pensé que, como estaba ocupado limpiando vasos, no me había oído. Bueno, pues repetí el pedido. Él no me miraba. Qué raro. A la tercera, se acerca con mala cara y me suelta, literal, como te lo estoy contando, que no hace falta que yo esté allí y que no vuelva. Me quedé helada. No me atreví a preguntarle por qué.
—Esas cosas se entienden por sí solas.
—Me fui directa a casa. Llegó mi padre del trabajo. Le abracé, le mojé la camisa de lágrimas y le dije que sí, que me iba a estudiar fuera. Conque, nada, dentro de poco buscaré piso en Zaragoza, una ciudad que no conozco de nada. Yo me he dado cuenta de una cosa. Nos esforzamos por darle un sentido, una forma, un orden a la vida, y al final la vida hace con una lo que le da la gana.
—Y que lo digas.

miércoles, 10 de abril de 2019

VIAJE A PIE VI, de Julio Villar

VIAJE A PIE VI, de Julio Villar

    "¿Sabia el que labró esa cara, tan infantil, en el cabezal de la piedra de su ventana, que yo la iba a mirara e iba a sonreir al verla casi dos siglos después? Ese hombre no murió del todo."