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martes, 6 de febrero de 2018

JIMMY CARTER. LOS AÑOS DE DOWNING STREET, de Margaret Thatcher

JIMMY CARTER. LOS AÑOS DE DOWNING STREET, de Margaret Thatcher 

    "Era imposible no sentir simpatía por Jimmy Carter. Practicaba un cristianismo profundamente comprometido, y era un hombre de evidente sinceridad. También poseía una destacada capacidad intelectual, con un dominio, poco corriente entre los políticos, de la ciencia y del método científico. Pero había accedido a su cargo más a consecuencia del Watergate que porque hubiera convencido a los norteamericanos de lo acertado de su análisis del mundo que les rodeaba.
    Y efectivamente, ese análisis padecía de graves fallos. No dominaba del todo la economía, y por lo tanto tendía a un intervencionismo informal e inútil cuando aparecían problemas. Sus impuestos sobre beneficios inesperados y sus controles a los precios de la energía, por ejemplo, que fueron concebidos para contrarrestar las subidas de precio generadas por la OPEP, sólo sirvieron para provocar grandes colas en las gasolineras, con el consiguiente fastidio de los ciudadanos. En asuntos exteriores estaba demasiado influido por una doctrina que por aquel entonces iba ganando adeptos en el Partido Demócrata: la que sostenía que se había exagerado la amenaza del comunismo y que la intervención estadounidense en apoyo a dictadores de derechas era casi igual de culpable. De aquí que se viera sorprendido y desconcertado por sucesos como la invasión soviética de Afganistán y el secuestro de diplomáticos norteamericanos en Irán. Y en general no tenía una gran visión del futuro de Estados Unidos, de modo que, ante la adversidad, se veía reducido a predicar la austera doctrina de los límites al crecimiento, que resultaba desagradable e incluso extraña a la mentalidad de los estadounidenses.
    Además de estos fallos políticos, en ciertos aspectos su personalidad tampoco era apta para la presidencia; se angustiaba ante las grandes decisiones y le preocupaban demasiado los detalles. Por último, infringió la norma napoleónica de que los generales deben tener suerte. Su presidencia sufrió una persistente racha de mala suerte, desde la OPEP a Afganistán. Con lo que queda demostrado que para dirigir una gran nación no basta con ser una persona decente y practicar la perseverancia. Sin embargo, repito que me gustaba Jimmy Carter, y que fue un buen amigo, tanto mío como de Gran Bretaña; si hubiera accedido al poder en la época posterior a la Guerra Fría, en otra situación mundial, puede que su talento hubiera sido más aprovechable."

lunes, 5 de febrero de 2018

COMPAÑEROS DE AVENTURA. MORIR POR LA CIMA, de Carlos Suárez

COMPAÑEROS DE AVENTURA. MORIR POR LA CIMA, de Carlos Suárez 

    "Leo me explicó sus principios personales igualmente, primero volver sanos y salvos, después volver amigos y finalmente volver con la cumbre."

    Que la ambicion no trastoque nuestros objetivos

EL LAGO DE SANABRIA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

EL LAGO DE SANABRIA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Con un doctor de Zamora, hombre bueno y justo, hice un viaje a una comarca apartada, Sanabria. Llegamos hasta un lago. Después ya no había carretera, era preciso viajar en borrico. El pequeño pueblo, que llevaba el largo nombre de San Martín de Castañeda, me impresionó por su miseria insólita, incluso para España. Vimos entre las cabañas las ruinas de un monasterio. En otra época los campesinos pagaban a los monjes un tributo o «foro». Los monjes se habían trasladado hacía mucho tiempo a lugares más acogedores, pero los campesinos seguían pagando dos mil quinientas pesetas a un ocioso «trabajador», al abogado José San Ramón de Bobilla, cuyo bisabuelo había comprado a los monjes el derecho a desplumar a los campesinos. Nos dirigimos enseguida a otro pueblo, Rivadelago. Sus habitantes no pagaban «foros», pero no tenían tierra; se albergaban en chozas sin ventanas y se alimentaban de garbanzos. El pueblo estaba situado a orillas de un lago abundante en truchas, pero el lago pertenecía a una rica propietaria madrileña y el administrador lo vigilaba con celo para que los hambrientos campesinos no hurtasen pescado. Una campesina dijo al médico con amargura: «¿Qué pasa, don Francisco, la República todavía no ha llegado aquí?».
    (Después de mi viaje a España, escribí un libro para explicar lo que había visto. Antes de que viera la luz en Moscú, el libro se editó en Madrid con el título de España. República de trabajadores. El médico de Zamora llevó mi libro a Rivadelago y leyó a los campesinos el capítulo en que hablaba de su hambre, del lago y de la señora de Madrid. Al día siguiente, rodearon la casa del administrador y le exigieron que renunciara inmediatamente a los derechos sobre la pesca. Mandaron unos telegramas a Madrid, y la dueña, asustada, cedió. Los campesinos me enviaron una carta de agradecimiento, me invitaban a Rivadelago y prometían hacerme degustar las truchas. Para qué negarlo: aquella carta me dio una gran alegría. En muy escasas ocasiones el escritor ve que su libro haya hecho cambiar algo en el mundo. Por lo general, los libros hacen evolucionar a las personas, es un proceso de largo alcance, imperceptible. En cambio, en el caso que acabo de citar, entendí que había ayudado a los campesinos de Rivadelago a terminar con una injusticia secular. Aunque mi intervención en este asunto fue casual, el pueblo era pequeño y la victoria resultó breve —no creo que los fascistas dejaran las truchas a los sediciosos—, de vez en cuando me acuerdo de esta historia y me alegro)."
Autor y lago en aquella epoca

domingo, 4 de febrero de 2018

LA BELLEZA DE LAS MATEMÁTICAS. EL TÍO PETROS, de

LA BELLEZA DE LAS MATEMÁTICAS. EL TÍO PETROS Y LA CONJETURA DE GOLDBACH, de Apostolos Doxiadis

    "-...Mira, las verdaderas matemáticas no tienen nada que ver con las aplicaciones prácticas ni con los procedimientos de cálculo que aprendes en el colegio. Estudian conceptos intelectuales abstractos que, al menos mientras el matemático está ocupado con ellos, no guardan relación alguna con el mundo físico y sensorial. 
    —Me parece bien —dije. 
    —Los matemáticos —prosiguió— encuentran el mismo placer en sus estudios que los jugadores de ajedrez en el juego. De hecho, desde un punto de vista psicológico, el verdadero matemático se parece a un poeta o a un compositor musical; en otras palabras, a alguien preocupado por la creación de belleza y la búsqueda de armonía y perfección. Es el polo opuesto al hombre práctico, el ingeniero, el político o… —hizo una pausa, buscando una figura aún más aborrecible en su escala de valores—, claro está, el hombre de negocios."


sábado, 3 de febrero de 2018

LIBROS SOBRE LA RUSIA ACTUAL: EN SIBERIA, EL FIN DEL HOMO SOVIETICUS

Una autora rusa, un escritor británico pero buen conocedor de Rusia. Dos libros que narran las peripecias de los rusos por sobrevivir tras la caída de la URSS. ¿Cual ha sido la diferencia tras leerlos? Como dicen los protagonistas, solo un soviético puede entender a otro soviético... Thubron es la vision desde fuera (tambien valida), Aleksievich es una de ellos y ha conseguido un relato estremecedor. A veces le gritamos a ciertos autores aquello de "Dejate de tonterias!!! Escribe de lo que conoces!!! Hablame con el corazón en la mano!!!" Es lo que le falta al 90% de la literatura actual. A su manera, estos dos escritores lo intentan, y ya merecen mi reconocimiento. Pero el relato coral de Svetlana Aleksievich lo borda. Recuerda los relatos polifónicos de algun autor mitico de la lengua eslava...



viernes, 2 de febrero de 2018

APRENDIENDO A VOLAR. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham

APRENDIENDO A VOLAR. AL OESTE CON LA NOCHE, de Beryl Markham 

    "Al principio Tom me enseñó en un D.H. Gipsy Moth, y su hélice golpeaba el silencio del sol naciente de las llanuras de Athi hasta convertirlo en fragmentos. Volábamos sobre las colinas y sobre la ciudad, y volvíamos, y comprobé cómo un hombre puede dominar un avión y cómo un avión puede dominar un elemento. Vi cómo la alquimia de la perspectiva reducía mi mundo y mi otra vida a granos en una taza. Aprendí a observar, a confiar en otras manos que no fueran las mías. Y aprendí a vagar. Aprendí lo que cualquier niño soñador necesita saber, que no hay horizonte lo bastante alejado como para no poder superarlo o sobrepasarlo. Estas cosas las aprendí enseguida. Pero la mayoría resultaron más difíciles.
(...)
Una vez que finalice esta época de grandes pilotos, como terminó la época de los grandes capitanes de barco -cada cual dejada de lado por la marcha del genio inventivo, los dientes de acero, los discos de cobre y los cables finos como cabellos, que son mudos, pero hablan- se descubrirá, creo yo, que toda la ciencia del vuelo ha quedado atrapada en el espacio de un salpicadero, pero no su religión."


LAS CIMAS DE GRINDELWALD. MONTAÑAS INJUSTAS, de Agustín Faus

LAS CIMAS DE GRINDELWALD. MONTAÑAS INJUSTAS, de Agustín Faus 

    "...lo que más domina sobre este verde valle de Grindelwald son tres cumbres en línea, como formando una familia, como tres hermanos dándose la mano. La leyenda afirma que se trata de tres hermanos: la muchacha es la hermana mayor, vistosa, bonita y agradable de ver y de tratar, menos cuando está de mal humor. Entonces, como toda mujer, puede tener alguna salida brusca. Se llama Jungfrau, bella palabra que significa Joven Dama. El hermano mediano es bueno, hermoso, todo él blanco, agradable a todos y gustoso en dar facilidades y de hacer favores: es el Mönch (el Monje), y tiene el trato general de un buen religioso con hábito blanco. Pero el hermano pequeño… Este salió malo, hosco, difícil, gruñón y por eso se llama como lo que es: Eiger. En sus escaladas, hasta su vía más normal, responde a estas particularidades. Su cara norte, de 1800 metros de caída más que vertical, es así: difícil, traidora, peligrosa, y casi siempre con mal tiempo pues es una enorme pared cóncava que atrae las tormentas y donde se conservan durante todo el año la nieve, el hielo y todo lo peor que puede llegar del cielo. Un verdadero Ogro."
Las nevadas cimas de los Alpes -en la foto, Eiger, Mönch y Jungfrau

LA MUERTE DE ANTONIO MACHADO. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

LA MUERTE DE ANTONIO MACHADO. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Poco después de llegar a Barcelona, creo que fue por Año Nuevo, fui a ver al poeta Antonio Machado y le llevé café y cigarrillos de Francia. Vivía a las afueras de la ciudad, con su anciana madre, en una casa pequeña y fría. En verano le había visitado bastante a menudo. Machado tenía mal aspecto, estaba encorvado. Se afeitaba poco y eso lo avejentaba. Tenía sesenta y tres años y le costaba caminar. Sólo sus ojos eran brillantes y vivos. Conservo una nota de este último encuentro: «Machado me ha leído fragmentos de las coplas de Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”. Luego me ha hablado de la muerte: “Todo está en el ‘cómo’. Hay que reír bien, escribir versos bien, vivir bien y morir bien”. Ha sonreído de modo infantil y ha añadido: “Si un actor encarna un papel, fácilmente puede abandonar la escena”».
    La muerte de Machado fue patética, aunque era el más modesto de los poetas que he conocido en mi vida. Cuando los fascistas se aproximaron a Barcelona, tomó consigo a su madre y echaron a andar por las espantosas carreteras de la franja fronteriza. Machado vivió en el exilio únicamente tres semanas. Murió en el pueblo de Collioure, desde donde se ven las montañas de España. Su madre le sobrevivió sólo dos días. Machado no podía vivir más. Ahora es reconocido por todos como el mayor poeta español de nuestro siglo. Los jóvenes poetas españoles le dedican poemas a su memoria. Está por encima de las discusiones y de los acontecimientos, y si hablo de él es porque para mí su imagen es inseparable de aquellos trágicos días en que España abandonó a España.
    Lo había conocido en Madrid, en abril de 1936. Recuerdo con qué admiración escuchaban sus versos Rafael Alberti, Neruda y una decena de jóvenes escritores. Ya he dicho que era asombrosamente modesto, pero me quedo corto. Chéjov se avergonzaba cuando Bunin lo llamaba poeta, protestaba y trataba de demostrar que él escribía toscamente sobre una vida tosca. Por su calidad humana, Machado recordaba en algo a Antón Pávlovich. En cierta ocasión me dijo: «Tal vez yo no sea ni poeta. Quevedo era poeta, Ronsard, Verlaine, Rubén Darío… Amo la poesía, eso es cierto». No era coquetería ni pose. A los sesenta años le desconcertaba oír declaraciones de entusiasmo. Y era bueno, como Chéjov, indulgente con las debilidades ajenas, se esforzaba en justificar a los críticos furibundos, ultrajados por el destino, o a los nefastos grafómanos. En todo encontraba un granito de bondad o de belleza. Su poesía es ante todo humana.
    Me leía estrofas de Jorge Manrique. Es difícil encontrar a un poeta español que no haya escrito sobre la muerte. En verano de 1938 hablamos en Barcelona sobre la situación en el frente y sobre la actitud de Francia. Machado dijo: «Se equivocan en el extranjero pensando que los españoles son fatalistas y que se enfrentan a la muerte con resignación. No, saben luchar contra la muerte».
    En los últimos años de su vida vi cómo luchaba contra la muerte. No se dejaba abatir ni por los bombardeos ni por la vida en refugios provisionales. No quería dejar Madrid. Lo trasladaron a Valencia, como los cuadros del Museo del Prado. Escribió en Madrid, Valencia, Barcelona. Componía maravillosos sonetos, y casi cada día redactaba artículos para los periódicos del frente.
(...)
    Rubén Darío escribía sobre Machado: «Fuera pastor de mil leones y de corderos a la vez». En la poesía de Machado conviven de modo insólito el ajenjo de la estepa y la dulzura del verano, la sabiduría y la sencillez. Es la visión de los miserables pueblos de Soria, de las piedras de Castilla, de las desgracias humanas, del valor, de la esperanza, y su camino siempre va «paso a paso», camino que sube a la montaña o que desciende, el difícil camino de España, del hombre.
    Machado vivió su vida «un paso tras otro», con la gente o en soledad. Nunca estuvo sobre el escenario (aunque escribió con su hermano varias obras de teatro), vivió en el «gallinero» de la vida. Fue profesor, primero de lengua francesa, después de literatura española. Vivió en ciudades de provincia, en Soria, en Baeza, en Segovia. En la primavera de 1937, cuando volví de un viaje al frente del sur, decidí visitar a Machado, que entonces vivía cerca de Valencia. Me preguntó sobre los fascistas encerrados en La Virgen de la Cabeza y luego si me gustaba La Mancha. Apunté algunas de sus frases: «El paisaje francés es suave. Dios lo pintó en sus años de madurez, tal vez incluso en la vejez, todo está bien pensado, todo tiene un sentido de la medida. Un poco más o un poco menos y todo habría saltado por los aires. Pero Dios pintó España de joven, sin reflexionar en los colores, sin saber siquiera cuántas piedras amontonar unas sobre otras. Me gusta La estepa de Chéjov. Por alguna razón, me parece que los rusos pueden comprender el paisaje español… La Mancha (todos conocen esta palabra) es Don Quijote. Pero ¿por qué muchos no entienden que Aldonza es Dulcinea? En cada chica sana y fuerte cada español ve un sueño y está firmemente convencido de que Dulcinea sabe llevar su casa, cotillear y planchar las camisas. Turguéniev, cuando escribía sobre Hamlet y don Quijote, no entendía que Aldonza y Dulcinea eran la misma persona. Quizá porque todas sus heroínas son criaturas puras y celestiales o bien mujeres depredadoras. Don Quijote y Sancho Panza no son opuestos, sino dos expresiones de una misma persona. Aquí no hay escisión, pero la unidad es más difícil que cualquier contraposición. Así es La Mancha y también toda España».
(...)
    Machado combatió junto con el pueblo. Recuerdo que, en el Ebro, el comandante de división Tagüeña leyó a sus soldados un saludo enviado por Machado y su voz temblaba de emoción: «La España del Cid, la España de 1808, ha reconocido en vosotros a sus hijos». Cuando nos separamos, el poeta me dijo: «Tal vez, después de todo, nunca hayamos aprendido a combatir. Además, no tenemos suficiente material… Pero no hay que juzgar a los españoles con demasiada severidad. Es el fin. Cualquier día de éstos se apoderarán de Barcelona. Para los estrategas, los políticos y los historiadores todo está claro: habremos perdido la guerra… Pero desde el punto de vista humano no lo sé… Quizá la hayamos ganado». Me acompañó hasta la puertecilla del jardín. Me volví y le vi triste, encorvado, viejo como España, aquel hombre sabio, aquel poeta tierno. Vi sus ojos profundos, que no respondían pero preguntaban. Dios sabe qué. Le vi por última vez… Aulló una sirena. Empezaba el bombardeo de turno."
Yo mismo junto a la tumba de Antonio Machado

jueves, 1 de febrero de 2018

LA ESCALADA EN ETXAURI. BAJO LOS CIELOS DE ASIA, de Iñaki Ochoa de Olza

LA ESCALADA EN ETXAURI. BAJO LOS CIELOS DE ASIA, de Iñaki Ochoa de Olza 

    "En Etxauri, donde habíamos aprendido a trepar, los atardeceres no tienen nada que envidiar a los de ningún otro lugar. La luz se torna hermosa, casi mágica, mientras los días alargan cada vez más. Nos escapábamos muchas tardes a apretar los dedos contra la roca, a danzar embrujados por sus paredes intentando encontrar el camino de menor resistencia, pues nada menos que eso es la escalada."

SAN PETERSBURGO 1918. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

SAN PETERSBURGO 1918. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "En la estación de Finlandia nos recibió una menchevique entrada en años sobre cuya nariz llevaba unos quevedos. Me dijo: «Sígame». Le respondí que me escoltaba un soldado. La mujer se puso a despotricar de él, y el soldado hizo lo propio. Ella lo llamó especulador de comida, y el soldado, que efectivamente llevaba consigo una bolsa, le respondió que ella seguramente «se atiborraba de mermelada». Yo estaba plantado allí, estupefacto. La menchevique nos condujo a una residencia donde la gente se hacinaba a oscuras. Un joven gritaba a su vecino: «¡Qué vas a ser tú un revolucionario! ¡Tú eres un auténtico Galliffet! ¡Habría que llevarte al paredón!».
Como a todos los emigrados políticos, me concedieron una prórroga militar; el teniente de la estación de policía me dijo que en el ejército, aun sin mí, sobraban ya los charlatanes.
En el Birzhevie viédomosti recibí los honorarios que me correspondían y me instalé en un piso amueblado de la calle Moika. Por la mañana salí para echar un vistazo. La arquitectura de la ciudad y sus avenidas me parecían extraordinariamente claras, majestuosas, pero no conseguía orientarme.
Me dirigí a un mitin que se celebraba en el circo Ciniselli. Estaba atestado de gente, pero enseguida noté que todo el mundo estaba harto de discursos: el entusiasmo de los primeros meses se había evaporado, incluso los charlatanes se habían cansado de hablar. Los que hacían uso de la palabra eran oradores espontáneos. Una señora de cabello cano trataba de demostrar que el esperanto salvaría la revolución, pero nadie la escuchaba. Luego intervino un anarquista que declaró que era preciso abolir el Estado: todos lo abuchearon, y él se puso a silbar como un desesperado hasta que lo sacaron a empujones de la tribuna. Un joven vestido con elegancia suplicaba que no se entregara Rusia al káiser. Dos soldados lo metieron en cintura: «Pero tú, hijo de perra, ¿has estado en las trincheras?».
Intenté encontrar a los poetas con los que me había carteado, pero ninguno de ellos estaba en la ciudad. Me respondían: «Está en la dacha» o «En Crimea». Un día, T. I. Sorokin me mandó llamar: «Ven, Blok está aquí». Fui corriendo al Palacio de Invierno, pero llegué demasiado tarde: Blok ya se había ido. No vi, pues, al poeta cuyos versos yo amaba por encima de todo…
(...)
En las calles se daba caza a los desertores; los soldados patrulleros que revisaban los documentos también parecían desertores. Un día vi a dos oficiales requisando un saco de azúcar molido a una mujer. Ella gritaba: «¡Monstruos!». Cuando la mujer se iba, uno de los oficiales le gritó a la espalda que pronto la enviarían al paredón, que Kérenski hacía la vista gorda con los especuladores de alimentos, pero que tarde o temprano a él también lo meterían en vereda. Luego, sin avergonzarse lo más mínimo ante la gente que pasaba, los oficiales se repartieron el botín.
En las tiendas se podían comprar habanos, jarrones de Sèvres y poemas de la condesa de Noailles. En las confiterías servían el café con miel (ya no quedaba azúcar) y, en lugar de pasteles, daban rebanadas finas de pan blanco con mermelada. Los cocheros ya no hablaban de avena, sólo despotricaban con el semblante sombrío. Un poeta a quien conocí en la redacción del Birzhevie viédomosti me dijo: «Nuestra única esperanza es el general Kornílov. Se llama Lavr [Laurel], su nombre es simbólico».
Los soldados hablaban de «hacer las paces». Los desertores no decían nada, miraban a los transeúntes con aire lúgubre. Por la Avenida Nevski paseaban las muchachas de uniforme; intrépidas, hacían el saludo militar y tenían un busto de lo más exuberante; organizaban mítines en la esquina de la calle Sadóvaia, gritaban que era necesario encontrar a Lenin y, entretanto, detener a Chernov."