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miércoles, 12 de junio de 2019

EL SOLDADO HERIDO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

EL SOLDADO HERIDO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

"Me vuelvo y hablo con el enfermero. Le pregunto qué le ocurrió al soldado vietnamita. El enfermero me dice que le han herido el brazo izquierdo, ambas piernas, el estómago y la cabeza. Se supone que morirá dentro de uno o dos días. El marine es menos afortunado:

—Probablemente pasará el resto de su vida así, como un vegetal —me explica el enfermero.


Instantes después, casi como si tratara de contradecir el pronóstico, el marine comienza a sacudirse y a emitir un extraño ruido, una especie de rugido gorgoteante. Casi de inmediato oigo un sonido semejante al de un tallo de apio seco mordido. En su espasmo, el marine ha apretado las mandíbulas contra el termómetro. Intenta tragarlo.


—¡Hijo de puta! —exclama el enfermero.


El enfermero corre y extrae el termómetro aplastado de la boca del marine. Éste se convulsiona violentamente, los frascos oscilan en la percha mientras el enfermero saca de su botiquín una ampolla de Syrette. Frota con alcohol el musculoso brazo del marine y le inyecta el sedante.


—Tranquilo, tranquilo —murmura mientras lo sujeta—. Tranquilo, tranquilo. A partir de ahora te pondremos un termómetro rectal. Te lo daremos por el culo antes de que te mates.


El sedante comienza a hacer efecto. Los espasmos del marine remiten, los gruñidos se convierten en una sucesión de gemidos y finalmente se tranquiliza."
Resultado de imagen de heridos in vietnam

lunes, 22 de abril de 2019

LA GUERRA DE VIETNAM. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

LA GUERRA DE VIETNAM. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

    "La estrategia de agotamiento del general Westmoreland también tuvo repercusiones importantes en nuestra conducta. Nuestra misión no consistía en ganar terreno o tomar posiciones, sino, simplemente, en matar: matar comunistas, tantos como fuera posible. Apilarlos como leña. La victoria consistía en un elevado número de cadáveres; la derrota, en una proporción de pocas muertes; la guerra era una cuestión de aritmética. Era intenso el apremio que se hacía a los comandantes de unidades para producir cadáveres enemigos y aquéllos, a su vez, lo transmitían a sus tropas. Esto condujo a prácticas semejantes a la de contar a los civiles como miembros del Vietcong. «Si está muerto y es vietnamita, es uno del Vietcong», era una regla empírica del monte. En consecuencia, no resulta sorprendente que algunos hombres manifestaran desdén por la vida humana y cierta predilección a cortarla."

viernes, 8 de marzo de 2019

LA COLUMNA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

LA COLUMNA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

    "La columna comenzó a apiñarse y el suboficial pasó la voz de «manténganse desplegados, cinco pasos entre hombre y hombre». Era un fenómeno que ya había observado antes: en la selva, los hombres tienden a reunirse, a buscar la seguridad que proviene de estar físicamente cerca de otro, aunque eso aumentaba el riesgo de la proverbial andanada que mata a varios hombres simultáneamente. Creo que se producía el amontonamiento porque incluso la idea de estar solo en aquel lugar acechante y peligroso, era insoportable. Se suponía que debíamos saber cómo hacer las cosas, pero los oficiales éramos tan víctimas de ese temor como los soldados. En un patrullaje anterior, yo había perdido de vista al marine que avanzaba adelante; había desaparecido por una curva cerrada de la senda. Aunque sabía que estaba a muy corta distancia, me sentí perdido, casi aterrorizado, y corrí para girar hasta que tuve la reconfortante visión de su espalda."


lunes, 26 de noviembre de 2018

LAS CARTAS DEL ENEMIGO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

LAS CARTAS DEL ENEMIGO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

"Seguimos avanzando, sin dejar de comprobar, nerviosos, si había trampas de alambre y explosivas. El campamento sólo podía haber albergado a pocos hombres y contenía camas de juncos entretejidos bien tensos, una sobre otra, apiladas como literas. El mosquitero estaba retorcido y desgarrado. Sentí admiración por los vietcongs: exigía mucho entusiasmo vivir en un lugar semejante, donde apenas se veía el sol, el aire era tan espeso que se podía cortar y los mosquitos se elevaban en nubes desde las charcas de agua estancada.
Alrededor del campamento encontramos fragmentos de equipos y muchos documentos. Parecía que el guerrillero —en el supuesto de que hubiera pasado por allí— había buscado apresuradamente algo. Por otro lado, era posible que lo hubiera esparcido todo con el fin de desviar nuestra atención de su búsqueda. Si éste era su propósito, lo había logrado. La jungla parecía aún más espesa adelante y el barranco era oscuro como una cueva. Se evaporó mi espíritu agresivo. No seguiría adelante. Charlie viviría para luchar otro día o, si estaba gravemente herido, se arrastraría a un matorral para morir en él.
Comenzamos a examinar los documentos, entre los que había un gran número de libretas donde habían escrito apretados párrafos y numerados. Parecían órdenes de operaciones, lo que me llevó a preguntarme si no habríamos tropezado con el cuartel general de una pequeña unidad. Estaba a punto de felicitarme a mí mismo por tan valioso e inteligente descubrimiento cuando uno de mis marines exclamó:
—Eh, teniente, mire esto.
Me entregó un pequeño paquete de cartas y fotografías. Una de las fotografías mostraba a los vietcongs con sus uniformes multicolores, en poses heroicas; otra correspondía a uno de los guerrilleros con su familia. También había varios retratos de tamaño cartera que correspondían a amigas o esposas de los vietcongs. Las notas escritas en las esquinas de estas últimas fotografías, probablemente, expresiones de amor y fidelidad; me pregunté si los del otro lado tenían un sistema, como nosotros, para notificar las bajas a los familiares. Abrigué la esperanza de que así fuera. No me gustaba pensar en esas mujeres que soñaban con retornos que nunca se producirían, que aguardaban cartas que nunca llegarían y se preguntarían a qué se debía la falta de noticias, imaginando una docena de razones justificadoras, todas salvo la que más temían, y su temor creciente a medida que cada largo día sin noticias se oscurecía en una noche más larga aún.
Un pequeño grupo de marines se reunió y contempló las cartas y las fotografías. No sé qué sintieron ellos, pero yo estaba embargado de emociones encontradas. Lo que habíamos encontrado otorgaba al enemigo la humanidad que yo deseaba negarle. Resultaba reconfortante comprender que los vietcongs estaban hechos de carne y hueso y que no eran los misteriosos fantasmas que yo había pensado, pero esta misma idea me produjo una perdurable sensación de remordimiento. Aquéllos eran hombres a los que habíamos contribuido a matar, hombres cuyas muertes afligirían a otras personas con sus pérdidas irrevocables. Nadie dijo nada, pero más tarde, de vuelta en el campamento base, el soldado de primera Lockhart expresó lo que seguramente era una emoción colectiva:
—Son jóvenes —me comentó—. Son como nosotros, teniente. Siempre son los jóvenes quienes mueren.
Permanecimos allí unos minutos, tratando de encontrar algún sentido a todo aquello. La compañía sólo había hecho lo que se esperaba que hiciera y lo que le habían enseñado a hacer: había matado al enemigo. Todo lo que habíamos aprendido en el Cuerpo de Infantes de Marina nos indicaba que debíamos sentirnos orgullosos y así nos sentíamos casi todos, pero no comprendíamos por qué se mezclaban con nuestro orgullo sentimientos de piedad y culpa. La respuesta era sencilla, aunque en aquel momento no resultaba evidente para nosotros: pese a su intensidad, nuestro entrenamiento en el Cuerpo de Infantes de Marina no había borrado por entero los años que habíamos pasado en el hogar, en la escuela, en la iglesia, aprendiendo que la vida humana era preciosa y que tomarla estaba mal. Los campos de ejercicios y nuestros dos primeros meses en Vietnam habían embotado, pero no anulado, nuestra sensibilidad. Manteníamos la capacidad de remordimiento y todavía no habíamos alcanzado la etapa de insensibilidad moral y emocional.
O al menos así le ocurría a la mayoría de nosotros. Había excepciones. Como mínimo un marine de la compañía ya había superado la callosidad y pasado al salvajismo..."

viernes, 9 de noviembre de 2018

LA SUPERVIVENCIA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

LA SUPERVIVENCIA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

    "La autoconservación —el más básico y tiránico de los instintos— puede convertir a un hombre en un cobarde o, como ocurría con más frecuencia en Vietnam, en un ser que destruye sin vacilación ni remordimientos todo lo que suponga una potencial amenaza a su vida. Un sargento de mi sección, normalmente un joven agradable, me dijo una vez: «Mi teniente, en mi tierra tengo mujer y dos hijos y volveré a verlos, no me importa a quién ni a cuántos tenga que matar para hacerlo»."

martes, 23 de octubre de 2018

SOLDADOS BRUTALES. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

SOLDADOS BRUTALES. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

    "Observé a los hombres de la compañía, sus rostros, a la par viejos y jóvenes, sus botas agrietadas y embarradas, y sentí que otro cambio los había afectado desde el mes de marzo. Un grupo íntimo desde el principio, la compañía C había estrechado más sus lazos, si cabe, en Vietnam, y de manera diferente. Su anterior camaradería poseía una cualidad adolescente similar al exclusivismo de un equipo de fútbol o de una fraternidad. La emoción que mostraban aquella noche era de tipo más serio porque Vietnam había entretejido nuevas hebras más resistentes en los lazos que los habían unido antes del aterrizaje en Danang, hebras entretejidas por la común aventura de estar juntos bajo el fuego y por la culpa de haber derramado sangre juntos, por los peligros y las penurias compartidas. Al mismo tiempo, sabía que yo era menos ingenuo en la forma de observar a los hombres del batallón. Ahora sabía que mis primeras impresiones no se basaban en la realidad sino en un consumo juvenil de películas de guerra y novelas melodramáticas. Los había considerado como versiones contemporáneas de Willie y Joe, tipos duros que en el fondo eran decentes y buenos. Ahora comprendía que algunos de ellos no eran tan decentes ni tan buenos. Muchos abrigaban celos, enconos y prejuicios. Y la arrogancia templaba su arraigado idealismo norteamericano («un marine vale por diez de estos vietcongs»).

    No se trataba de que yo me hubiera convertido en su juez: como no era ejemplar, no estaba en condiciones de juzgar. Pero había llegado a reconocerlos como hombres comunes y corrientes que a veces tenían actitudes extraordinarias en la tensión del combate, actos de arrojo y también de crueldad.

  
    El sargento Colby sustentaba un punto de vista distinto. Una noche le comenté que no podía comprender qué le había ocurrido a Hanson.


    —Cuando estuve en Corea —contestó Colby—, vi a hombres que practicaban puntería disparando contra granjeros coreanos. Antes de abandonar esto, señor, aprenderá que una de las cosas más brutales del mundo es su muchacho norteamericano típico de diecinueve años."

lunes, 24 de septiembre de 2018

UN FUERTE CONTRASTE. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

UN FUERTE CONTRASTE. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

    "Aquel período en Vietnam fue singular, con algo del característico sabor romántico de las guerras coloniales de Kipling. Hasta el nombre de nuestro grupo era evocador: Brigada Expedicionaria. Nos gustaba ese nombre y como era la única brigada norteamericana que se encontraba en el interior del país en aquel momento, teníamos la sensación de que éramos seres especiales, la sensación de ser «unos pocos, nosotros los pocos felices, nosotros el grupo de hermanos». El teniente Bradley —el oficial de transporte motorizado del batallón— expresó perfectamente la atmósfera de aquellas semanas, a las que calificó de «espléndida guerrita».
    No era tan espléndida para los vietnamitas, naturalmente, y a principios de abril tuvimos un aviso de la naturaleza de la contienda que se estaba librando en el monte. Dos comandos australianos, asesores de un grupo de Rangers del ejército sudvietnamita, llegaron a la zona de la compañía Charley. Eran unos personajes de aspecto duro y facciones enjutas, acompañados por un ranger de aspecto aún más duro, cuyos ojos delataban la hastiada expresión del hombre al que ya no le preocupan las cosas que ha visto y hecho. Los australianos hablaron con Loker —sargento del pelotón de Tester—, que anteriormente había prestado servicio como consejero con ellos. Fue una reunión bulliciosa. Algunos de nosotros, curiosos ante esos extranjeros, nos reunimos en las cercanías para oír lo que decían. Los australianos describieron un enfrentamiento que habían sostenido aquella mañana. Los detalles del combate escapan a mi memoria, pero recuerdo que el más bajo de los dos dijo que su patrulla se había llevado un recuerdo del cuerpo de un vietcong muerto. Sacó algo del bolsillo y, sonriente, lo sostuvo en alto, a la manera de un pescador que posa para una fotografía con una trucha gigantesca. Fue una visión educativa, ya que no edificante. Nada podía haber estado mejor calculado para dar una idea del tipo de guerra que era la del Vietnam y del tipo de cosas que los hombres son capaces de hacer en la guerra si participan en ella el tiempo suficiente. No ocultaré mis emociones. Me impresionó lo que vi, en parte porque no esperaba ver semejante cosa y en parte porque el hombre que la sostenía era una fiel imagen de mí mismo: un miembro del mundo de habla inglesa. En realidad, tendría que decir «las sostenía», en plural, porque eran dos, ensartadas en un alambre: dos orejas humanas, marrones y sanguinolentas."

martes, 18 de septiembre de 2018

EN LA GUERRA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

EN LA GUERRA. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

    "En el trueno, yo oía el rugir de la artillería. No podía escuchar caer la lluvia sin recordar aquellas noches en el frente, ni caminar por un bosque sin buscar instintivamente una trampa de alambres o una emboscada. Era capaz de manifestarme en voz tan alta como el activista más convencido, pero no podía negar el dominio que la guerra ejercía sobre mí, ni el hecho de que había sido una vida tan fascinante como repulsiva, tan estimulante como triste, tan tierna como cruel.
   Este libro se propone, en parte, tratar de aprehender algo de sus realidades ambivalentes. Todo el que combatió en Vietnam, si es sincero consigo mismo, tendrá que reconocer que disfrutó del compulsivo encanto del combate. Se trataba de un goce peculiar porque se mezclaba con un dolor equivalente. Bajo el fuego, la energía vital del hombre aumentaba proporcionalmente a la proximidad de la muerte, de modo que sentía tanta alegría como miedo. Sus sentidos se aguzaban, alcanzaba una placentera y a la vez atroz claridad de conciencia. Parecía el elevado estado de percepción que provocan las drogas. Y podía, también, habituarse a él ya que hacía que pareciera vulgar cualquier otra cosa que la vida le ofreciese en cuanto a deleites y tormentos.
(...)
   Dos amigos míos murieron al tratar de retirar los cadáveres de sus hombres del campo de batalla. Semejante devoción, simple y desinteresada —el sentimiento de pertenecer a los demás—, fue lo único decente que encontramos en un conflicto notorio por sus monstruosidades.
    Pero esa ternura habría resultado imposible si la guerra hubiese sido mucho menos brutal..."

viernes, 14 de septiembre de 2018

SOLDADOS FUERA DE CONTROL. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

SOLDADOS FUERA DE CONTROL. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

    "Mientras los aviones bombardeaban nos abrimos paso a través de los setos y el humo en dirección a la colina cuya serena cresta de color verde pálido veíamos asomar entre los árboles, más adelante. Habíamos avanzado algunos centenares de metros pero la colina no parecía más cercana. El fragor de la batalla era constante y enloquecedor, tan enloquecedor como los setos espinosos y el calor del fuego que se extendía a nuestras espaldas.
    Entonces ocurrió. La sección perdió su propio dominio. Fue una detonación emocional colectiva de hombres que habían sido llevados al límite de su aguante. Perdí el control de ellos y de mí mismo. Desesperados por llegar a la colina, atravesamos alocadamente el resto de la aldea, aullando como salvajes, encendiendo las chozas de paja, arrojando granadas a las casas de cemento que no podíamos incendiar. En nuestro frenesí, arremetimos contra los setos vivos sin sentir los pinchazos de las espinas. No sentíamos nada. Éramos incapaces de sentir algo por nosotros mismos, menos aún por otros. Cerramos nuestros oídos a los gritos y las súplicas de los aldeanos. Un anciano corrió a mi lado, me cogió por el pecho de la camisa y me preguntó:
   —¿Tai Sao? ¿Tai Sao? —¿Por qué? ¿Por qué?
   —Apártate de mi camino —respondí.
   Le cogí de la camisa y lo empujé duramente; sentí que me veía a mí mismo en una película. El anciano permaneció tendido en el lugar donde había caído, sin dejar de preguntar «¿Tai Sao? ¿Tai Sao?». Me lancé en dirección al pie de la colina, que ahora se encontraba a corta distancia.
    La mayor parte de la sección no tenía la menor idea de qué estaba haciendo. Un marine corrió hasta una choza, le prendió fuego, salió, dio una vuelta a su alrededor, penetró en medio de las llamas y rescató a un paisano que estaba en el interior; luego corrió e incendió la siguiente. Atravesamos la aldea como una tromba. Cuando empezamos a escalar la colina 52 no quedaba nada de Ha Na, salvo una larga franja de cenizas que ardían lentamente, troncos de árboles chamuscados a los que las llamas habían arrancado las hojas y pilas de cemento derruido. De todas las cosas desagradables que presencié en Vietnam, aquélla fue la peor: la repentina transformación de mi sección, de un grupo de soldados disciplinados, en una turba incendiaria.
   El pelotón salió de su locura casi inmediatamente. Nuestras cabezas se despejaron en cuanto escapamos de la aldea y respiramos el aire de la cima de la colina. Nos enteramos de que la compañía de Miller había derrotado a las ametralladoras enemigas después de los ataques aéreos, aunque había perdido muchos hombres. Se ordenó a la compañía C que permaneciera en la colina 52 durante la noche. Iniciamos nuestras excavaciones. Los escombros todavía llameantes de Ha Na estaban a nuestras espaldas. En dirección opuesta, se elevaba humo desde el sitio donde había librado su batalla la compañía D y desde la línea arbolada que habían bombardeado los aviones durante la primera hora de la contienda.
    Todo estaba sereno mientras cavábamos nuestras trincheras, extrañamente sereno después de cinco horas de combate. Mi pelotón era otra vez una sección. La calma del mundo exterior equivalía a la calma que sentíamos en nuestro interior, una tranquilidad tan profunda como profunda había sido nuestra ira. Aquella quietud interior contenía cierta dulzura, sentimiento que no habría sido posible de no haber destruido la aldea. Era como si el incendio de Ha Na hubiese surgido de una necesidad emocional. Había sido una catarsis, una purga de meses de pánico, frustración y tensión. Habíamos aliviado nuestro propio dolor infligiéndoselo a otros. Pero esa sensación de alivio estaba inseparablemente mezclada a sentimientos de culpa y de vergüenza. Al ser otra vez hombres volvíamos a sentir emociones humanas. Estábamos avergonzados de lo que habíamos hecho pero nos preguntábamos si lo habíamos hecho realmente. El cambio que se había producido en nosotros, de soldados disciplinados a salvajes desbocados y otra vez a soldados, había sido tan repentino y profundo para conferir una calidad de ensueño a la última parte de la batalla. Pese a las pruebas en sentido contrario, algunos tuvimos dificultades en creer que éramos los mismos que habían provocado tanta destrucción.

    El capitán Neal no tuvo ninguna dificultad en creerlo. Estaba legítimamente furioso conmigo y me advirtió que sería relevado y se me incoaría un expediente disciplinario si volvía a ocurrir algo semejante. Yo no necesitaba que me lo advirtiera. Me sentía bastante mal por todo eso, por la guerra, por lo que la guerra nos estaba haciendo, por mí mismo. Mientras contemplaba las brasas allá abajo y las ruinas de las casas, cayó sobre mí una sensación de culpabilidad más pesada que la más pesada carga que jamás hubiera soportado. La insensata destrucción de Ha Na no era lo único que me perturbaba, sino las oscuras y destructivas emociones que había sentido a lo largo de la batalla,.."

miércoles, 27 de junio de 2018

POR QUÉ ODIABA A LOS VIETNAMITAS. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

POR QUÉ ODIABA A LOS VIETNAMITAS. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo



    "En la tarde del cuarto día atravesamos Giao-Tri, el caserío que la tercera sección había destruido anteriormente. Algunos aldeanos seguían allí y buscaban sus pertenencias, entre montones de cenizas y esqueletos chamuscados, en lo que habían sido sus hogares. Un anciano se acercó arrastrando los pies, con una marmita parcialmente quemada en la mano. Él y los demás —eran unos seis— se detuvieron para observarnos mientras pasábamos. Todavía los veo, vestidos de harapos de algodón, de pie contra un telón de fondo de escombros y árboles ennegrecidos, contemplándonos con una pasividad que no era sumisión. Al principio me embargó una sensación de culpa y compasión. Incendiar su aldea había sido una demostración de lo peor que había en nosotros y yo habría agradecido la posibilidad de mostrarles lo mejor que había en nosotros. Instintivamente quise hacer algo por ellos como reparación de lo que ya les habíamos hecho. Claro que no podríamos haber hecho demasiado salvo, quizá, regalarles nuestra comida y nuestros cigarrillos. Gustoso lo habría hecho, habría vaciado mis bolsillos y mi mochila, habría ordenado a mi sección que vaciara los suyos, pero la pétrea frialdad de los aldeanos me detuvo. No parecían desear que hiciéramos nada. Se limitaron a permanecer allí, silenciosos e inmóviles, sin mostrar pesar, ni ira, ni temor. Sus ojos apagados e imperturbables poseían la misma indiferencia que había visto en la mirada de la mujer cuya casa habíamos registrado en Hoi-Vue. Era como si consideraran el arrasamiento de su aldea como un desastre natural y, al aceptarlo como parte de su sino, no sintieran por nosotros más de lo que podían sentir por una inundación. Tal pasividad me pareció inhumana. Podía tratarse de una máscara estoica que ocultaba profundos sentimientos de tristeza o de furia, pero si se trataba de eso, su capacidad de controlar las emociones resultaba igualmente inhumana. Así, mi conmiseración por ellos se transformó rápidamente en desprecio. No se comportaban como yo esperaba que lo hicieran, es decir como harían los norteamericanos en circunstancias similares. Los norteamericanos habrían hecho algo: adoptarían una expresión furiosa, blandirían los puños, llorarían, correrían, exigirían compensaciones. Aquellos aldeanos no hicieron nada y por eso los desdeñé. Su aparente indiferencia por lo que había ocurrido me volvió indiferente. ¿Por qué sentir compasión por gente que parecía no sentir nada por sí misma? Porque yo no tenía noción del sufrimiento que constituía su existencia cotidiana. Enfrentados con la enfermedad, las malas cosechas y, sobre todo, con la violencia azarosa de una guerra interminable, habían adquirido la capacidad de aceptar lo que nosotros habríamos encontrado inadmisible, de sufrir lo que nosotros habríamos considerado insoportable. Así lo exigía su supervivencia. Como las grandes montañas de Annam, duraban."

EL MEJOR SOLDADO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo

EL MEJOR SOLDADO. UN RUMOR DE GUERRA, de Philip Caputo 

    "...no pude dejar de admirar su determinación de hacer las cosas como se suponía debían hacerse. Creo que fue la fidelidad a las normas lo que lo mató. Malherido en las piernas, no tenía por qué arriesgarse en el intento de rescatar al enfermero. Podría haber permanecido a cubierto sin perder el honor, pero habían machacado nuestras cabezas diciéndonos que un marine nunca deja a sus heridos expuestos al fuego enemigo. Nunca debíamos dejar a nuestros heridos en el campo de batalla. Debíamos retirarlos, alejarlos del peligro aunque arriesgáramos nuestra propia vida. Ésta era una de las normas que se esperaba cumpliríamos. Yo sabía que no podría haber hecho lo mismo que Levy. Éste se había arrastrado con las piernas heridas y tratado de salvar al enfermero que creía aún vivo. Y probablemente lo había hecho como solía hacerlo todo: con naturalidad y pensando que era lo que debía hacer.
    Pero yo seguía sin poder recordar lo que me había dicho aquella noche en Georgetown. Quiero recordarlo ahora, recordar qué me dijiste, Walter Neville Levy, cuyo fantasma todavía me persigue. No, podía no ser algo importante ni profundo, pero eso no importa. Lo que importa es que entonces estabas vivo, estabas vivo y hablabas. Si pudiera recordar lo que dijiste, podría hacerte hablar en esta página y quizá convertirte en algo tan vivo a los ojos de los demás como sigues siéndolo a los míos.
    Mucho se perdió contigo: mucho talento, mucha inteligencia, mucha dignidad. Fuiste el primero en morir de nuestra clase de 1964. Hubo otros, pero tú fuiste el primero y además encarnabas lo mejor de nosotros. Eras una parte de nosotros y una parte de nosotros murió contigo, la pequeña parte que todavía era joven, que todavía no se había vuelto cínica, amarga y vieja con la muerte. Tu valor fue un ejemplo para nosotros y cualesquiera sean los aciertos y los errores de la guerra, nada puede disminuir la rectitud de lo que intentaste hacer. El tuyo fue el amor más elevado. Moriste por el hombre al que intentabas salvar y moriste pro patria. Tu muerte no fue dulce ni justa pero estoy seguro de que moriste convencido de que era pro patria. Fuiste leal. Tu país no lo es. Mientras escribo, once años después de tu muerte, el país por el que moriste desea olvidar la guerra en que moriste. Nombrarla es una maldición. No hay monumentos a sus héroes, ni estatuas en plazas de poblaciones pequeñas y parques de las ciudades, ni placas, ni coronas públicas, ni conmemoraciones. Porque las placas y las coronas y las conmemoraciones son recordatorios y a tu país le resultaría más difícil hundirse en el olvido que anhela. Desea olvidar y ha olvidado. Pero unos pocos recordamos, gracias a las pequeñas cosas que nos hicieron amarte: tus gestos, tus palabras, tu figura. Te amamos por lo que fuiste y por lo que representabas."