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miércoles, 7 de febrero de 2018

LOS INCENDIOS URBANOS. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson

LOS INCENDIOS URBANOS. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson 

    "...el incendio urbano más famoso de la historia es casi con toda seguridad el Gran Incendio de Londres de 1666, que se inició como un pequeño incendio en una panadería próxima al Puente de Londres y se propagó rápidamente hasta alcanzar casi un kilómetro de extensión. El humo era visible incluso desde Oxford y el crepitar del fuego podía oírse desde allí en forma de un leve y horripilante susurro. El incendio consumió 13.200 casas y 140 iglesias. Pero, de hecho, el incendio de 1666 fue en realidad el segundo Gran Incendio de Londres. En 1212 se había producido un incendio más devastador si cabe. Aunque menor en extensión que el de 1666, fue más rápido y más frenético, y saltó de calle en calle con una rapidez tan temeraria que los ciudadanos fueron superados en su huida o quedaron atrapados sin posibilidad de vías de escape. El incendio se llevó 12.000 vidas. En cambio, en el incendio de 1666 murieron solo cinco personas, que se sepa. Durante 454 años, el incendio de 1212 fue conocido como el Gran Incendio de Londres. Y debería seguir siéndolo. La mayoría de ciudades sufrió incendios devastadores de vez en cuando, algunas repetidamente. Boston los tuvo en 1653, 1676, 1679, 1711 y 1761. Después vivió un respiro hasta el invierno de 1834, cuando un incendio por la noche destruyó setecientos edificios —la mayoría del centro— y fue tan feroz que llegó incluso a los barcos amarrados en el puerto. Pero todos los incendios urbanos parecen nimios en comparación con el que asoló Chicago una ventosa noche de octubre de 1871 cuando, según se dice, la vaca de una tal señorita Patrick O’Leary arreó una coz a una lámpara de queroseno que había en un establo de DeKoven Street y el caos se extendió rápidamente. El fuego destruyó dieciocho mil edificios y dejó sin hogar a ciento cincuenta mil personas. Los daños ascendieron a más de 200 millones de dólares y supuso la quiebra de cincuenta y una compañías de seguros."

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL CANAL DE ERIE. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson

EL CANAL DE ERIE. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson 

    "Pero en 1810, De Witt Clinton, por aquel entonces alcalde de la ciudad de Nueva York y muy pronto gobernador del estado homónimo, tuvo una idea que muchos consideraron una locura pero que fue ciertamente ilusoria. Propuso la construcción de un canal que cruzara el estado hasta el lago Erie y conectara de este modo la ciudad de Nueva York con los Grandes Lagos y las ricas tierras de cultivo que se extendían más allá. La gente lo llamaba «la locura de Clinton», y no es de extrañar. El canal tendría que cavarse a base de pico y pala, hasta alcanzar una profundidad de doce metros, a lo largo de seiscientos kilómetros de páramo. Se necesitarían ochenta y tres esclusas, cada una de ellas de 27,5 metros de longitud, para solventar los cambios de elevación. A lo largo de algunos tramos, el desnivel no sería como media de más de un par de centímetros por kilómetro. En ningún lugar del mundo civilizado se había intentado jamás construir un canal con este nivel de desafío, y mucho menos en plena naturaleza. Y ese era el tema. Estados Unidos no tenía ni un solo ingeniero de origen nativo que hubiera trabajado en su vida en un canal. Thomas Jefferson, que normalmente veneraba la ambición, lo consideró una idea demencial. «Es un proyecto espléndido, y tal vez pueda construirse de aquí a un siglo —reconoció después de revisar los planos, aunque enseguida añadió—: Pensar en esto hoy en día linda con la locura.» El presidente James Madison se negó a conceder ayuda federal, en gran parte motivado por el deseo de mantener el centro de gravedad comercial más al sur y alejado de aquel baluarte unionista. De modo que a Nueva York no le quedó otra alternativa que apañárselas sin nadie u olvidarse del proyecto. A pesar del coste, los riesgos y la prácticamente total ausencia de las aptitudes necesarias, decidió subvencionarse a sí misma el proyecto. Se designaron cuatro hombres para llevarlo a cabo: Charles Broadhead, James Geddes, Nathan Roberts y Benjamin Wright. Tres de ellos eran jueces; el cuarto era maestro de escuela. Ninguno había visto jamás un canal, y mucho menos intentado construirlo. Lo único que tenían en común era cierta experiencia en prospecciones. Pero con la ayuda de lecturas, consultas e inspirada experimentación, lograron diseñar y supervisar el mayor proyecto de ingeniería que el Nuevo Mundo hubiera visto jamás. Se convirtieron en los primeros hombres de la historia en aprender a construir un canal construyendo un canal. Desde el principio quedó claro el problema que amenazaba la viabilidad de la iniciativa: la falta de cemento hidráulico. Para que el canal fuera estanco se necesitaban medio millón de fanegas de cemento hidráulico (una fanega equivale a 35 litros, por lo que 500.000 fanegas son muchos litros). En el caso de que el agua se filtrara por alguna sección, sería un desastre para la totalidad del canal, razón por la cual era un problema de urgente solución. Por desgracia, nadie sabía cómo superarlo. Un joven empleado del canal llamado Canvass White se presentó como voluntario para viajar a Inglaterra costeándose él mismo los gastos para ver qué podía aprender allí. Durante casi un año, White se desplazó por todo lo ancho y largo de Gran Bretaña —3.300 kilómetros realizó en total— estudiando canales y aprendiendo cómo estaban construidos y cómo se mantenían ensamblados, prestando especial atención a su estanqueidad. Por casualidad, resultó que el cemento Parker Roman, que como ya hemos visto desempeñó un destacado papel en el derrumbamiento de Fonthill Abbey, de William Beckford, debido a su falta de fuerza como material para la construcción de edificios, funcionaba inesperadamente bien como cemento hidráulico, donde se utilizaba a modo de mortero resistente al agua. Por desgracia su inventor, el reverendo Parker, de Gravesend, no se hizo rico con esto pues vendió la patente al año de su invención y después, casi irónicamente, emigró a América, donde murió al cabo de poco tiempo. Su cemento, sin embargo, funcionó a las mil maravillas hasta que quedó desfasado, a partir de 1820, con la aparición de variedades superiores, pero sirvió para darle a Canvass White la esperanza de imaginar la posibilidad de obtener algo similar con materiales norteamericanos. De vuelta a casa, y armado con ciertos conocimientos sobre los principios científicos de la adhesión, White experimentó con diversos ingredientes nativos y enseguida formuló un compuesto que funcionaba incluso mejor que el cemento de Parker. Fue un gran momento para la historia tecnológica de Estados Unidos —de hecho, podría decirse que fue el principio de la historia tecnológica de Estados Unidos—, por el que White habría merecido hacerse rico y famoso. Pero no sucedió ninguna de esas dos cosas. Las patentes de White le daban derecho a un royalty de 4 céntimos por fanega vendida —una suma bastante ridícula—, pero los fabricantes se negaron a compartir con él sus beneficios. Presentó diversas reclamaciones en los tribunales, pero no consiguió ni un solo fallo a su favor. El resultado fue un largo descenso hacia la penuria. Y los fabricantes se hicieron ricos produciendo lo que se convirtió en el mejor cemento hidráulico del mundo. Gracias en gran parte a la inventiva de White, el canal se inauguró pronto, en 1825, después de tan solo ocho años de obras. Fue un triunfo de entrada. Lo utilizaron tantas embarcaciones —trece mil en su primer año—, que de noche sus luces parecían enjambres de luciérnagas sobre el agua, según un embelesado testigo. Gracias al canal, el coste de enviar una tonelada de harina de Buffalo a la ciudad de Nueva York cayó de 120 dólares la tonelada a solamente 6 dólares, y el tiempo de transporte pasó de tres semanas a una. Las consecuencias sobre la fortuna de Nueva York fueron espectaculares. Su porcentaje en el total de exportaciones nacionales pasó de menos del 10 % en 1800 a más del 60 % a mediados de siglo; y durante ese mismo periodo, de forma más sorprendente si cabe, su población pasó de diez mil habitantes a más de medio millón. Seguramente ningún producto manufacturado de la historia ha hecho más para cambiar el destino de una ciudad que el cemento hidráulico de Canvass White, y con toda seguridad, ninguno ha caído más en el olvido. El canal de Erie no solo garantizó la primacía económica de Nueva York en Estados Unidos, sino que, muy posiblemente, de Estados Unidos en el mundo. Sin el canal de Erie, Canadá habría quedado posicionado de un modo ideal para convertirse en el motor de Norteamérica, con el río San Lorenzo como conducto hacia los Grandes Lagos y las ricas tierras que se extienden más allá de ellos. El gran, y no debidamente reconocido, Canvass White no solo hizo rica a la ciudad de Nueva York, sino que además ayudó de una forma inmensa a Estados Unidos. En 1834, agotado por sus batallas legales y enfermo de una dolencia grave pero no concretada —seguramente tisis—, viajó a St. Augustine, Florida, con la esperanza de recuperarse, pero falleció poco después de su llegada. La historia lo había olvidado ya y era tan pobre que su esposa apenas pudo permitirse pagarle el entierro. Y esta es, con toda probabilidad, la última vez que oirá usted hablar de él."



viernes, 22 de septiembre de 2017

LA INFANCIA EN LA ERA DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson

LA INFANCIA EN LA ERA DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson 

   "Los niños acomodados tenían que soportar con frecuencia las penurias implícitas en la construcción del carácter. El cuñado de Isabella Beeton, Willy Smiles, tuvo once hijos pero solo servía el desayuno para diez con el fin de poner freno a la lentitud a la hora de sentarse a la mesa. Gwen Raverat, hija de un académico de Cambridge, recordaba en los últimos años de su vida que le obligaban a echarse sal en las gachas del desayuno, en lugar de las brillantes cucharadas de azúcar que sus padres se regalaban, y que tenía prohibido untar el pan con mermelada en base a que cualquier cosa sabrosa podía causar estragos en su fibra moral. Una contemporánea, miembro de una familia de clase similar, recordaba con melancolía la comida que le servían a ella y a su hermana a lo largo de la infancia: «En Navidad teníamos naranjas. La mermelada no la vimos jamás». Y a la destrucción de las papilas gustativas le acompañaba un curioso respeto por el poder que ejercían el miedo y el terror en la construcción del carácter. Los libros que preparaban a los jóvenes lectores para la posibilidad de que la muerte se los llevara en cualquier momento, y si no se los llevaba a ellos casi a buen seguro acabaría llevándose a mamá, a papá o a su hermano favorito, eran extremadamente populares. Esos libros subrayaban siempre lo maravilloso que era el cielo (aunque daba la sensación de que era también un lugar sin mermelada). Al parecer, la intención era ayudar a los niños a no tener miedo a morir, aunque el efecto era casi a buen seguro el contrario. Había otras obras literarias concebidas para asegurarse de que los niños comprendieran la ofensa estúpida e imperdonable que era desobedecer a un adulto. (...)
    Para muchos, las duras experiencias de la infancia no eran más que un modesto calentamiento para el estrés de la vida en las escuelas públicas. Es casi imposible encontrar una adversidad acogida con mayor entusiasmo que la escuela pública inglesa en el siglo XIX. Desde el momento de su llegada, los alumnos eran sometidos a regímenes durísimos, incluyendo baños fríos, frecuentes golpes de vara y la retirada de la dieta de cualquier cosa que pudiera ser descrita como apetitosa. Los chicos del Radley College, cerca de Oxford, estaban siempre tan famélicos que se veían obligados a recoger bulbos de las flores del jardín de la escuela para asarlos después en sus habitaciones a la llama de una vela. En otras escuelas donde no había bulbos, los chicos se comían incluso las velas. El novelista Alec Waugh, hermano de Evelyn, asistió a una escuela de preparatorio llamada Fernden que, por lo que parece, estaba singularmente consagrada a los ideales del sadismo. El día de su llegada, le sumergieron los dedos en un recipiente con ácido sulfúrico para quitarle por completo las ganas de morderse las uñas, y poco después le obligaron a comerse el contenido de un tazón de pudin de sémola en el que acababa de vomitar, una experiencia que, es natural, disminuyó por completo su entusiasmo por la sémola para el resto de su vida. Las condiciones de vida en los colegios privados siempre fueron severas. Las ilustraciones de los dormitorios de los colegios del siglo XIX nos muestran unos espacios que en nada se diferencian de los dormitorios de las cárceles o de los hogares para pobres. Los dormitorios solían ser tan fríos que el agua que pudiera haber en jarras y tazas se helaba por las noches. Las camas eran poco más que plataformas de madera, a menudo sin otra cosa para calentarlas y acolcharlas que un par de toscas mantas. En Westminster y Eton, cada noche encerraban a una cincuentena de chicos en salas enormes y allí los dejaban, sin ningún tipo de supervisión, hasta la mañana siguiente, quedando de este modo los más débiles a merced de los más fuertes. Los más jóvenes tenían que levantarse a veces a media noche para ponerse a lustrar botas, ir a buscar agua y diversas tareas más que estaban obligados a realizar antes de la hora del desayuno. No es de extrañar que Lewis Carroll comentara ya de adulto que nada en el mundo lo convencería para repetir la experiencia vivida en sus días de colegio. Muchos chicos eran azotados a diario, a veces incluso dos veces. De hecho, no recibir una azotaina era motivo de celebración. «Esta semana lo he hecho mucho mejor en aritmética y no he visto la vara ni una sola vez», escribió feliz a casa, a principios de los años ochenta del siglo XIX, un niño que estudiaba en Winchester. Las azotainas solían consistir en un castigo de entre tres y seis golpes administrados con una vara de madera de abedul de aspecto y tacto similares a los de un látigo, aunque a veces se adoptaban medidas incluso más violentas. En 1682, un director de Eton se vio obligado a dimitir después de acabar con la vida de un niño. Una cifra muy notable de jóvenes acabaron aficionándose al siseo y al escozor de las zurras, hasta tal punto que las azotainas por puro placer acabaron conociéndose como le vice anglais . Se sabe de al menos dos primeros ministros del siglo XIX, Melbourne y Gladstone, que eran flagelantes devotos, y de una tal señora Collet, de Covent Garden, que dirigía un burdel especializado en ofrecer sexo con bofetones."

lunes, 4 de septiembre de 2017

LA INVENCIÓN DE LA LUZ ELÉCTRICA. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson

LA INVENCIÓN DE LA LUZ ELÉCTRICA. EN CASA, UNA BREVE HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson 

    "...Las luces de arco eléctrico eran demasiado potentes para el uso doméstico. Lo que se necesitaba en las casas era un filamento doméstico que pudiera arder con una luz regular durante periodos prolongados de tiempo. El principio de la iluminación incandescente se comprendía, y de hecho se había conquistado, desde hacía mucho tiempo. En 1840, siete años antes del nacimiento de Thomas Alva Edison, sir William Grove, un abogado y juez que era además un brillante científico aficionado con un interés muy especial por la electricidad, exhibió una lámpara incandescente que funcionaba durante varias horas; pero nadie quería una bombilla que costaba mucho fabricar y que solo funcionaba durante unas horas, por lo que Grove no siguió insistiendo en su invento. En Newcastle, un joven farmacéutico e inventor aficionado llamado Joseph Swan, vio una demostración de la lámpara de Grove y realizó por su cuenta y con éxito algunos experimentos, pero la tecnología existente no conseguía obtener un buen vacío en el interior de la bombilla. Sin ese vacío, cualquier filamento se consumía con rapidez, convirtiendo la bombilla en un lujo caro y de corta vida. Además, a Swan le interesaban también otros temas, en particular la fotografía, terreno en el que realizó importantes contribuciones. Inventó el papel fotográfico de bromuro de plata, que permitió la realización de las primeras impresiones fotográficas de alta calidad, perfeccionó el proceso del colodión y realizó además diversas mejoras en las sustancias químicas empleadas en la fotografía. Mientras, su negocio farmacéutico, que se ocupaba tanto de la fabricación de productos como de la venta al por menor, iba viento en popa. En 1867, su socio y cuñado, John Mawson, murió en un insólito accidente descargando nitroglicerina para ser desechada en un páramo de las afueras de la ciudad. Fue, en resumen, una época complicada y llena de distracciones para Swan, y sus intereses se alejaron durante treinta años de la iluminación. Entonces, hacia 1870, Hermann Sprengel, un químico alemán que trabajaba en Londres, inventó un aparato que acabó conociéndose como la bomba de mercurio de Sprengel. Fue el invento crucial que hizo en realidad posible la iluminación doméstica. Por desgracia, solo una persona en la historia creyó que Hermann Sprengel se merecía ser más famoso: Hermann Sprengel. La bomba de Sprengel era capaz de reducir el volumen de aire en el interior de una cámara de cristal a una millonésima parte de su volumen normal, lo que permitiría que un filamento colocado en su interior alumbrara durante cientos de horas. Lo único que faltaba ahora era encontrar el material adecuado para construir el filamento. La investigación más decidida y fomentada fue la llevada a cabo por Thomas A. Edison, un destacado inventor norteamericano. En 1877, cuando inició su aventura en busca de una luz comercialmente satisfactoria, Edison estaba ya en camino de ser conocido como «el mago de Menlo Park». Edison no era un ser humano en absoluto atractivo. Carecía de escrúpulos para mentir o engañar, y estaba dispuesto a robar patentes o sobornar a los periodistas para que escribieran reportajes favorables. En palabras de uno de sus contemporáneos, tenía «un vacío allí donde su conciencia debería estar». Pero era emprendedor y trabajador, y un organizador sin par. Edison envió a varios hombres a los rincones más remotos del mundo en busca de material que pudiera emplearse para la fabricación de filamentos y puso a equipos de hombres a trabajar hasta en doscientos cincuenta materiales distintos con la esperanza de dar con uno que tuviera las características de durabilidad y resistencia necesarias. Probaron con todo, incluyendo incluso el pelo de la exuberante barba pelirroja de un amigo de la familia. Justo antes del Día de Acción de Gracias de 1879, los trabajadores de Edison desarrollaron un trozo de cartulina carbonizado, muy fino y cuidadosamente doblado, que ardería hasta trece horas, un tiempo que no era aún suficiente a efectos prácticos. El último día de 1879, Edison invitó a una selecta audiencia a presenciar una demostración de sus nuevas luces incandescentes. A su llegada a la finca que Edison tenía en Menlo Park, en Nueva Jersey, se quedaron encandilados al ver dos edificios cálidamente iluminados. De lo que no se dieron cuenta, sin embargo, era de que la luz no era en su mayoría eléctrica. Los esforzados sopladores de cristal de Edison habían conseguido preparar solo treinta y cuatro bombillas, de modo que el grueso de la iluminación la proporcionaban lámparas de aceite estratégicamente colocadas. Swan no retomó sus investigaciones sobre la luz eléctrica hasta 1877, pero, trabajando solo, llegó a un sistema de iluminación más o menos idéntico. En enero o febrero de 1879, Swan ofreció en Newcastle una demostración pública de su nueva lámpara incandescente. La vaguedad de la fecha se debe a que no sabemos seguro si mostró su nueva lámpara en una conferencia ofrecida en enero o si simplemente habló sobre ella; pero lo que sí es cierto es que al mes siguiente la encendió ante una agradecida audiencia. En cualquier caso, la demostración se produjo un mínimo de ocho meses antes de cualquier cosa que Edison pudiera elaborar. Aquel mismo año, Swan instaló luces en su casa y en 1881 había cableado ya la casa del gran científico lord Kelvin, en Glasgow, de nuevo mucho antes de que Edison pudiera conseguir algo similar. Sin embargo, la primera instalación de Edison fue mucho más destacada y su relevancia, por lo tanto, mucho más duradera. Edison cableó un barrio entero del bajo Manhattan, cerca de Wall Street, que recibiría energía de una planta instalada en dos edificios medio en ruinas situados en Pearl Street. A lo largo del invierno, la primavera y el verano de 1881 y 1882, Edison tendió veinticinco kilómetros de cable y verificó y volvió a verificar, casi con fanatismo, su sistema. No todo salió a la primera. Los caballos se comportaban caprichosamente por la vecindad hasta que se cayó en la cuenta de que les pasaba la electricidad por los cascos. En los talleres, varios de los hombres de Edison perdieron piezas dentales como consecuencia de la intoxicación por mercurio provocada por la prolongada exposición a la bomba de mercurio de Sprengel. Pero al final todos los problemas se solventaron y la tarde del 4 de septiembre de 1882 Edison, desde el despacho del financiero J. P. Morgan, accionó un interruptor que iluminaba ochocientas bombillas eléctricas en los ochenta y cinco negocios que habían contratado su plan. En lo que Edison destacó de verdad fue como organizador de sistemas. La invención de la bombilla fue algo extraordinario, pero de poca aplicación práctica si nadie disponía de una toma de corriente donde enchufarla. Edison y sus incansables trabajadores tuvieron que diseñar y construir todo un sistema desde cero, desde centrales eléctricas y cableado barato y fiable, hasta portalámparas y enchufes. En cuestión de meses, Edison había montado no menos de 334 pequeñas centrales eléctricas por todo el mundo, y en aproximadamente un año, sus centrales estaban iluminando trece mil bombillas. Con mucha astucia, las emplazó en lugares que le garantizaran el máximo impacto: en la Bolsa de Nueva York, el Palmer House Hotel de Chicago, la Scala de Milán o el salón de banquetes de la Cámara de los Comunes en Londres. Swan, mientras, seguía con la fabricación en su propia casa. En pocas palabras, le faltó visión de negocio. De hecho, ni siquiera presentó la patente. Edison presentó patentes en todas partes, incluyendo Gran Bretaña en noviembre de 1879, con lo que se aseguró su preeminencia."