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viernes, 21 de diciembre de 2018

DESPUES DE LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

»¿Sabe lo que pensábamos todos durante la guerra? Imaginábamos: “¡Qué feliz será la gente después de la guerra! Qué vida más bella y feliz comenzará. La gente ha pasado por tanto sufrimiento que todos serán buenos, los unos con los otros. Habrá mucho amor. Las personas serán distintas”. No lo dudábamos. Ni por un instante.

»Querida mía… Todo es igual que antes, las personas se odian entre ellas. Otra vez se matan unos a otros. Es lo que no acabo de entender… ¿Y quiénes son? Somos nosotros… Nosotros…

jueves, 29 de noviembre de 2018

DESESPERACION. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

DESESPERACION. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

   «Una mañana los soldados del destacamento punitivo prendieron fuego a nuestra aldea… Solo se salvaron los que escaparon al bosque. Huyeron sin nada, con las manos vacías, no cogieron ni un trozo de pan. Ni huevos, ni manteca. De noche, la tía Nastia, nuestra vecina, azotaba a su hija porque la niña no paraba de llorar. La tía Nastia se escapó con sus cinco hijos. Yulia, mi amiguita, era muy débil. Siempre estaba malita… Los otros cuatro niños, todos pequeños, pedían comida. Y la tía Nastia se volvió loca, aullaba: “Uh-uh-uh-uh… Uh-uh-uh-uh…”. Una noche oí que Yulia sollozaba: “Mamá, no me ahogues. No lo haré… No te diré más que tengo hambre. No lo diré…”.

    »Al día siguiente ya nadie vio a Yulia… Nunca más…»

   La tía Nastia… Volvimos a la aldea hecha cenizas… Todo estaba quemado. Al poco tiempo, la tía Nastia se ahorcó en el manzano negro de su jardín. Colgaba muy, muy bajo. Los niños la rodearon y pedían comida…»

domingo, 18 de noviembre de 2018

LA SONRISA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

«Lo veía… a diario… Pero no podía resignarme. Morían hombres jóvenes, guapos… Yo deseaba llegar a tiempo para… Bueno… para darles un beso. Si no era capaz de ayudarles como médico, por lo menos hacer lo que hace una mujer. Regalar una sonrisa. Acariciar. Coger de la mano…

  »Muchos años después de la guerra, un hombre me confesó que recordaba mi joven sonrisa. Para mí era un herido cualquiera, ni lo recordaba. Pero él decía que aquella sonrisa le había devuelto a la vida desde el otro mundo, como quien dice… La sonrisa de una mujer…».

miércoles, 27 de junio de 2018

LA CANCION. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

LA CANCION. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

«Una vez, después de un concierto… Fue en un hospital de evacuación muy grande… Se me acercó el médico jefe y me pidió: “Tenemos un paciente grave, es un tanquista, está en una habitación individual. Prácticamente no reacciona ante nada, tal vez le ayude su canción”. Fui a la habitación. Toda mi vida recordaré a ese hombre que había salido de milagro de su tanque en llamas. Las quemaduras le cubrían todo el cuerpo. Estaba tendido en la cama, inmóvil, su rostro sin ojos era completamente negro. Sentí un nudo en la garganta, me costó unos minutos dominarme. Luego comencé a cantar en voz baja… Vi de pronto que el rostro del herido se movía ligeramente. Susurró algo. Me incliné y escuché: “Cante más…”. Canté más y más, todo mi repertorio, hasta que el médico me dijo: “Creo que se ha dormido…”».

viernes, 22 de junio de 2018

EL ATAUD. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

EL ATAUD. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

»Ya atravesábamos Prusia Oriental, todos hablaban ya de la Victoria. Y él murió… Perdió la vida en el acto… Metralla… Muerte instantánea. En un segundo. Me informaron de que lo habían traído, vine corriendo… Le abracé, no dejé que se llevaran su cuerpo. A sepultar. Cuando la guerra, los enterraban rápidamente: morían de día y, si el combate era corto, enseguida los recogían a todos, traían los cadáveres de todas partes y cavaban un gran hoyo. Echaban tierra por encima. A veces era arena seca. Si mirabas mucho esa arena parecía que estuviera moviéndose. Era estremecedor. La arena se agitaba. Porque debajo… Para mí debajo se encontraban los vivos, hacía nada todos ellos estaban vivos… Los veía, les hablaba… No me lo creía… Nosotros estábamos aquí, pisando el suelo, y no creíamos que ellos ya estaban allí… ¿Dónde?

»No permití que le enterrasen enseguida. Quise que tuviésemos otra noche. Sentarme a su lado. Mirar… Tocar…

»Por la mañana… Decidí que lo llevaría a casa. A Bielorrusia. Estaba a miles de kilómetros. Las carreteras de guerra… El mundo patas arriba… Todos creían que me había vuelto loca de dolor. “Debes calmarte. Necesitas dormir”. ¡No! ¡No! Yo iba de un general a otro y así subí hasta el comandante del frente, Rokossovski. Al principio me lo negó… ¡Es una locura! Cuánta gente había sido sepultada ya en las fosas comunes, en suelo ajeno…

»Logré que me volviera a recibir.

»—¿Quiere que me ponga de rodillas?

»—La comprendo… Pero él está muerto…

»—No tengo hijos de él. Nuestra casa se quemó. Hasta las fotografías se han perdido. No me queda nada. Si lo llevo a casa, al menos tendré su tumba. Y tendré un lugar al que regresar después de la guerra.

»Se calló. Cruzaba el despacho a grandes pasos. Caminaba.

»—¿Alguna vez ha amado usted, camarada mariscal? Yo no entierro a mi marido, entierro a mi amor.

»Silencio.

»—Entonces también quiero morir aquí. ¿Para qué voy a vivir sin él?

»El silencio era largo. Después se me acercó y me besó la mano.

»Me facilitaron un avión especial para una noche. Subí al avión… Abracé el ataúd… y me desmayé…».
Kiev, June 23, 1941

martes, 22 de mayo de 2018

ROMPIENDO MOLDES. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

»En el mes de octubre de 1944 nuestro batallón, que formaba parte del Destacamento Especial de Desminado número 210 junto con las tropas del Cuarto Frente Ucraniano, entró en territorio de Checoslovaquia. En todas partes nos recibían con alegría. Nos lanzaban flores, frutas, paquetes de cigarrillos… Nos ponían alfombras sobre la calzada… El hecho de que una muchacha llevara el mando de una sección de hombres y que encima ella misma fuera una zapadora especializada en desminado causaba sensación. Yo tenía el pelo corto como un chico, vestía con pantalón y guerrera, había adquirido gestos masculinos, en fin, parecía un chaval. A veces entraba en los pueblos a caballo, en ese caso ya era del todo imposible que comprendieran que ese jinete era una chica, aunque las mujeres lo intuían, me observaban. La intuición femenina… Era divertido… ¡De veras! Llegaba a la casa donde tenía que alojarme y entonces los propietarios se enteraban de que su inquilino era un oficial del ejército, pero que no era un hombre. Muchos se quedaban literalmente boquiabiertos… ¡Como en una escena de cine mudo! Pero a mí eso… Mmm… Me gustaba. Me gustaba provocar esa clase de sorpresa. En Polonia ocurría lo mismo. Recuerdo una vez, en una aldea, una anciana me acarició la cabeza. Comprendí lo que pretendía: “¿Qué hace, señora, está buscándome los cuernos?”. Ella se ruborizó y dijo que no, que tan solo sentía lástima por “una señorita tan jovencita”




lunes, 14 de mayo de 2018

DESPUES DE LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

DESPUES DE LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

   "»¿Sabe lo que pensábamos todos durante la guerra? Imaginábamos: “¡Qué feliz será la gente después de la guerra! Qué vida más bella y feliz comenzará. La gente ha pasado por tanto sufrimiento que todos serán buenos, los unos con los otros. Habrá mucho amor. Las personas serán distintas”. No lo dudábamos. Ni por un instante.
   »Querida mía… Todo es igual que antes, las personas se odian entre ellas. Otra vez se matan unos a otros. Es lo que no acabo de entender… ¿Y quiénes son? Somos nosotros… Nosotros…"

miércoles, 2 de mayo de 2018

EL SENTIDO DE LA HISTORIA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

  EL SENTIDO DE LA HISTORIA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

 "Lo que estoy recopilando lo definiría como «el saber del espíritu». Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma… El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El «cómo fue» no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha visto y qué ha comprendido? Sobre la vida y la muerte en general. Sobre sí mismo, al fin y al cabo. Escribo la historiografía de los sentimientos… La historia del alma… No se trata de la historia de la guerra o del Estado, ni de la vida de los héroes, sino de la del pequeño hombre expulsado de una existencia trivial hasta las profundidades épicas de un enorme acontecimiento. La Gran Historia."

domingo, 29 de abril de 2018

EL ATENTADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

EL ATENTADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

"»… A mi madre no la recuerdo. Perdió la vida de muy joven. Mi padre era el representante del Comité provincial del Partido Comunista en Novosibirsk. En 1925 le enviaron a su aldea natal a recaudar el trigo. El país vivía sumido en la pobreza, los campesinos ricos escondían el pan, preferían que se pudriera. Yo tenía nueve meses. Mi madre quiso acompañar a mi padre a su aldea, él aceptó. Ella iba conmigo y con mi hermanita, no tenía con quien dejarnos. Tiempo atrás papá había trabajado de peón para aquel kulák a quien había amenazado en la reunión aquella noche: “Sabemos dónde tiene guardado el trigo; si no nos lo entrega por las buenas, vendremos y se lo cogeremos por las malas. Se lo quitaremos en nombre de la Revolución”.

»Nada más acabar la reunión, se juntó toda la familia. Mi padre tenía cinco hermanos, ninguno de ellos regresó de la Gran Guerra Patria, igual que mi padre. Bueno, pues se sentaron a la mesa, a comer la tradicional pasta rellena, la de Siberia. Había bancos colocados a lo largo de las ventanas… A mi madre le tocó sentarse con un hombro frente a la ventana y otro hacia mi padre, que estaba donde no había ventana, solo pared. Era abril… En aquella época del año en Siberia suele haber heladas. Por lo visto, mi madre tenía frío. Lo entendí después, cuando ya fui mayor. Se levantó, se echó la pelliza de mi padre sobre los hombros y me dio el pecho. En ese momento se oyó el disparo. Querían disparar a mi padre, apuntaban a su pelliza… Mi madre solo pudo pronunciar: “Pa…”, se le abrieron los brazos y me dejó caer encima de la comida caliente… Tenía veinticuatro años."


DE LA CONVERSACIÓN CON EL CENSOR. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

DE LA CONVERSACIÓN CON EL CENSOR. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

  —Sí, es cierto que la Victoria nos ha costado mucho, debería usted buscar los ejemplos heroicos. Hay miles. En cambio, se dedica a sacar a la luz la suciedad de la guerra. La ropa interior. En su libro, nuestra Victoria es espantosa… ¿Qué pretende?

  —Busco la verdad.

  —Para usted, la verdad está en la vida. En la calle. Bajo nuestros pies. Para usted es tan baja, tan terrenal. Pues se equivoca, la verdad es lo que soñamos. ¡Es cómo queremos ser!
Esta foto fue tomada en noviembre de 1942 en el este de Karelia y representa a un espía soviético riendo a través de su ejecución. Fue desclasificada por el Ministerio de Defensa de Finlandia en el 2006, con la descripción: Desconocido oficial de inteligencia soviético antes de ser asesinado, Finlandia, 1942 .

MUJERES TRAS LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

 MUJERES TRAS LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

   "En una ocasión, una mujer que había sido piloto de aviación me negó la entrevista. Por teléfono me explicó: «No puedo… No quiero recordar. Pasé tres años en la guerra… Y durante esos tres años no me sentí mujer. Mi organismo quedó muerto. No tuve menstruaciones, casi no sentía los deseos de una mujer. Yo era guapa… Cuando mi marido me propuso matrimonio… Fue en Berlín, al lado del Reichstag… Me dijo: “La guerra se ha acabado. Estamos vivos. Hemos tenido suerte. Cásate conmigo”. Sentí ganas de llorar. De gritar. ¡De darle una bofetada! ¿Matrimonio? ¿En ese momento? ¿En medio de todo aquello me habla de matrimonio? Entre el hollín negro y los ladrillos quemados… Mírame… ¡Mira cómo estoy! Primero, haz que me sienta como una mujer: regálame flores, cortéjame, dime palabras bonitas. ¡Lo necesito! ¡Lo estoy esperando tanto!… Por poco le pego. Quise pegarle… Tenía quemaduras en una de las mejillas, estaba morada, vi que lo entendió todo, que las lágrimas chorreaban por esas mejillas. Por las cicatrices recientes… Y sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, yo ya le decía: “Sí, me casaré contigo”.

  »Perdóname… No puedo…».

  La comprendí..."

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

   "Con los años, el ser humano comprende que la vida se ha quedado atrás y que ha llegado el momento de resignarse y de prepararse para marchar. Es una pena desaparecer sin más. De cualquier manera. Sobre la marcha. Al mirar atrás, uno siente el deseo de no solo contar lo suyo, sino de llegar al misterio de la vida. De responder a la pregunta: ¿para qué ha sido todo esto? Observar el mundo con una mirada un poco de despedida, un poco triste… Casi desde otro lado… Ya no necesita engañar ni engañarse. Y comprende que la visión del ser humano es imposible sin la noción de la muerte. Que el misterio de la muerte está por encima de todo."
soldado desenterrado en Stalingrado

STALINGRADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

STALINGRADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

»En Stalingrado… Una vez llevé a dos heridos al mismo tiempo. Cargaba con uno, le arrastraba unos metros, y luego volvía a por el otro. Los alternaba porque los dos estaban muy graves, resultaba impensable dejarlos, y los dos, a ver cómo se lo explico, ambos tenían las piernas destrozadas muy por arriba, se estaban desangrando. En esos casos, cada minuto cuenta. De pronto, cuando ya me había alejado un poco de la batalla y el humo se había dispersado, descubrí que estaba arrastrando a un tanquista de los nuestros y a un alemán… Me quedé petrificada: nuestros soldados morían y yo salvando a un alemán. Sentí pánico… En medio del combate, con la densa humareda, no me había dado cuenta… El hombre se estaba muriendo y gritaba… “Ah, ah, ah…”. Los dos estaban quemados, negros. Iguales. Pero ahora ya lo veía con claridad: una chapa distinta, un reloj distinto, todo era ajeno. Y ese maldito uniforme. “¿Qué hago ahora?”. Arrastraba a nuestro herido y pensaba: “¿Vuelvo a por el alemán o no?”. Comprendía que si le dejaba, pronto moriría desangrado… Regresé a por él. Y continué arrastrando a los dos… 

»Fue en Stalingrado… El combate más terrible. Más que cualquier otro. Querida mía… Es imposible tener un corazón para el odio y otro para el amor. El ser humano tiene un solo corazón, y yo siempre pensaba en cómo salvar el mío. 

»Después de la guerra viví durante mucho tiempo con miedo al cielo, ni siquiera levantaba la cabeza. También me daba miedo la tierra arada. Y eso que los grajos la pisaban con toda tranquilidad. Los pájaros pronto olvidaron la guerra…».

sábado, 28 de abril de 2018

PARTISANAS DE LA URSS. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

PARTISANAS DE LA URSS. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

"»En mayo de 1943… me enviaron a la zona de partisanos vecina, tenía que llevarles nuestra máquina de escribir. Aquel otro grupo guerrillero tenía una máquina de escribir soviética, con el alfabeto cirílico, pero necesitaban una con el alfabeto alemán, como la que teníamos nosotros. Era la máquina que yo misma había sacado del Minsk ocupado por encargo del comité de lucha clandestina. Llegué a mi destino, a la orilla del lago Pálik, y unos días más tarde comenzó el asedio. En eso me había metido… 

»No fui sola, sino con mi hija. Antes, si salía en misiones de uno o dos días, me la cuidaba la gente del grupo, pero no tenía con quién dejarla durante tanto tiempo. Así que, por supuesto, me llevé a la niña conmigo. Empezó el asedio… Los alemanes cercaron la zona de actuación partisana… Nos bombardeaban desde el cielo, nos acribillaban a balazos desde la tierra… Mientras los hombres solo cargaban con sus fusiles, yo iba con mi fusil, la máquina de escribir y mi Ela. Caminábamos, yo me tropezaba, la niña se caía en el barrizal. Seguíamos andando, yo volvía a tropezarme, ella volvía a caerse… ¡Y así durante dos meses! Prometí que si salía con vida, jamás me acercaría a un cenagal, era una cosa que no podía ni ver. 

»—Ya sé por qué no te agachas cuando nos disparan. Quieres que nos maten a las dos a la vez —me dijo mi niña de cuatro años. Pero en realidad era porque no me quedaban fuerzas, si me hubiese tumbado, no me habría levantado. 

»Los partisanos a veces se compadecían de mí. 

»—Tienes que descansar. Deja que llevemos a tu niña. 

»Pero yo no se la confiaba a nadie. ¿Y si el enemigo abría fuego? ¿Y si la mataban y yo no estaba a su lado? ¿Y si se perdía?… 

»Me crucé con el comandante de brigada Lopátin. 

»—Pero ¡qué mujer! —Se asombró—. Lleva a su hija en brazos y no suelta la máquina de escribir. No todos los hombres serían capaces de hacer lo mismo. 

»Abrazó a mi Ela y la besó. Después les dio la vuelta a los bolsillos de su pantalón y juntó todas las miguitas de pan. La niña se las comió acompañándolas con el agua del pantano. Otros partisanos siguieron su ejemplo, se revolvieron los bolsillos y le dieron todas las migas. 

»Cuando logramos romper el cerco, yo estaba hecha polvo, enferma. Estaba cubierta de forúnculos de los pies a la cabeza, la piel se me caía a jirones. Y tenía a la niña en brazos… Estábamos esperando a un avión procedente de la retaguardia, nos dijeron que si venía, enviarían en él a los heridos de mayor gravedad y que podrían llevarse a mi Ela. Recuerdo el momento en que subió al avión. Los heridos le tendían las manos: “Ela, ven conmigo…”, “Ela, siéntate a mi lado. Hay sitio para dos…”. Todos la conocían, en el hospital ella les cantaba. 

»El piloto preguntó: 

»—¿Con quién estás, niña? 

»—Con mamá. Está fuera… 

»—Pues llama a tu madre para que vuele contigo. 

»—No, mamá no puede volar. Tiene que quedarse a combatir contra los nazis.

»Así eran ellos, nuestros hijos. Yo la miraba y se me partía el corazón: ¿volvería a verla algún día?"