Ver Viajes del Mundo en un mapa más grande
Mostrando entradas con la etiqueta LEONARDO PADURA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LEONARDO PADURA. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de abril de 2019

AUTENTICOS VALIENTES. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura

AUTENTICOS VALIENTES. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura


    "Esa tarde, su antiguo mentor llegó con la noticia, obtenida de una fuente muy fidedigna, de que dos días antes, mientras ellos conversaban en el hotel Moscú, seis soviéticos, enarbolando pequeños carteles, habían salido a la plaza Roja a protestar por lo que llamaban la invasión soviética de Checoslovaquia. Por supuesto, ni los periódicos ni la televisión comentaron el suceso que, rápidamente controlado y sofocado, no había llegado a oídos de los corresponsales extranjeros acreditados en Moscú: salvo para los poquísimos enterados, aquella protesta nunca había existido ni existiría jamás.

  —¡Qué tíos! Hay que estar loco para hacer eso —había comentado Ramón.

  —O tener unos cojones bien puestos y estar muy, muy cansado de todo —había replicado Eitingon—. Esos seis tipos sabían que no conseguirían nada, se imaginaban lo que les esperaba, estaban seguros de que nunca volverían a ser personas en este país, pero se atrevieron a decir lo que pensaban. Lo que nunca haremos tú y yo y otros no sé cuántos millones de soviéticos, ¿no?… A lo mejor nos cruzamos con ellos cuando íbamos a entrar en el hotel…"

    TOCANDO FONDO. EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS, de Leonardo Padura

    "Buscar medicinas y un poco de comida para mi mujer, fumar cigarros con intensidad suicida, cuidar a Truco después de cada accidente o bronca callejera a los que era tan proclive, practicar sin fe una religión tiránica, mirar con distancia estoica las grietas en las paredes y techos en vías de derrumbe de nuestro apartamentico y curar perros tan pobres y desaliñados como sus dueños, se convirtieron en los lindes de mi vida de mierda. Cada noche, después de acostar a Ana —ya no podía hacerlo ella sola—, sin deseos de leer y mucho menos de escribir, adquirí la afición de subir por el muro de mi vecino y sentarme, hiciese frío o calor, en la horquilla que formaban dos gajos de su mata de mangos. Allí, bajo la mirada de Truco, que desde el pasillo seguía cada uno de mis movimientos, me fumaba un par de cigarros y me dedicaba a sentir la plenitud de mi derrota, de mi vejez anticipada, de mi desencanto cósmico, a examinar la conciencia casi muerta del ser lamentable en que había desembocado el mismo hombre que alguna vez había sido un muchacho preñado de ilusiones, y que parecía dotado para domar el destino y arrodillarlo a sus pies. Qué desastre."
Leonardo Padura