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lunes, 30 de abril de 2018

UNA MAESTRA EN KATHMANDU, de Victoria Subirana

UNA MAESTRA EN KATMANDÚ, de Victoria Subirana

    "...cuando a la mañana siguiente me encontré otra vez frente a la gran estupa, y vi a los tibetanos dando vueltas en derredor hacia un camino sin destino, sin fronteras, sentí que, por encima de la miseria, se respiraba una paz sin límites; nunca antes, en ningún lugar del mundo me había sentido mejor.
    Comencé a dar vueltas como persiguiendo algo que nunca he sabido qué era. Nadie ahorraba una sonrisa. Me sentí tan humanamente ligada a aquella gente, que me pareció como si siempre hubiera hablado su lenguaje, como si todos formásemos parte de una gran familia."

ESTANCIA EN CHIPRE. LIMONES AMARGOS, de Lawrence Durrell

ESTANCIA EN CHIPRE. LIMONES AMARGOS, de Lawrence Durrell 

    "La vida en una isla, por rica que sea, es limitada, y es mejor distribuir las experiencias, porque tarde o temprano llega un momento en que todo es conocido y envejecido por la repetición. Tomada con tiempo, con todo el tiempo de que uno disponía, tenía la impresión de que Chipre podía concederle a uno dos años calculados en términos de novedad; atesorados como yo pensaba atesorarlos, podía durar incluso una década.
    Por eso quería experimentarla a través de su gente y no de su paisaje, gozar la sensación de participar de una vida en común con los humildes aldeanos del lugar y ampliar más tarde mi campo de investigación a su historia —la lámpara que ilumina el carácter nacional— a fin de ofrecer a mis temas vivos un marco de referencia en el que pudieran ubicarse."

domingo, 29 de abril de 2018

EL ATENTADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

EL ATENTADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

"»… A mi madre no la recuerdo. Perdió la vida de muy joven. Mi padre era el representante del Comité provincial del Partido Comunista en Novosibirsk. En 1925 le enviaron a su aldea natal a recaudar el trigo. El país vivía sumido en la pobreza, los campesinos ricos escondían el pan, preferían que se pudriera. Yo tenía nueve meses. Mi madre quiso acompañar a mi padre a su aldea, él aceptó. Ella iba conmigo y con mi hermanita, no tenía con quien dejarnos. Tiempo atrás papá había trabajado de peón para aquel kulák a quien había amenazado en la reunión aquella noche: “Sabemos dónde tiene guardado el trigo; si no nos lo entrega por las buenas, vendremos y se lo cogeremos por las malas. Se lo quitaremos en nombre de la Revolución”.

»Nada más acabar la reunión, se juntó toda la familia. Mi padre tenía cinco hermanos, ninguno de ellos regresó de la Gran Guerra Patria, igual que mi padre. Bueno, pues se sentaron a la mesa, a comer la tradicional pasta rellena, la de Siberia. Había bancos colocados a lo largo de las ventanas… A mi madre le tocó sentarse con un hombro frente a la ventana y otro hacia mi padre, que estaba donde no había ventana, solo pared. Era abril… En aquella época del año en Siberia suele haber heladas. Por lo visto, mi madre tenía frío. Lo entendí después, cuando ya fui mayor. Se levantó, se echó la pelliza de mi padre sobre los hombros y me dio el pecho. En ese momento se oyó el disparo. Querían disparar a mi padre, apuntaban a su pelliza… Mi madre solo pudo pronunciar: “Pa…”, se le abrieron los brazos y me dejó caer encima de la comida caliente… Tenía veinticuatro años."


DE LA CONVERSACIÓN CON EL CENSOR. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

DE LA CONVERSACIÓN CON EL CENSOR. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

  —Sí, es cierto que la Victoria nos ha costado mucho, debería usted buscar los ejemplos heroicos. Hay miles. En cambio, se dedica a sacar a la luz la suciedad de la guerra. La ropa interior. En su libro, nuestra Victoria es espantosa… ¿Qué pretende?

  —Busco la verdad.

  —Para usted, la verdad está en la vida. En la calle. Bajo nuestros pies. Para usted es tan baja, tan terrenal. Pues se equivoca, la verdad es lo que soñamos. ¡Es cómo queremos ser!
Esta foto fue tomada en noviembre de 1942 en el este de Karelia y representa a un espía soviético riendo a través de su ejecución. Fue desclasificada por el Ministerio de Defensa de Finlandia en el 2006, con la descripción: Desconocido oficial de inteligencia soviético antes de ser asesinado, Finlandia, 1942 .

MUJERES TRAS LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

 MUJERES TRAS LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

   "En una ocasión, una mujer que había sido piloto de aviación me negó la entrevista. Por teléfono me explicó: «No puedo… No quiero recordar. Pasé tres años en la guerra… Y durante esos tres años no me sentí mujer. Mi organismo quedó muerto. No tuve menstruaciones, casi no sentía los deseos de una mujer. Yo era guapa… Cuando mi marido me propuso matrimonio… Fue en Berlín, al lado del Reichstag… Me dijo: “La guerra se ha acabado. Estamos vivos. Hemos tenido suerte. Cásate conmigo”. Sentí ganas de llorar. De gritar. ¡De darle una bofetada! ¿Matrimonio? ¿En ese momento? ¿En medio de todo aquello me habla de matrimonio? Entre el hollín negro y los ladrillos quemados… Mírame… ¡Mira cómo estoy! Primero, haz que me sienta como una mujer: regálame flores, cortéjame, dime palabras bonitas. ¡Lo necesito! ¡Lo estoy esperando tanto!… Por poco le pego. Quise pegarle… Tenía quemaduras en una de las mejillas, estaba morada, vi que lo entendió todo, que las lágrimas chorreaban por esas mejillas. Por las cicatrices recientes… Y sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, yo ya le decía: “Sí, me casaré contigo”.

  »Perdóname… No puedo…».

  La comprendí..."

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

   "Con los años, el ser humano comprende que la vida se ha quedado atrás y que ha llegado el momento de resignarse y de prepararse para marchar. Es una pena desaparecer sin más. De cualquier manera. Sobre la marcha. Al mirar atrás, uno siente el deseo de no solo contar lo suyo, sino de llegar al misterio de la vida. De responder a la pregunta: ¿para qué ha sido todo esto? Observar el mundo con una mirada un poco de despedida, un poco triste… Casi desde otro lado… Ya no necesita engañar ni engañarse. Y comprende que la visión del ser humano es imposible sin la noción de la muerte. Que el misterio de la muerte está por encima de todo."
soldado desenterrado en Stalingrado

STALINGRADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

STALINGRADO. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

»En Stalingrado… Una vez llevé a dos heridos al mismo tiempo. Cargaba con uno, le arrastraba unos metros, y luego volvía a por el otro. Los alternaba porque los dos estaban muy graves, resultaba impensable dejarlos, y los dos, a ver cómo se lo explico, ambos tenían las piernas destrozadas muy por arriba, se estaban desangrando. En esos casos, cada minuto cuenta. De pronto, cuando ya me había alejado un poco de la batalla y el humo se había dispersado, descubrí que estaba arrastrando a un tanquista de los nuestros y a un alemán… Me quedé petrificada: nuestros soldados morían y yo salvando a un alemán. Sentí pánico… En medio del combate, con la densa humareda, no me había dado cuenta… El hombre se estaba muriendo y gritaba… “Ah, ah, ah…”. Los dos estaban quemados, negros. Iguales. Pero ahora ya lo veía con claridad: una chapa distinta, un reloj distinto, todo era ajeno. Y ese maldito uniforme. “¿Qué hago ahora?”. Arrastraba a nuestro herido y pensaba: “¿Vuelvo a por el alemán o no?”. Comprendía que si le dejaba, pronto moriría desangrado… Regresé a por él. Y continué arrastrando a los dos… 

»Fue en Stalingrado… El combate más terrible. Más que cualquier otro. Querida mía… Es imposible tener un corazón para el odio y otro para el amor. El ser humano tiene un solo corazón, y yo siempre pensaba en cómo salvar el mío. 

»Después de la guerra viví durante mucho tiempo con miedo al cielo, ni siquiera levantaba la cabeza. También me daba miedo la tierra arada. Y eso que los grajos la pisaban con toda tranquilidad. Los pájaros pronto olvidaron la guerra…».

sábado, 28 de abril de 2018

PARTISANAS DE LA URSS. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

PARTISANAS DE LA URSS. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

"»En mayo de 1943… me enviaron a la zona de partisanos vecina, tenía que llevarles nuestra máquina de escribir. Aquel otro grupo guerrillero tenía una máquina de escribir soviética, con el alfabeto cirílico, pero necesitaban una con el alfabeto alemán, como la que teníamos nosotros. Era la máquina que yo misma había sacado del Minsk ocupado por encargo del comité de lucha clandestina. Llegué a mi destino, a la orilla del lago Pálik, y unos días más tarde comenzó el asedio. En eso me había metido… 

»No fui sola, sino con mi hija. Antes, si salía en misiones de uno o dos días, me la cuidaba la gente del grupo, pero no tenía con quién dejarla durante tanto tiempo. Así que, por supuesto, me llevé a la niña conmigo. Empezó el asedio… Los alemanes cercaron la zona de actuación partisana… Nos bombardeaban desde el cielo, nos acribillaban a balazos desde la tierra… Mientras los hombres solo cargaban con sus fusiles, yo iba con mi fusil, la máquina de escribir y mi Ela. Caminábamos, yo me tropezaba, la niña se caía en el barrizal. Seguíamos andando, yo volvía a tropezarme, ella volvía a caerse… ¡Y así durante dos meses! Prometí que si salía con vida, jamás me acercaría a un cenagal, era una cosa que no podía ni ver. 

»—Ya sé por qué no te agachas cuando nos disparan. Quieres que nos maten a las dos a la vez —me dijo mi niña de cuatro años. Pero en realidad era porque no me quedaban fuerzas, si me hubiese tumbado, no me habría levantado. 

»Los partisanos a veces se compadecían de mí. 

»—Tienes que descansar. Deja que llevemos a tu niña. 

»Pero yo no se la confiaba a nadie. ¿Y si el enemigo abría fuego? ¿Y si la mataban y yo no estaba a su lado? ¿Y si se perdía?… 

»Me crucé con el comandante de brigada Lopátin. 

»—Pero ¡qué mujer! —Se asombró—. Lleva a su hija en brazos y no suelta la máquina de escribir. No todos los hombres serían capaces de hacer lo mismo. 

»Abrazó a mi Ela y la besó. Después les dio la vuelta a los bolsillos de su pantalón y juntó todas las miguitas de pan. La niña se las comió acompañándolas con el agua del pantano. Otros partisanos siguieron su ejemplo, se revolvieron los bolsillos y le dieron todas las migas. 

»Cuando logramos romper el cerco, yo estaba hecha polvo, enferma. Estaba cubierta de forúnculos de los pies a la cabeza, la piel se me caía a jirones. Y tenía a la niña en brazos… Estábamos esperando a un avión procedente de la retaguardia, nos dijeron que si venía, enviarían en él a los heridos de mayor gravedad y que podrían llevarse a mi Ela. Recuerdo el momento en que subió al avión. Los heridos le tendían las manos: “Ela, ven conmigo…”, “Ela, siéntate a mi lado. Hay sitio para dos…”. Todos la conocían, en el hospital ella les cantaba. 

»El piloto preguntó: 

»—¿Con quién estás, niña? 

»—Con mamá. Está fuera… 

»—Pues llama a tu madre para que vuele contigo. 

»—No, mamá no puede volar. Tiene que quedarse a combatir contra los nazis.

»Así eran ellos, nuestros hijos. Yo la miraba y se me partía el corazón: ¿volvería a verla algún día?"

viernes, 27 de abril de 2018

SENTIDO COMÚN, deThomas Paine,10 de Enero de 1776

SENTIDO COMÚN, de Thomas Paine,10 de Enero de 1776

   "Algunos escritores han confundido de tal modo la sociedad con el gobierno, que hacen muy poca o casi ninguna distinción entre ambas cosas, cuando no solamente son diferentes entre sí, sino que tienen también distinto origen. La sociedad es el resultado de nuestras necesidades, y el gobierno el de nuestras iniquidades: la primera promueve nuestra felicidad positivamente, uniendo nuestras afecciones, y el segundo negativamente, restringiendo nuestros vicios: la una activa el trato de los hombres, el otro cría las distinciones: aquella es un protector, y éste un azote de la humanidad"

NECESIDAD DE SOLEDAD. LA MUERTE DEL PADRE, de Karl Ove Knausgard

NECESIDAD DE SOLEDAD. LA MUERTE DEL PADRE, de Karl Ove Knausgard 

    "Siempre he sentido una gran necesidad de estar solo, necesito amplias superficies de soledad, y cuando no logro tenerlas, como ha sido el caso los últimos cinco años, la frustración llega a veces a ser desesperada o agresiva. Y cuando lo que me ha mantenido en marcha durante toda mi vida de adulto, es decir, la ambición de llegar a escribir algo grande un día, resulta amenazado de esa manera, mi único pensamiento, que me roe como una rata, es que tengo que huir. La sensación de que el tiempo se me escapa de entre los dedos mientras hago… ¿qué?'