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miércoles, 9 de enero de 2019

EL INDIANO, de Josefina Aldecoa

EL INDIANO, de Josefina Aldecoa

"Una vieja preguntó, al fin:    
—¿Y tú? ¿Qué tal estos años? ¿Y aquellas tierras? ¿Son tan buenas como dicen?    
El hombre se quedó pensando un momento. Luego habló.    
—Aquella tierra —dijo— es muy llana y muy grande. Aquella tierra no se parece a la nuestra. Aquello es como cien valles de aquí abajo, uno al lado del otro y más y más. Aquella tierra…    
Le faltaban palabras, términos de comparación, lugares a los que hacer referencia. Pero quería hablar y necesitaba que le entendieran.    
—Aquello es muy rico para el que quiere trabajar. Aquello es muy caliente y da rápido lo que se siembre, y se puede sembrar dos o tres veces al año y luego a recoger sin parar…    
Los hombres escuchaban cabizbajos. Las mujeres miraban a lo lejos con la cabeza alta. Los niños le miraban a la cara. En los ojos de los jóvenes se reflejaban las luces del hogar con un fulgor de esperanzas.    
—Allí se gana y se come, pero se está muy solo, y algunas noches, como a mí me ha sucedido, se piensa en esto y si se pudiera venir acá en un vuelo… Algunas noches cuando se mira al cielo, que es lo único, lo único que es igual en todas partes…    
Un niño se había dormido en los brazos de su madre. Ella le puso un pañuelo en la cara para evitar que le diera la luz.    
—Por eso yo me dije: «Vamos a darnos una vuelta por allá antes de que sea tarde, que alguno quedará para que me cuente y me escuche…»"
Antiguas cabañas de pastores al norte de Leon

martes, 8 de enero de 2019

CARACTER SICILIANO. BIOGRAFÍA DEL HIJO CAMBIADO, de Andrea Camilleri

CARACTER SICILIANO. BIOGRAFÍA DEL HIJO CAMBIADO, de Andrea Camilleri

    «Aquí, en Sicilia, pasar del señor Luciano al señor Maddalena (lo que se hace atravesando un rellano con un solo escalón) es como volar de una constelación a otra».

EL FRACASO DEL SOCIALISMO REAL. EL HOMBRE SIN ROSTRO, de Markus Wolf

EL FRACASO DEL SOCIALISMO REAL. EL HOMBRE SIN ROSTRO, de Markus Wolf 

    "Desde los trascendentes acontecimientos de 1989, me he preguntado en repetidas ocasiones por qué la República Democrática Alemana fracasó de manera tan miserable y espectacular. Me he preguntado si esperé demasiado tiempo antes de decir en voz alta lo que realmente pensaba y sentía. Lo que me llevó a callar no fue la falta de coraje, sino la inutilidad de la protesta a lo largo de la historia de la República Democrática Alemana. Con mucha frecuencia yo había visto cómo la protesta vehemente sólo servía para acentuar la opresión y reducir todavía más la libertad de pensamiento. Creía que en definitiva la negociación paciente y serena sería más fecunda en un país en que el debate franco estaba condenado al rechazo de un liderazgo demasiado histérico e inseguro como para actuar de manera razonable. ¿Me equivoqué? Quizá, pero por desgracia no hay modo de retroceder en el tiempo y seguir una línea de conducta diferente. A menudo pienso, sobre todo cuando estoy con alguno de mis diez nietos, en una carta que mi padre escribió a mi hermano en 1944. Le aconsejaba que nunca se abstuviese de formar su propia opinión. A esto, ahora agrego que es importante tener el valor de luchar por la opinión formada si fuera necesario, aunque uno deba enfrentarse con la represión. He aprendido que uno siempre debe respetar el modo de pensar del otro y nunca ha de imponerle una actitud conformista. Pero durante gran parte de mi vida y de mi carrera yo elegí esperar pacientemente el cambio. Puedo recordar con claridad que todos esperábamos nerviosos un cambio de liderazgo en Moscú, sabiendo que de manera inevitable ese hecho determinaría un efecto tremendo en Alemania Oriental. Cuando con la ascensión de Mijail Gorbachov al poder llegaron por fin las reformas largamente esperadas, nadie sintió más entusiasmo que yo en relación con las posibilidades futuras. Pero no vimos que el cambio había llegado demasiado tarde; la glasnost no resolvería ninguno de nuestros problemas. El tiempo para la idea utópica incubada en Rusia allá por 1917 se había agotado. Entonces, ¿qué nos queda? Al evocar el pasado y recordar cuánto confiábamos en nuestra creencia de que podíamos hacer realidad las teorías de Marx y Engels, que sería posible formar una sociedad en la que por fin se vivirían los grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad, a veces me parece difícil comprender por qué fracasamos. Cuando éramos jóvenes, a menudo parecía que la fuerza de nuestra fe bastaría para transformar el mundo. Pero ahora debo reconocer que fracasamos, no porque fuésemos demasiado socialistas en los conceptos, sino porque fuimos poco socialistas en la práctica. Los crímenes de Stalin no fueron la consecuencia lógica de la teoría comunista, sino una violación del comunismo. De todos modos, el sacrificio de la libertad personal a la doctrina del partido, la manipulación de las personas y la falsificación de la historia fueron todos aspectos exportados por la Unión Soviética de Stalin y adoptados pronto por la mayoría de los países que estaban de nuestro lado de la Cortina de Hierro. La República Democrática Alemana se relacionó más con esos abusos de poder que con la democracia y el socialismo, y esa es la razón por la cual Alemania Oriental en definitiva resultó asfixiada. Admito sin cortapisas que nuestro sistema era incomparablemente inferior a la mayoría de las democracias pluralistas del Oeste, incluso teniendo en cuenta las ventajas de nuestro sistema de seguridad social. La gran lección que aprendí de la decadencia y la caída de Alemania Oriental es que la libertad de pensamiento y expresión son tan fundamentales para una sociedad moderna como las ventajas que habíamos conquistado y de las cuales estábamos tan orgullosos. En el caso de la mayoría de mis compatriotas, la vida en una Alemania reunificada ha resultado menos brillante de lo que esperaban; a menudo es difícil encontrar trabajo, los alquileres son excesivos y es difícil afrontarlos, y muchos sienten la profunda pérdida de la solidaridad colectiva, que era un rasgo distintivo de la vida en la República Democrática Alemana. No sería justo ni razonable juzgar la vida en una democracia occidental como Alemania comparándola con una sociedad socialista ideal, pero sé que muchos de nosotros no podemos aceptar la idea de pertenecer a una sociedad donde los ricos se enriquecen cada vez más y donde los pobres son cada vez más pobres. Me pregunto cómo pueden aceptar los habitantes de Estados Unidos, que con razón están orgullosos de su país y sus muchos logros, el hecho de que por lo menos cuarenta millones de norteamericanos viven en completa miseria. Me inquieta mucho la perspectiva de una sociedad y una civilización basadas exclusivamente en el dinero. El dinero puede ser tan poderoso como cualquier sistema gubernamental, pero a menudo sus efectos son poco visibles sin por eso ser menos brutales. En el bloque oriental, el abuso del poder comenzó con la manipulación de los ideales; en los países capitalistas, la idea de la libertad personal es con frecuencia sólo el disfraz de los intereses comerciales. Quizás esta es la razón por la cual, incluso en las naciones que «ganaron» la Guerra Fría, tantos ciudadanos se sienten desgraciados y tienen una actitud cínica acerca del papel de los sistemas políticos para resolver los problemas."

RODANDO DOS MUJERES. SOFÍA LOREN, de Silvana Giacobinni

RODANDO DOS MUJERES. SOFÍA LOREN, de Silvana Giacobinni

  "Si no siento una historia no la puedo hacer porque no soy una actriz, me muevo por impulsos. Llego al plató y ya estoy preparada porque dentro tengo un mundo propio que a veces es sobrecogedor. 
   Me sucedió, por ejemplo, cuando tuve que hacer un papel particularmente dramático como en Dos mujeres y también en Matrimonio a la italiana. 
   Pero si no encuentras historias tan hermosas, ¿cómo haces para dar emociones al público? Yo esas emociones no las olvidaré nunca. 
   Cuando en Dos mujeres aúllo desde la ventana: «¡Michele ha muerto!», o cuando rodé la escena del camión, la escena en que grito: «¡Ladrones, hijos de puta!», yo no dormí la noche anterior. Era como si las estuviera viviendo de verdad. No podía dormir, yo era de verdad aquella mujer que sufría… 
  Y cuando rodamos esas escenas, De Sica siempre dio a la claqueta una sola vez. Yo le decía: «Vittorio, hagamos otra». 
   Y él: «No: sólo si por casualidad, Dios no lo quiera, hubiera un defecto en la película nos veríamos obligados a volver a hacerla. Y estoy seguro de que no me quedaría tan bien como ahora». 
   En efecto, el propio De Sica había sentido una emoción que no se esperaba. Se había conmovido él, precisamente él, hasta las lágrimas y por eso estaba seguro de que aquellas escenas tal como habían sido rodadas eran perfectas. 
   Y era verdad, porque, es increíble, todas esas escenas, difíciles y dramáticas, las rodamos en una sola tarde."

viernes, 21 de diciembre de 2018

DESPUES DE LA GUERRA. LA GUERRA NO TIENE ROSTRO DE MUJER, de Svetlana Alexievich

»¿Sabe lo que pensábamos todos durante la guerra? Imaginábamos: “¡Qué feliz será la gente después de la guerra! Qué vida más bella y feliz comenzará. La gente ha pasado por tanto sufrimiento que todos serán buenos, los unos con los otros. Habrá mucho amor. Las personas serán distintas”. No lo dudábamos. Ni por un instante.

»Querida mía… Todo es igual que antes, las personas se odian entre ellas. Otra vez se matan unos a otros. Es lo que no acabo de entender… ¿Y quiénes son? Somos nosotros… Nosotros…

miércoles, 19 de diciembre de 2018

DIARIOS, 22 DE JUNIO DE 1851, de H: D. Thoreau

DIARIOS, 22 DE JUNIO DE 1851, de H: D. Thoreau

   "Mi pulso debe latir con la naturaleza. Tras una ardua jornada de trabajo sin un solo pensamiento, lo que convierte mi cerebro en una simple herramienta, sólo en la quietud de la noche recobro mis sentidos y soy capaz de oir al grillo, que, en realidad, lleva cantando todo el día. En mis mejores momentos, soy consciente de la afluencia de una sabiduría serena e incuestionable que me incapacita en parte y que, de rendirme a ella de forma más notable, me incapacitaría por completo para lo que se conoce como los asuntos activos de la vida, pues no aporta nada sobre lo que pueda posarse la mirada de la razón."


REBELIÓN, de Josefina Aldecoa

REBELIÓN, de Josefina Aldecoa 

    "...Y yo siempre sola y él, Maximino, se me iba a la taberna porque decía que se le caía la casa encima, ya ve usted. Se le caía a él, que toda la semana está fuera. Pues fíjese a mí, que no sé salir más que a la compra… Y lo que yo le dije, no veo que sea un crimen que yo vaya a asistir por las mañanas, que así me gano un sueldo y me distraigo. Y oiga usted, él que no, que siempre hemos vivido con lo suyo, que a qué viene el querer ganar yo ahora. Y lo que yo le dije: Maximino, son dos caras de la misma cuestión: una cara, el dinero que nos vendrá muy bien, que a los hijos siempre hay que darles. Da igual que se casen que no y que se casen bien o mal. Siempre piden y si no piden se lo damos nosotros, los padres, que es como una costumbre y no sabemos ya vivir sin dar. El caso es que ésa es la cara económica, como yo digo, de la moneda. Y luego está la otra, señora, la mía, más de dentro, que yo quiero salir de aquella casa y hablar con alguien y ver otras ventanas y otras puertas."

miércoles, 5 de diciembre de 2018

UN HUMANISTA EN LA POLÍTICA. HAVEL, de Michael Zantovsky

UN HUMANISTA EN LA POLÍTICA. HAVEL, de Michael Zantovsky

    "... indudablemente Havel empatizaba con la enorme liberación de energía juvenil que represento el año 1968, puede que admirara el 'carácter intrínseco -fuerte, pero en ningún caso fanático-, de las manifestaciones contra la guerra, y regreso de Occidente con una permanente fascinación por el rock and roll y los músicos de rock. Sin embargo, no hay pruebas de que defendiera, ni entonces ni después, el acceso a la libertad a través de la violencia, de las visiones alucinatorias o del sexo libre, que llevaron a todo tipo de extremismos a tantos jóvenes estadounidenses y europeos. Apoyaba  su derecho a manifestarse y a protestar, de la misma forma que le desagradaba su violencia sin sentido, su destrucción gratuita y sus cerebros embotados. También lo asombraba que la gente pudiera soñar con introducir voluntariamente el mismo tipo de sistema doctrinario y tiránico que él y sus compatriotas se afanaban por desmantelar justo en aquellos momentos.

    De hecho Havel era un candidato a revolucionario que dejaba mucho que desear, lo que puede que tuviera cierta influencia en el carácter aterciopelado de la única revolución en la que llego a involucrarse directa y memorablemente. Lo único que tenía en común con los revolucionarios era el impulso interior que le confiere a un hombre la energía para hacer cosas extraordinarias. Sin embargo, al mismo tiempo su fuerte sentido del orden y la armonía era totalmente incompatible con la tendencia revolucionaria a desbaratarlo todo, su elevado umbral de tolerancia hacía de él un recluta poco idóneo para formar parte de una falange sedienta de sangre, y sus extraordinaria amabilidad y cortesía lo descalificaban a la hora de mostrar a sus enemigos el rostro vengativo de la revolución. Soy demasiado educado para ser un buen disidente, admitía unos años después. Su sentido de la introspección y de la reflexión sobre la vida, también muy acusado, hacía que siempre dudara de sí mismo y de sus propios móviles, y lo mantenía a salvo de adquirir la dureza requerida para llevar a cabo una revolución violenta. Por debajo de todo, había una carencia aún más profunda para un revolucionario. Havel no tenía, ni jamás desarrollo siquiera, un concepto del Enemigo. A lo largo de las décadas de su crítica contra el régimen comunista, Havel siempre se esforzó por plantearla en forma de diálogo, en el que se tomaba muchas molestias para intentar comprender, en vez de demonizar, los móviles de sus interlocutores y, a ser posible, siempre intentaba concederles el beneficio de la duda. Más tarde ese enfoque llego a ser un tanto polémico, cuando tuvo que vérselas primero en calidad de líder de la Revolución de Terciopelo y después como presidente de su país, con la naturaleza asimétrica de las relaciones políticas. El hecho de que él no reconociera enemigos no significaba que él y la revolución no los tuvieran. Su postura dio lugar a que lo acusaran de ser muy blando con los exponentes del régimen anterior, o incluso de que podría existir alguna connivencia secreta con ellos. Por otra parte, su falta de ardor por la justicia revolucionaria indudablemente contribuyó a que los checos y los eslovacos evitarán el derramamiento de sangre, las humillaciones públicas y los demenciales juicios populares, como el que condenó al matrimonio Ceausescu a morir ante un pelotón de fusilamiento en Rumanía"

ESCRIBIR SOBRE MONTAÑA. CARTAS A UN BUSCADOR DE SI MISMO, de H. D. Thoreau

ESCRIBIR SOBRE MONTAÑA. CARTAS A UN BUSCADOR DE SI MISMO, de H. D. Thoreau

    "Déjeme que le recomiende algo: escriba con precisión lo que ha supuesto para usted ese paseo por las montañas, y vuelva a dicho ensayo una y otra vez hasta que esté convencido de que contiene todo lo importante de su experiencia. Dese a sí mismo un motivo tan importante para justificar su viaje a las montañas, pues la humanidad está siempre caminando por una montaña. No crea que puede expresarlo con claridad las 10 primeras veces que lo haga, pero intentelo de nuevo, sobre todo cuando, tras una pausa necesaria, intuya que está tocando el corazón o la cumbre de la materia, siga insistiendo y rindase cuentas a usted mismo sobre aquella montaña. No es que el relato haya de ser largo, pero le llevará mucho acostarlo. No me llevo mucho llegar a la montaña, pensó. Pero, ¿realmente la corono? Sí ha estado en la cima del Monte Washington, dejeme que le pregunté que encontro allí.  Es así como se prueba a los testigos, ya sabe. Ir allí y exponerse al viento no significa nada. No estábamos mucho cuando vamos, si no se nos tomamos el almuerzo, etc, como si estuviéramos en casa. Es cuando volvemos a casa cuando realmente podemos coronar la montaña:  ¿que nos dijo la montaña? ¿que hizo la montaña?"

EL GOLPE DE ESTADO DEL GENERAL PRIMO DE RIVERA. JUAN MARCH, de Mercedes Cabrera

EL GOLPE DE ESTADO DEL GENERAL PRIMO DE RIVERA. JUAN MARCH, de Mercedes Cabrera

    "El golpe de Estado de septiembre de 1923 no fue una nueva edición de los pronunciamientos militares del siglo XIX. Aunque la intervención se diseñó para dar paso a un Gobierno de civiles, ese propósito quedó desbaratado. El rey recibió la noticia del golpe mientras se encontraba de veraneo en San Sebastián. Habló con el Gobierno, pero también le llamó Primo de Rivera. Alfonso XIII se tomó su tiempo antes de volver a Madrid. Mientras tanto, el gabinete se había reunido con urgencia. Cuando el presidente, el liberal Manuel García Prieto, acudió a la estación para recibir al rey, le comunicó que habían decidido detener a los militares implicados en la intentona y reunir en una semana a las Cortes. Alfonso XIII dijo que tenía que pensarlo. Entendiendo que había perdido la confianza de la Corona, elemento imprescindible para el Gobierno en aquel régimen, García Prieto presentó su dimisión. El rey le dijo que pensaba llamar a Primo de Rivera y ofrecerle la presidencia de un Gobierno de políticos, técnicos, militares y marinos, que disolvería las Cortes y convocaría nuevas elecciones en plazo. Pero el Directorio estuvo integrado exclusivamente por militares, que procedieron a ocupar todos los escalones del poder Apenas hubo protestas. La mayoría del país, incluidos importantes sectores de la oposición y muchos intelectuales, se alegró de ver desaparecer un sistema que aborrecían y por cuya continuidad no estaban dispuestos a hacer nada. El general Primo de Rivera había afirmado que sólo estaría en el poder el tiempo necesario para pacificar la situación en Marruecos, afirmar el orden interno y enderezar la economía. Dijo que venía a intervenir quirúrgicamente el cuerpo enfermo de la nación y a barrer a los políticos «profesionales» y a sus comparsas oligarcas, culpables de todos los males de la patria
(...)
    El juez Serra tenía fama no sólo de competente, sino de actuar con una moralidad intachable. Había dejado temporalmente el Juzgado de Ayora al haber sido llamado a Valencia para hacerse cargo de diversos casos, entre los que se incluyó el sumario sobre Juan March. En las semanas siguientes, Serra fue testigo privilegiado de cómo cambió la apreciación del caso March en las altas instancias del nuevo régimen. Recibió la visita «secreta» del banquero catalán Manuel Girona. Venía con la pretensión de que la orden de prisión contra March, a quien dijo que conocía bien, se sustituyera por la de libertad provisional con fianza, y mostró al juez un salvoconducto firmado por el general Primo de Rivera. El juez, indignado, le despidió sin dejarle continuar."