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viernes, 15 de septiembre de 2017

FIGUERAS, CAPITAL DE LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

FIGUERAS, CAPITAL DE LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Llegué a Gerona el 28 de enero. Antes era una pequeña ciudad antigua de callejuelas pintorescas con arcadas, jardines y viejas murallas de piedra. Pero, ahora, la ciudad al completo gritaba. No gritaba un solo hombre ni cien, gritaba la ciudad entera. Antes Gerona tenía treinta mil habitantes. Ahora, cuatrocientos mil. Personas con costales y cestas que se echaban a dormir en las calles y en las plazas. Los aviones fascistas bombardeaban y ametrallaban incesantemente y a los republicanos ya no les quedaban aviones de combate ni baterías antiaéreas. Parecía que no existiera otra cosa que gritos, sangre y palas en el cementerio: cavaban fosas comunes.
    El 30 de enero el jefe de división, un español alto y huesudo, dijo: «No quedan palas. Tenemos que cavar, pero no tenemos palas». Los caminos estaban inundados por un alud de fugitivos y los habitantes de la ciudad intentaban marcharse. Uno cargaba con una butaca. Un hombre barbudo, con aspecto de profesor, llevaba un carro lleno de libros enormes, atados con una cuerda gruesa. Los campesinos azuzaban a sus ovejas y cabras. Las niñas llevaban sus muñecas. Toda la población se marchaba. Ahora ya nadie escribía en las paredes que no querían vivir con los fascistas. No era momento para las palabras. Además, no sé si los que partían pensaban en la vida. Avanzaban sin eslóganes, sin esperanzas, quizá sin pensamientos.
    Algunas unidades continuaron luchando, conteniendo al enemigo. La pequeña ciudad de Figueras, situada a veinte kilómetros de la frontera francesa, pasó a ser por poco tiempo la capital de la República española. En una vieja herrería me encontré con un periodista conocido: habían instalado allí la redacción y la imprenta de un periódico barcelonés. Estaban preparando un nuevo número. Un hombre con la cabeza vendada dictaba en la penumbra: «Se ha repelido con éxito el ataque del enemigo, superior en número».
    Busqué a Sávich, pero no pude encontrarlo. Cuando estaba en la plaza principal, abarrotada de gente, empezó el bombardeo. Luego los aviones italianos, a vuelo rasante, ametrallaron a los refugiados. El jefe del Estado Mayor me dijo: «Tengo que dar parte, pero ni siquiera tenemos máquina de escribir». Circulaban unos rumores siniestros. Se decía que los italianos habían desembarcado en Portbou y cortado el paso entre Figueras y Francia. Los franceses no dejaban que nadie cruzara la frontera, ni siquiera las mujeres. En un café vendaban a los heridos.
    «Creo que los rusos están allí», me dijo un jefe militar señalando el edificio de una escuela. Pero allí sólo vi a Negrín, Álvarez del Vayo y otros ministros. Estaban sentados en taburetes alrededor de una mesa larga, cubierta de mapas y carpetas. Negrín dijo: «Debemos ganar tiempo para evacuar a la población a Francia. Cuando lo hayamos conseguido, viajaremos a Madrid». Uno de los ministros argumentaba que lo más importante era evacuar al ejército y sacar el material de guerra: a través de Marsella se podía trasladar el armamento y a los soldados a Valencia y, desde allí, junto con las unidades del frente central, pasar a la ofensiva. No todas las ilusiones estaban perdidas…
(...)
    Nos dijeron que el primero de febrero se reunirían en Figueras las Cortes. Sávich y yo pasamos un buen rato buscando la entrada al sótano del viejo castillo. Los italianos bombardeaban la ciudad sin descanso. En la entrada al castillo se apostaba un centinela con guantes blancos. Un viejecito sacó, no sé de dónde, una alfombra raída y cubrió con ella la escalera que conducía al sótano. «No es cómodo —dijo—, pero, después de todo, son las Cortes». Se asignaron unos bancos para el cuerpo diplomático y los periodistas. A petición del encargado, me senté en un banco destinado a los diplomáticos, para que no quedara vacío. Más tarde se sentó conmigo un miembro de nuestra embajada. Negrín estaba sin afeitar, con los ojos hinchados por las noches de insomnio. Dijo que Inglaterra y Francia habían traicionado a la República, que habían sometido Cataluña al bloqueo. Los franceses impedían el paso de los heridos graves. Dijo también la siguiente frase: «Francia se arrepentirá de lo que ha hecho». Aprobaron una proclama dirigida al pueblo: la lucha continuaba. Votaron nominalmente, los diputados se levantaban uno tras otro y respondían solemnemente «Sí». Uno de ellos llevaba un vendaje improvisado en el brazo y la sangre se filtraba por la gasa.
    Por la noche fui a la ciudad francesa de Perpiñán a transmitir la sesión de las Cortes para Izvestia, y por la mañana volví a España.
    Los fugitivos no podían avanzar por las carreteras, se desbordaban como los ríos en primavera y llenaban todos los salientes rocosos. Cerca de Puigcerdà había tanta nieve que los niños se hundían en ella. Junto al paso de Ares vi a unas ancianas que se arrastraban por unas rocas cubiertas de hielo. Los campesinos sacrificaban las ovejas, las asaban allí mismo y daban de comer a los soldados. Una mujer dio a luz en pleno campo. Buscamos a gritos ayuda médica. Apareció un anciano, un otorrino, que asistió a la mujer. Luego, calentándose frente a la hoguera, dijo: «Ha tenido suerte este niño, un poco más y no habría nacido en suelo español». El médico que pronunció estas palabras no parecía ni mucho menos un héroe. Llevaba una blusa verde de mujer y alargaba hacia el fuego sus dedos hinchados por el reuma.
    Vi a Álvarez del Vayo en la cabaña de un pastor. Alguien le llevó un café claro en una escudilla. Su mirada era tan triste que tuve que volverme. Él, sin dejarse abatir, me contó que habían enviado un camión cargado de pan a los soldados, me habló de la descarga de artillería y de la evacuación de los heridos. (Es un hombre de gran fe. Cada dos o tres años me encuentro con él en París, Moscú o Ginebra y siempre me acuerdo de aquel día de febrero, los ojos trágicos y la voz pausada y calma de aquel ministro de Asuntos Exteriores refugiado en una cabaña).
    Tres días después Sávich y yo estábamos de pie sobre una roca, en algún lugar cerca de la frontera. Pasaba frente a nosotros una interminable muchedumbre de refugiados. Los asnos rebuznaban. Lloraban los niños. Pasó una compañía de soldados, uno de los cuales, no sé por qué, tocaba la corneta. Bombardeaban. Un campesino cogió un puñado de tierra y lo envolvió en un gran pañuelo rojo.
    Más tarde escribí un poema que refería muchos de los detalles mencionados en este capítulo, pero también otro plano, el de la angustia que sólo se puede expresar en verso: «En la húmeda noche los vientos afilaban las rocas. España, arrastrando las armas, avanzaba penosamente hacia el norte. Y hasta el alba chillaban las cornetas enloquecidas. Los soldados sacaron los cañones de combate. Los campesinos azuzaban al aturdido ganado. Los niños cargaban con sus juguetes y la boca de la muñeca se retorcía en una mueca. Las mujeres daban a luz en el campo, envolvían a sus bebés y seguían la marcha para morir de pie. Ardían aún las hogueras, antes de la separación. El bronce de las trompetas todavía no había enmudecido. ¿Qué puede ser más triste y maravilloso que una mano apretando un puñado de tierra? Aquella noche, las canciones se liberaron de las palabras y los pueblos se movieron de sitio, como si fueran barcos».
    En los puestos fronterizos, los franceses no sólo apostaron gendarmes, sino militares, al principio senegaleses, luego batallones franceses. Registraron a los españoles que deponían las armas. También registraron a muchos de los refugiados. En Le Perthus vi que algunas madres eran separadas de sus hijos por error. Gritaban y se negaban a seguir, pero las empujaban.
    Yo tenía un pase policial, un carnet de periodista expedido por la Prefectura de París. En la ciudad me había servido de poco, pero allí resultó milagroso: me dejaban pasar libremente de España a Francia y viceversa. Tenía que salvar a muchos compañeros que corrían el riesgo de acabar internados en campos de prisioneros: periodistas, señoras de la limpieza de la embajada, conductores, un joven poeta y varios miembros de las Brigadas Internacionales. Durante varios días no me ocupé de otra cosa. Algunos ni siquiera tenía tiempo de enviar telegramas a mi periódico. Prefería llamar a París, donde se suponía que estaba Paul Jocelyn.
    Conocí a personas maravillosas. Por ejemplo, un maestro de un pueblo fronterizo llamado Prats de Molló, que se pasaba el día y la noche repartiendo sopa caliente y pan a los refugiados en un paso de montaña. Cientos de personas le llevaban provisiones. Conocí también a un mecánico de Arles-sur-Tech, propietario de un pequeño garaje que, sin tomarse un descanso, llevaba en su coche destartalado, desde el paso de Ares a la ciudad, a refugiados exhaustos y congelados. Los gendarmes del paso eran afables, y aquel mecánico me ayudó a que cruzaran la frontera muchos camaradas. Lamento no recordar su nombre.
    El 6 de febrero pisé suelo español por última vez. Estuve en el pueblo de Camprodon. Alrededor todavía se libraban combates.
   El gobierno francés había mandado ejecutar órdenes inhumanas, pero sobre el terreno cada uno actuaba a su manera. Cada día era testigo de gestos de solidaridad, bondad y compasión, aunque también de palmaria bajeza. En el pueblo de Le Boulou busqué a una campesina y a sus hijos, a quienes debía entregar una carta y dinero de parte del marido. El alcalde, gordinflón, con el rostro impasible y embrutecido, me respondió: «Aquí hay muchas como ésas…». Y el policía gritó: «No es asunto suyo. ¡Lárguese de aquí cuanto antes!». Le recordé los sentimientos humanos, a lo que me respondió que a él le traían sin cuidado. En las pequeñas ciudades de Saint-Laurent de Cerdans, Prats de Molló y Arles-sur-Tech, los lugareños daban de comer a los refugiados y los escondían de la policía."


EL MATRIMONIO ENTRE UNA HIMMLER Y UN JUDÍO. LOS HERMANOS HIMMLER, de Katrin Himmler

EL MATRIMONIO ENTRE UNA HIMMLER Y UN JUDÍO. LOS HERMANOS HIMMLER, de Katrin Himmler 

  "Más tarde, en un círculo de debate para descendientes de víctimas y verdugos del nacionalsocialismo, observé con extrañeza que los hijos de los perseguidos tenían que desempeñar un papel exculpatorio para los hijos de los verdugos. Tenían que consolarlos y dejar que les lloraran todas sus penas para luego concederles la absolución. Esta observación me asustó.
    Si a Dani y a mí también nos había juntado el secreto deseo de reconciliación entre ambos bandos, lo cierto es que en nuestro día a día se notaba muy poco. Aquel verano librábamos duras peleas en las que nuestras distintas herencias familiares influían más de lo que queríamos reconocer.
    En principio, Dani no parecía tener «ningún problema» con el hecho de convivir con una sobrina nieta de Heinrich Himmler en la antigua capital del Reich. Pero había momentos en los que el entorno se le volvía hostil y llegaba a convertirse en una amenaza para él, sobre todo cuando se veía enfrentado a la autoridad, al normativismo rígido y tozudo de los alemanes. Entonces, cualquier conductor de autobús poco amable enseguida se transmutaba en «nazi». Al principio me hacía gracia, pero después me ponía furiosa. Es posible que me aterrara también la contundencia de las emociones que lo asaltaban en esos momentos. Cuando ocurría, se abría entre nosotros un abismo de incomprensión. Y se repetían situaciones, palabras explosivas o imágenes que desataban reacciones violentas en los dos.
    Cierta vez que volvíamos a discutir porque Dani le había endilgado por lo bajo un «maldito nazi» a alguien y yo le exigía que matizara sus juicios sobre otras personas, me replicó airado: «Para ti lo más importante es no perder nunca la decencia». Una frase horripilante. La palabra «decencia» tenía para mí connotaciones atroces. Me recordaba el espeluznante discurso que mi tío abuelo había pronunciado en Poznan [Posen], en el que se elogió a sí mismo y a sus jefes de grupo de la SS por la «decencia» con que habían realizado sus actos asesinos. Al instante, Dani estaba arrepentido; pero yo no podía desligar esos términos de su carga histórica. En situaciones como aquella fuimos cobrando conciencia de lo fresca que estaba la historia, siempre al acecho bajo la superficie de las cosas. En el día a día nos creíamos muy seguros en nuestro trato con el pasado, pero cuando se presentaba un conflicto quedábamos irreconciliablemente reducidos a la condición de descendientes de víctimas y verdugos, de judíos y alemanes.
    Se ha escrito mucho sobre el dominio que las experiencias de la época nacionalsocialista ejercen durante generaciones tanto en las familias de las víctimas como en las de los verdugos. Las víctimas suelen tener pesadillas durante toda la vida y se atormentan no sólo con sus recuerdos sino también con la vergüenza: vergüenza por las humillaciones sufridas, pero también por el hecho de haber sobrevivido. Incluso sus hijos y sus nietos siguen padeciendo pesadillas llenas de miedo y persecución. También Dani, quien soñaba a menudo con desconocidos que lo perseguían y mataban. Yo conocía esas pesadillas de la infancia. Ahora soñaba muchas más veces con que era yo la que ejercía la violencia contra otros.
    Después de la guerra, antes de emigrar a Israel, la abuela de Dani redactó un acta basada en su recuerdo de los hechos. El horror de sus experiencias, el omnipresente miedo a la muerte sólo se pueden intuir tras las sobrias palabras; por ejemplo, cuando describe cómo la familia tuvo que cambiar de escondite en muchísimas ocasiones o cuántas veces se libraron por los pelos de ser entregados a la Gestapo, pese a sus documentos falsos y a los sobornos que pagaban constantemente. El padre de Dani tardó mucho en comprender cómo esa traumática experiencia que vivió de niño marcó su vida posterior. Hasta el año pasado no logró armarse de valor para leer el acta de su madre y hacerla traducir para nosotros y para su nieto.
    También los documentos de mi abuela Paula permanecieron durante décadas sepultados entre otros papeles en la casa de mi padre sin que él jamás les echara un vistazo. Sólo las investigaciones para este libro revelaron su existencia a mi familia.
    El psicólogo israelí Dan Bar-On ha señalado el «muro de silencio», levantado a lo largo de muchos años, que lastra a las familias de las víctimas y los verdugos. Un muro casi imposible de romper porque los descendientes —la segunda e incluso la tercera generación— van transmitiendo unos a otros las leyendas familiares, con lo que se convierten en «cómplices» de la generación mayor. No son buenas condiciones para reconstruir la historia lo más verazmente posible. No sólo porque con todos los años que han pasado la maraña prácticamente ya no se puede deshacer; no sólo porque ha transcurrido demasiado tiempo ni porque los recuerdos, en el trascurso de una vida, se «sobrescriben» una y otra vez y, por tanto, no son nada fiables; sino también porque cada miembro de la familia ha desarrollado su propia versión de la historia y, de repente, una misma historia presenta muchas «verdades». Es lo que he descubierto mientras trabajaba en este libro."
Katrin y Dani

jueves, 14 de septiembre de 2017

27 DE NOVIEMBRE DE 1941: SARA GLEICH VUELVE A NACER. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

27 DE NOVIEMBRE DE 1941: SARA GLEICH VUELVE A NACER. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Un cuaderno escolar de color rosa; es el diario de la estudiante Sara Gleich. Es sorprendente que, día tras día, muy rápido, a veces de manera incoherente, lo anotara todo. Por las primeras anotaciones se ve que el 17 de septiembre, un mes después de que la evacuaran de Járkov a Mariúpol, donde vivían sus padres, entró a trabajar en la oficina de enlace. El primero de septiembre Fania y Raia, mujeres de los militares, fueron a la oficina de reclutamiento y pidieron que las evacuaran; les respondieron que «la evacuación no estaba prevista hasta antes de la primavera». El 8 de octubre escribe: «El jefe de la oficina, Mélnikov, me ha dicho que mañana nos evacuarán, hay que preparar los documentos, se puede llevar a la familia, es decir, que la partida está garantizada». Esa misma tarde continúa escribiendo: «A las 12 del mediodía entraron en la ciudad los alemanes, la ciudad se ha rendido sin combatir». Al cabo de muchas páginas, hay una nota: «19 de octubre. Mañana a las siete debemos abandonar este último alojamiento en la ciudad». «20 de octubre… 20 de octubre… Nos conducían hacia las zanjas abiertas a modo de trincheras para la defensa de la ciudad. Nueve mil judíos encontraron la muerte en aquellas zanjas: ése fue el único uso que se dio a las trincheras. Nos ordenaron desvestirnos y nos cachearon por última vez en busca de dinero y documentos. Después nos empujaron hacia el borde de las zanjas, aunque ya no era posible percibirlos: a lo ancho de medio kilómetro, las trincheras rebosaban de agonizantes. Algunos pedían una última bala que los rematara, porque la primera no había sido suficiente. Caminábamos sobre los cuerpos yacentes. Creía ver a mi madre en cada cadáver con la cabellera cana. Me arrojaba hacia esos cuerpos, y Basia conmigo, pero los porrazos nos devolvían al grupo que avanzaba en silencio. Por un instante me pareció reconocer a papá en un anciano con los sesos desparramados en torno al cráneo, pero no conseguí acercarme a verificarlo. Comenzaron las despedidas; algunos pudimos incluso besarnos. Recordamos a Dora. Fania se resistía a creer que aquello era el fin: “¿De veras no volveré a ver jamás la luz del sol?”, preguntó. Su rostro había adquirido una tonalidad entre gris y violácea. Vladia repetía una y otra vez: “¿Vamos a tomar un baño? ¿Por qué nos hemos desvestido? Vámonos a casa, mamá. Este lugar es muy feo”. Fania lo cargó en brazos, porque apenas conseguía andar por el barro resbaloso. Basia se estrujaba las manos sin cesar mientras susurraba: “¿Por qué a ti, Vladia? ¿Por qué a ti? Nadie sabrá jamás lo que nos han hecho”. Fania se dio la vuelta para decirme: “Me siento en paz al saber que muere conmigo y que no lo dejo huérfano en este mundo”. Ésas fueron sus últimas palabras. Fue entonces que no pude aguantar más y comencé a aullar con todas mis fuerzas mientras me tiraba de los pelos. Un instante antes de perder el conocimiento abruptamente, creo recordar que Fania tuvo tiempo de volverse y decirme: “¡Tranquila, Sara! ¡Tranquila!”. [… ] Cuando volví en mí, todo estaba en penumbras. Los cadáveres que tenía encima se estremecían de tanto en tanto alcanzados por los disparos. Por lo visto, los alemanes disparaban ráfagas aleatorias para rematar a los heridos y evitar que pudieran salir arrastrándose de las fosas en plena noche. Temían que fuéramos muchos los sobrevivientes. Y no se equivocaban. Éramos muy numerosos y estábamos enterrados en vida, porque nadie podía prestar ayuda a quienes pedían socorro desde el fondo de las trincheras. Los llantos de los niños subían por entre los cadáveres que los cubrían. Los alemanes nos disparaban a la espalda y por eso la mayoría de los niños llevados en brazos por sus madres se habían salvado de ser alcanzados por las balas. No obstante, caían bajo sus cadáveres, enterrados en vida. Comencé a salir de debajo de los cuerpos, me levanté, miré a los lados. Los heridos se revolvían, gemían. Llamé a Fania con la esperanza de que pudiera oírme. Un hombre tumbado a mi lado me exigió que callara. Era Grodzinski, cuya madre también reposaba en la maraña de cadáveres… La voz de un anciano canturreaba». El 27 de noviembre, después de vagabundear un mes por la estepa, Sara Gleich supo que nuestro ejército se encontraba a cinco kilómetros de Bolshói Log, adonde llegó y logró alcanzar a un destacamento del Ejército Rojo."
Volkovo

VIDAS OPUESTAS. AL FILO DE LA ESCALADA, de Cesar Pérez de Tudela

VIDAS OPUESTAS. AL FILO DE LA ESCALADA, de Cesar Pérez de Tudela 

    "Por ello era un explorador alpino atado indisolublemente a dos mundos antagónicos: uno, el familiar, el de una persona responsable y pendiente de que nada faltase a mi preciosa familia; y el otro, el de la montaña y la aventura. Y ambos se encontraban en precario equilibrio. ¿Pero el equilibrio no fue siempre una de las mejores virtudes del explorador alpinista? La vida sin dificultad ya no le resultaba embriagadora. Y yo debí esforzarme para recorrer todos sus caminos aunque estuvieran llenos de riesgos buscando esa belleza intacta de las cimas.
Hacía muchos años que me interesaban los montes de Virunga, los activos volcanes de África, aunque estuvieran alejados de los circuitos normales de los alpinistas. En África no había vivido ninguna experiencia hasta que en 1967 conocí las montañas del Atlas en una expedición invernal... Ese viaje fue para mí como una revelación y la luz de África se había apoderado de mí. Volví en varias ocasiones más al Atlas y recorri aristas y majadas al borde del desierto, deambulando en solitario y conviviendo con las tribus de los altivos bereberes. También las escaladas de los monolitos volcánicos del Hoggar, al sur del Sáhara argelino, me depararon una visión nueva y me inspiraron expediciones al Tibesti y otras montañas luminosas del desierto"

miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL TENIENTE AYALA. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

EL TENIENTE AYALA. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

    "Sin duda alguna, el genocidio de los osumu fue una de las acciones más brutales de las llevadas a cabo por Ayala. Si se le sigue recordando en Guinea es sobre todo por aquel episodio. Pero el ataque contra dicho clan no supuso un acontecimiento aislado, sino que entraba de lleno en la lógica represiva del colonialismo español. En el África colonial, los europeos no vacilaban en matar, robar y destruir cuanto se les pusiera por delante si ello servía para acabar con la resistencia de los «salvajes». Puede que Ayala fuese el militar más violento de todos los destinados en Guinea, pero para obligar a un pueblo libre a doblegarse ante el dominio colonial hacían falta, obviamente, hombres violentos.
    Ayala no era un sádico, como su jefe, el coronel Tovar de Revilla. No disfrutaba con palizas y torturas. Era un hombre frío y falto de pasión. Hacía sencillamente lo que consideraba más práctico, y no tenía ningún reparo en utilizar los métodos más brutales para hacer efectiva la colonización. En Mikomeseng las torturas eran constantes. A las palizas se añadía el «bidón», una práctica inhumana consistente en meter la cabeza de la víctima dentro de un bidón de agua de 200 litros y al mismo tiempo azotarla. Algunos hombres morían durante la tortura, ahogados. Aquello no suponía ningún problema para Ayala. El teniente afirmaba, sin ocultarlo, que los negros podían ser asesinados porque «no están contados». No se sabía cuántos existían, y ninguna autoridad se preocupaba por lo que les ocurriera. En 1924 Ayala ejecutó de un disparo en la nuca, personalmente, a algunos fang que se habían negado a efectuar las prestaciones. Y el oficial no ocultaba sus crímenes, sino que intentaba que se difundieran lo máximo posible para intimidar a los habitantes de su circunscripción.
    Aunque las expediciones contra los osumu fueran las más violentas de aquel período, no fueron las únicas, y quizá hubiesen existido más de no haber sido por la escasez de munición. En 1922, mientras en el interior de la Guinea Continental se preparaba la ofensiva contra los osumu, desde el islote de Elobey se planeaba un ataque contra varios poblados del sur de Guinea. En mayo de 1924 el teniente Carrasco de Egaña, desde Mikomeseng, lanzó una nueva ofensiva militar contra algunos pueblos del interior que seguían resistiéndose a los colonizadores…
    Ayala y sus compañeros, en sus dominios, estaban fuera de control. La Guardia Colonial organizaba expediciones de castigo sin el preceptivo consentimiento de los subgobernadores y del Gobierno General. En 1924 los jefes de puesto lanzaron dos ofensivas contra los fang en las que se usaron más de mil cartuchos. Ni siquiera enviaron un informe al Ministerio de Estado. Tan sólo notificaron los hechos a Madrid cuando, durante una inspección de expedientes rutinaria, un funcionario  funcionario del Ministerio se dio cuenta de que en la colonia faltaba munición.

    A menudo las expediciones militares tenían como objetivo castigar aquellas poblaciones en las que los áscaris hubieran encontrado resistencia. En ciertos casos, los jefes militares eran conscientes de que sus subordinados se habían excedido en el cumplimiento de sus funciones, pero, aun así, organizaban violentas incursiones para afianzar el «prestigio» de los colonizadores. En una ocasión, un corneta fue golpeado por la gente de un pueblo en el que había robado; Ayala reconoció que su subordinado había delinquido, pero ordenó que la aldea fuese arrasada. Los áscaris quemaron las cabañas y destruyeron todas sus plantaciones.
    La represión pretendía ser ejemplarizante y evitar toda crítica a la colonización. Por eso los ataques a símbolos coloniales se castigaban con suma brutalidad. En un pueblo de la zona de Añizok, cinco hombres cortaron a hachazos el poste en el que su jefe había puesto la bandera española que Ayala le había entregado. El teniente, al enterarse, envió un pelotón de guardias coloniales al pueblo con instrucciones muy precisas. Los áscaris detuvieron a los cinco responsables de los hechos y les obligaron a cavar un gran hoyo en el mismo sitio en que se había ubicado el poste. Y allí mismo los ejecutaron y los enterraron. Además, antes de enterrar los cuerpos, los guardias les cortaron la cabeza. Llevaron las cabezas en un cesto hasta Mikomeseng, para entregárselas a Ayala. Era necesario que demostrasen haber cumplido sus órdenes al pie de la letra.
    Los jefes de la Guardia Colonial consideraban necesario imponer un régimen de terror absoluto en el país fang.
    En realidad, la capacidad bélica de las tropas coloniales era muy reducida: no tenían ametralladoras, ni granadas, ni emisoras radiofónicas… Los cabos y los sargentos blancos, en teoría, tenían que llevar pistola, pero no lo hacían; sólo las llevaban los oficiales, porque no había bastantes para todo el mundo. Los jefes militares no dejaban de pedir más armamento a Madrid, pero nunca llegaba. Era indispensable, pues, que los guineanos supieran que cualquier ataque contra la Guardia Colonial daría lugar a una represalia brutal. En todo el proceso de conquista del territorio no fue asesinado ni un solo guardia colonial blanco. No es casualidad. Los fang sabían que, si mataban a un europeo, las consecuencias serían fatales para ellos. De hecho, todavía hoy, en lengua fang, para decir que algo es muy grave se recurre a la expresión «Es como si hubieras matado a un blanco».

Julián Ayala, a finales de 1920, en Guinea Ecuatorial

EL FRENTE DE LA GRAN GUERRA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

EL FRENTE DE LA GRAN GUERRA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "En las trincheras la vida era desesperada y rutinaria al mismo tiempo: se esperaba el correo, se aplastaban y cazaban piojos, se insultaba a los oficiales, se contaban chistes obscenos y después llegaba la muerte.
    Los soldados ingleses se afeitaban sin falta a diario: la muerte era la muerte, pero había que afeitarse.
    Pregunté cerca de Lens a un soldado francés que trajinaba junto a una casa, que había quedado intacta de milagro, si se podía seguir avanzando, si los alemanes disparaban contra la carretera. Me respondió que no lo sabía, pues no estaba en el frente, sólo había ido a pasar seis días con su mujer que continuaba viviendo en aquella casa.
   En un pueblecito los zuavos encontraron a una mujer que rebasaba la cuarentena. Gritaron entusiasmados. Se formó una cola delante de la casa. El mando militar abrió burdeles para los soldados. En el campamento de Mailly había «días para los franceses» y «días para los belgas».
(...)
   Los suboficiales castigaban rigurosamente a los senegaleses para dar ejemplo. A los negros los enviaban a una muerte segura. Los senegaleses tosían, enfermaban, no comprendían dónde estaban ni por qué los mataban. Los indochinos, pequeños hombres enigmáticos a quienes habían llevado a las fábricas militares, permanecían en silencio. Durante esos años se inscribía con letras de sangre las cuentas que se presentarían años más tarde.
(...)
    En el inicio de la guerra, los soldados alemanes incendiaron la pequeña ciudad de Gerbéviller, cerca de Nancy, que habían ocupado durante un breve período de tiempo. Cuando llegué allí, los lugareños se cobijaban en barracas y chozas. Contaban que de quinientas casas sólo quedaban veinte: habían fusilado a cien personas. ¿Por qué? Nadie lo sabía. ¿Por qué en Senlis o en Amiens los soldados, al entrar en la ciudad, mataron a sus habitantes? En 1916 vi carteles alemanes que anunciaban la ejecución de rehenes; esos carteles volvieron a aparecer en las paredes de las ciudades francesas un cuarto de siglo más tarde…
   Se dice que Hitler inventó muchas cosas, pero no es así, se limitó a asimilar muchas cosas y a llevarlas a cabo a gran escala. En una de mis crónicas cité el texto de una orden de la Kommandatur del pequeño pueblo de Oilly en la región de Saint-Quentin: para recoger la cosecha toda la población de las quince aldeas vecinas (comprendidos los niños a partir de quince años) debían trabajar desde las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la tarde. La Kommandatur advertía de que «los hombres, mujeres y niños que no acudieran a trabajar serían castigados con veinte bastonazos».

martes, 12 de septiembre de 2017

HEROES GUINEANOS. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

HEROES GUINEANOS. UN GUARDIA CIVIL EN LA SELVA, de Gustau Nerin

    "Pero el más firme aliado de Ayala en la región de Mikomeseng fue Motó, un rico jefe del clan nzomo. Los habitantes de la zona recuerdan, todavía hoy, que aquel jefe llegó a ser una especie de cacique, pero también subrayan que fue Ayala quien le confirió su autoridad: trabajaran en obras públicas. Así consolidaban su posición. Y, cuando las autoridades les exigían que enviasen braceros a Fernando Poo, podían destinar allí a sus adversarios (de ese modo nadie se atrevía a cuestionar su autoridad, algo insólito hasta entonces). Había jefes muy impopulares, que incluso cobraban de los españoles una cantidad establecida por cada trabajador enviado a la isla.

Uno de los primeros aliados de los españoles fue el jefe de Mikomeseng. Colaboró en las operaciones militares contra los fang anticoloniales de la Primera Guerra Mundial, como guía de las tropas españolas. Solicitó que el destacamento de la Guardia Colonial se estableciera en su pueblo, y, gracias a ello, aquella aldea se convirtió en una de las poblaciones más dinámicas de toda la Guinea Continental.

Pero el más firme aliado de Ayala en la región de Mikomeseng fue Motó, un rico jefe del clan nzomo. Los habitantes de la zona recuerdan, todavía hoy, que aquel jefe llegó a ser una especie de cacique, pero también subrayan que fue Ayala quien le confirió su autoridad:«A Motú le llamaron primer jefe, como a todos los jefes, pero era más, porque Ayala le puso a este nivel. Ya después era Motú el que interpretaba todo lo que decía Ayala […] Era el jefe de todas las tribus, el superjefe». Ayala consultaba a Motú muchos asuntos políticos que afectaban a la región, e incluso Barrera se reunía con él cada vez que pasaba por Mikomeseng. Aquel jefe nzomo fue durante muchos años uno de los más fieles aliados de la Guardia Colonial. En cambio, los misioneros no podían ni verle, porque tenía una treintena de esposas y no quería renunciar a la poligamia. Motú era tan influyente que incluso plantaba cara a los militares cuando no estaba de acuerdo con sus decisiones. Una vez, cuando un oficial le reprendió porque la carretera que pasaba por su pueblo estaba en mal estado, le contestó: «Administrador pide hacer carreteras. Motú hace las carreteras, bien. Después llueve, y mal. Si administrador quiere, que envíe oficio a Dios diciéndole si tiene que llover o no».

Ayala, que apreciaba mucho a Motú, le ofreció una beca para uno de sus familiares. Le dijo que eligiese a algún muchacho de su familia y que el Gobierno colonial le enviaría a estudiar a la metrópolis. Motú escogió a Enrique Nvo, hijo de su hermano. Fue uno de los primeros fang guineanos que salieron a estudiar al extranjero. Pero, al volver, Nvo no se puso al servicio del colonialismo español, sino que se integró en el primer partido independentista de Guinea. Cuando intentaba exiliarse, fue asesinado por sicarios a sueldo del Gobierno español. Hoy en día se le considera uno de los mártires de la independencia guineana."
(...)

    "...Ondo Nkulu alcanzó un gran poder. Los habitantes de las poblaciones del sudeste de Guinea, para llegar a Bata, a Mikomeseng o a la ciudad camerunesa de Kribi, tenían que atravesar Ebibeyín, ya que el único camino abierto pasaba por allí. Y una vez alcanzada dicha población, antes de presentarse en el destacamento (una formalidad obligatoria), tenían que detenerse en el poblado de Ondo Nkulu. Según los esandon actuales, en aquel lugar había muchas mujeres, y cuando los viajeros de paso se detenían allí encontraban alguna compañera y se quedaban para siempre, porque allí podían casarse y construir un hogar. De ahí procedería el nombre de Ebibeyín («Detener a los forasteros»). La versión de la gente de Mongomo y Nzork, descendientes de los huéspedes de Ondo Nkulu, es sustancialmente distinta:

    «Para la gente de Nzork, llegar a Ebibeyín era un problema, porque significaba quedarse detenidos, cogidos. Ondo Nkulu mantenía a los extranjeros. Los alimentaba con comida. Y si quería los podía detener. A algunos los detenía con malicia, con mucha malicia […] Ondo Nkulu incluso podía quedarse con las mujeres de los que estaban de paso […] Si había chicas bonitas, se las quedaban para la gente de allí, y los maridos se quedaban solos. También les robaban las mercancías que tenían para vender. Los blancos permitían que pasara esto. Ondo Nkulu tenía su propia prisión… Mis padres y mis abuelos tenían miedo de ir a Ebibeyín a vender sus productos.»

    Ondo Nkulu era alguien muy odiado por las poblaciones del sur de Ebibeyín, pero, en cambio, gozaba de mucho prestigio entre los esandon, porque se dedicaba a redistribuir las riquezas que arrebataba a sus «invitados» entre los hombres de su pueblo. No se enriqueció en exceso, pero hasta su muerte mantuvo excelentes relaciones con la Administración colonial.

    Hubo quien, en vez de acercarse a la Guardia Colonial, prefirió colaborar con los misioneros. En 1919, un joven fang llamado Mañé Ela llegó a la misión de Bata para pedir a los claretianos que levantaran una capilla en su poblado, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. Los misioneros construyeron la misión que les pedía aquel joven y le protegieron. Con la ayuda de la Iglesia, el muchacho acabó por formar parte de las clases acomodadas locales. Pero quizá lo mejor para él hubiera sido no mezclarse con los religiosos. Con los años, Mañé acabó liderando el incipiente movimiento independentista guineano. Según su familia, como buen católico se lo contó a su confesor, un claretiano español, y éste le denunció ante las autoridades. En 1958 Acacio Mañé Ela fue detenido por la Guardia Civil, que le torturó hasta la muerte. Lanzaron su cadáver al fondo del Atlántico. Es el otro gran héroe nacional guineano."

Bravo Carbonell, Fernando Poo y el Muni, 1917.

HE AQUÍ LA GUERRA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

HE AQUÍ LA GUERRA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Compré un periódico francés y me quedé estupefacto: hacía tiempo que no leía los periódicos y no sabía lo que ocurría en el mundo. Le Matin anunciaba que Austria-Hungría había declarado la guerra a Serbia; Francia y Rusia se disponían a decretar la movilización general ese mismo día. Inglaterra guardaba silencio. Me pareció que todo se venía abajo: las acogedoras casitas blancas, los molinos y la Bolsa…
    Intenté cambiar dinero ruso, tenía veinte rublos, pero en los bancos me respondieron que, desde la víspera, sólo cambiaban monedas de oro. No me alcanzó el dinero para pagar el hotel, dejé allí mis cosas y corrí a la estación.
    Durante la noche del 2 de agosto llegué a la última estación belga, los trenes ya no entraban en Francia. Los belgas decían que su país permanecería neutral cualesquiera que fuesen las circunstancias (al día siguiente los alemanes invadieron Bélgica). Era preciso cruzar la frontera a pie. Despuntaba el alba. Caminamos entre pesadas espigas doradas, después encontramos un prado verde; cantaban las alondras. Mis compañeros no decían nada. Por un camino desierto pasó un rebaño, sonaban los cencerros de las vacas. Finalmente apareció a lo lejos un hombre, era un centinela francés; no sé por qué motivo disparó al aire, y ese disparo, en el silencio campestre de la mañana, me trastornó: de pronto comprendí que mi vida se había escindido en dos. Algunos soldados entonaron La Marsellesa con voz desafinada. Salieron a nuestro encuentro unos alemanes, hombres, mujeres y niños con fardos pesados; se dirigían hacia Alemania. El centinela dijo en un tono difícil de definir, tal vez de reproche, tal vez de indiferencia: «He aquí la guerra».
    Miré atrás por última vez: el blanco camino desierto, el rebaño de vacas, el pueblecito belga. No sabía que unos días más tarde prenderían fuego al pueblo y que las divisiones alemanas avanzarían por aquel camino en dirección sur, no sabía que la guerra iba a ser tan larga (todo el mundo decía «un mes, tal vez dos»), pero sentía que en el mundo todo había cambiado. Ahora sé que, del mismo modo que las campanadas del reloj señalan el inicio del nuevo año, el disparo inmotivado de un centinela, en algún punto de Erquelinnes, marcó el inicio de una nueva era.
    Aquel día de verano se grabó para siempre en mi memoria. Se habla a menudo de la importancia del primer amor. Pero para mí, como para todos los que me rodeaban, era la primera guerra."

lunes, 11 de septiembre de 2017

LOS TRAIDORES. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

LOS TRAIDORES. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "...partí al Tercer Frente Bielorruso comandado por el general Cherniajovski. Cerca de Borísov, en la orilla derecha de Bereziná, vi a los franceses capturados de la «legión», organizada por el traidor Doriot. Todos los franceses conocen el río Bereziná por su nombre: allí, en 1812, los rusos estuvieron a punto de cercar al ejército de Napoleón. Sólo una parte de él consiguió cruzar el río, gracias al coraje de los zapadores comandados por el general Eblé. (Sabía de este general porque en París a menudo tomaba por la calle que llevaba su nombre). Los «legionarios» se quedaron atrapados en el Bereziná: eran mercenarios cobardes pero codiciosos. Los detuvieron por sus maletas: no querían separarse de su botín. Me pidieron que hablara con ellos. Uno me juró que había tenido una aventura amorosa desdichada y que había decidido morir «no importa cómo», otro me contó las privaciones y las penurias sufridas: había cedido «en un momento de debilidad»; un tercero apeló a los «inescrutables caminos del destino»; un cuarto me dijo: «Yo soy simplemente un civil; en París tengo un pequeño restaurante; mis clientes siempre me colman de elogios. Nunca me equivoco en materia culinaria. La política es otro tema». A los legionarios los encerraron con los prisioneros alemanes, entre los cuales resultó haber muchos alsacianos. Luego me contaron que durante la noche los «legionarios golpearon a los alsacianos».
    Fui a visitar a los pilotos del escuadrón «Normandía». Los franceses contaban que durante los combates para hacerse con Borísov, el piloto Gaston fue asesinado en el Bereziná. Durante tres años había intentado salir de Francia para luchar en el cielo; lo detuvieron todas las veces y finalmente lo hicieron prisionero en la cárcel de Port-Lyautey en el norte de África. Cuando los estadounidenses lo liberaron decidió ir a la Unión Soviética para unirse al escuadrón Normandía. La batalla de Bereziná había sido su bautismo de fuego y allí murió. Les conté a los pilotos la historia del propietario del restaurante, y se echaron a reír; luego uno de ellos dijo con desprecio: «No creo que haya muchos de ese tipo. Son nuestros “hombres de Vlásov”». Sonreí: yo tenía una fe inquebrantable en Francia.
    Sí, admito que creía en un futuro extraordinario; de lo contrario habría sido difícil seguir adelante. Me decía: las cosas no las decidirán los diplomáticos ni los políticos, sino las personas que sufren las penas. Y por tanto el fascismo será enterrado para siempre. En algún lugar entre Borísov y Minsk me encontré con los corresponsales extranjeros. Estaban felices por que habían asistido a la victoria del ejército de los aliados y por que habían recogido material interesante para preparar sus crónicas. El que estaba más contento era el corresponsal del Times: había capturado a tres soldados. Los alemanes habían caído en un cerco e intentaban encontrar a alguien a quien rendirse; al ver a un civil bien vestido decidieron que no habían podido dar con una ocasión mejor. Un chico de doce años llamado Aliosha Sverchuk entregó a cincuenta y dos prisioneros. Pero el corresponsal del Times, naturalmente, estaba contento..."
Dayosh_Kiev

EL SISTEMA AMERICANO. EN CASA, HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson

EL SISTEMA AMERICANO. EN CASA, HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA, de Bill Bryson

  "La sección de Estados Unidos apenas tenía contenido. El Congreso, con toda su parsimonia, se había negado a destinar fondos al evento y el dinero provenía de aportaciones privadas. Por desgracia, cuando los productos norteamericanos llegaron a Londres se descubrió que los organizadores habían pagado únicamente el transporte de la mercancía hasta los muelles, y no hasta su destino final en Hyde Park. Y, claro está, tampoco había dinero reservado para montar los expositores y dotarlos de personal durante cinco meses. Afortunadamente, el filántropo norteamericano George Peabody, que vivía en Londres, intercedió por la causa y proporcionó un fondo de emergencia de 15.000 dólares, rescatando a la delegación estadounidense de la situación de crisis en la que ella misma se había inmerso. Todo esto no sirvió más que para reforzar la convicción más o menos universal de que los norteamericanos eran poco más que amables montañeses que no estaban aún preparados para actuar sin supervisión en el escenario del mundo. Y por eso fue una auténtica sorpresa cuando por fin se montaron los expositores y el público descubrió que la sección de Estados Unidos era una avanzadilla de genialidad y portento. Prácticamente todas las máquinas norteamericanas hacían cosas que el mundo ansiaba que hiciesen las máquinas —arrancar clavos, cortar piedra, fabricar velas—, pero con una pulcritud, una presteza y una fiabilidad sin fin que dejó pestañeando a las demás naciones. La máquina de coser de Elias Howe deslumbró a las señoras ofreciendo la promesa imposible de que uno de los pasatiempos más esclavos de la vida doméstica podía resultar emocionante y divertido. Cyrus McCormick exhibió una segadora capaz de realizar el trabajo de cuarenta hombres, una reivindicación tan atrevida que casi nadie la creyó hasta que decidieron transportar la segadora a una granja de los condados de los alrededores de la ciudad y demostró que hacía lo que prometía hacer. Pero el objeto más llamativo era el revólver de repetición de Samuel Colt, que no solo era maravillosamente letal, sino que además estaba hecho con piezas intercambiables, un método de fabricación tan inconfundible que acabó conociéndose como «el sistema americano». Solo una creación local conseguía estar a la altura de estas cualidades de virtuosismo, novedad, utilidad y precisión de la era de las máquinas: el edificio de Paxton, que desaparecería en cuanto la exposición finalizara. Para muchos europeos, aquella fue la primera e inquietante pista de que aquellos pueblerinos que mascaban tabaco al otro lado del charco estaban creando en silencio el próximo coloso industrial, una transformación tan improbable que la mayoría ni podía creerse que estuviera produciéndose."