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viernes, 9 de febrero de 2024

UN DETALLE MENOR, de Adania Shibli

UN DETALLE MENOR, de Adania Shibli


Sin duda otra novela de las que te dejan el alma perturbada, porque la vida a veces tiene eso. Y en algunos lugares del mundo, como en los territorios ocupados por Israel, hay que andarse con ojo para que no sea uno el protagonista de una novela como esta. Aunque en realidad, el libro esta compuesto de dos partes que son dos historias separadas por décadas aunque relacionadas entre sí por un crimen. La primera parte lo cuenta sin atisbo de emoción. También los ladridos de perros asustados como espíritus de la tierra que no dejan de inquietar, lo unen a la segunda parte donde una joven quiere saber por su cuenta como pudo pasar aquel crimen. Esa chica cumple años el mismo día que sucedió: nació exactamente 25 años después. Es la que nos servirá de guía para entender lo ocurrido en el desierto del Neguev en agosto de 1948, lo que es contado en la primera parte.

Un detalle menor es un título que hace referencia a algo que se hace evidente desde los primeros párrafos del libro. El crimen pasó (porque pasó) como un hecho menor, uno más. La autora incide en los detalles de una patrulla militar que llega para la vigilancia de la frontera con Egipto. Desde que el oficial al mando baja del jeep y ordena instalarse a todo el mundo, no hay elementos que nos permitan seguir su pensamiento excepto por los detalles de todo lo que hace, a quien se dirige, el dolor de una picadura en la pierna. Su mirada carece de emoción, es la de un dominador del terreno. El único momento en que eso se rompe es para soltar una arenga a sus soldados en plan "estamos autorizados a hacer cualquier cosa para defendernos". Y lo hicieron, no digo más, pero es muy bruto. La autora se basa en un hecho real.

La siguiente parte es la de una chica a la que si seguimos en sus pensamientos en sus traslados a su nuevo trabajo. También aquí la autora aplica la lupa de nuestra atención para observar muchos detalles menores, sobre todo de sus pensamientos, en la forma en que se desenvuelve su vida en cuestión de horas hasta que el relato acaba abruptamente, más o menos como suele acabar una chica palestina en el lugar equivocado. Porque siguiendo el rastro de lo que pasó 25 años antes, ella también acaba de una forma parecida. Curiosamente, ella busca datos en archivos y museos, pero encuentra muy poco. Lo que encuentra es la experiencia de lo que pasó entonces. De manera que la autora te viene a decir algo así: esto hay que verlo para creerlo. Ya estamos hartos de ocupar titulares de medios informativos. Estamos muriendo como cualquier persona normal. Todo el deambular de esta mujer joven va a desembocar en esto. Por ejemplo, se aprecia como las actitudes de la chica son condicionadas por la presencia militar, tanto la visible con soldados como por sus instalaciones. 

Los recorridos por carreteras de Ramala son como el del ratón buscando la salida de un laberinto porque se cuida mucho de intentar lo imposible, que es en este caso, salirse de la carretera, acortar por posibles caminos, detenerse a husmear en algunos sitios: los militares acechan. El miedo está presente por cuanto viaja sin los papeles adecuados; salir de su zona es siempre complicado. En realidad, viajando con los papeles de otra ha decidido perder su personalidad jurídica, se ha sometido.

El resultado es una sensación constante de estar atrapada, de claustrofobia, de miedo a romper los límites con los que choca a cada paso, tanto de su viaje en coche como de su capacidad de razonar. La idea de libertad está en el miedo que sufre en cuanto sale de casa. Es una de las cosas que más intenta explicar al lector de su situación vital en Palestina. El ambiente caluroso, el sudor, el silencio y ecos lejanos de bombardeos no contribuye a tranquilizarla, lo mismo que cuando ocurrió el crimen en aquel mismo enclave al que ha viajado, Ramala. El relato avanza con los cinco sentidos. El suyo termina siendo un vagabundeo por la geografía de pueblos palestinos fantasmas: o se han barrido de la geografía o su existencia física no aparece en los mapas israelíes. La atmósfera que sufre la chica cada vez se parece a la del oficial herido de la primera parte del libro por cuanto apenas llega a comunicarse: el ambiente es opresivo, aunque por razones muy distintas... La simbología de la picadura en la pierna del oficial es genial: no sabe como ha sido, ni qué le pico, pero está enfermo por descuidarse, por llegar a un territorio que le es inhóspito. Como en una segunda oportunidad desperdiciada, la protagonista no vuelve a casa sino al lugar del crimen del 48. Son dos relatos el de entonces y el de ahora, que van convergiendo en un mismo final. El primero lo hace desde el punto de vista del oficial en tercera persona, en el segundo desde los sentimientos de la chica en primera persona. Apenas se desvía del argumento principal, es un relato directo y claro. Una forma actual de meternos en la piel del dolor que produjo la Nakba.

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