SEÑALES, de Tim Gautreaux
Ni conocía Gautreaux ni teñía referencia alguna de Señales, el libro que recopila numerosos cuentos de dos libros anteriores y algunos cuentos nuevos de este escritor de Luisiana. Es un escritor de reconocimiento general muy tardío, casi 40 años. Y me ha encantado en alto grado. Hacer reseñas de libros así es un placer. Vamos, que me lo he pasado en grande. Un tío al que seguir muy de cerca.
Primero porque el género es de mis preferidos: el relato de 20-30 páginas de extensión. Hablamos de unas 6000 palabras por cuento.
Segundo, está escrito sin tramas superfluas, sin detalles que distraigan, la historia está bien llevada hasta el final. Los comienzos son muy introductorios, lo propio del género: fijan rápidamente al lector en la historia a través de 2 o 3 detalles. Los finales son realmente redondos, logrados, inspiradores en cierto modo. Alguno lleva mensaje, está claro.
Además, su estilo es tan llano como el del hombre de la calle. Aquí los personajes no son gente que destaque por algo en su comunidad. No son presidentes, escritores, profesionales destacados o héroes ejemplares. Son las historias normales que podemos esperar de una comunidad sureña, pero alejada de los tópicos habituales, que tampoco intenta dar la nota, pero que tampoco le pillen cagandola. Y de eso si van muchos relatos, de gente que también se mete en complicaciones, unas veces son complicaciones tontas, otras son complicaciones preocupantes. Muchas veces los protagonistas hacen suyas complicaciones de otros por simple bondad o buena vecindad. No es fácil encontrar a escritores como él por el estilo llano, concreto en los detalles, pero que a veces se lanza a un sentimiento evocador en una sola frase. Escritores que hablen de sus vecinos sin armar una historia necesariamente extraordinaria, que hablen desde su dia a dia y formen con ellos algo profundo, sea cual sea lo que el lector saque de ese saco heterogéneo que es "lo profundo". Escritores enalteciendo la vida del obrero, del autónomo, del jubilado. De sus esposas.
Por último está el detalle de la cultura propia de esta comunidad de gente sureña. Son descendientes de los franceses de la antigua Luisiana, los que ocupaban este pedazo de América, los cajun, católicos francófonos instalados en el siglo XVIII después de perder la guerra con Gran Bretaña en Nueva Escocia (mucho más al norte, bajaron por el Misisipi). Muchos de los apellidos de esta gente acaban como Gautreaux o Asterix: en "x". Hay un acercamiento a la vida cotidiana desde objetos comunes, habituales. Es en esas distancias cortas con la gente y sus cosas donde los protagonistas se descubren en sus fobias, sus intereses, sus debilidades. adquieren autonomía, no van al dictado de lo que el autor les pone por delante en el argumento. Convierte lo anecdótico de la vida con un humor y una ironía suaves, ingenio y respeto por la gente humilde, en algo da sentido a esas vidas sin hacer nada extraordinario. Les aporta un lirismo que ni nosotros mismos somos capaces de apreciar en nuestras vidas cuando lo hay.
Los vecinos de los que el narrador cuenta historias son buena gente en su mayoría. Personas que, ayudando a otros, descubren algo de sí mismos: están las ancianas que detienen a un muchacho muy tonto que acaba de salir de la cárcel. El cura que acaba en la cárcel pensando hacerle un favor a un feligrés constituye un relato lleno de paradojas profundas. El jubilado que ayuda en las clases a la hija de sus vecinos pese al padre tan borde. Talis, el hombre que vino de Lituania encaprichado con su aparato de música que le supone muchas pérdidas humanas, o el barco donde se juega y se suicidan los perdedores, la camioneta que es constantemente robada por un mendigo, el afinador de pianos, el jubilado que deja a su familia para marcharse a un desierto donde salvar sus pulmones... un montón de relaciones humanas intensas mayormente en zonas urbanas de poca densidad, sino directamente rurales. Personajes que trabajan como fontaneros, tenderos, fumigadores, un mecanico de maquinas de escribir antiguas, azafatas de vuelo... el mismo Gautreaux, aunque profesor de escritura en la Universidad, se formó entre los cachivaches mecánicos, su familia viene de trabajos obreros. Tiene una comprensión buena de estos obreros manuales: «Me enorgullezco de escribir ficción de amplio espectro, ficción que atrae tanto a intelectuales como a obreros. Muchas veces he escuchado historias de personas que no leen cuentos, o que tienen trabajos técnicos, a quienes les gusta mi ficción»
Todo un mundo en el que disfrutamos como si estuviéramos presentes. Es difícil elegir las mejores, pero la historia del cura, la del jubilado que casi pierde a su familia por salvar sus pulmones en el desierto y la del aparato de música soviético (que da título a esta colección) son una maravilla. El autor está considerado en su país a la altura de Cormac McCarthy o Sam Shepard.

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