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lunes, 6 de mayo de 2024

LA FELICIDAD DEL LOBO, de Paolo Cognetti

LA FELICIDAD DEL LOBO, de Paolo Cognetti


Si antes habías leído Las ocho montañas, es muy posible que La felicidad del lobo te parezca una segunda parte de aquella historia.  Más íntima, más corta, con Fausto y Silvia de personajes centrales, el uno escritor frustrado en ésos momentos, y algo perdido en otros aspectos. Ella le sirve de amor, de inspiración y también de anclaje a algún proyecto de vida, aunque parece que se queda en una propuesta al final del libro. 

Los dos son un poco náufragos de sus vidas, un poco refugio el uno del otro (y esta novela corta va de refugios), ella no va buscando seguridades, es la más joven de los dos, el sí. El es inseguro, está dando tumbos y eso le crea cierta frustración con la cual desea romper a su edad de alguna forma. Se conocen como cocinero y camarera en un restaurante italiano alpino, frente a la vertiente del Monte Rosa. Por supuesto, se enamoran y comparten vida en los dos años que dura la historia. 

Hay otra antigua pareja, el ex guarda forestal y Babette, una referencia que se contrapone a como podrían acabar Fausto y Silvia de quedarse, ellos también, en la montaña, por no ser sinceros consigo mismo acerca de lo que están buscando en la vida.

El tercer elemento de esta historia es la montaña, ese famoso valle alpino, sus pastos, el refugio Quintino Sella y la ascensión al Castor que es un cuatromil fácil, todo ello algo que conozco porque yo mismo he hecho esa ascensión,  aunque desde el refugio antiguo del que se habla en el relato. Creo que es la parte que más me ha gustado, es verídica y muy satisfactoria. Por supuesto, es la contraposición de Milán, de las autopistas, de la oficina de un notario. Parece que la naturaleza alpina es lo bueno, pero es fácil quedarse embobado con estos paisajes y no aceptar lo que Cognetti señala: la cantidad horas de trabajo de hostelería para conquistar las manadas de esquiadores, alpinistas y otros turistas. O buscarse la vida fuera de temporada turística con la recolección de fruta, o con trabajos con los leñadores. El es el lobo que se hace mayor, que busca la felicidad perdida a cualquier precio, tal y como la vivió antes, aunque ese precio cada vez sea mayor. Creo que es una sensación que vamos compartiendo todos conforme echamos años. Podría acabar como Santoro, solo y con graves problemas de salud. Silvia es otra loba, pero el precio de sus facturas en la vida todavía no ha subido tanto: vive más al día, se lo puede permitir. Ahi esta, para mi, en este cruce de caminos de Fausto y Silvia, el eje del relato.

En general, la historia va de deseos incumplidos y caminos vitales por descubrir, la desconfianza en uno mismo que te hace descarrilar, o el efecto encarrilador del amor. Mi lectura particular de la relación entre estos no tan jóvenes es que él es un "lobo" que ha buscado sus propias cimas, sus logros, para ser feliz, pero que el tiempo, o la vida misma, le está llevando a valorar más la actitud ante el mundo que el de aquí para allá como pollo sin cabeza para ir logrando tantos a su favor. Eso es lo que le propone a Silvia, pero ella es una loba que está a otra cosa. Tiene sus propias cuentas pendientes que saldar, es un poco más hermética en ese sentido, tal vez porque no ha llegado al punto de replantearse cosas. De ahí surgen las dudas de él, de ese tránsito de madurez, de empezar a vivir con menos certezas que antes porque los objetivos son más difusos: tiene que haber algo más en la vida, seguro. Esta es mi interpretación central de este libro. 

Me ha recordado mucho a Las ocho montañas, pero con menos optimismo, con menos duende que aquella otra novela. 

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